Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

miércoles, agosto 19, 2009

De revista


Por aquel entonces tenía dinero. Bueno, mis padres tenían dinero, no yo. Pero no importaba, tenía tanto dinero que me permitía el lujo de no pagar en los restaurantes.

Jugábamos a algo muy divertido: Iba con mis amigas a los restaurantes más caros de Madrid, vestíamos muy extravagantes y fingíamos que éramos críticas gastronómicas extranjeras. Hablábamos en ingles exagerando el acento, mirábamos las copas levantándolas al trasluz, íbamos al cuarto de baño y volvíamos pasando el dedo sobre las mesas y, al sentarnos, apuntábamos con cara de asco en nuestras libretas.

Cuando los camareros comenzaban a sospechar algo hablaban con el maître y el maître venía a nuestra mesa y nos adulaba en un inglés muy malo, eso si podía hablar inglés, y se volvía loco por servirnos como a reinas.

En aquella época en Madrid yo y mis amigas podíamos pasar por cualquier cosa.

Nos moríamos de la risa…

Iba a discotecas y a fiestas privadas cuando todavía no tenía los dieciocho. Casi siempre con Alejandrito Solana y sus amigos. Alejandrito me pasaba el brazo por los hombros y decía ‘es la hija de Lolo Vidal’, y así me colaba. Allí fue donde empecé a meterme en problemas.

¿Mis padres? Mis padres no querían saber nada, se tragaban que me había quedado a dormir en casa de alguna amiga con demasiada facilidad.

Mi vida, lo siento, mi vida era terrible para alguien como yo, ¿qué podía hacer mas que malgastar el tiempo y el dinero? Creía que me gustaba la gente, pero al final acabé mandando a todos a la mierda…

Sí, claro que puedes poner eso.

Me escapaba de casa y pasaba las noches en hoteles, como si fuera una estrella del rock.

Estar sola en una habitación de algún hotel desconocido, ah, qué sensación. Las mejores eran las habitaciones con cortinas blancas cayendo hasta el suelo enmoquetado. Podía quedarme allí horas, encerrada, sin hacer nada, con los brazos extendidos, tumbada en la cama.

Era divertido.

Todas las prostitutas de la calle Montera eran mis amigas. Las invitaba al cine o a cenar, repartía propinas a diestro y siniestro.

Una vez quise comprarle un abrigo a una mendiga de la calle Preciados. Hacia un frío horrible. La vi temblando, de rodillas en la acera y, como me dio pena, me puse enfrente de ella y le dije ‘Vamos al Corte Ingles, que te compro un abrigo’.

Pero la mendiga no quería un chaquetón normal y corriente, ¡quería un abrigo de pieles! La tía se probó un abrigo de colas de zorro y se plantó delante de un espejo, dándose vueltas para mirarse, encantada de la vida. El abrigo ese costaba como doscientas mil pesetas y yo me quedé mirándola sin saber qué hacer, hasta que vino una dependienta y me preguntó que si la señora estaba conmigo. En el instante en el que decía que no con la cabeza se me puso un nudo en la garganta. La dependienta se acercó a decirle que no podía estar allí probándose ese abrigo, que ese no era un abrigo para probarse, y la mendiga se dio la vuelta para buscarme, con la expresión relajada de quien sabe tiene una aliada, pero yo ya huía cobardemente. La oí gritar a mis espaldas, me llamó desgraciada o puta, algo de eso.

Volví a pasar por la calle Preciados al día siguiente y allí estaba ella, de rodillas, enlutada. No me atreví a decirle nada.

No pongas esto, por favor.

No sé, a veces pienso que a pesar de todas las locuras que hice, siento que nadie me recuerda, como si nada hubiera tenido importancia… extraño, todo es muy extraño.

Espera, ahora me acuerdo de otra cosa... ¡lo había olvidado por completo!

Me pasó cuando estuve viviendo en un hotel cerca de la estación de trenes de Barcelona. Pasé allí un mes de Agosto para estar cerca de César Márquez, mi novio de entonces.

Estaba fatal, tomando pastillas para todo.

Es tan raro que me acuerde de eso ahora. Pero mira, no creo que me engañe si digo que esa experiencia me salvó la vida.

No podía ver a César muy a menudo, él estaba intentando reconciliarse con su mujer y lo único que hacía era llamarme cuando estaba borracho para hacerme llorar.
'No salgas del hotel hasta que yo te lo diga nena, aquí hay muchos fotógrafos, te lo pido por lo que más quieras', me decía.

Y yo no salía. Sabía que no había ningún fotógrafo, pero yo no salía.

Mataba el tiempo mirando por la ventana de mi habitación. Me pasaba horas de pie, fumando y mirando todo lo que pasaba en la calle, de noche y de día : los restaurantes iluminándose al atardecer, los camareros sirviendo en las terrazas de la estación, las parejas que paseaban de la mano, los taxistas, los rateros, los vendedores ambulantes…

Y me sentía tan mierda… ¿Cómo lo hará toda esa gente?, me preguntaba, parece que saben a donde van, parece que saben donde conseguir cosas, quieren ganar dinero, tener una familia, unas vacaciones, un reloj, una vida…

Pero yo, ¿qué era lo que quería yo?

Yo quería a César. Me decía: ‘O César o nada’

Bueno, que me enrollo, lo que iba a contarte es lo del niño.
Y esto no lo pongas tampoco, ¿vale?

El caso es que tuve que verlo la primera noche que pasé en el hotel, aunque no me acuerdo. Era un niño morenito, como indio. No tendría más de doce años. Un niño con cara de niño, chato, ojos muy negros, el pelo un poco rizado, así, sobre la frente. Un niño.

Por las noches, cuando iba hasta la ventana con el auricular pegado a la oreja, hablando o peleándome con César, el niño siempre estaba allí, de pie debajo de una farola, cerca de la puerta del restaurante italiano de la plaza

La gente salía y entraba de la estación como una marea. Cuando la estación escupía gente el niño desaparecía para luego resurgir de nuevo bajo la farola, sin hacer nada más que rascarse la cabeza de vez en cuando, los brazos pegados al cuerpo, a veces muy quieto, de pie durante horas.

Yo le miraba mientras hablaba por teléfono, le miraba como miraba a todos los que pasaban debajo de mi ventana, sin fijarme mucho, vamos.

Un día César me llamó muy tarde, no sé, serían las dos de la mañana. Estaba muy nervioso, drogado, qué sé yo. Empezó a culparme de todos sus problemas, a mí, que me estaba jodiendo la vida por su culpa.

Fui hasta la ventana tirando del auricular del teléfono. César chillaba como un energúmeno. Entonces vi a un camarero que salía del restaurante con un envoltorio de papel albal en la mano y el niño, que a esa hora todavía estaba en la calle, dio unos pasos hacia él levantando los brazos, cogió el paquete y se marchó, cruzando a toda prisa la plaza.

Yo seguí hablando con César, hablando o chillando, sin enterarme de nada.

Al día siguiente volví a la ventana con el teléfono y el niño estaba junto al restaurante como siempre, moviendo los labios, atándose los cordones de los zapatos.

Y, de repente, chás, una lucecita se encendió en mi cabeza.

Es como cuando oyes una canción, la oyes una y otra vez en todas partes y la canción no te dice nada, no te interesa. Pero un día, por casualidad, porque estás sola o aburrida, tumbada en la cama sin hacer nada, la radio suena y entonces la canción deja de ser el zumbido de mosca de siempre y escuchas la letra y piensas en ella, y descubres que te gusta mucho.

Bueno, no sé si fue así, pero en ese mismo instante me di cuenta de por qué estaba aquel niño siempre junto al restaurante: Esperaba un plato de comida, un plato de comida caliente que le traía el camarero cada noche.

Ten en cuenta lo mal que estaba yo por aquel entonces, tomando pastillas para todo, nada me importaba...

Pero cuando me di cuenta de lo del niño me entró una cosa por dentro… se me rompió el alma, me dio una pena increíble, te lo juro.

Fue como si yo ya no existiera, fue como si descubrir eso me hubiera hecho desaparecer.

Estaba con César al teléfono y fíjate, le colgué sin decirle nada, sin más, cling.

Es que era un niño, un niño pequeño, un niñito solo en medio de toda esa gente, de noche, todas esas personas pasando delante de él, y él solo, de pie durante horas, esperando su comida, sin que nadie le mirara, sin que nadie le viera, nadie.

Me dio un ataque de llanto como no me ha dado en mi puta vida. Me agarré a la cortina y estuve ahí, llorando de pie durante horas, ignorando a César que llamaba una y otra vez al teléfono.

Hasta que alguien llamó a la puerta y me pidió que me callara, que no podía dormir. Se me cortó la llorera de golpe y me puse inmediatamente a hacer la maleta, bajé a recepción, pagué mi cuenta y volví a Madrid esa misma noche.

Lo demás ya lo sabéis todos; rompí con César Márquez.

¡Es tan increíble que me haya acordado de aquel niño ahora!

El niño me iluminó, me dio fuerzas para salir de aquel hotel horrible en el que llevaba un mes encerrada.

No entiendo por qué, no es que yo crea en nada, ni en el destino, ni en ángeles, ni en chorradas de esas. Pero si pudiera saber donde está ese niño lo adoptaría…
(...)

Ahora, enséñame la foto que me has hecho. Ésa no, la segunda, cuando estaba hablando, quiero ver la cara que he puesto.

Sí, esa. Parezco otra ¡No me reconozco!

5 comentarios:

Blumm dijo...

La chica de las peripecias.
Mola entrar a un blog y ver ese enlace de Camba. Qué bueno es el Camba, joder y qué poco reconocido.

Saludos y gracias por la visita, niña.

emma dijo...

Obrigada, caramba.

Lansky dijo...

También se podría escribir un relato sobre un agobiado mâitre de restaurante que tiene que agüantar a una niñatas que hacen alarde de su inglés de caro colegio bilingüe sin reparar en que él las ha calado desde el primer momento en su juego de fingimientos torpes, pero su profesionalidad y la necesidad de ganarse el pan le impide mandarlas a fregar los lavabos ¿No crees?

(Quizás se trate de que a mis 19 añitos trabajé un verano de camarero den la Costa Brava y las pasé canutas con impresentables clientes, y también, muy bien)

harazem dijo...

Me apuntaré a tu club de lectura. Sacaré tiempo para ponerme al día.

Un saludo

emma dijo...

Merci, y si consigues sacar tiempo dime como lo has hecho y de donde.

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