Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

sábado, septiembre 19, 2009

Anecdotario cotidiano



5. Los pasajeros zombies.


Cuando era una niña leía novela juvenil, cuando era una adolescente leía novela adulta, ahora que soy adulta ya no se qué leer, todavía no han inventado la novela octogenaria.
Por eso el otro día me dije que debería empezar a escribir una novela solo para mí, a mi medida.
Pero he hecho un descubrimiento: Escribir bien es terriblemente difícil. Y escribir una novela es prácticamente imposible.
No tengo vida suficiente para escribir. No tengo vida, mi biografía es vulgar, propia de una joven mujer de mi generación.

Miro a la gente en el autobús y pienso en sus biografías. Quizás el hombre sentado en el lateral de la plataforma, el de las gafas redondas y foulard naranja alrededor del cuello, tenga una biografía más interesante que narrar, aunque me pregunto qué clase de vida puede tener un belga de mediana edad. Pero enseguida me digo que Magritte también era un belga de mediana edad, habituado a irse a dormir a las seis de la tarde y que, sin embargo ,tenía ideas nada corrientes.

Saco el cuaderno y comienzo a escribir sobre un hombre aparentemente aburrido pero que dobla la media de la imaginación humana.
Me fijo en el pasajero que Magritte, el hombre del foulard, tiene sentado al lado: Este es un hombre joven de frente despejada, ojos juntos y nariz aristocrática. Tiene la boca entreabierta y un gesto de fastidio evidente. Mira a su alrededor como si todos fuéramos enemigos. Junto a sus pies, hecho un ovillo, hay un perro blanco, casi un cachorro. El hombre sostiene la correa y de vez en cuando lo mira con expresión de sufrimiento, como si tenerlo enroscado junto a sus tobillos fuera algo injusto y humillante para ambos.
Me olvido de Magritte y me concentro en el lunático del perro.
Imagino en qué clase de familia ha crecido, qué era lo que hacia de niño, anoto que fue un niño mimado que, sin embargo, nunca obtuvo lo que pedía. Por eso ahora es tan celoso con su perro, porque de pequeño no le dejaron tener uno.

El autobús ha parado y una mujer de unos treinta años levanta con esfuerzo el cochecito de un niño con la intención de entrar por la puerta trasera. La gente de la plataforma se aparta, pero nadie mueve un músculo para ayudarla. El autobús se pone en marcha a toda prisa y el cochecito da un bandazo. Ella tiene reflejos para sujetarse rápidamente a una barra lateral, sosteniendo con la otra mano el carrito, mientras busca con la mirada un lugar seguro donde situarse.

Los viajeros que estamos sentados la miramos con indiferente curiosidad. Es como si todos pensáramos que una joven madre que tiene un bebe recién nacido no debería subirlo en un autobús abarrotado de gente. La miramos y sabemos que no podemos cederle el asiento porque ella no podría acomodarse en el pasillo con el coche del niño. Eso nos tranquiliza y nos exime de ayudarla, también nos permite juzgarla con total tranquilidad, pensar que es una irresponsable por meterse por la puerta trasera del autobús con un carrito de bebé, sin pensar en las consecuencias.

Llega una nueva parada y Magritte, el hombre del foulard naranja, se levanta y abandona su asiento junto al joven lunático del perro.
Inmediatamente la joven madre hace maniobra con el coche para ocupar el asiento libre. Avanza titubeante, tiene los ojos oscuros, el pelo lacio y sucio. Todos la miramos. Su maniobra es peligrosa pero no podemos ayudarla, creo que ni aunque pudiéramos la ayudaríamos, estamos pegados a nuestros asientos.
El autobús arranca con inusitada potencia y en ese mismo instante el perro lanza un gañido, ella le ha pisado.
-¡Es que no ha visto a mi perro! – grita el lunático con rabia, los labios temblándole, las manos se enrollan nerviosamente la correa alrededor de la muñeca, tirando del perro para acercarlo más a sus rodillas.
No puedo creerlo, el joven lunático ni siquiera se ha movido para dejar que ella se sentara.
Estoy, por fin, indignada.
La joven madre, sentada ya junto al lunático, sujeta con una mano al bamboleante cochecito y vuelve la cabeza para mirarle fijamente. El lunático sigue mascullando, pálido, el entrecejo fruncido, la barbilla baja, meneando la cabeza con gesto de intenso sufrimiento, y ella no le quita la mirada de encima.
Después pregunta, con voz inexplicablemente dulce.
“¿De qué raza es su perro?”
El no la mira y responde algo que no entiendo.
Y ella, el pelo lacio cayéndole sobre la cara, se inclina y acaricia al animal, que mueve la cola, agradecido.
“Es un perro muy bonito, ¿cuánto tiempo tiene?”
Ni la anciana que lee una revista a mi lado y ahora mira por encima de sus gafas, ni el adolescente con gorra y granos del asiento de mi derecha, ni ninguno del resto de pasajeros que ha presenciado la escena, entiende cómo es posible que ella le hable con esa dulzura, que acaricie al perro, que le haga preguntas, como si fuera un niño muy solo o muy triste, abandonado, como si fuera el perro mismo.
El lunático está claramente incómodo. Pero ella no le deja en paz.
“¿Y cómo se llama?”.
“Perro”, contesta él, desesperado.
“¡Perro!, ¡pero eso es genial!”
Y acaricia más a “Perro”, tanto, que parece que entre “Perro” y ella lo que en realidad hay es un reencuentro.
El lunático mira a “Perro”, y luego la mira a ella, está confuso, pero ya no parece tan enfadado como antes, vuelve a mirar a “Perro”, que lame la manos de la joven madre y entonces, como si estuviera celoso, baja la mano para acariciar él también a “Perro”.
Durante un minuto o dos ella y lunático acarician al animal. Luego él retira la mano, confuso, mira hacia delante y- me doy cuenta- todo su malhumor ha desaparecido.

Llegamos a la parada en la que “Perro” y Lunático han de bajarse. La joven madre ha adquirido un brillo sobrenatural ante mis ojos, ya no es la mujer irresponsable que vi cuando subió al autobús, una de esas madres que acarrean a sus hijos de un lado a otro con el gesto de quien preferiría no hacerlo.
Ahora es alguien imprevisible. No hay mucha gente imprevisible en el mundo.
Me atreveria a asegurar que, con su gesto, ha cambiado el curso del tiempo y de la historia.
Se despide de “Perro” con un achuchón, acercando la boca a su morro fingiendo darle un beso. Lunático tira de la correa con fuerza, luchando por sonreir. Cuando salta a la acera se queda de pie en la parada, como si no supiera hacia donde ir, “Perro” husmeando el suelo a sus pies.

Ahora ella se inclina sobre el bebé dormido dentro del carrito, después apoya la espalda contra el asiento, suspirando, cierra los ojos, y yo la miro, asombrada.

13 comentarios:

Bel Nu dijo...

un cuento urbano, se lee bien...!

Emma dijo...

Es todo real, no me invento nada, lo que veo en la calle y quiero explicar.
Gracias por el comentario Isabel.

Lansky dijo...

Me ha gustado mucho, y nadie inventa nada en el fondo, ni los viajes a los confines del universo en busca de extraterrestres. Lo has contado muy bien. Me recuerda, salvando los contextos, a un cuento suelto que tiene Marsé en un tranvía de hace medio siglo en Barcelona: cambia la fauna, y no cambia nada.

Y sí, escribir una novela es muy dificil, aunque sea mala, pero los nóveles creen que lo dificil es publicarla, que también.

Emma dijo...

Gracias, Lansky. Yo por ahora lo que hago es escribir a ver si algun dia encuentro el tesoro, y el tesoro serà, supongo, o escribir bien o nada.

Blumm dijo...

Hay un cuento por ahí de Aira, creo. Tu cuento, relato, intimidad o suceso, me ha recordado mucho al cuento del perro de Aira. Aira es muy grande, aunque sólo lo conozca Dios.



Gracias por la visita.

Blumm dijo...

Sí, se titula El perro y es de Aira. Comprobado. Es un cuento inédito que aparece en la revista Quimera número 303.

Por si puedes conseguirla.

Emma dijo...

Genial Blumm, gracias. Mira que son raros los perros!

Dante B. dijo...

Emma:
parece que te sobran argumentos. Lo demás es sólo un duro trabajo.

Emma dijo...

Lo sé, cacho de pan.

Sierra dijo...

Este me ha gustado bastante. Entre otras cosas demuestra algunas de mis intuiciones sobre los belgas; pero eso en un aparte: todo el desarrollo es muy bonito. No habría por qué pedir más de un cuento.

Escribir una novela creo que es difícil según. Mientras más difícil la escritura, más probabilidades de que el resultado sea digno de interés, pienso —aunque no sea una garantía: la escritura no da nunca garantía alguna—. Y no porque valore el esfuerzo, que no.

Por otra parte, yo no me fijaría en mi biografía para escribir una novela. Todo lo contrario.

Emma dijo...

Yo tampoco, Sierra. Yo me fijaria en algo que hubiera deseado que me sucediera si fuera otra persona, o escribiria sobre circunstancias que me asustan o me da miedo que sucedan.
Gracias por el comentario.

Anónimo dijo...

Emma, a mí me ha emocionado mucho. te leeré.
un saludo. frida Sinka

Emma dijo...

Gracias Frida, de corazon.

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