Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, septiembre 06, 2009

Anecdotario cotidiano


2. El Delfín de Guardamar


De este hecho fui testigo en un lugar de España donde no se espera ser testigo de nada, sino todo lo contrario, un lugar de España al que la gente acude desde hace décadas precisamente por su previsibilidad : Playa, familias abrasándose al sol, camareros portando paelleras quemadas, bocas llenas, vientres celulíticos, niños llorones, colillas en la arena.

Estar allí el ultimo día del verano, de mi verano, 31 de Agosto del 2009. Estar allí sentada en una hamaca en el porche viejo, atravesado por corrientes de aire, donde los ojos iban de los versos exquisitos de Cernuda ( el más grande poeta español del siglo XX) a los rostros abotargados de la gente, atontados por tanto sol y tanto vacío ( o debería decir por tanto vino ingerido por las generaciones pasadas)

Tus ojos son de donde

la nieve no ha manchado

la luz, y entre las palmas

el aire invisible es de claro.


Tu deseo es de donde

a los cuerpos se alía

lo animal con la gracia

secreta

de mirada y sonrisa.


Tu existir es de donde

percibe el pensamiento,

por la arena de mares

amigos,

la eternidad en tiempo.


El caso es que leía poesía (o fingía que leía) mientras las mujeres del porche vecino, cual urracas en torno a una tetera de plata, hablaban del hijo y sobrinito de una de ellas (Fernandito) quien hasta hace poco se entretenía construyendo un castillo en la arena y que ahora lloraba con hipos y ahogos entre las mujeres, agarrándose al muslo de su madre.

Lo que había ocurrido es que la criatura, embebida durante horas en levantar un castillo de arena junto a las olas, no había reconocido a su tía, quien se había acercado a la orilla para pedirle que dejara de jugar y fuera a casa a por la merienda. La señora, una mujer alta, con voz de fumadora empedernida, había llamado al niño suavemente al principio y después, a gritos.

- ¡Fernandito, Fernandito!

Pero el chaval, quien había despegado, asombrado, los ojos de la arena, para posarlos sobre la mujer que le llamaba con gestos de la mano y que, incluso, sujetándole de un brazo, se había atrevido a levantarle, arrastrándole lejos de su castillo, incapaz de entender qué era lo que le estaba sucediendo, había lanzado tal estremecedor berrido que todas las madres de la playa, incluso las menos culpables, habían pensado que alguien estaba intentando llevarse por fin a uno de sus hijos.

La legítima madre de Fernandito había acudido corriendo a consolar a su hijo, quien había roto a llorar desconsoladamente, arrodillado en la arena con su atribulada tía aun sosteniéndole del brazo, sin entender nada.

Y ahora se lo aclaraban las unas a las otras en la terraza contigua, que qué le había pasado al niño, y entre todas habían llegado a la conclusión de que el pobre había sufrido un brote de amnesia, un brutal bloqueo, y lo atribuían al sol y al carácter naturalmente despistado del chiquillo.

-Pero si es la tita Margarita, la tita, ¿no ves?

El niño aun lloraba, mirando con recelo a su tía, y la mujer sonreía nerviosa y se inclinaba para darle un beso en el moflete.

En mitad de la fascinación que la amnesia del niño me había provocado y, cuando ya había olvidado completamente al más grande poeta del siglo XX y me disponía, yo también, a prepararme algo de merienda, otro hecho aun más fascinante vino a suceder en primera línea de playa, justo enfrente de mi porche de las mil corrientes de aire.

- ¡Tiburooooooooooooooooon!

- ¡Ay, madre mía, un tiburón!

Y, efectivamente, asomando entre la cresta de espuma emergía una aleta brillante y un pez enorme se transparentaba, subiendo y bajando, nadando entre los bañistas, que corrían despavoridos, las manos en alto, las bocas desencajadas, para alcanzar la orilla.

- ¡Llamad a la Guardia Civil!

Me puse en pie de un salto y Cernuda cayo al suelo con un chasquido, la playa entera era ahora el centro del mundo y no nos hubiéramos movido de allí ni aunque nos hubieran bombardeado. Por fin pasaba algo y ese algo no era que Fernandito lloraba porque no reconocía a sus familiares más cercanos sino porque un tiburón nadaba entre nosotros, un escualo peligroso, hambriento de carne humana.

Dos jóvenes morenos y sinuosos como dos anguilas avanzaron entre las olas sin ningún miedo, se veía que estaban entrenados virtualmente con la ayuda inestimable de los “joystick” de su infancia para enfrentarse a cualquier tiburón que se les cruzara en el camino. Por otro lado el animal estaba tan cerca de la orilla que había quedado encallado en la arena y ahora apenas se movía, tan sólo cuando una ola le pasaba por encima, pero sin hacer ningún esfuerzo para volver a las profundidades.

Pronto todos pudimos ver que no era un tiburón, sino un delfín. El gentío era tan denso que hubo un momento en que ya no pude ver nada. Fernandito salió disparado con el bocadillo de la merienda en su mano y su presunta tía corriendo detrás de el, gritándole que se le iba a llevar algún desconocido.

Los agentes de la Guardia Civil llegaron con el silbato en los labios. La gente se separó de mala gana dejando ver al delfín varado en la línea que separa el mar de la arena, moviendo apenas la cola, moribundo, el agujero de su lomo abierto, solo, inmensamente solo entre tanta de gente. Uno de los guardias se metió con calcetines y zapatos en el agua para tocarle, brevemente, el lomo. (No sé por que hizo ese gesto).

Ni Cernuda hubiera podido describir la pena que me produjo ver al delfín allí. Inmediatamente me acorde de ET, el extraterrestre, y el primer genuino nudo de dolor que se formó en mi garganta de niña cuando le vi atrapado por todos aquellos cables que le pusieron los científicos, su corazón transparentándose, latiendo débilmente, a punto de morir.

Transcurrieron las horas y hordas de curiosos iban y venían para ver al moribundo delfín, muchos decepcionados pues esperaban ver en su lugar a un tiburón, los padres levantaban a los niños sobre los hombros.

- No tiene colmillos- observó Fernandito volviendo al porche donde se sentó a devorar tranquilamente su bocadillo, olvidando que había estado, hacia pocos minutos, a punto de ser raptado por una desconocida.

Más tarde, cuatro bronceados voluntarios de la Cruz Roja atracaron en la arena, bajaron del jeep y caminaron hacia el delfín con su mejor estilo de “Vigilantes de la Playa”. Ellas llevaban falditas cortas que dejaban ver sus piernas morenas y ellos se cubrían con enormes gafas de sol. Como un solo hombre y, bajo la atenta mirada de los mirones que esperaban que hicieran algo heroico, se aproximaron al delfín y lo sujetaron con una firmeza innecesaria pues el animal ni se movía, y una de las muchachas de faldita le acarició el morro con arrebatada ternura.

Pero a medida que iba cayendo el sol los vigilantes de la playa fueron perdiendo su inicial porte heroico, las chicas dejaron de susurrar dulces palabras al animal y se alejaron de la orilla, la gente se iba de la playa, cargando con las sombrillas y las neveras, la cena aguardaba, la ducha y la cena frente a la televisión. Se alejaban y al pasar frente al porche oía, con un tono cansado, ¿qué van a hacer con él? preguntas sin respuesta que dejaron en la playa un extraño silencio, como si “algo” se quejara de que después de tanto alboroto y emoción todos se fueran, así, sin más, como si nada.

Tuve tiempo de darme una ducha y salir para ver al delfín, con los vigilantes de la playa a su lado, aun allí, solo, hasta Fernandito había desaparecido, me senté y devolví a Cernuda a mi regazo, una estrella se encendió en el cielo, una única y solitaria estrella y me dije, como se dicen las cosas que parecen sagradas e importantes, como cuando se lee poesía en silencio en medio del bullicio, me dije que no me olvidaría de ese delfín que vino a morir a la orilla de la playa el ultimo día del verano, 31 de Agosto 2009, me dije que si el había venido a morir allí habría sido por algo, por no morir solo, por ver nuestras caras de idiotas, para que aquel Guardia Civil le tocase en el lomo, no sé, por algo.

Sus propias razones tendría, razones que a mi se me escapan, como todas esas situaciones cotidianas con las que me encuentro cada día y tienen, lo sé, un significado oculto.
Yo no puedo hacer nada, ¿qué coño sé yo de estas cosas?
Y al final se lo llevaron, lo remolcó un barco con ayuda de una banda de goma, su silueta se recortó en el cielo cuando lo levantaban para subirlo al barco.
Le mandé un beso (sí, y qué)
Le mandé un beso y le añadí a mi anecdotario cotidiano.


1 comentario:

fernando megias dijo...

Precioso el poema. Tu narración me trae recuerdos ya lejanos, como si en ciertos hábitos humanos no hubiera echo mella el tiempo. Fernandito y sus tías podrían formar perfectamente parte del anecdotario de mi vida. Un saludo y gracias por visitar mi blog.

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