Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

lunes, agosto 14, 2006

Oveja Negra

La anciana llevaba un gorrito de lana roja despeluchado, con una flor naranja tejida a ganchillo. Debajo del gorrito sobresalían varios mechones de pelo negro y lacio. Sus manos, así como su barbilla, temblaban levemente mientras recorría con los dedos la colección de pulseras expuesta sobre el mostrador. La dependienta mascaba chicle a cierta distancia examinando el maquillaje de sus ojos en un espejito de mano.
- ¿Cuanto cuestan estas?- las manos de la anciana temblaron al levantar dos pulseras entre sus arrugados dedos.
La dependienta continuo mirándose en el espejito, después se acerco con paso desganado hasta el mostrador.
- ¿Estas? Estas son doscientas cincuenta.
- ¿Y esas de allí, las de plata?- pregunto la anciana señalando a la vitrina del fondo.
Se oyó el chasquido de fastidio que hizo la muchacha con la lengua, era casi la hora de la comida y quería largarse cuanto antes.
- ¿Esas? Esas son para primeras comuniones.- exclamo la dependienta sin moverse de donde estaba.
La anciana la miro levantando lentamente la temblorosa cabeza, tenia las cejas pintadas y, bajo sus parpados sombreados de gris perla, brillaban unos ojos negros y vivarachos, duros como dos pedernales.
- Prefiero estas.- dijo manteniendo los ojos fijos en el rostro de la dependienta.
Esta no dejo de mascar chicle ni un segundo e, ignorando deliberadamente a la anciana, comenzó a recoger a toda la velocidad las pulseras desperdigadas por el mostrador. Al amontonarlas, uno de los estuches cayo al suelo. La dependienta se agacho para recogerlo.
- ¿Se las pongo para regalo?- grito sin levantarse.
Pero cuando alzo la cabeza por encima del mostrador la anciana ya había abandonado la tienda. La vio cruzar la calle a través del cristal del escaparate. Con su estupido gorrito rojo, pensó.

Estaba ahora sentada en un banco, en medio de un bulevar ajardinado. El sol de invierno le daba de lleno y ella entornaba los parpados mientras fumaba lentamente un cigarrillo. A su alrededor el trafico emborronaba el dibujo de las fachadas de las casas, altas y señoriales, adornadas con palomas grises en sus azoteas. Dentro de la cabeza de la anciana bailaba una cancioncilla, un suave subir y bajar de notas que la obligaba a tararear incansablemente entre calada y calada de su cigarrillo. Se había quitado el gorrito y su melena lacia y oscura le enmarcaba un rostro de pómulos pronunciados.
Un coche policía pasó lentamente a lo largo del bulevar. Los policías la miraron a través de la ventanilla, llegaron hasta el final de la calle y descendieron del coche dirigiéndose tranquilamente hacia ella. Eran dos hombres con las viseras de sus gorras caladas hasta los ojos.
- Señora, ¿Podría darnos su identificación por favor?- dijo el primero de ellos.
- Me llamo Maria Luisa, ¿por que?- dijo la anciana alzando su mano temblorosa para fumar, intentando no perder su tarareo.
- Porque alguien que nos ha dado su descripción la acusa de haber robado en una tienda de la calle Labor.
Maria Luisa exhibió una sonrisa de dientes amarillos y largos. La canción se hacia cada vez mas rápida dentro de su cabeza.
- Si. He estado en la calle Labor este mediodía, pero yo no he robado absolutamente nada.
- No queremos molestarla más de lo necesario así que por favor, si es tan amable de darnos su identificación.- repitió con impaciencia el segundo policía, fingiendo no haberla escuchado.
Este se había quitado la gorra y la examinaba con ojos indiferentes, con ojos que estaban acostumbrados a no mirar demasiado tiempo a ninguna parte.
- No tengo mi identificación aquí conmigo.- Maria Luisa no dejaba de sonreír.- En todo caso tampoco he hecho nada malo así que no tengo ningún motivo para identificarme.
Los dos policías se miraron entre ellos, y uno de ellos se dio la vuelta para regresar al coche. Maria Luisa había apagado su cigarrillo y miraba al cielo con insistencia, con sus brillantes ojos negros bien abiertos, balanceando un pie al compás de la música que sonaba dentro de su cabeza.
- No querrá meterse en problemas a su edad señora...- murmuro el policía que se habia quedado junto a ella con tono amenazador.
Maria Luisa soltó una risa hueca.
- No quiero meterme en problemas, son ustedes los que me quieren meter en problemas, yo estoy aquí tan tranquilamente tomando el sol, haciendo descansar a mis pobres huesos, joven.
El primer policía volvió del coche, hablaba por una radio a distancia y de vez en cuando soltaba una risa desagradable. Cuando llego hasta ellos apago la radio e hizo un gesto con la cabeza a su compañero.
- Vamos a tener que llevarnos a la señora a comisaria si no quiere colaborar.
Maria Luisa levanto suavemente su barbilla temblorosa.
- Les repito de nuevo que yo no he hecho nada, no he robado nada, es imposible que ustedes me lleven a comisaría sin haber hecho nada. Es absurdo.
Era la hora de la comida y el zumbido del tráfico en el bulevar se había apaciguado levemente. Era la hora del sueño de las palomas y del paseo de los perros. Algunos transeúntes se habían aproximado a los dos policías y a la anciana del banco en el bulevar y permanecían observando la escena a prudencial distancia.
Uno de los policías alargo el brazo con irritación para sujetar a Maria Luisa de la muñeca mientras buscaba con la otra mano las esposas, que le pendían amarradas de la cintura.
- ¡No sea ridículo!- exclamo Maria Luisa retorciendo el brazo para zafarse de la mano del policía.- ¡No se atreverá aponerme unas esposas, vamos, seria el colmo!
El policía soltó a la anciana y se quedo unos minutos con la boca estupidamente abierta. La anciana no parecía ser una de esas chifladas que solían vivir en la calle llena de trapos y papeles. Y quizás era por eso por lo que su actitud le irritaba tanto: La manera en la que ella miraba insistentemente hacia arriba, con sus dos brillantes ojos oscuros, ignorando su autoridad y su presencia.
- Tenemos la denuncia de una dependienta, señora.
Maria Luisa esbozo una sonrisa y siguió tarareando con los labios, colocando sus arrugadas manos una encima de otra, en un intento de apaciguar su temblor.
- ¡Tonterías!.- fue lo único que dijo.
Alrededor de la escena las personas que se habían ido acercando, amas de casa en pantuflas paseando a sus perros, un par de jubilados, el jardinero que regaba los aligustres del bulevar, iban tomando nota de la situación, entendiendo que la posición de la anciana señora era la de negarse a acudir a comisaría.
- Váyase con ellos, firma una declaración y ya esta. Enseguida la sueltan.- observó una señora en voz alta, quien mantenía las dos manos ocupadas por ambas bolsas de la compra.
La anciana negó con la cabeza, haciendo bailar el pie al son del tarareo de sus labios. Mientras, los dos policías continuaban junto a ella, apoyando ambas manos sobre las caderas.
- No tengo ninguna intención de ir a comisaría, no he hecho nada, no he robado nada en mi vida, es injusto, completamente injusto y no me moveré de este banco donde estoy tranquilamente sentada.- repitió Maria Luisa con firmeza.
Y seguidamente, como gesto subrayador de su decisión, se encendido otro cigarrillo. Fue entonces cuando el segundo de los policías, con gesto rápido y furioso, sujeto decididamente a la anciana de la muñeca. Al hacerlo noto como los finos huesos de Maria Luisa crujían bajo sus dedos como el papel.
- Sabe perfectamente que no tienen ningún derecho a hacerme esto.- musito Maria Luisa fríamente taladrando al policía con sus ojos negros.
El policía tiró de su brazo apretando los labios, intentando aprisionar juntas las manos de Maria luisa. Esta se puso en pie con el cigarrillo colgándole de la boca. El grupo de observadores anonimos contuvo el aliento.
- ¡No teneis ningún derecho, no he hecho nada, no he hecho nada!- exclamo ella dejando caer el cigarro al suelo, pataleando. La música se iba de su cabeza y empezó a sentir el comienzo de una nausea.
- Venga, sin contemplaciones. Ya se lo hemos advertido señora.
Entonces Maria luisa doblo las rodillas y se dejo caer al suelo, apoyo la cabeza sobre la tierra y se retorció y revolvió como un niño rabioso, encogiéndose sobre si misma, aullando, apretando las manos fuertemente contra el pecho.
Los policías se apartaron. La señora de la compra dejo caer sus bolsas y se tapo la boca con ambas manos, el jardinero se coloco los cascos de nuevo volviendo su atención a los arbustos, los jubilados menearon con pesadumbre la cabeza. Maria Luisa se retorcía, chillaba, echaba espuma por la boca, aplastada, hecha un ovillo en el suelo.
- ¡Dejadme, dejadme!
Los dos policías se miraron desorientados. Uno de ellos alargo la punta de su bota hacia el cuerpecillo delgado y huesudo de la anciana, rozándole su cabello ralo y teñido de negro.
- Deje de hacer teatro, señora.- murmuro con impaciencia.
Pero Maria Luisa seguía en el suelo, gimiendo, retorciéndose, gritando.
- ¡No voy a ir a ninguna parte, no voy a hacerlo, tendréis que matarme primero!
El policía soltó una risa forzada y miro a su alrededor con gesto de hastío. Después levanto la muñeca para consultar su reloj de pulsera.
- No hemos comido, tu.
El segundo se encogió de hombros y volvió a colgarse las esposas detrás del pantalón, echando seguidamente a andar hacia al coche. El otro le siguió inmediatamente, sin quitarse las manos de ambos lados de las caderas.
En el suelo, llena de arena y arañazos permanecía Maria luisa, con los ojos negros muy abiertos, intentando recuperar la melodía de su cabeza.
- Debería de darle vergüenza señora.- le soltó uno de los testigos de la escena, un hombre de mediana edad, que llevaba una cartera de piel gris en la mano.
Maria Luisa se incorporo lenta y trabajosamente, extendió la mano hasta tocar el borde del banco, apoyándose para coger impulso e incorporase, muy despacio, hasta que consiguió sentarse de nuevo, temblorosa, con gesto dolorido.
- Debería de darle vergüenza a sus años resistirse así a la autoridad, delante de todo el mundo, menudo ejemplo.- el hombre de la cartera gris no se decidía a irse, balanceandose delante de Maria Luisa.

La anciana no dijo nada, alzo sus ojos de pedernal hacia el cielo. Ya había conseguido recuperar la música dentro de su cabeza. El coche de la policía se alejo despacio bulevar abajo.
Maria Luisa coloco ambas manos sobre su regazo y permaneció sentada, llena de arañazos y tierra, sonriendo.



Ennis
Co.Clare
Ireland

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