Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

miércoles, noviembre 18, 2009

Una chica irlandesa


(Condado de Clare, Munster, un día cualquiera de 2009)


Margaret odiaba que la llamaran Maggie. Maggie era un nombre asqueroso. Mags sonaba mejor, sonaba a algo un poco salvaje. Mags, por qué no.
Mags había conseguido que todo el mundo la llamara Mags, y ése era su mayor logro. Mags, hola Mags, cómo te va, Mags.
Por lo demás, había pedido un crédito para pagarse un viaje a Australia como hizo su amiga Emily al terminar la secundaria, pero todo el dinero prestado se lo había gastado en apenas dos semanas, antes incluso de poder mirar los billetes de avión.
Ahora todas las borracheras quedaban atrás y el viaje a Australia, su sueño, su único sueño, seguía allí, inalcanzable, como siempre había sido, irreal.
Mags se subió la cremallera de la sudadera, y contempló su cuerpo esquelético en el espejo, se frotó los nudillos rojos, se miro los ojos azules y movió la boca, sin decir nada, sin saber qué decirse.
Salió a la calle con el pelo sobre la cara, los hombros encogidos, tambaleándose a causa del viento. Era viernes por la tarde. Había faltado la semana entera a la guardería, pero le daba igual, no echaba de menos las babas ni el olor de los vómitos de los bebés. Odiaba su trabajo.

Caminaba a toda prisa por el pueblo, los coches bajaban y subían la calle principal. Era la hora de regresar a casa, de preparar la cena y sentarse frente a la tele. Mags pensaba una y otra vez en cómo salir de esa. No había posibilidad de pedir prestado a nadie, mamá estaba en la ruina, Emily jamás volvería a dejarle nada y todos los que se habían bebido el dinero de Australia con ella estaban desaparecidos, o trabajando en los puestos de “fish and chips” de la ciudad.
No había esperanza.
Las calles la engullían, cruzó “station road” con sus jardineras llenas de flores, ahora zarandeadas por las ráfagas de viento y lluvia, y se detuvo para mirar los horarios de trenes pero hacía demasiado frío como para permanecer inmóvil, sin saber en realidad qué era lo que buscaba. Llegó a su plaza favorita, había un café que siempre le recordaba a París. Nunca había entrado en ese café ni estado en París, pero siempre que pensaba en París se imaginaba sentada en la terraza de un café como aquel. Siguió adelante con la cabeza inclinada, luchando contra el viento, cada vez más enconado.
Llegó hasta South Mall, el barrio elegante, donde estaban las casas victorianas y los despachos de abogados con sus nombres escritos en carteles dorados sobre las puertas: “Lynch & son” “O’Riordan & Mahoney” “John Malley Solicitor”.
Los grandes ventanales dejaban ver a algunos de aquellos hombres ocupados sentados a sus mesas, los ojos fijos en papeles, la estancia amueblada y llena de libros, una taza de té depositada inevitablemente por la secretaria joven, bonita, de rizos oscuros y ojos educados, aunque luego, en el pub los sabados por la noche, Mags las viera borrachas, casi siempre colgadas del cuello de hombres mayores.
Lo que más le gustaba de aquella zona eran las casas y la calle que era limpia, la iglesia de Nuestra Señora, pequeña y oscura, al final de la avenida, algunos árboles y el olor de las hojas secas pudriéndose sobre el suelo mojado. Además, la avenida siempre estaba desierta, a esa hora casi todos los abogados se habían marchado, y los fines de semana no había nadie. El rumor del río se oía no muy lejos, las oscuras y rápidas aguas del Fergus, tan profundas y frías que nunca nadie había salido con vida a la superficie.
Mags detuvo su deambular para extraer un cigarrillo del bolsillo trasero de su pantalón. Pensaba en miles de cosas a la vez, pensaba que era una idiota, pensaba que estaba sola, pensaba en cómo se las apañaría para devolver el crédito. Era un montón de dinero.
Y qué les diría a los demás cuando descubrieran que llegaba Enero y no se marchaba.
"¿No te ibas a Australia, Mags?", preguntarían con ese tono que conocía bien.
Todo el pueblo se reiría de ella.
El viento no la dejaba encenderse el pitillo, se agachó entre dos coches y accionó el mecanismo del mechero con sus helados dedos.
Por fin consiguió que el cigarrillo prendiera y se quedó en cuclillas, mirando al frente sin ver nada.
Pensaba tantas cosas.
Pensaba en la vez que preguntó a su padre si había lobos en Irlanda.
El respondió que hubo, pero que los ingleses acabaron con todos, matándolos a golpes.
Lo dijo con odio.
En su casa todos odiaban a los ingleses, siempre odiaban a los ingleses, hasta sus primos pequeños, que no tenían ni cinco años, ellos también odiaban a los ingleses.
Pensaba en su hermano en Londres y en qué sería de él. Hacía más de dos años que no le veía. Hablaba de vez en cuando con él por teléfono, no le iba nada bien por mucho que él dijera lo contrario, lo sabía.
Se calentó las manos apretándolas contra el pecho.
Tirarse al río Fergus era una buena idea. Tenía miedo al agua pero el agua fría te congelaba, y morir helada era la muerte dulce por excelencia, siempre había oído decir eso.
Miró el coche que estaba a su derecha. Era un coche verde oscuro, brillante, bonito. Se puso en pie y, sin pensarlo, accionó la manilla de la puerta. Para su sorpresa se abrió. No sonó alarma alguna.
Mags arrojó el cigarrillo y miró a ambos lados cautelosamente. La casa frente a la que se encontraba tenía un cartel con una sola palabra: “Reilly”. Sin duda un abogado demasiado ocupado como para recordar cerrar el coche con llave.

El bulto que brillaba en el asiento del copiloto era una cartera de cuero marrón, una de esas carteras de hombre, abultada como una Biblia. Mags puso sobre ella sus manos enrojecidas y frías y tiró de ella mientras husmeaba en el interior. Se guardó apresuradamente en los bolsillos de la sudadera una cajetilla de Marlboro, dos paquetes de caramelos de menta y un bolígrafo que encontró en la guantera. Después volvió su atención a la cartera. La levantó y se dio cuenta de que pesaba más de lo esperado, pero era buen cuero, quizás podría venderla, ¿cuánto le darían por ella? En cuanto a su interior, podrían ser libras esterlinas, o dólares, o documentos tan importantes para la seguridad del país que puede que ofrecieran una recompensa por recuperarlos.
Levantó la cartera y la apoyó contra el pecho. Tensó los músculos y pensó que ahora tenía que salir corriendo, ir hacia el río, meterse entre la maleza.
Vio sus ojos sombreados de azul en el espejo retrovisor del coche, y luego le vio a él, al transeúnte que venía por la acera tranquilamente, acercándose al automóvil. Se quedó inmóvil, respirando agitadamente. El transeúnte se detuvo cuando llegó a su altura y Mags se giró hacia él, abrazada a la cartera. Los dos se miraron de hito en hito. El era joven, apenas barba, quizás de su edad, una bufanda a rayas amarillas y negras anudada al cuello.
Mags pensó que sería capaz de matarle si trataba de impedirle que huyera.
-¿Qué coño miras? – siseó.
Pero el joven no bajó la mirada, la escudriñaba con ojos oscuros y serenos. Miró la cartera que obligaba a Mags a doblar la espalda para sujetarla y tendió los brazos hacia ella.
-Espera, te ayudo.
Mags saltó hacia atrás, lanzando un alarido. No sabía por qué había gritado de esa manera. Se imaginó cómo la vería aquel chico: Como una histérica, una pobre loca, el rímel corrido a causa de la lluvia que le golpeaba el rostro.
-Lárgate, nadie te ha pedido ayuda.
-Tranquila tía.
Hubiera querido gritarle, ¿Es que no te das cuenta de que estoy robando al gilipollas de “Reilly”?
-Que me dejes en paz, que te largues, que te vayas.
-Joder, cómo te pones- el joven levantó las manos, enseñando las palmas, sin dejar de mirarla. De repente enarcó la cejas y la señaló con el dedo.- Oye, tú no eres… ¿Mags?
La cartera pesaba demasiado como para que pudiera sostenerla más tiempo y la dejó resbalar hasta apoyarla sobre sus rodillas. Mags miró al chico, derrotada. Era tierno, tenía ojos de vaca, pensó que tenía ojos de vaca, como las que veía junto a la verja del colegio cuando era pequeña, las que se dejaban acariciar entre los ojos.
La luz del porche de “Reilly” se había encendido. La puerta se abrió de repente y un hombre de mediana edad bajó los escalones poniéndose despreocupadamente una gabardina. Cuando llegó a la acera contempló a Mags y al chico, uno frente al otro, junto a su coche con la portezuela abierta. A la chica la identificó enseguida como a una ratera, no necesitaba mirarle a la cara para saberlo.
-¿Qué pasa aquí? ¿Se puede saber qué pasa?
Mags pudo oler el aliento apestoso del abogado, incluso desde esa distancia pudo olerlo, era experta en oler esas cosas. Sintió una náusea. El abogado la despreciaba sin haberla apenas mirado, la llevaría a juicio y la echarían del trabajo. Y por lo menos todavía tenía un trabajo, entre meadas y babas, pero era un trabajo.
Dejó caer la cartera al suelo. No deseaba mucho más, no quería morirse, eso era cierto. Suponía que no iba a salir de esa, se lo merecía, tendría que pagar una multa y no tenía dinero ¡Estaba tan cansada de estar viva!
Entonces, el chico levantó sin esfuerzo la cartera y se la entregó a Mr. Reilly, después señaló al coche y comenzó a explicarle algo que Mags no consiguió entender en absoluto. El abogado asintió aplastando su enorme papada contra el pecho. Luego la miró a ella, la misma chispa de odio, pero apaciguado. El chico de la bufanda la agarró del brazo y tiró de ella, y ella se dejó llevar sin oponer resistencia.
Caminaron juntos hasta el final de South Mall sin decir palabra. Cuando llegaron a la esquina él le soltó el codo.
-Hasta otra, Mags. Cuídate.
Y siguió su camino.
Mags se metió las manos en los bolsillos. Pensó que quizás podría encontrarle el próximo fin de semana en el pub y darle las gracias, explicarle lo que había pasado. Se alegró al pensar en eso, hasta se imaginó hablando con él, ella muy contenta, el pelo alisado y bien maquillada, explicándole junto a la barra por qué estaba intentando robar una cartera llena de documentos aquella tarde en South Mall. Él seguramente se reiría con ella, y la invitaría a una copa, y ella sentiría que su vida tenía sentido de nuevo, que su vida era divertida, y única, y emocionante. Quizás el lunes se deprimiría de nuevo en la guardería pero al menos tendría dinero a final de mes y, por ahora, era libre, no tenía que ir a la cárcel, y siempre podría empezar de nuevo. Era libre.
El fuerte viento le arrancaba lágrimas de los ojos.
Todo se arreglaría.
Volvió corriendo a casa. Estaba exhausta, realmente exhausta.

6 comentarios:

Lansky dijo...

La primera parte de tu cuento me ha recordado los ambientes de las pelis de Ken Loach, pero al final no. En esas pelis no aparecen arcángeles salvadores. Muy bonito, Emma.

Emma dijo...

Gracias Lansky, tu sí que eres uno de esos arcángeles salvadores, estoy segura.

Lansky dijo...

Ya me gustaría, pero bastante tengo con mantenerme a flote yo mismo

Chafan dijo...

Emma, gracias. A pesar de lo perra que soy tú siempre me tratas bien. He cerrado el sitio pero no me he ido, he abierto otro, puedes acceder cuando quieras a través del perfil.

Miguel Baquero dijo...

A mí también la primera parte de tu cuento me ha recordado a uno de Joyce de Dublineses, sobre una chica que está ultimando su viaje a América. Gracias por tu visita y espero que nos veamos más veces

Emma dijo...

Gracias Chafan, me caes muy bien, y solo yo se por que.

Conozco ese cuento Miguel. De hecho es uno de mis favoritos de Dublineses.

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