Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

martes, enero 12, 2010

Quiero ser monja


(relato por entregas que continuará dependiendo de si mañana no me resbalo al caminar por la acera derecha de la avenida)

Entrega I

Hoy he visto a una monja por la calle. Caminaba erguida, con prisa, la toca ondeándole sobre los hombros a causa del viento. Me ha mirado porque ha visto la curiosidad en mis ojos. Yo la he mirado como hacía tiempo no miraba a un transeúnte por la acera. La he mirado y he pensado "qué suerte". Bueno, no exactamente " qué suerte". He pensado que en realidad no me importaría ser monja. Hacerme monja. Leí en alguna parte que son el colectivo de mujeres que más años viven. También leí que, debido a su alimentación frugal y escasa actividad sexual, la incidencia de cáncer es mínima en ellas, aunque esto último no sé si es del todo cierto. Ella me ha devuelto la mirada, arrogante, con unos ojos grises severos, como diciendo "qué miras". Iría al mercado de Maravillas a comprarse unas bragas de hilo, o unas medias de espuma, o unos zapatos de esos de aspecto ortopédico. Toda su vida solucionada, nada más que levantarse temprano por las mañanas, arreglar el cuarto, desayunar, barrer el convento, ayudar a hacer la comida, ver un poco de televisión o rezar. No tengo ni idea de lo que hacen las monjas de hoy en día. Pero lo que está claro es que así como hay muchas mujeres que deciden hacerse putas para llegar a fin de mes debería haber también mujeres que puedan hacerse monjas con el mismo propósito. En el convento tienes cama, comida y agua caliente gratis y, cuando las otras no te vean, puedes cambiarte de ropa y salir a darte un paseíto en completa libertad. Como contrapartida tan sólo tienes que rezar, fingir fe, y ocuparte en tareas que te relajen, como dedicar el día a hacer vainica o a suspirar.
Sí, me ha parecido una vida atractiva, la de ser monja.
Yo, que siempre he odiado a las monjas por cómo me trataron cuando era pequeña.

En fin, que la cosa está mal.
Esta mañana temprano he ido a sellar el paro. Había una cola horrible. Me he sentido mal. Me he sentido mal porque casi todos estaban mal allí. Y su tristeza me ha traspasado como sentarme en la arena mojada. A veces me pasa eso. Y entonces me da dolor de cabeza. Un dolor de cabeza que todavía acarreo.
No quería ser agorera pero he de reconocer que preocupada estoy. Tengo la casa pagada, un primero en un edificio de cuatro plantas sin ascensor, aquí, en Peña Grande. No tengo hijos. De Paco me libré hace mucho tiempo. Pero tengo a mi madre y a mi misma y no podemos vivir del aire. Y ¿qué hago yo por otro lado, todo el día en casa con mamá?

Tengo cincuenta años. Me cuesta aceptarlo. Ya apenas menstrúo. Que no sangro, vamos. Es duro.

Pero he aprendido a manejar este trasto a base de paciencia y mucho tiempo libre. Me dijeron que era lo mejor para buscar trabajo. Hacerlo por Internet. Pero sigue dando igual. No he tenido éxito. Es más, cada vez que veo una oferta que pueda interesarme cientos de personas la han visto también. Nunca seleccionaran mi curriculum. Como tengo que poner la edad obligatoriamente me descubrirán más pronto que tarde. No entiendo por qué no puedo trabajar por tener cincuenta años. No lo entiendo.

Esta tarde, mientras tomábamos café después de comer, mi madre y yo sentadas junto a la mesa camilla mirando los geranios en los tiestos del balcón, mi madre ha dicho algo que me ha hecho pensar.
- Con lo lista que tú eres deberías pedir trabajo en una agencia de detectives.
Me ha mirado unos minutos asintiendo con sus pequeños ojos azules, sonriendo.
Yo me he reído.
Pero luego, mientras fregaba y oía el rumor de los coches en la carretera, el ajetreo diario allá afuera del que yo estoy excluida, he pensado que cualquier cosa es buena, cualquier idea.
Así que he redactado un anuncio y lo he colocado en un par de páginas de esas en las que ofrecerse para trabajar es gratuito.
No me van a llamar, pero se lo he comentado a mi madre y ella se ha reído como un pajarito en el sofá

-Ya verás como te llaman- ha respondido.

No sé si me llamaran o no. Lo más seguro es que no lo hagan. Pero tengo que creer que algo va a suceder. Algo sucederá, está claro. Más tarde que nunca. Más tarde que temprano quería decir. Si no hago nada sucederá lo de siempre: Nada.

También le conté a mi madre lo que pensé al ver a la monja esta mañana. Mi madre tiene ochenta y cuatro años y siempre ha hecho lo que ha querido. Quiero decir, que ahora vive conmigo porque está mayor y no puede andar muy bien por la osteoporosis. Pero antes, cuando vivía sola, viajaba en tren, o hacia ronda por las calles para hablar con los porteros de Madrid y así sacar datos para las novelas que nunca escribió. Haciendo todas esas cosas comprendió bastante bien cómo es la vida para las gentes de esta parte de España, y por eso me gusta contarle lo que pienso, hablarle sobre lo que nos está ocurriendo, porque siempre tiene respuestas inteligentes.
Cuando digo "nos" lo hago porque me imagino que no soy la única mujer en mi edad y situación que no pueda encontrar un trabajo.

-Mamá, he pensado que si me dejaran, me metía a monja.

-Hija, no he oído una tontería tan grande en mi vida.

-Pero mamá...

-Ay, Carmela, tienes que superar lo de tu edad. La vida sigue, no puedes esconderte en ninguna parte para no verla. Al menos, no deberías. Además, todavía tienes cosas muy importantes que solucionar.

Me ha dejado pensativa, mi madre. También intrigada. No la he preguntado sobre las cosas importantes que, a su juicio, tengo que solucionar. No quiero conocerlas. Y eso que a mi me molestan mucho los misterios. Siempre he estado en contra de los misterios. Pero como la vida se está volviendo tan complicada voy a darles una oportunidad.


3 comentarios:

Lena dijo...

ESto promete, Emma!!!!!

(Me encanta la madre...me fascina...imaginarla más joven que la hija...)

Beso!

Lansky dijo...

El Mercado de Maravillas -que es el que está al lado de mi casa y al que, por tanto, suelo ir- era antes de la Guerra Civil un convento; parece que fue quemado por los anarquistas y en su solar se levantó décadas después el mercado. Así que tu monja, Emma, con varios siglos de retraso y vestida a la usanza de la Edad Media ( y luego hablamos del velo de las musulmanas!), puede que no lo supiera y acudiera a este/aquel ya "no-lugar". ¿No te parece?

(Por cierto, no sé si las monjas viven más, pero como en el chiste, seguro que se les hace la vida más larga: estás muy misántropa, amiga mía)

Emma dijo...

Muchas gracias Lena por tu entusiasmo. No sé lo que vendrá después.

Lansky, no tenia ni idea de lo del mercado de Maravillas. "Quemado por los anarquistas". Fuego purificador se me antoja. Ahora entiendo por qué ese mercado sobrevive tan auténtico en comparación con otros ( véase mercado de San Miguel, convertido en un templo de peregrinacion para bobos, o el de Barceló, dicen que en reformas para dios sabe qué)
Y sí, estoy tan misantropa que estoy hasta pensando en adoptar un gato. Pero no creo que lo haga al final Un beso.

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