Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

jueves, septiembre 03, 2009

Anecdotario cotidiano




No suelo ser capaz de comprender las cosas a la primera. Años después de ser testigo de este o aquel acontecimiento he conseguido, a duras penas, encontrarle un significado.

A pesar de todo y, debido a mi imaginación o, quizás, a mi tendencia al mito, creo firmemente en que nada es lo que parece (teoría que afiancé durante mis años de fumadora de marihuana).

Hay demasiadas coincidencias, demasiadas coincidencias en las aceras de las ciudades del mundo, tantas que, al final, la vida se las lleva sin que yo haya podido dedicarles una segunda y más atenta mirada.

Por eso me propongo hoy iniciar aquí un breve anecdotario de situaciones cotidianas (¿es que acaso existe otro tipo?) en las que mi pensamiento se ha detenido, otorgándoles un significado más o menos turbio, más o menos misterioso, más o menos mágico, más o menos vacío.


1. El León de Panshir.

Le bauticé así en cuanto le vi, cosa que no sucedió hasta tres meses después, a pesar de que todos los días pasaba frente a él. Me desenvuelvo en un mundo burocrático y exterminador de lo mágico. Vivo entre gabardinas y paraguas, gafas de pasta, faldas tableadas y obligadas formulas de cortesía. Bajo a comer todos los días al mismo restaurante y allí me peleo para alcanzar la sopa caliente que me gusta del buffet, finjo no mirar a nadie, me concentro en mi hambre, olvido, como todos los demás, lo que hay a mi alrededor.
Bueno, no es que alrededor de los grises edificios de oficinas haya algo que sea digno de ver pero ya digo que “El León de Panshir” estaba allí, a la puerta del restaurante, acuclillado en la acera, con una barba bien recortada, piel aceituna, ojos negros y un sombrero (desconozco su nombre) que me hizo recordar a aquel hombre bello, de ojos ligeramente rasgados que luchaba contra los soviéticos en Afganistán.
Hace tiempo vi un documental sobre él (en la 2, claro). Tenía frío, estaba sola en el sofá, fumaba, maldecía, vete a saber. Y cuando le vi, todavía vivo y yo, una joven sin ideales, me quedé inmediatamente prendada de él.
Ahora bien, olvidado estaba el León hasta que me tope con el pedigüeño, hasta que le miré y me gustó. Inclinaba la cabeza cuando los transeúntes cuatro ojos pasaban a su lado, inclinaba la cabeza y se llevaba la mano al pecho, tocándose levemente el lado del corazón.
Era su manera de decir “dame un poco del suelto que llevas en el bolsillo, mamón”.
No habría nada más que contar sobre él si no fuera porque durante los meses de verano en los que me quedé sola en la oficina y la turba de burócratas se largó vete a saber donde, tuve la oportunidad de observarle mejor a través del ventanal del restaurante. Reconocí en sus ojos el brillo de la dignidad y me pregunté: quién será este hombre por dios. Y su vida y la mía eran más extrañas que nunca cuando pensaba así.
Me fui de vacaciones y olvidé al León, al restaurante de comida Express, a los cazadores de papeles, a las secretarias frígidas, a los jefes de unidad adúlteros.
Y, cuando ayer volví al restaurante con mi bolsa de papel, ( si llevas seis veces la misma bolsa de papel te dan un café gratis, no me parece ni bien ni mal, pero creo que un café gratis por usar seis veces una bolsa de papel es una forma como otra cualquiera de estupidizar al personal) vi el bulto de su cuerpo junto a la columna de enfrente del restaurante y, como siempre, complacida con la mediocridad que represento, avancé hacia el buffet, hice tintinear mis pulseras levantando el cazo para servirme sopa de calabaza en un bol, levanté la cabeza y miré, soñadora, casi cariñosamente en dirección al León. Pero, oh, ¡no era él! La sopa cayó, ardiendo, sobre mi mano alzada y tuve que gritar en aquel aséptico lugar.
Nadie me prestó atención, menos mal.
El León de Panshir ya no era él. Era pero no era. Me explicaré: Vestía el mismo ropaje holgado y oscuro, una tunica sobre los pantalones anchos. Llevaba el sombrero de los muyahidín afganos, el sombrero aquel cuyo nombre nunca sabré. Tenía la barba recortada, y los ojos rasgados y la piel aceituna y la mano iba y venía a su pecho cuando alguno de los burócratas pasaba a su lado sin mirarle. Pero no era él. Es decir, era alguien idéntico a él.
La clientela del restaurante Express nunca ve más allá de sus narices, por lo que el cambio del León de la puerta por tan perfecta copia no podía estar exento de intención. El nuevo mendigo solo se diferenciaba del anterior en una sonrisa meliflua y unos mofletes mas hinchados.
Un mendigo cambiado por otro mendigo, un mendigo envuelto en trajes de guerrero, sustituido por otro mas vulgar, que ni de lejos podia aspirar al brillo en los ojos de mi Leon... ¿Por qué?
Comí dándole mil vueltas al asunto sin llegar a ninguna conclusión. Salí del restaurante y clavé los ojos en los ojos del impostor, éste sonrío dócilmente, inclinó la cabeza, se tocó el lado corazón.
Me dieron ganas de darle un puntapié.

Ahora que escribo esto me vienen a la cabeza las palabras asesinato, espía, valiente y ladrón.
Pero poco puedo hacer, el significado no me será jamas revelado por lo que, con el falso León de Panshir, queda oficialmente inaugurado este, mi anecdotario cotidiano.


Próxima entrega: El Delfín de Guardamar.

Otro hecho real del que he sido testigo este verano, no tan extraordinario como las zancadas que mi vecino del piso de arriba da a las tres de la madrugada, pero que ha de tener un significado oculto del tamaño de Córdoba.

2 comentarios:

Lansky dijo...

Te comprendo, Emma, yo algunas veces he visto un duplicado de un SS de un campo de exterminio en el burócrata que me enreda con más demandas en la ventanilla; o aquel famoso asesino en serie que destripaba prostitutas en el Londres decimonónico en ese pijo que agita en el pub las llaves del BMW aoparcado a la puerta. Muy conclusión es que, por muy imaginativa que sea la naturaleza, parece tener unos patrones de tipos que usa una y otra vez.

(El gorro que dices es el de la etnia pastún)

Lansky dijo...

Ah, se me olvidaba: por si no lo has visto, como tus deseos son órdenes, he colgado una foto de "Maja", mi burra, encima de Audrey Hepburn, en el post de las mujeres y la Vía Láctea. A mandar.

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