Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, octubre 11, 2009

Anecdotario cotidiano


6. El perro del diablo en Sicilia.
( escrito en el anecdotario tras un viaje en tren desde Siracusa a Palermo)


Recuerdo esfuerzos en el tren por describir lo ocurrido en un cuaderno negro manoseado, de una pauta. Apretaba el bolígrafo mientras los dos adolescentes que se enroscaban frente a mí como dos babosas, dándose besos y patadas, hacían que la mesa donde me apoyaba se tambaleara y con ella el bolígrafo, y cuando escribí la palabra “diablo” de la “o” salió una raya que zigzagueó hasta el final de la hoja, y ahí me detuve para mirarles con ojos asombrados, porque en ese instante supe que era real, que lo había visto hacía tan solo unos minutos, en el andén de la estación de Bicocca.

Todo sucedió muy rápido, el tren había parado y yo era la única que había descendido, angustiada por saber si habría llegado a tiempo para hacer el cambio y tomar el tren a Palermo. La estación de Bicocca no era más que un andén junto al que corrían infinidad de vías herrumbrosas. Un joven, de unos dieciocho años, ojos negros, avanzó hacia mí con lo que parecía ser una sonrisa, aunque estaba a demasiada distancia como para que pudiera saberlo, y pensé que no era el momento de jugar a ser una Claudia Cardinale sin maleta.

Fue entonces cuando le vi, apareció de la nada, corriendo entre las vías, el perro más extraño que yo había visto en mi vida, un perro que, pensé, quizás venía siguiendo a los trenes que cruzaban la isla, esos trenes tan lentos que podían ser fácilmente acechados por lobos y otras fieras.

Era gris, con el pelaje corto y en punta, de patas largas, cabeza estrecha y orejas cortas, venía hacia mi con la boca entreabierta, enseñando sus colmillos, y me dije que nunca debería haber descendido en Bicocca, y que ya era demasiado tarde para pensar en ello.

Lo que más me sorprendió del animal fueron sus ojos, amarillos con la pupila intensamente negra. Dos ojos rientes acompañando a la boca entreabierta, y me dio la sensación de que más que un perro era una persona, un niño salvaje que corría a mi encuentro.

El joven, ya a mi lado, me examinaba con una diminuta sonrisa. Cuando vio al perro, se volvió hacia él y le detuvo, hablando en una lengua ininteligible, levantando la mano. El animal aminoró la carrera para continuar más despacio, sin despegar los ojos de mi, la lengua colgándole de la boca y la risa entre sus dientes, dejando ver restos de carne o, me imaginé, de carroña.

El tren que me había llevado hasta allí partía ahora silbando a mis espaldas, en el andén solo estábamos el perro casi humano, cuya presencia lo llenaba todo, y el joven moreno siciliano, con su sonrisa de suficiencia.

Y, entonces, de alguna manera, percibí que era algo mío, algo que yo tenía era lo que había atraído al siciliano y al perro de ojos amarillos, y sospeché que ese algo no era otra cosa que mi inocencia, porque lo escribo aquí sin ningún rubor: Yo sé que soy inocente y que estoy perdida, por mucho que a veces crea albergar algo podrido dentro, malhadado, algo peligroso y torcido, pero no creo que eso realmente exista. En todas mis fotos mi maldita bondad me brilla en la piel, tirante, y ni pizca de maldad o de envidia me deforma los labios o los ojos, lo que me convierte en una persona poco fotogénica, lo sé de sobra, por eso nunca me hago fotos, no lo soporto.

Eché a andar por el anden y el perro vino detrás de mí. Sentí la vaharada de su aliento en las corvas y fue como si quisiera metérseme dentro. Me asusté pero el joven siciliano le chistó, lo que provocó que el perro se apartara de mi de nuevo,con un leve aullido, como si algo le hubiera golpeado, pero nadie le había tocado, sólo que el siciliano parecía tener más control sobre él de lo que parecía, como si ese perro piojoso no fuera en realidad el perro salvaje y vagabundo que parecía ser, sino su propio y obediente perro.

Con la seguridad que sólo provoca el miedo me volví hacia el joven y le pregunté por el tren a Palermo. Los dos, perro y siciliano, me miraron sorprendidos por el sonido de mi voz. Los efluvios del aire mohoso del final del verano, dormido y fermentado entre las vías, me provocaron zumbidos en los oídos.

Supe que en breves instantes sabría si seguiría adelante o si mi inocencia me llevaría a quedarme allí, paralizada para siempre por el aliento del perro y el hombre.

Pero quizás mi alma no fuera tan pura como creía.

El siciliano sonrió, esta vez abiertamente, enseñando unos dientes largos y amarillos, y señaló súbitamente a un tren que se aproximaba a la estación sin hacer ruido. Con la otra mano- me di cuenta de ello- detuvo al perro que se preparaba en aquel instante para lanzarse sobre mí.

-Palermo- dijo, bajando la cabeza, condescendiente.

Me dejó ir, corrí, salté sobre cascos rotos de botellas, vi las piedras menudas entre las que crecía la maleza junto a las vías, di las gracias en voz alta sin mirar atrás, el tren se detuvo y alguien vestido de revisor me dejó subir.

Tambaleándome, encontré un sitio libre donde me senté sin aliento, el tren arrancó a toda prisa. Apenas tuve tiempo para apretarme contra la ventanilla y mirar cómo la estación de Bicocca quedaba atrás, con el siciliano y su siniestro animal.

Me peleé con la tinta de mi bolígrafo absurdo mientras los adolescentes de enfrente me enervaban con sus besos, no habría nada que contar ahora si yo hubiera cerrado el cuaderno, pero tenía que escribirlo, por muy descabellado que fuese.

Me encontré con el diablo. Lo hice.

Me encontré con el diablo y su perro en Sicilia, he tenido que venir hasta aquí para contarlo.

8 comentarios:

José Montalvá dijo...

encontrarse al diablo es poco cotidiano;
saludos (a usted y al diablo)

Emma dijo...

Lo sé.
Saludos a usted.

Lansky dijo...

Te has atrevido a contarlo y puede que así lo exorcices. Muy bien, Emma.

Es curioso que el diablo aparezca casi siempre como un varón. En la Edad Media eran más imaginativos: sucubos...(o incubos)

Emma dijo...

El diablo es un angel caido, no? Bueno, cualquiera puede prestarse a ser un diablo. Yo lo imaginaba como un hombre que emerge de un volcan y camina sobre la lava sin quemarse. Los sucubos e incubos no es El Diablo, son secuaces, pequeñas perturbaciones que nos azotan, pero el mal, que no hay que confundir con la muerte, para mi es otra cosa. Si Jesucristo es un joven soberbio y misericordioso, el diablo ha de ser por fuerza un joven amable, de exquisitos modales, y perverso.
Gracias por el comentario, Lansky.

Vanbrugh dijo...

Un atardecer de abril de hace años, sentados en una terraza de una calle romana, A, mi novia de entonces y yo mirábamos el mundo. Nos fijamos en el ocupante de una mesa cercana: un hombre de treinta y tantos o cuarenta años, elegante y bastante guapo. Yo no ví en el nada de particular, esa arrogancia masculina de los italianos que se saben guapos, si acaso. A se estremeció, me agarró del brazo y me rogó con lo que me pareció verdadera angustia que nos volviéramos al hotel. No quiso explicarme nada hasta que no estuvimos lejos, y aun entonces solo me dijo que aquel hombre era "malo". "¿Pero es que lo conoces?" "Es la primera vez que lo veo en mi vida." "¿Te ha dicho algo, te ha hecho algo?" "No me ha hecho ni dicho nada, apenas me ha mirado. Pero es malo, lo siento. Es peor que malo, es... el mal". Es todo lo que fue capaz de explicarme, pero estaba verdaderamente afectada por la breve visión de aquel buen señor en el que yo apenas me fijé. Pasó los siguientes días inquieta, no acabó de disfrutar Roma, todo el tiempo parecía estar asegurándose de que no había nada malo alrededor. No volvimos a verlo y al poco nos fuimos de Roma. A no volvió a hablar nunca de aquella tarde, y cambiaba rápidamente de tema las pocas veces en que yo aludí a ella.

(A no usaba relojes porque los estropeaba; enloquecía el cuentarrevoluciones de su coche hasta que renunció a seguir llevándolo a arreglar, y quitaba a sus amigas el dolor de cabeza colocándoles las manos encima. Era atea, psicóloga e incapaz de entender el problema más elemental de la persona más diáfana que tuviera al lado, sin complicarlo hasta la ininteligibilidad con alguna teoría mal aplicada de algún manual de su Facultad...)

Emma dijo...

Hola Vanbrugh, el inconsciente, tan ignorado y menospreciado, nos pone a menudo en sobreaviso sobre peligros que si fueran analizados con raciocinio, no tendrian ningun sentido. Pero yo confio en el poder del inconsciente y A probablemente tambien lo hacia.

Anónimo dijo...

El diablo vivió en Cefalú . bien lo sabía alastair Crowley.

Emma dijo...

El diablo salió del Stromboli y llegó a Cefalú , después me imagino que se quedó en Sicilia (yo, si fuera el diablo, también lo haría).
Como supo Alastair Crowley dónde encontrarlo? Ese es otro misterio.

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