Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, febrero 14, 2010

Una ocasión única


Inauguro con "Una ocasión única" una serie de cuentos de fantasmas inspirados en las más diversas experiencias. La mayoría fueron inventados durante mi estancia en Irlanda, lo que no significa que esten ambientados necesariamente allí. Advertencia : Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Espero que os den que pensar... y miedo.

Era una ocasión única en la vida por varias razones; en primer lugar porque estaban de vacaciones y la última vez que aquello había sucedido fue cuando estuvieron con el niño en las Canarias, al niño le picó una medusa y Mónica recordaba que, cuando subieron al coche en busca de un centro de salud y Gerardo conducía a toda velocidad, ella miraba al mar embravecido pegada a la ventanilla, hipnotizada por las olas que veía por primera vez a sus veintiún años, sin percatarse de que el niño se estaba hinchando como un pez globo entre sus brazos.

Muchos años después de aquel viaje, Mónica y Gerardo habían aterrizado en Sicilia para celebrar sus cuarenta años de casados. Había sido un regalo de su único hijo, cansado de escuchar a su madre expresar todos los años el deseo de conocer, antes de morir, la mítica isla.

Mónica rozaba los setenta y había sido una mujer bella de pelo oscuro y carnes morenas, que ahora tenía algunas dificultades para caminar. Sorprendentemente, la experiencia de aterrizar en Sicilia había resultado ser absolutamente rejuvenecedora para ella, pues sentía que no estaba en absoluto en un lugar desconocido sino todo lo contrario; al descender del avión había tenido la vívida sensación de haber estado allí antes, en un tiempo tan lejano que ni siquiera entonces conocía a Gerardo, lo cual era completamente imposible ya que, la primera vez que vio al que hoy era su marido, ella era una niña.

Aquella familiaridad la había puesto de tan buen humor que había vuelto canturreando del baño, la primera noche que pasaron en el hotel de Palermo y se metió en la cama alegremente, junto a Gerardo, quien leía una guía turística tapado hasta arriba con las sábanas.
‘Qué contenta estás....’ a Gerardo siempre le molestaba un poco que ella estuviera contenta.
‘No puedo creer que esta sea la primera vez que estoy fuera de España…’
‘No, acuérdate de Canarias’, puntualizó agriamente Gerardo.
‘Pero si Canarias es una isla de España…’
‘Canarias es más África que otra cosa, ignorante, que eres una ignorante…’, siseó él entre dientes.
Mónica sabía por experiencia que no valía la pena discutir. Gerardo estaba cada vez más insoportable con los años y no serviría de nada darle vueltas al asunto de las Canarias y España así que, tras santiguarse, se envolvió, feliz, en las fragantes sábanas, sintiéndose como una niña que se mete en la cama después de volver tarde a casa.

Durante los días siguientes, para mayor placer de Mónica y fastidio de Gerardo, pasearon incansablemente cogidos del brazo por las calles de Palermo. Gerardo no dejó de maldecir el tráfico en todo momento, ni de protestar vivamente cuando su mujer, llevada por el deseo inapelable de torcer por una calle en la que sentía que había algo que merecía la pena ver, le suplicaba que se desviaran del camino trazado en la guía turística.

‘¡Por aquí, por aquí, hay un lugar precioso que tenemos que visitar!’, exclamaba llena de entusiasmo.

‘Tú que sabrás, tú que sabrás...’, se resistía Gerardo, ‘Si nunca antes has estado aquí, mujer ignorante ’

Por lo que finalmente y, a pesar de tener el convencimiento de que conocía las calles mejor que aquella estupida guía, Mónica se dejó arrastrar por su marido quien, en un vano intento por recuperar su masculinidad perdida, necesitaba ser el único conocedor de todas las iglesias y monumentos que merecía la pena ver en la ciudad.

A Gerardo le habían diagnosticado un cáncer unos meses antes de hacer aquel viaje y, entre otras reacciones, había intensificado sus ataques de ira contra Mónica, además de comenzado a fingir con demasiada frecuencia una actitud desorientada y sufriente, como la de permanecer perplejo ante un cuadro de la Virgen o mirar al frente sin ver a nada ni a nadie, con los ojos anegados por las lágrimas.

Pero Mónica le conocía demasiado bien como para dejarse influir por aquellas poses de desamparo. Se habían conocido en una playa del mediterráneo español, cuando ella era una niña morena de largas trenzas y él un niño un poco más mayor, que jugaba a la pelota. Con los años Mónica había aprendido a no tomarle demasiado en serio y, quizás por eso mismo, desde lo del cáncer, se preguntaba qué sentido tenía permanecer junto a alguien hasta su muerte, alguien como Gerardo, que no era ni su padre ni su madre, sino tan sólo un niño con el que había tropezado una mañana de verano en la playa.

Ahora él estaba concentrado en leer la guía turística, la mano jugando con un palillo sobre el mantel a cuadros blancos y rojos de la mesa del restaurante y Mónica le miraba con atención, con las dos manos apoyadas en la barbilla, pensando en aquel hombre que la había tratado siempre con una paternal condescendencia, que había asegurado amarla para luego despreciarla, dejarla en casa días, años, décadas, ocupada en remendar cortinas y fregar las tazas del desayuno. Pero, al mismo tiempo, sabiendo que a él debía su salvación, pues él la había recogido de una infancia desgraciada, como quien recoge un guijarro que brilla bajo la espuma del mar, y la había hecho madre, y le había dado un hogar, cuatro paredes donde poder embriagarse con el vapor de la plancha y pasar las tardes de Domingo sin sentir todo el vacío del mundo sobre sus hombros porque ella, Mónica, tenía una familia y de eso era de lo que al fin y al cabo se trataba todo, de tener una familia, de no estar sola cuando llegara la muerte.

¿Y ahora? ¿Iba ella a dejarle a él sólo?

Gerardo le mostró la guía, abriéndola sobre la mesa para que Mónica pudiera ver las fotografías.

‘Podríamos ir aquí después de comer’

Mónica contempló las fotos de las momias de la cripta de los Capuchinos; hombres, mujeres y niños vestidos como fantoches. La mayoría conservaba sus carnes acartonadas prendidas a los huesos pero todos habían perdido cualquier turgencia que recordara a la vida. Los había que aún conservaban el pelo, o las manos reposando sobre el regazo, y en algunos se podía apreciar una expresión angelical o grotesca, terriblemente viva para su condición de muerto.
Mónica sintió un escalofrío y dejó caer la guía sobre el mantel.
‘Yo allí no voy ni loca’
‘Venga, mujer, es algo que tenemos que ver, es la única vez que vamos a estar en Sicilia… no me digas que te da miedo… ¡si están todos muertos!’
‘Pues por eso mismo. Ya sabes el miedo que me dan esas cosas’
‘Qué poco espíritu tienes…’
Mónica miró a Gerardo con incredulidad, no podía creer que estuviera hablando en serio. No, después de su diagnostico y, sobre todo, sabiendo el pánico que a ella le daba toda parafernalia que tuviera que ver con muertos.

Tomaron café y salieron a pasear bajo la lluvia que había comenzado a caer, cálida, sobre Palermo. Mónica se colgó del brazo de Gerardo y se dejaba llevar, adormilada por el sopor de la digestión, fantaseando con la idea de deambular por las calles de su infancia. Al mismo tiempo, se daba cuenta de que Gerardo se dirigía a algún sitio en concreto porque de tanto en tanto tenían que detenerse para que él pudiera consultar la guía, pero dio por sentado que no irían a las catacumbas.

Por eso se llevó un disgusto enorme cuando descubrió que aquel monje de hábito marrón que les sonreía en la puerta les estaba dando la bienvenida a la cripta de los cadáveres incorruptos.
‘Pero vamos a ver… si ya estamos aquí, ¿qué más te da bajar a echar un vistazo?, argumentó Gerardo ante sus protestas, articulando las palabras muy despacio, como si ella fuera tonta y no pudiera comprenderle.

Mónica consideró todas las opciones, entre las que se encontraba la de quedarse esperándole fuera, en compañía de aquel monje que no le quitaba el ojo de encima, y finalmente decidió que casi le daba más miedo el monje que bajar con Gerardo, así que acabó entrando en la cripta agarrada al brazo de su marido y con el estómago encogido por el miedo. Nada más poner el pie allí le invadió una extraña melancolía. Los numerosos visitantes deambulaban por los pasillos haciendo comentarios jocosos sobre los cadáveres e, incluso Gerardo, haciendo de tripas corazón, se reía de los uniformes y del espantoso aspecto de alguno de los momificados. Mónica sentía que el miedo se desvanecía dando paso a una mezcla de tristeza y ternura. Todos aquellos niños muertos prematuramente, ricamente vestidos para la eternidad por las manos cariñosas de sus madres, todos aquellas mujeres veneradas por sus maridos viudos, que las amaron lo suficiente como para desear que su carne nunca desapareciera del todo. Era conmovedor. A medida que se adentraba por los pasillos abovedados de la cripta Mónica se daba cuenta de que no eran simples espantajos colgados de la pared y que, si estaban allí y la gente podía contemplarles, era porque habían tenido padres, hermanos, hijos, familiares preocupados porque la vida engañara un poco a la muerte, aunque fuera de aquella torpe manera.

Mónica miraba ahora a las momias sin temor alguno y se preguntaba qué habría sido de las madres de los hombres muertos en el combate, o de las hermanas de las mujeres momificadas, o de las hijas de aquellas madres muertas, quiénes se habrían ocupado de ellas cuando ellas también murieron. ¿Hubo otras manos que las amortajaron o, sin embargo, no pudieron más que perecer en la más espantosa de las soledades ?

Entonces sintió frío y se detuvo para extraer una chaqueta de su bolso, momento que aprovechó Gerardo para desasirse de su brazo y caminar hacia el final del corredor pues quería examinar algo de cerca, le dijo, y que ahora volvía.

Fue en ese instante cuando sintió que dos ojos se posaban con fiereza en su cuello. La sensación era tan insoportable que no pudo evitar darse lentamente la vuelta, con una mano posada sobre su nuca, de donde procedía el dolor. Mónica se encontró frente a frente con una momia que, tumbada cuan larga era y vestida con un camisón de raídos bordados, le tendía la descarnada mano desde su puesto en la galería. Algunos cabellos escapaban de su cofia y sus cuencas vacías se clavaban con furia en Mónica, quien casi podía oírla gritar a través del tiempo, llamarla a ella, a ella, a nadie más que a ella.
¡Ay!, exclamó.
Gerardo la oyó gritar y regresó apresuradamente para encontrarse a su mujer mirando de hito en hito a la momia en el pasillo, con expresión de estupefacto terror.
‘Tengo sangre en el cuello’ dijo frotándoselo y levantando hacia él unos ojos tristísimos.
Gerardo le ofreció de nuevo el brazo intentando quitarle importancia.
‘Te habrá picado un mosquito, no te preocupes’
Mónica todavía sentía los ojos de la momia clavados en su cuello como un punzón.
‘Sácame de aquí, por favor’, susurró.
Ambos se dirigieron hacia las escaleras sin decir palabra. Gerardo, sintiéndose ligeramente culpable por haber llevado a aquel lugar a su mujer, la ayudó a subir pacientemente los escalones. Cuando llegaron arriba el monje de la puerta vio la cara demudada de Mónica y, con gesto alarmado, dio un paso a su encuentro.
Signora…’, y parecía estar sumido en el mayor de los desconciertos.
Pero aquello fue lo máximo que Mónica pudo soportar, se soltó del brazo de Gerardo y escapó como pudo, presa de un profundo terror. Le zumbaban los oídos y sintió un mareo que la obligó a sentarse en el bordillo de la acera. Lo hizo muy lentamente, tanteando el suelo, luchando por recuperar la respiración. Gerardo se aproximó y la contempló con preocupación, los brazos pegados al cuerpo.
‘Si llego a saber que te ibas a poner así no entramos… menudo numerito estás dando… ¿qué hago? ¿Llamo a una ambulancia?’
Mónica se apretaba con ambas manos la nuca, sabía que la vida se le iba, lo sabía, de hecho, se le había ido ya, se le había ido junto con el miedo, y ahora estaba bien. Miró a Gerardo con los ojos húmedos y le vio tal y como era, su marido, el niño de la playa, el hombre que siempre había estado a su lado, que nunca la había fallado y al que ella, desagradecida, estaba pensando en abandonar.
‘Ya estoy mucho mejor. Ayúdame’
Al levantarse dirigió una mirada al monje, quien no había despegado los ojos de ella desde su puesto en la puerta de la cripta.

A las dos de la mañana Mónica se revolvía en la cama empapada en sudor. Se había levantado varias veces para beber agua del grifo y examinar cuidadosamente su rostro en el espejo del baño, sus ojos almendrados y oscuros como el carbón, la nariz roma, las mejillas arrugadas como el pergamino y los labios, los labios que en su día fueron jugosos ahora finos como una ramita seca. Se acarició la cara lentamente sin dejar de pensar con ternura infinita en la momia de la cripta, en lo que ella había sido antes de transformarse en aquel despojo embutido en el amarillento camisón.
Después, zambulló el rostro debajo del chorro de agua fría y se palpó la nuca, hinchada y dolorida a causa de la picadura.
‘Tómate un antihistamínico’, le había aconsejado Gerardo antes de darle la espalda y ponerse a roncar a pierna suelta.
‘Un antihistamínico’, murmuró ella abriendo con manos temblorosas el neceser de su esposo, ‘dónde tendrá este hombre un antihistamínico...’
Mónica acarició las cuchillas de afeitar de su Gerardo, sus tijeritas para las uñas y la cajita del hilo dental. Después, dándose cuenta de la inutilidad de todo ello, dejó caer el neceser al suelo y se cubrió el rostro con las manos. Durante unos minutos no hizo nada más que agitarse y llorar, llorar por su hijo, por su marido y por ella, dando, al mismo tiempo, las gracias por haber vuelto a Sicilia, el lugar en el que durante tantos años, ella la había estado esperando.

Era una ocasión única en la vida, Mónica lo sabía y no podía dejarla escapar.

Comenzó a vestirse apresuradamente y, con lágrimas en los ojos, antes de salir de la habitación, posó los resecos labios sobre la frente de Gerardo, quien roncaba plácidamente con la boca abierta y la mano posada sobre el pecho.

‘Hasta pronto, amor mío’.

La transformación fue rápida y en modo alguna dolorosa. Su carne morena se contrajo, los oscuros cabellos se quedaron pegados al cráneo, sus pequeños senos, las manos, sus tobillos, todos ellos adquirieron la fragilidad del cristal. Los huesecillos se replegaron como si ya no pudieran vivir por más tiempo unos lejos de otros, los labios se secaron y sus ojos perdieron su brillo de carbón. Pero al fin pudo volver con los suyos, con los que nunca habían dejado de amarla a través del tiempo y su cuerpo, ahora del color de la cera, ocupó un espacio en la cripta, junto a la mujer del camisón amarillo que en ningún momento dejo de susurrarle dulce palabras al oído, decirle cuánto la había echado de menos y cómo celebraba su regreso a la cripta, donde podría volver a ser brizna de hierba, aire, gota de sal, donde podría ser por fin lo que quisiera, libre, libre por los siglos de los siglos, para toda la eternidad.

Sólo el monje que velaba la cripta de las momias supo de la llegada de un nuevo cuerpo. Fue él quien la amortajó amorosamente, con sus propias manos.

18 comentarios:

Anónimo dijo...

Miedo me da. Estos mosquitos tigre chupan más que un Cayenne. Y digo yo, ¿no había enchufes para meter un Kill-Paff en la cripta?

Emma dijo...

A nadie le importa que los mosquitos le chupen la sangre a las momias, creo yo.

Anónimo dijo...

Mujer, yo no hablaba de succiones postmortem. El día que un infeliz nematófero se pueda abrir paso a través de toda esa mortaja no nos salva de su picada ni un traje de Ágatha Ruiz de la Prada.

Emma dijo...

"succiones postmortem"... es un buen titulo. Gracias, anónimo.

Anónimo dijo...

Con ese título yo ahí veo de protagonista un cruce de Nosferatu y Nacho Vidal.

Anónimo dijo...

Pobre gerardo, roncador él, y compartiendo lecho con una "mummy wanna be" Por cierto al prometedor título "Succiones postMortem" yo le añadiría " Más vale tarde que nunca"
Poooooooooooooobre Gerardo

Emma dijo...

Pobre Gerardo, sí... pero este... el cuento tenía que dar miedo no despertar chiflas.

Anónimo dijo...

¡Ay que nuestra cuentista favorita se le ha puesto cara de guirlache! No se enfurruñe ni engarrapiñe, por Dios! Y menos porque la loca de Nicolae le de sopas con honda a su momia del Sexto sentido. ¡Viva la pipa rumana! Abajo la catapumba romana!

Emma dijo...

Quia! qué me voy a enfurruñar... pues menuda soy yo.

Anónimo dijo...

Mujer, menuda tampoco, eh…

Antonio de Castro dijo...

Muy bueno. Da miedo, pero sobre todo es muy triste.
Saludos

Emma dijo...

Es triste, es verdad, gracias Antonio.

Lansky dijo...

Las momias no tienen ni sangre ni interés por tanto para nngún mosquito (solo las hembras pican).

Y sí, más pena que miedo.

Emma dijo...

La verdad es que las momias ya no dan miedo a nadie...gracias Lansky.

DanteBertini dijo...

Emma:
¡es peluznante!, que diría algún torero gañán. La mezcla de momias y vampiros resulta brutal, inesperado (yo al menos no conocía nada igual). Y triste, sí, la tristeza gotea por todos los rincones de tu cuento.
Espero que esta desbordada imaginación necrofílica no sea causa de tu precoz lectura de mis textos eróticos.
Un abrazo (a mi las momias me darían un poquito de asco)

Emma dijo...

No, nada de eso, tengo un batiburrillo de libros en la cabeza pero los textos eroticos que lei de adolescente no creo que hayan influido en este texto... gracias Dante por la visita. Otro abrazo

Antonio de Castro dijo...

Acabo de leer "Cría cuervos" y "Debajo del adoquín": qué cuentos tan bonitos.

Emma dijo...

gracias Antonio, lo hice lo mejor que pude.

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