Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

sábado, enero 10, 2009

Egipto, en este instante


Julie Sanders cruzó el puente y se detuvo en el medio. Debajo discurría el río, aquel que llamaban Douro. El puente era uno de los símbolos arquitectónicos de la ciudad, estaba fabricado con un enjambre de hierros, un estilo que seguía la escuela inaugurada por Eiffel, un puente único en su estilo y único en esa parte de Europa. Eso era lo que decían los folletos turísticos.

Antes de llegar hasta allí Julie había caminado sola por la ciudad, pensativa, arrastrando los pasos. Era una ciudad fea cerca del mar. Bueno, realmente no era tan fea, pensó con el transcurrir de las horas. Podría decirse que era triste, pero no fea.

Julie sabía desde el principio que lo que quería era llegar hasta ese puente. Por el camino se ha dedicado a fotografiar la ciudad y sus edificios coronados por estatuas clásicas en las azoteas. Se ha extraviado varias veces, lo que la ha llevado a descubrir al final de una cuesta una pequeña torre de campanario morisco, con almenas y campanas, que no aparecía en el mapa. También ha estado más de media hora delante del escaparate de una agencia de viajes leyendo las ofertas para fin de año. Al despegarse del cristal ha visto a un hombre con sombrero y un minúsculo bigote junto a ella. Se preguntó cuánto tiempo habrían estado los dos así, leyendo uno junto al otro sin verse.

De las ofertas recordaba lo siguiente:

Cuatro días a camello por el Sahara

Viaje a Micenas, atraviese la puerta de los leones y ya nunca abandonará Grecia.

Un crucero inolvidable: Córcega, Cerdeña, Sicilia, Malta.

Tres días pensión completa. Balneario de la Toja. Dése un capricho.

Julie está ahora en el puente y se da cuenta de que no puede dejar de pensar en su perro, que ha dejado en Alemania, al cuidado de su hermana. Su perro es negro y tiene una mancha blanca en el pecho. Es grande pero pequeño por dentro. Nunca pensó que le echaría tanto de menos ni que estaría tan preocupada por él.

La gente pasa al lado de Julie, van deprisa o despacio, algunos se detienen a su altura para echar un vistazo a las aguas del río. Suponen que Julie está mirando algo interesante apoyada en la barandilla. La gente es más curiosa allí que en Alemania, piensa Julie. En Alemania todos pasarían de largo, a nadie se le ocurriría mirar hacia donde ella mira.

Dos hombres negros vienen ahora por su derecha. Julie los ha visto antes junto a la pequeña torre del campanario. Está segura de que son los mismos hombres por las bolsas de plástico llenas que llevan, unas viejas bolsas de plástico con los colores de un supermercado barato de la ciudad. Son jóvenes con ojos cansados. Julie se pregunta dónde dormirán esa noche. Pasan a su lado y parecen reconocerla pero sus rostros están tan fatigados que se desdibujan.

Es extraño, piensa Julie, ella preocupada por su perro, tiene miedo de que su hermana se olvide de él, que no le saque a pasear cuando llegue a casa después del trabajo. Se imagina todo lo que puede pasar por su cabecita de perro. ¿Donde estará Julie?, se preguntará, ¿Por qué estoy en esta casa? ¿Por qué me ha abandonado?

Eso le provoca angustia y el hecho de que esos pobres hombres no tengan dónde pasar la noche no le angustia en absoluto. Eso es lo que considera extraño

Julie decide dejar el puente y regresar. La noche está llegando y a Julie le duelen las piernas de caminar. Caminó todo el día sintiéndose sola a ratos, concentrada en la ciudad desconocida.

Por fin se separa de la barandilla y camina de regreso hasta una carretera. Allí ve una parada de autobús. No pasa un coche y no hay gente en la parada pero cree que esa es la parada del autobús que la lleva a su casa y Julie decide esperarlo porque está demasiado cansada como para hacer andando el camino de regreso.

Se sienta en el banco, bajo la marquesina. Las luces de la otra orilla del río quedan a su espalda. Alguien se acerca, es un chico cargado con una mochila y el pelo moreno y ensortijado. Se sienta junto a ella y extrae un paquete de cigarrillos de su mochila.

Son esos cigarrillos cortos que fuman allí, huelen muy fuerte y tienen un sabor desagradable, como a tinta quemada. Pero lo que le gusta a Julie de ellos es su tamaño. Un cigarrillo tan pequeño no puede ser tan dañino como uno grande.

Sin darse cuenta de lo que hace le pide un cigarrillo al chico. Este sonríe y vuelve a abrir la cremallera de la mochila.

Julie enciende el cigarro con su propio mechero y se siente bien fumando al lado de el chico desconocido en la calle solitaria, al anochecer de un día de soledad y cansancio.

Se siente tan bien que desea que no venga el autobús nunca. Huele a pescado asado y se oye la sirena de un barco a lo lejos, saliendo del puerto.

Llegan más personas a la parada del autobús. Una mujer muy delgada que fuma con ansiedad, las manos huesudas cargadas de anillos y pantalones ajustados. Detrás de ella un chico que parece su hijo pero que tiene que ser su novio porque la besa en la nuca y acto y seguido se pone a fumar muy nervioso junto a la marquesina. Ella parece enfadada porque no responde cuando él le hace preguntas. El fuma y no se inmuta cuando ella no responde. Cuando aparece el autobús sin embargo la sujeta de la muñeca y tira de ella en dirección opuesta. Cruzan delante de los faros encendidos del autobús y se alejan. Julie se pregunta para qué habrán estado esperando el autobús si ahora se marchan.

El chico de la mochila vuelve a sonreír. Sabe que es extranjera y con su sonrisa amable parece decirle que ése es el autobús que ha de coger, que no vendrá ningún otro más.

Julie se sienta al final del todo y deja que los pensamientos entren y salgan de su cabeza, piensa en su perro, en los hombres negros del puente y su cansancio, cierra los ojos y se da cuenta de que se duerme y se asusta un poco. Tiene que estar atenta para no pasar de largo su parada.

Cuando llega a casa se encuentra con su compañera de piso fumando un porro en la cocina. Es una chica belga con el pelo corto que parece estar siempre enfadada con el mundo.

Julie le habla de su día recorriendo la ciudad. Le cuenta cómo es el puente y la torre escondida. Le explica que ponen esculturas en las azoteas y que la gente es muy curiosa, no como en Alemania.

La chica belga le pasa el porro y Julie fuma.

Cierra los ojos y siente deseos de hablar de su perro, de lo que pueden sentir los perros cuando saben que han sido abandonados.

¿Sufrirán mucho? ¿Sufrirán como nosotros?

¿Sabes? La chica belga habla ahora con los ojos entrecerrados, He estado pensando. Tú y yo habitamos en este mismo instante la juventud y la vejez de miles de personas en el mundo. Tú y yo somos jóvenes ahora, con veinte años y, al mismo tiempo, en otra ciudad de Europa o, por ejemplo, en Egipto, seguro que hay tambien ahora mismo una mujer que soñó con la libertad que tú y yo tenemos, que soñó con ella tal y como es nuestra libertad pero con el paso del tiempo la olvidó y ahora que tiene sesenta años se dedica a ver la tele y a cuidar de su marido enfermo. En Egipto. A veces se acuerda de lo que deseó con veinte años y, aunque no sabe nada de nosotras, nosotras somos ella, como si hubiera sido ayer.

¿Te das cuenta?

Julie asintió sin decir nada.

¿No te parece increíble?

Julie le dio otra calada al porro. Si, era increíble. Si lo pensaba bien era bastante increíble.

Se quedaron las dos en silencio durante unos instantes. Sólo se oía el zumbido del frigorífico en la cocina y pasos procedentes del piso de arriba. Afuera la ciudad estaba llena de luces y de vidas de personas que sentían con intensidad, había hombres que buscaban donde pasar la noche, parejas desgraciadas que no sabían donde dirigir sus pasos y, sobre todo, pensó Julie, estaba el río Douro, con sus aguas negras que discurrían suavemente, allí en la oscuridad, sin que las mirara nadie.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Oporto es una ciudad de saudade
(hay una película, de Oliveira "Oporto de mi infancia" que es deliciosa.

Me ha gustado.

abrazos

siloam

emmaskarada dijo...

Gracias siloam. Oporto es una ciudad bellisima.

Lansky dijo...

Menos mal que has corregido que Oporto sea una ciudad fea: es tan bella como Lisboa, pero de forma más arisca

emma dijo...

Lansky, has vuelto!

Lansky dijo...

tanto echarme de menos y ahora no apareces por mi blog...

Asterion dijo...

tantas letras que me he perdido...
no conozco europa si tu dices que una ciudad es fea... es fea si dices mas tarde que no lo es, pues no lo es
Creo cada cosa que leo en tus cuentos
"Se imagina todo lo que puede pasar por su cabecita de perro"
me he quedado con eso
ademas.

Jordim dijo...

Oporto está escondida, sabemos poco del país vecino..

emma dijo...

Asterion, es divertido que me creas. Siempre he querido que alguien me creyera o creyese. Un beso.

Jordim, dejemos a Oporto para nosotros.

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