Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

lunes, julio 31, 2006

La Bolsa

En la cuneta había una bolsa de plástico, una bolsa de plástico blanca, abultada, medio oculta por las hierbas secas. La vi el segundo día de clase, cuando bajaba la cuesta a toda velocidad, apretando mis cuadernos contra el pecho, deseando llegar a casa.
- ¿ Qué tal hoy con el maestro?.- me preguntó mi madre poniéndome la cena en el plato, más tarde, cuando ya estábamos reunidos en la mesa grande del jardín, cenando tras la tregua del calor del día.
Yo bajé la mirada. Quería protestar, porque el maestro no era tal maestro, era un joven recién salido de la universidad, que me sonreía como sonríe un lagarto, que me miraba con ojos verdes de dragón al encender sus cigarrillos, que me señalaba con el dedo los ejercicios de matemáticas y me ponía el lápiz sobre la mesa diciendo, con susurrante voz adormilada “y ahora Laurita, ¿qué es lo que tenemos qué hacer ahora?”.
Pero mi padre se ocupó de responder por mí a la pregunta de mi madre.
- Es un chico estupendo. Ha terminado Ingeniería de Caminos con Matrícula. Ya verás cómo yendo todos los días esta saca las matemáticas en Septiembre.
No había entonces nada por lo que protestar. El profesor de matemáticas era hijo de uno de los mejores clientes de mi padre y mi verano estaba ya sentenciado sin posibilidad de apelación. Así que cada tarde, después de la hora de la siesta, cogía mis cuadernos y salía de casa siguiendo el borde de la carretera. El profesor vivía en una granja a las afueras del pueblo. Para llegar hasta allí tenía que atravesar el camino de los trigales y subir una cuesta de polvorienta tierra batida. Contar los saltamontes, saltar sobre un riachuelo moribundo y por fin atravesar la verja de la casa donde el joven maestro, siempre con su cigarro colgándole del labio y una jarra de cerveza fría, me esperaba sentado en el porche.
- Hoy hace demasiado calor para que te vuelvas tan temprano a tu casa Laurita.- me dijo el segundo día posando sus ojos verdes sobre mis rodillas.- Quédate hasta la hora de la cena.
Y no sé por qué pero tiré de la falda de mi vestido con la esperanza de que me tapara las rodillas. Me levanté y recogí mis cuadernos.
- No, no. Me voy a casa.- respondí nerviosamente.
El profesor soltó una carcajada.
- ¿ Cuántos años tienes Laurita?
-¡ Catorce!.- exclamé saliendo de allí lo más rápido posible.

Cuando llegué a lo alto de la cuesta me detuve para recuperar el aliento. Miré a mi alrededor, aturdida. ¿ Por qué me daba miedo el profesor de matemáticas?.
Fue entonces cuando descubrí a la bolsa de plástico en la cuneta, medio escondida entre las hierbas.
Parecía que había algo dentro, no sé por qué pero pensé que había algo dentro. Algo vivo quiero decir.
Y esa noche, durante la cena, mi padre dictó la sentencia.

Al día siguiente volví a repetir mi camino a clase. Había abierto la boca varias veces ese día por la mañana intentando decirle a mi madre que no quería seguir yendo a clase de matemáticas. Pero no había sabido utilizar las palabras. Se me quedaban en la garganta, hechas un nudo.
- ¿ Qué quieres Laura?.- me había preguntado por fin ella, cansada de que la siguiera por toda la casa
“Nada”, había dicho yo con el nudo en la garganta. Por lo que allí estaba, de nuevo en lo alto de la cuesta.
Fue entonces cuando me di cuenta de que la bolsa se había movido. Seguía estando en la cuneta pero parecía haber rodado sobre sí misma y se encontraba ahora más cerca del camino, debajo de una frondosa zarza. ¿ Había algo peludo dentro?. No estaba segura. La miré unos segundos antes de encogerme de hombros. Seguro que todo eran imaginaciones mías.
No volví a acordarme de la bolsa hasta que terminó la clase. Me pregunté si seguiría estando en su sitio y recogí mis cosas rápidamente mientras sentía la mirada fija del profesor, quien no dejaba de observarme mientras echaba humo aferrado a su cigarrillo.
- Laura, Laurita, siempre te vas corriendo, ¿ no te habrás echado algún novio por el camino?.
No le contesté y salí de allí pitando. Cuando llegué a lo alto de la cuesta comprobé con alivio que la bolsa seguía estando en su sitio, me acerqué un poco, pensando que si estiraba el pie podría tocarla y comprobar su consistencia. Pero en ese momento me pareció oír un quejido, un extraño lamento que venía de dentro.
Corrí cuesta abajo como alma que lleva el diablo.

El resto de la semana evité mirar directamente a la cuneta al llegar a lo alto de la cuesta. El corazón sin embargo se me disparaba cuando pasaba junto a ella. Sabía que la bolsa seguía allí. Desde lejos, antes de llegar a lo alto, la veía brillar al sol bajo las hojas de la zarza. A veces notaba que se había movido y otras parecía mas hinchada y tensa, como si estuviera inflándose por dentro. ¿ Qué es lo que habría dentro?, me preguntaba. Y, lo peor de todo, ¿Cómo podía ser tan estúpida de tener miedo de una simple bolsa de plástico?. ¿Por qué no me detenía a abrirla?. ¿ Qué era lo que me asustaba tanto?. No podía esconderse nada que no fuera alguna porquería, una sandía podrida o un montón de trapos, no podía haber nada, absolutamente nada que pudiera hacerme daño.
El profesor me señalaba con el lápiz las ecuaciones, sin dejar de fumar con la otra mano.
- Deja de pensar en tu novio Laurita.- me dijo un día con su sonrisa de lagarto.- O le diré a tu padre en qué estás perdiendo el tiempo por las tardes.
- No tengo ningún novio.- dije en voz baja.
- ¿ Ah no?. ¿ Y entonces en qué piensas?.¿ En mí acaso?- dijo el profesor entonces rozando con sus dedos mi rodilla.
Aparté la silla mientras sentía una oleada de calor subirme a las mejillas.
- Me voy- balbucee recogiendo mis cuadernos con manos temblorosas.
El profesor no hizo nada por impedírmelo. Le dio un par de caladas a su cigarrillo.
- Mañana a la misma hora.- me grito cuando yo ya abría la verja del jardín de la casa.

Pero que se había creído, me repetía bajando furiosamente el camino, que se había creído.
Cuando llegue a lo alto de la cuesta ya había tomado la firme determinación de abrir la bolsa. Hubiera lo que hubiera dentro tenía que abrir la bolsa. No sabía por qué pero intuía que si la abría el profesor de matemáticas se esfumaría de mi vida para siempre, como el humo de sus cigarrillos en el aire.

Se había levantando viento. Un viento cálido que traía nubes de tormenta. Metí los pies dentro de la cuneta, las altas hierbas secas me hicieron cosquillas en las piernas.
Me puse de puntillas, ¿dónde estaba? , ¿ dónde estaba la bolsa?. Estaba segura de haberla visto a la ida, como siempre debajo de la zarza. Pero ahora ya no estaba. El corazón me latía a mil por hora y las primeras gotas de lluvia traídas por el viento comenzaron a empapar la tierra.


Pensé entonces que era mejor volver a casa antes de que empezara la tormenta. Ya abriría la bolsa otro día. Retrocedí y la rama de una zarza se enganchó en mi camiseta, un relámpago rasgó el aire y comenzaron a caer enormes goterones de agua mientras el sonido del trueno retumbaba sobre los trigales.
Di un tirón a la rama desgarrando la tela de mi camiseta. Resbalé y caí sobre la hierba; apoyé las manos para levantarme y la vi. La bolsa estaba delante de mí, abierta. No pude gritar, me quede muda mirando su contenido, agarrándome a los hierbajos de la cuneta, intentando levantarme pero resbalando cada vez que intentaba hacerlo.
Por fin conseguí salir de la cuneta, arrastrándome hasta el borde del camino. El corazón estaba a punto de estallarme en el pecho y la lluvia caía ahora con fuerza, haciendo que el polvo del camino se levantara como una delgada capa de niebla.

Entonces vi a mi madre, subía corriendo la cuesta con un paraguas en la mano. Levantó el paraguas al verme, haciéndome señas.
Estaba salvada. Gracias dios mío, pensé mientras corría hacia ella llena de felicidad. Estaba salvada.



Ennis
Co. Clare.
Ireland

8 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Jo!, Me has dejado con el intrigulis en la boca, con la mente tan picante que tengo pensé que podrias publicarlo en algun lugar erotico.
Me ha quedado la duda de si salias a cenar en un jardin con parra.
Intrigado he estado un rato, pero es una historia golinga.
Con todo, es una historia amable sobretodo si luego vas gustito.
Seria "cojonudo" esto si además terminase con unas bravas.
Pero no te preocupes, tu historia se "salva" incluso con un "emilio".
¿Ha que no sabes quien soy?.
Vale me pillaste, te envio un e-correo clasico.
Me ha gustado. Mañana indagare más.
besos

Habladorcito dijo...

Vaya con Laurita, el joven verde y la jodía bolsa peluda... Estoo... ¿tiene continuación el relato?

le_bateleur dijo...

Anda, que valiente tu. Tan calladito lo tenias. Ya hablaremos. Por cierto.... Zarzas pegan mas con viñedos que con trigales (permiteme la licencia)

emmaskarada dijo...

Bateleur,gracias por la puntualizacion, pero la proxima vez que veas unos trigales seguramente encontraras zarzamoras en las cunetas.

emmaskarada dijo...

Habladorcito, el relato no tiene continuacion, obviamente yo se lo que hay en la bolsa, pero es un secreto, y los secretos no se cuentan a nadie. Lo siento

albalpha dijo...

Por casualidad he llegado aquí y me ha encantado el relato y el hecho de poder imaginar lo no contado,saludos.

Asterion dijo...

Estimadisima Emma , hace tiempo que no visitaba tu blog, Me ha sorprendido con inmensa alegria ver que estas publicada. Compraré tu e-book esta misma noche. Te pregunto: que ha pasado con los viejos post del blog aquel del auto verde por ejemplo estan en el libro? como puedo releer sino? te mando un saludo y muchas gracias por tu letra

Emma dijo...

Hola Asterión : Curioso que me escribas en este post tan viejo.
Sí, una editorial muy modesta ha publicado mis cuentos y ahí están los viejos posts de mi blog, como el del auto verde. He quitado del blog los cuentos que se han publicado.
Un abrazo enorme y gracias por leerme. Gracias, muchas gracias.

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