Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

viernes, enero 15, 2010

Un poco de suerte


Entrega II

(segundas partes nunca fueron buenas )

He comprado un famoso libro de autoayuda, en la solapa ponía que se habían vendido miles de ejemplares del mismo en todo el mundo y, como tenía un descuento, me lo he traído a casa llena de curiosidad.

Lo he empezado a leer después de comer, con mamá al lado, quien no hacía otra cosa más que mirar a la pared y lanzar de vez en cuando sus inspirados suspiros. Mientras, yo me he acomodado en mi sillón favorito, frente al balcón, donde puedo ver mis floridos geranios cuando se me cansa la vista y levanto los ojos.

Me ha costado un poco comprender de qué iba el libro, pero intentaré resumirlo aquí:

La idea es que todos los males de los seres humanos proceden de su inactividad y su falta de deseo. Si no te pasan cosas buenas es porque no deseas que te pasen lo suficiente. Si, por ejemplo, te dan una mala habitación en un hotel o, si no encuentras trabajo, es porque no pides las cosas como han de pedirse, puede que estés- inconscientemente- pidiendo una habitación cutre (porque crees que no te mereces más) y, si no encuentras trabajo, puede ser porque, en realidad, no tienes ningún interés en trabajar. Sólo aquel que quiere algo- recalca el libro hasta la saciedad- lo consigue y, al parecer, la mayoría de los seres humanos no queremos gran cosa. Por eso nos va tan mal.

Petrificada ante tal aseveración, he mirado a mi madre en busca de apoyo. Mamá sonreía beatíficamente, probablemente sumergida - como es en ella habitual- en hermosos recuerdos de su juventud.
-Madre, ¿se te ocurre un motivo por el cual la gente compraría a miles un libro cuya tesis principal es que las personas no tienen buena suerte en su vida porque no desean, sin saberlo, que las cosas buenas les pasen?
Ella ha interrumpido la sucesión de sus recuerdos de gozo, y se ha llevado la mano a la barbilla, poniendo la cara de pensar.
- ¿De cuántos miles de ejemplares estamos hablando?
- Mmm...… de unos trescientos mil aproximadamente…
- ¡Uy! esos son muchos... ¿estás segura de que es eso de lo que trata el libro?
- Sí, segurísima- angustiada, he pasado las hojas a toda velocidad, buscando alguna palabra amiga, pero lo único que he encontrado eran palabras acusatorias como “ falta de voluntad” “desapego” “ indiferencia” “ poca fe”- ¡¡Es posible que me este pasando todo esto que me pasa porque no quiero que me pase algo mejor!! Di, mami, ¿¿ Es eso posible??
Mi madre ha notado la inflexión histérica de mi voz y, cuando levantaba los dos dedos sarmentosos que preceden siempre a sus sermones tranquilizadores, ha sonado- inesperadamente en esta casa de jubiladas sin futuro- el timbre del teléfono.

Como no estamos acostumbradas a que suene el teléfono a esas horas de la tarde (bueno, ni a esas horas ni nunca) nos ha costado reaccionar y, finalmente, ha sido mamá quien ha descolgado, ante mi alucinada pasividad.
-¿Dígame?....- pausa y ojitos azules excitados- Sí, soy yo, Carmen Dimas… ¡pues claro que sigo interesada!… ¿cuando? ¡Un momento por favor!
Y me ha indicado con gestos que fuera urgentemente a por papel y bolígrafo para apuntar.
- ¿Si? Dígame, calle sa- u- sao, ¿así como suena? Numero veintinueve, el lunes a las diez de la mañana. Muy bien, allí estaré. Muchas gracias. Adiós, adiós…
Después me ha mirado triunfante, hasta rejuvenecida, con un color rosado en las mejillas que no le había visto nunca.
- Puñetas, estás histérica hija mía… he de comunicarte que te han llamado de una agencia de detectives para un trabajito. Quieren que vayas a verles el lunes a primera hora.
Yo he arrojado el libro de autoayuda lejos de mí y he lanzado un ¡Hurra! que ha hecho temblar la lámpara de cristalitos del salón.

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