Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

lunes, septiembre 14, 2009

Anecdotario cotidiano



4. La Brasserie



Es verdad que no sabemos nada de los otros. No sabemos nada de los otros porque la gente nunca dice nada.
Esta es una verdad como un templo.

Me ha sorprendido la lluvia, estoy en una “brasserie” situada en algún punto del Norte de la ciudad y- así lo espero- no muy lejos de mi casa. Me he refugiado aquí escapando de la lluvia traicionera de Bruselas, cuando llueve nunca esperas que llegue a diluviar como lo hace ahora, pero a veces sucede, empieza despacio y, pasados unos minutos, si no tienes paraguas no hay nada que hacer, te calas hasta el tuétano.

Volvía a casa caminando después de una extraña excursión organizada por los servicios sociales de la institución en la que ahora trabajo. La gente, temerosa como yo, no hablaba en el museo, ni en la escuela de 1920, de arquitectura modernista, que nos han enseñado.

La timidez de los desconocidos. Todos éramos desconocidos, y tímidos sólo a causa de las circunstancias.

He sacado mi cuaderno y escribo esto mientras gotas de lluvia se desprenden de mi pelo y ruedan por mi nuca. Tengo todas las papeletas para pillar la gripe A, la “swine flu”, una neumonía, cualquier cosa.

Veo, frente a mí y junto al ventanal, a un hombre vestido con camisa a rayas y tirantes. Un hombre anciano que, cuando gira la cara, me muestra una mejilla fofa y los pelos de un bigote cano. El hombre está solo, bebe tónica y fuma mientras mira por el ventanal, de vez en cuando pesca un cacahuete y lo mastica con detenimiento, luego fuma otra vez.

Podría ser un hombre triste, por qué no. Es una tarde de lunes, de lluvia gris, una tarde para repasar despacio momentos irrecuperables, sentirse derrotado y sin esperanzas.

Pero en lugar de ver a un hombre triste me digo que mejor ver a un hombre valiente. “He ahí un hombre valiente. No hay muchos hombres valientes hoy en día. Ese de ahí es uno de ellos, un superviviente de Auswitch por ejemplo. Un hombre del que nunca sabré nada, del que nunca sabremos nada, que desaparecerá en poco tiempo”

Sigue lloviendo y no tengo a donde ir.

Bueno, eso no es estrictamente verdad: Es una medio verdad.

No deja de llover, eso es verdad. Pero sí que tengo a donde ir, lo que pasa es que me puede mi tendencia dramática y he tenido que escribirlo.
“No tengo a donde ir” y “Ya no te quiero”, las dos cosas mas tristes que puede decirle un ser humano a otro. O al menos en las que puedo pensar ahora.

Voy a cenar aquí. He pedido una ensalada de nueces con roquefort después de reflexionar profundamente delante del menú.
Cuando encargo la comida pienso que quizás haya sido un error. No puedo estar a más de veinte minutos de casa. Además, ya no llueve tan fuerte.

El hombre valiente de los tirantes ha vuelto a encender un cigarrillo. Todo está muy silencioso en esta “brasserie”. Las “brasseries” belgas son como las cafeterías Manila madrileñas. Te sientas en sillones de sky, hay grandes espejos y ventanales, los camareros llevan pajarita, o chaqueta, o son muy serviciales, suena música ambiente y normalmente sólo hay cuatro gatos que mastican en silencio.

Los otros gatos que tengo a mi derecha es una pareja que bebe y fuma dirigiéndose de vez en cuando alguna palabra breve, alguna ininteligible pregunta. “Oui”, responde ella, gafas de pasta roja, cuello arrugado, pelo corto teñido de rubio, terriblemente involucrada en su cigarrillo.

La voz de Tom Jones, a un volumen ambiente tal que hasta ahora no la había escuchado, se oye a través del hilo musical.
“It’s not unusual”

“Todo es deprimente”, escribo con dolor de codos y dedos.

He terminado mi ensalada y ahora bebo cerveza. El hombre valiente se ha ido hace un minuto. Al ponerse en pie me he dado cuenta de su cojera, más que una cojera parecía que tenía el lado izquierdo del cuerpo paralizado y que era su lado derecho el que lo arrastraba. Eso ha confirmado mi teoría sobre su pasado heroico.
Me ha lanzado una mirada de curiosidad antes de salir. Probablemente ha captado mis continuas preguntas silenciosas sobre él. Todos tenemos antenas.

Ya lo tengo, este es un lugar donde la gente viene a esperar a la muerte. Sí, es la idea mas deprimente de toda la tarde, pero mirando a los escasos clientes, la pareja fumadora de mi derecha, el camarero que fuma ahora en la puerta de la calle, dos ancianos de pelo blanco que expulsan bocanadas de humo en su mesa al fondo del local...

Todos, todos sin excepción parecen estar esperando a alguien, a la muerte, a quién si no.

El tabaco mata antes así que ¿por qué no fumar para que la muerte venga lo más deprisa posible?

Creo que me ha sentado mal el roquefort, la piel se me pone de gallina y tengo escalofríos. Voy a pillar una gripe que me va a matar, me estoy quedando fría, agarrotada y fría.

La muerte vendrá directamente a por mí, saltando por encima de todos los otros.

Tengo que salir de aquí.

5 comentarios:

Tomás dijo...

He aquí una cuentista. He aquí un lector satisfecho.

Lansky dijo...

Estás en un país, y una ciudad, que es mitad un geriátrico de ricos mitad un refugio de funcionarios vegetando. Urge que escapes.

Anécdota: años ochenta, yo y mi moto, correctamente vestido, camiseta blanca, blue jeans, cazadora de cuero, las 11 de la noche en la Grand Place, me acerco a un tipo que la cruza en diagonal para preguntarle una dirección, el tipo al verme acercar...sale corriendo. La típica "hospitalidad" miedosa belga.

Pero los perdono porque Simenon, Brel y Yourcenair eran belgas (y todos hyueron de allí, Emma)

Emma dijo...

Lo sé Lansky. Pero yo no puedo huir mas. Esperaré a que venga un motorista y me lleve :)

Gracias Tomas, si tu estas satisfecho yo encantada.

fernando megias dijo...

La muerte esa costumbre de toda la vida. Me gustan los días grises y la belleza de la perdida de color de las cosas. Obviamente la geografía nos condiciona, pero seria muy aventurado afirmar que todos los belgas son tristes y aburridos. nuestra percepción de de ese entramado de ficciones a la que llamamos realidad es lo verdaderamente determinante.

Emma dijo...

Y, ademas, esa percepcion llamada realidad varia de un dia a otro. Por eso, ni los dias grises son siempre grises, ni yo soy siempre yo.

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