Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, marzo 16, 2008

Nada que contar


Era verano, chillaban vencejos en el cielo, las calles de Madrid ardientes y vacías. Tenía veinte años. Iba buscando trabajo, una falda larga y sandalias de tiras de cuero.
Alternativamente se sentía bien o mal. Si pasaba delante del escaparate de una librería y veía novelas recién publicadas por escritoras que sabían lo que querían desde que tenían su edad entonces se sentía mal. Si algún chico pasaba a su lado y la miraba de arriba abajo comenzaba a sentirse mejor. Por otro lado si el chico en cuestión decía algo de sus pechos, cualquier cosa, la inundaba un sentimiento de vergüenza intenso, breve, que se iba al segundo como el humo.
Se sentó a descansar en un banco en Raimundo Fernández Villaverde, no sabía como había llegado hasta alli. El sudor había desteñido la tinta de las hojas del diario que llevaba en la mano. Las oes y las íes se iban haciendo eses. La falda larga de lino se había manchado. Delante de ella otro escaparate, esta vez una tienda de esoterismo, había barajas de cartas, dados mágicos, brujas con escobas despeluchadas.
Pensó que dentro igual soplaba el aire acondicionado y que podría entrar un rato para refrescarse. Ding dong hizo la puerta al entrar y un hombre distraído levant
ó un segundo los ojos del libro que estaba leyendo.
Ella paseó el dedo sobre los lomos de los libros.
El tarot al alcance de todos”. El libro incluía una baraja de cartas. Un clásico de reconocido prestigio, rezaba la portada.
‘¿Buscas algo en particular?’
'No, nada’
‘Si quieres aprender a echar las cartas ése es el mejor libro’
‘Ah, genial’ se mordió los labios. ‘¿Cuánto cuesta?’
‘Creo que está de oferta’
Sí, estaba de oferta. Pero tenía que irse, se acabó el chollo del aire acondicionado. El hombre misterioso quería que comprara algo y ella no iba a comprar nada, no después de pasarse toda la mañana buscando trabajo. Lo único que deseaba ahora era meterse en el cine para beberse una coca cola a sorbitos en la sala vacía. A las cuatro era la sesión de precio reducido.
‘No pienso dedicarme a ello profesionalmente’, dijo.
El soltó una carcajada.
‘Eso nunca se sabe’
Eso nunca se sabe, pensó revoloteando un poco más por la tienda, sonaba a invisible invitación. A veces cosas como esa pasaban. Una vez creyó que una señora vieja y rica le iba a dar un billete de mil pesetas. Estaba en el autobús muerta de hambre y necesitaba comprar cigarrillos. La miraba y la miraba, a la vieja del asiento de enfrente, con sus perlas y sus sortijas de oro. Y entonces imaginó que ella se levantaba tendiéndole el billete. ‘Toma, niña’.
Obviamente eso no ocurrió nunca, pero ¿quién la decía que esas cosas no sucedian?
Volvió a la estantería donde estaba el libro y lo sacó de su sitio, apretándolo contra el pecho.
El hombre misterioso había interrumpido su lectura, ella se acercó a la caja y él la miro por encima de sus gafas.
No es que creyera, ella lo sabía, que el fuera a ofrecerla un trabajo, pero esperaba algo, como con la vieja, esperaba que lo mágico pasara, que sucediera ahora, ahora era el momento.
Extrajo el billete de quinientas pesetas cuidadosamente doblado del bolsito de piel que llevaba colgado al cuello; su cine, su refresco, su fin de semana.
‘Nunca se sabe’ repitió el hombre mientras metía el libro en una bolsa de plástico con letras doradas.
Ella dijo que sí, que era verdad, que nunca se sabía nada.
Y sonrió candorosamente.
Cuando salió a la calle el calor la golpeó en las mejillas, estaba lejos de todas partes y la fuerza del sol mareaba. Pero tenía un libro sobre cómo echar las cartas y podría sentarse bajo la sombra de un árbol y beber el refresco con el libro en el regazo.
El Retiro, si llegaba hasta alli estaría salvada.
Arrojó el periódico de tinta aguada en la primera papelera que encontró en su camino.





The only way to write a book is to write a book.


9 comentarios:

Almatina dijo...

Hola , hola caracola.

Al fín he tenido un poquito de tiempo y he añadido links a mi blog, el tuyo el primero,
¡¡saludos de tintas aguadas frescas y depuradas!!

Emma dijo...

Gracias almantina. Saludos de marzo, como las liebres.

Faramalla dijo...

Decía Walser que él era mucho más feliz si no le complicaban la vida con muestras de aprecio. Me ha gustado eso del billete de quinientas pesetas. No apreciaré nada más.
Un saludo, guapetona.

Emma dijo...

Esa es una manera muy elegante de apreciar Faramalla, se agradece.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Es un relato que atrapa, sencillo pero intenso. Me encanto.

Un beso.

Lansky dijo...

me alegro que vuelvas a las andadas, Emma. Esa titi de pechos vergonzosos paseando junto a mi calle...Uhmm

Almatina dijo...

Hola Emmaskarada
el hada montada en el lomo de un viejo vencejo de firmes alas.

Esta noche soñé que me visitabas
saltó la ventana y se abrió
entra las aguas de las cortinas una sonrisa amiga
preparé un té de aromas de otras tierras para la aleteada rosa de visita.
Estoy cansada - dijiste
y te preparé un lecho de hojas secas de salvias y mentas.
La hadita durmió quietecita, mudita en un rincón como una niñita.
Por la mañana la fuí a tapar de la fría alborada y que me encontré nada,
ah! emmaskarada!
Se fué con el rocío tronío a la busca de otros lares y para solucionar otroras batallas pendientes y verdes.
No te angusties.
Cuando quieras hacer un descanso en el viaje de la vida,
aquí tienes una taza de té caliente de una amiga.
Ciao bela!

Jordi M. Novas dijo...

Buen escrito, hace tiempo que no me pasaba por aquí..

Anónimo dijo...

¿Encontró al final la falda y las sandalias?

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