Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

sábado, marzo 17, 2007

¿Dónde has estado todo este tiempo Olaf?



‘¿Dónde has estado todo este tiempo Olaf?’
Olaf. Había recuperado mi nombre: Olaf
‘Ven Olaf ven, mira qué cosa más rica te voy a dar…’
La anciana estaba abriendo una lata de atún, toda para mí.
Metí los bigotes dentro de la lata con un ronroneo. Era reconfortante volver al hogar.
La mujer comenzó a mesarme el lomo con la mano abierta. Sus dedos olorosos a lejía me trajeron una ráfaga de recuerdos.

Yo, siendo todavía un gatito, jugando con un ovillo de lana. Ella, canturreando mientras fregaba los cacharros en la cocina, la ventana abierta y el sol haciendo brillar las gotas de agua en el fregadero. Las moscas, las primeras moscas de verano, volando a mi alrededor. Por aquel entonces nunca había visto una mosca e inmediatamente su vuelo despertó en mí una poderosa atracción. Nunca pude atrapar a ninguna. Y ella se reía. Lo recuerdo muy bien. Juntaba las manos y se doblaba por la cintura, riéndose sin parar.Seguí con el hocico metido en la lata. Ella se había incorporado trabajosamente y enjuagaba unos cacharros bajo el grifo. Brillaba el sol como antaño pero el parpadeo de las salpicaduras ya no llamaba mi atención.

‘¿Qué es lo que has hecho por ahí sin mi eh?’

Bostecé y arqueé la espalda. Estaba cansado y solo quería dormir. Dormir durante un siglo o dos. Sin embargo, todo se había llenado de recuerdos; el sabor del atún, la lluvia de sol sobre el fregadero, su risa. Entrecerré los ojos y volví a verme otra vez, un gato joven y alegre, lleno de energia. Ese día llovía y ella estaba sentada en la butaca del salón, dormitando frente al televisor.Se había dejado la puerta que daba al jardín abierta y no pude evitar asomar los bigotes por ahí. En el jardín me aguardaba un festín: Gotas de lluvia rodando sobre las hojas de las plantas, caracoles, un pájaro negro posado en lo alto del tejado, un pájaro negro que lanzo una carcajada irritante en cuanto me vio. Salte sobre una carretilla para demostrarle que no le tenía ningún miedo, me hundí en un montón de tierra, me impulse con las patas traseras y escale el muro del vecino para encontrarme con otro jardín, quizás más fascinante que el anterior, adornado de trémulas campanillas blancas y un gallo de veleta que giro frenéticamente en cuanto me miro. Luego apareció un niño, vino corriendo de alguna parte, chillando y apuntándome con un paraguas abierto. Salí disparado de allí, con el corazón latiéndome alocadamente de alegría y terror. Había una carretera asfaltada de brea oscura sobre la que brinqué, rodé, salté, me levanté y volví a rodar varias veces, siempre cuesta abajo, el aire embriagándome con nuevos y diferentes aromas, hasta que llegue a una ciudad; tenía que ser una ciudad, con casas altas, no pequeñas casitas con jardín como las que deje atrás. Había coches y cubos altos olorosos de basura, gente por todas partes y humeantes chimeneas. Me moría de hambre. Descubrí una puerta junto a la que esperaban hordas de gatos hambrientos como yo. Decidí esperar junto a ellos. Al caer la noche apareció un hombre con un cubo lleno de desperdicios deliciosos. Todos luchamos con uñas y dientes, algunos de los otros gatos me arañaron la cara y las orejas pero conseguí morder un filete con toda la fuerza de mis mandíbulas y escapé saltando sobre los cubos de basura hasta llegar a los tejados, con la cara ensangrentada. Encontré refugio junto a un palomar y allí dormí durante todo el día siguiente, arrullado por el murmullo de las palomas. Me sentía lleno de una embriagadora y salvaje felicidad. Deambulé el resto de la semana sobre las azoteas, saltando de una a otra, peleándome con las antenas, husmeando dentro de las chimeneas. Hasta que un día encontré la ventana abierta de una buhardilla y no puede evitar descolgarme en su interior. La casa olía a algo extraño encerrado, un olor que no había olido nunca antes, paseé por las habitaciones y entré alegremente en el cuarto de baño. Allí me encontré a una muchacha tumbada en el suelo con las muñecas ensangrentadas. Tenía los ojos entreabiertos y creo que me sonrió. Lamí su sangre pero no me gustó. Ella parecía tranquila y respiraba suavemente. Volví a sentir el olor extraño y algo se agitó dentro de mi corazón. Pasé varios días en aquella casa, maullando, hollando con el hocico el cubo de la basura para comer, visitando de vez en cuando a la muchacha tendida en el suelo del baño, quien no me volvió a sonreír más. Hasta que me cansé y un día salí por donde había entrado, dejándola allí. ¿Que ocurrió después? No lo recuerdo muy bien. Seguía saltando de tejado en tejado pero ya no sentía la alegría salvaje de antes. A veces, algún transeúnte detenía su caminar y me escudriñaba, “qué guapo eres. Ven aquí gatito, ven”. Y sus palabras eran dulces pero yo nunca quería ir. Recuerdo una vez, dormitando al sol, sentado en el alféizar de una ventana, un chico sacó de repente los brazos desde atrás y me atrapó. “¡Ya te tengo gato negro!”. Me llené de ira y bufé, mis uñas se rebelaron y le arañé salvajemente, la sangre salpicándole los antebrazos. El muchacho gritó soltándome en el aire, resbalé sobre el tejado y caí estrepitosamente sobre los arbustos de un jardincillo interior. Me quedé quieto entre los matorrales hasta que un repentino calambre me hizo saltar. Tenía que salir de allí, salté y salté, estaba vivo, no podía creerlo. Cojeando busqué el camino para salir de la ciudad. Me crucé con dos gitanillos que caminaban juntos, las manos en los bolsillos. Al verme me señalaron con el dedo, “¡Un gato cojo, un gato cojo!”. Tuve el tiempo justo para escalar a un árbol raquítico, un almendro apenas en flor. Los gitanillos trajeron a un perro ronco y negro que apoyaba las patas sobre el tronco y me miraba con odio. Los niños me tiraban palos y piedras. Me acurruqué junto al tronco y, a medida que pasaba el tiempo, mi corazón se hacia cada vez más pequeño, parecía una piedrecilla a punto de estallar. Entonces uno de los gitanillos pegó al perro y el perro ronco se revolvió y le mordió. El griterío que se formó junto al árbol me indicó que era el momento de huir pues ya no me prestaban atención. Suavemente rodeé el árbol y escapé sin mirar hacia atrás. Corrí, salté, encontré la carretera de brea, y después las casas bajas con jardín y el jardín de las trémulas campanillas blancas y el gallo de veleta en lo alto de la casa, quien esta vez no me miró. La puerta que daba al jardín estaba abierta. Aquí estoy otra vez. Me llamo Olaf.

La mujer se quitaba ahora el delantal. Miró pensativa a través de la ventana que daba al jardín, después se sonrió.

“Vete a saber lo que habrás estado haciendo por ahí…”






Ennis
Co. Clare
Ireland

5 comentarios:

Habladorcito dijo...

Meeeeawwwww!!!

Adán dijo...

Hola, me han gustado tus textos... te dejo mi página para intercambiar comentarios... saludos

Anónimo dijo...

Como dueña de gatos que soy.... aaaaaayyyyyyy.... me ha tocado le corazoncito.

La Sil

Gata Bru dijo...

Creo que este gato es mi tío, pues mi padre Morfeo tuvo historias muy parecidas...

bandala dijo...

Me ha gustado mucho ver a trav�s de los ojos de Olaf. Saludos desde M�xico.

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