Con el corazón arrancado sigo con los cuentos de fantasmas, si no os dan miedo meteros la almohada en la boca y no digáis nada.La lluvia cae sobre los tejados de las casas y a veces pienso que nunca saldré de aquí. Cuando comenzamos a hablar en la cola de la oficina de correos no le presté demasiada atención. Tengo dieciocho años y bonita figura, mi madre dice que soy más guapa que mi hermana, cosas así, pero nunca pensé que esa fuera la razón por la que se fijara en mí. Dijo que estaba aburrido y me invitó a un café y yo dije que sí porque no sé decir que no.
Todo el mundo aquí sabe quien es él, fui a su casa y miré las fotografías que tiene sobre el piano, fotografías de sus padres y de la casa de África. Había libros por todas partes, en estanterías que llegaban hasta el techo, debajo de las mesas, desperdigados por el salón. Examiné uno a uno los cuadros del recibidor mientras él me seguía con las manos a la espalda, dándome explicaciones sobre los colores, nada que ahora pueda recordar.
Su casa es lo más bonito que tenemos en Jemelle, fue construida en mil novecientos y, aunque el nació en el Congo, volvió a Jemelle a los doce años de edad. Tiene un enorme jardín descuidado con manzanos de ramas retorcidas y centenarios tilos. Debajo de uno de aquellos tilos nos sentamos la primera tarde, y una criada africana trajo una bandeja con tazas y una jarra de café.
El hablaba y hablaba de sus días en África, de las tardes de juegos con los niños de los criados, de cosas que, si soy sincera, apenas escuché porque no me interesa el pasado de los viejos. Él hablaba y yo miraba a mi alrededor para distraerme, pensando que jamás podría estar triste si tuviera una casa así. No era tan bonita como la de las fotos de África, no tenía un porche de columnas blancas ni papagayos posados en el tejado, pero quién quiere papagayos cuando puedes tener un jardín tan inmenso como aquel.
Digamos que le caí bien y eso que no hice más que asentir, fingiendo escuchar. Pero él me volvió a invitar.
Bebía y fumaba sin parar y a menudo me pedía, “tráeme el cenicero, o lléname otra vez la copa” y yo lo hacía porque, la verdad, me daba igual. Tampoco me importó descubrir lo que él, al parecer, quería realmente de mí. Era un viejo y tenía que saber que yo nunca le tomaría en serio por mucho que insistiera, que si iba a verle era únicamente porque me moría de aburrimiento en Jemelle. Siempre he suspirado por irme de aquí, por eso, cuando comenzó a invitarme a “las cenas de los sábados” no pude decir que no, era una manera como cualquier otra de escapar.
A las cenas venían cocineros de la ciudad vecina que, antes de servirnos, destapaban ceremoniosamente los platos y él escanciaba champagne en mi copa y comíamos y bebíamos y, cuando los cocineros recogían la ultima miga de la mesa y se marchaban dejándonos solos en el salón, caíamos sobre los almohadones blancos que cubrían la alfombra de pieles y veíamos alguna película de Charlot proyectada en la pared, sin que él dejara en ningún momento de beber.
Todo el mundo aquí sabe quien es él, fui a su casa y miré las fotografías que tiene sobre el piano, fotografías de sus padres y de la casa de África. Había libros por todas partes, en estanterías que llegaban hasta el techo, debajo de las mesas, desperdigados por el salón. Examiné uno a uno los cuadros del recibidor mientras él me seguía con las manos a la espalda, dándome explicaciones sobre los colores, nada que ahora pueda recordar.
Su casa es lo más bonito que tenemos en Jemelle, fue construida en mil novecientos y, aunque el nació en el Congo, volvió a Jemelle a los doce años de edad. Tiene un enorme jardín descuidado con manzanos de ramas retorcidas y centenarios tilos. Debajo de uno de aquellos tilos nos sentamos la primera tarde, y una criada africana trajo una bandeja con tazas y una jarra de café.
El hablaba y hablaba de sus días en África, de las tardes de juegos con los niños de los criados, de cosas que, si soy sincera, apenas escuché porque no me interesa el pasado de los viejos. Él hablaba y yo miraba a mi alrededor para distraerme, pensando que jamás podría estar triste si tuviera una casa así. No era tan bonita como la de las fotos de África, no tenía un porche de columnas blancas ni papagayos posados en el tejado, pero quién quiere papagayos cuando puedes tener un jardín tan inmenso como aquel.
Digamos que le caí bien y eso que no hice más que asentir, fingiendo escuchar. Pero él me volvió a invitar.
Bebía y fumaba sin parar y a menudo me pedía, “tráeme el cenicero, o lléname otra vez la copa” y yo lo hacía porque, la verdad, me daba igual. Tampoco me importó descubrir lo que él, al parecer, quería realmente de mí. Era un viejo y tenía que saber que yo nunca le tomaría en serio por mucho que insistiera, que si iba a verle era únicamente porque me moría de aburrimiento en Jemelle. Siempre he suspirado por irme de aquí, por eso, cuando comenzó a invitarme a “las cenas de los sábados” no pude decir que no, era una manera como cualquier otra de escapar.
A las cenas venían cocineros de la ciudad vecina que, antes de servirnos, destapaban ceremoniosamente los platos y él escanciaba champagne en mi copa y comíamos y bebíamos y, cuando los cocineros recogían la ultima miga de la mesa y se marchaban dejándonos solos en el salón, caíamos sobre los almohadones blancos que cubrían la alfombra de pieles y veíamos alguna película de Charlot proyectada en la pared, sin que él dejara en ningún momento de beber.
Pronto comenzaron a ocurrir cosas que no sabría cómo calificar, cosas que supongo que eran culpa mía, porque a veces fingía que estaba más borracha de lo que en realidad estaba – no sabía que yo, de tanto en tanto, vaciaba el contenido de mi copa en los jarrones – y a él, de repente, se le ocurría que tenía que bailar y yo, para salir del paso, interpretaba algún pequeño papel, por ejemplo, si me había puesto el vestido negro, que casi siempre era así porque es el único vestido que tengo, fingía que era una camarera recién llegada a la mansión de Jemelle, y me recogía el pelo delante del espejo y me pintaba los labios, mirándome muy coqueta por todos los lados y luego hacía como que buscaba las copas para el champagne, o que limpiaba el polvo, agachándome delante de él, levantando mucho el trasero pero cuidando de que sólo pudiera llegar a ver, como mucho, la costura negra del final de mis medias, pero a esas alturas, él solía estar demasiado borracho como para ver nada la verdad, solía reírse mucho, eso sí, mientras me contemplaba reclinado en los almohadones, con la copa apoyada en el pecho, había veces en las que me subía al piano y me contorsionaba fingiendo que era Marilyn Monroe, cantando inventándome la letra y fue durante una ocasión de esas-él estaba bebiendo a morro de la botella- cuando de repente se detuvo, el whisky le caía de las comisuras de los labios, y comenzó a decir algo en un lenguaje que yo no había oído en mi vida, repetía insistentemente una palabra y parecía que no era su voz la que se oía, dejé de moverme, o de cantar, o de lo que quiera que estuviera haciendo en aquel instante y me aproximé caminando de puntillas, tenía los ojos vidriosos y la boca abierta, durante un rato no dijo nada, después volvió a balbucear algo más en ese idioma extraño y, finalmente, cerró los ojos dejando caer la cabeza sobre los almohadones blancos. Me convencí de que aquellas no eran más que las palabras ininteligibles de un borracho y aproveché para fisgonear a mi alrededor, cuidando de no hacer ruido, había cajas de cigarrillos, bombones, caviar, pero, tonta de mi, tan sólo me atreví a coger un par de servilletas. Recuerdo que salí al porche para desatar mi bicicleta y, cuando me disponía a subir en ella, en ese preciso momento supe - aunque no me di la vuelta para comprobarlo- que él se había levantado de entre los almohadones y había ido hasta la puerta, y que me contemplaba ahora desde la ventana, miraba cómo yo me recolocaba el pelo y me acomodaba en el sillín, sentía sus ojos clavados en mi con tanta intensidad que, no sé por qué, pensé que me estaba pidiendo auxilio, pero yo no me atreví a darme la vuelta, lo único que pude hacer fue aferrar con fuerza el manillar de la bicicleta y poner un pie sobre un pedal, y luego el otro, hasta que salí al paseo de los tilos, todavía veo sus nudosas ramas tendidas hacia mí, como si quisieran sujetarme, pero yo ya pedaleaba a toda prisa hacia el pueblo y, mientras lágrimas de terror rodaban por mis mejillas, me prometía a misma que esa iba a ser la última vez que iba a la casa de los tilos, a todos los diosecillos del aire y de la tierra se lo prometía.
Pero al Sábado siguiente volví, me llamó, dijo que estaba desesperado por hablar conmigo y yo volví, ya se me había pasado el miedo y continuaba muerta de aburrimiento, pensé que sólo iba pedirme que le devolviera las servilletas robadas.
Era una de esas tardes de lluvia blanca que a veces tenemos en Jemelle, la lluvia cae sobre las canteras que horadan los montes que rodean el pueblo y levanta un velo blanco que envuelve a la ciudad, avancé con la bicicleta por el paseo de los tilos y le vi de pie en el porche, esperándome junto a la puerta, incluso desde aquella distancia pude darme cuenta de lo terrible de su aspecto, despeinado y sucio, envuelto en un batín lleno de manchas, al recibirme me explicó que había despedido a los criados y que estaba completamente borracho, para corroborarlo blandía una botella de whisky en la mano y tropezaba con los muebles guiándome por el pasillo como si no me recordara , me invitó a sentarme en los almohadones blancos y dijo que quería preguntarme una cosa muy importante, y quería que le respondiera después de pensarlo cuidadosamente, que me lo tomara con calma, pero cuando me preguntó si, por casualidad, le había oído hablar en un idioma extraño la última noche que pasé en su casa, yo le respondí al instante que así era, que me había parecido oírle hablar una lengua extranjera, pero que no podía saber qué lengua era porque no la había oído en mi vida y él pareció sentirse muy aliviado cuando oyó aquello, se dejó caer sobre los almohadones, hundiéndose en ellos por completo y comenzó a hablar de nuevo sobre África, pero esta vez, no sé por qué, algo me dijo que tenía que escucharle, y él comenzó a hablar de la gente de la tribu que vivía junto a su casa en el Congo, los criados de su padre, era así como los llamaba. Me explicó que para aquella tribu la semana tenía sólo cuatro días y que uno de los cuatro días no podía ser nombrado bajo ningún concepto porque era el día de los malos espíritus. La gente de la tribu recibía el nombre en función del día de la semana en el que había sido su nacimiento, pero los que nacían el día de los malos espíritus no recibían nombre alguno. Lo hacían así para evitar que los malos espíritus pudieran encontrarles.
Tras decir aquello se detuvo, pasándose la lengua por los labios, y comenzó a convulsionarse por la risa.
'¿Entiendes? ellos de verdad creían en aquello, por eso Amen, la sirvienta, me miró con el terror pintado en los ojos cuando aquel día le pregunté cuál era el nombre del niño que mamaba de sus pechos, el bebé que había nacido el pasado invierno y que ella acurrucaba junto al fogón en la cocina, rodeada de los otros, a la hora del descanso antes de que cayera la noche. Recuerdo sus ojos, los ojos aterrorizados de Amen mientras abrazaba a su hijo y los ojos de los otros criados, brillando en la penumbra con pavor como los ojos de las vacas ante la serpiente. Todos sabían que, a pesar de que yo era tan sólo un niño, era también el hijo del señor del machete, el que volvía de la mina con la camisa empapada de sudor y de sangre'
Se detuvo para dar un largo trago a la botella de whisky.
'Había palabras que no se podían pronunciar, palabras que atraían a los malos espíritus como la carroña a las aves de rapiña, si alguien era débil y las revelaba, atraería eternamente el mal para los suyos. Eso explica por qué los espíritus siempre buscan a los corazones débiles, corazones donde reine la cobardía y el miedo, porque saben que son fáciles de comprar y embriagar, y a ellos atacan hasta que consiguen oír lo que quieren de sus labios'
Encendió un cigarrillo y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
'Porque cuando el corazón débil deje salir de su boca la palabra tabú ya no habrá fuerza capaz de detenerles, la muerte arrasará con todo en forma de incendio, huracán o lluvia, y el traidor será el primero en morir, lo hará con el corazón arrancado, en medio de terribles convulsiones…'
Yo comencé a asustarme y miré, preocupada, hacia el reloj de cuco de la pared.
‘Pronto podrás irte’- murmuró adivinando mi inquietud- ‘Tan sólo quiero que sepas que Amen nunca quiso decirme el nombre de su hijo, y que a mi poco me importaban sus estúpidas supersticiones, yo era un niño acostumbrado a hacer lo que me venía en gana y, por otro lado, odiaba al hijo de mi negra, desde que ella lo cargaba constantemente en sus brazos había dejado de tratarme con la dulzura de antes, así que no lo dudé un segundo y fui corriendo a contárselo a mi padre, una tarde en la que el tomaba el té junto a mi madre, debajo de los árboles. El me escuchó atentamente y, tras enjugarse los labios con la servilleta, fue a por su machete. Dijeron que le cercenó las manos y los pechos- aunque yo no pude verlo- pero Amen no dijo el nombre del niño que lloraba sin consuelo, tendido a su lado, ni una palabra salió de sus labios. Mi padre – pues bastaba algo muy pequeño para encolerizarle- se tomó aquello como algo personal y, durante días, andó como una furia por el poblado, cortando manos y orejas, hasta que, por fin, encontró a un corazón débil que, en el último estertor, le confesó el nombre del día maldito y sé que mi padre me trajo aquel nombre como si fuera un tesoro, a pesar de que ya no lo recuerde…
Terminó lo que quedaba de la botella y se limpió la boca con el antebrazo.
‘Yo soy un corazón débil. He vivido todos estos años sin arrepentirme de nada, sin pensar en nada. Pero ahora que soy un viejo y estoy solo los espíritus han conseguido encontrarme… lo más sensato que puedo hacer es no resistirme, ¿no crees? y dejar que terminen lo que ya ha empezado’
Yo asentí sin entender nada.
‘No he tenido hijos y me alegro por ello, no dejaré culpas que pagar en la tierra. Tú eres, aunque no te lo creas, lo más parecido a un hijo que he tenido nunca, y espero que me perdones’
‘Te perdono’, murmuré, porque no podía decir otra cosa.
Y así fue como acabó todo.
En la ciudad que a nadie importa, donde la lluvia es blanca por culpa de las canteras que horadan los montes estoy yo, y a veces pienso que nunca saldré de aquí. Puedo oír la voz de mi madre hablando en susurros con el comisario, y sé que debo estar tranquila. Me miro las manos y recuerdo el libro que él me dio antes de que me marchara, el libro se titula “El corazón de las tinieblas” y me dijo que tenía que leerlo muy despacio porque si conseguía terminarlo y entenderlo quizás algún día podría salir de Jemelle, recorrer el mundo, ser otra persona. Ahora oigo a mi madre que llora, y el comisario la tranquiliza, todo el pueblo me vio entrar por la avenida de los tilos la tarde en la que lo encontraron sin vida, dice, por eso quieren interrogarme, un hombre solo no puede arrancarse el corazón de aquella manera, pero mucho menos puede hacer tal cosa una simple muchacha.
'¿Entiendes? ellos de verdad creían en aquello, por eso Amen, la sirvienta, me miró con el terror pintado en los ojos cuando aquel día le pregunté cuál era el nombre del niño que mamaba de sus pechos, el bebé que había nacido el pasado invierno y que ella acurrucaba junto al fogón en la cocina, rodeada de los otros, a la hora del descanso antes de que cayera la noche. Recuerdo sus ojos, los ojos aterrorizados de Amen mientras abrazaba a su hijo y los ojos de los otros criados, brillando en la penumbra con pavor como los ojos de las vacas ante la serpiente. Todos sabían que, a pesar de que yo era tan sólo un niño, era también el hijo del señor del machete, el que volvía de la mina con la camisa empapada de sudor y de sangre'
Se detuvo para dar un largo trago a la botella de whisky.
'Había palabras que no se podían pronunciar, palabras que atraían a los malos espíritus como la carroña a las aves de rapiña, si alguien era débil y las revelaba, atraería eternamente el mal para los suyos. Eso explica por qué los espíritus siempre buscan a los corazones débiles, corazones donde reine la cobardía y el miedo, porque saben que son fáciles de comprar y embriagar, y a ellos atacan hasta que consiguen oír lo que quieren de sus labios'
Encendió un cigarrillo y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
'Porque cuando el corazón débil deje salir de su boca la palabra tabú ya no habrá fuerza capaz de detenerles, la muerte arrasará con todo en forma de incendio, huracán o lluvia, y el traidor será el primero en morir, lo hará con el corazón arrancado, en medio de terribles convulsiones…'
Yo comencé a asustarme y miré, preocupada, hacia el reloj de cuco de la pared.
‘Pronto podrás irte’- murmuró adivinando mi inquietud- ‘Tan sólo quiero que sepas que Amen nunca quiso decirme el nombre de su hijo, y que a mi poco me importaban sus estúpidas supersticiones, yo era un niño acostumbrado a hacer lo que me venía en gana y, por otro lado, odiaba al hijo de mi negra, desde que ella lo cargaba constantemente en sus brazos había dejado de tratarme con la dulzura de antes, así que no lo dudé un segundo y fui corriendo a contárselo a mi padre, una tarde en la que el tomaba el té junto a mi madre, debajo de los árboles. El me escuchó atentamente y, tras enjugarse los labios con la servilleta, fue a por su machete. Dijeron que le cercenó las manos y los pechos- aunque yo no pude verlo- pero Amen no dijo el nombre del niño que lloraba sin consuelo, tendido a su lado, ni una palabra salió de sus labios. Mi padre – pues bastaba algo muy pequeño para encolerizarle- se tomó aquello como algo personal y, durante días, andó como una furia por el poblado, cortando manos y orejas, hasta que, por fin, encontró a un corazón débil que, en el último estertor, le confesó el nombre del día maldito y sé que mi padre me trajo aquel nombre como si fuera un tesoro, a pesar de que ya no lo recuerde…
Terminó lo que quedaba de la botella y se limpió la boca con el antebrazo.
‘Yo soy un corazón débil. He vivido todos estos años sin arrepentirme de nada, sin pensar en nada. Pero ahora que soy un viejo y estoy solo los espíritus han conseguido encontrarme… lo más sensato que puedo hacer es no resistirme, ¿no crees? y dejar que terminen lo que ya ha empezado’
Yo asentí sin entender nada.
‘No he tenido hijos y me alegro por ello, no dejaré culpas que pagar en la tierra. Tú eres, aunque no te lo creas, lo más parecido a un hijo que he tenido nunca, y espero que me perdones’
‘Te perdono’, murmuré, porque no podía decir otra cosa.
Y así fue como acabó todo.
En la ciudad que a nadie importa, donde la lluvia es blanca por culpa de las canteras que horadan los montes estoy yo, y a veces pienso que nunca saldré de aquí. Puedo oír la voz de mi madre hablando en susurros con el comisario, y sé que debo estar tranquila. Me miro las manos y recuerdo el libro que él me dio antes de que me marchara, el libro se titula “El corazón de las tinieblas” y me dijo que tenía que leerlo muy despacio porque si conseguía terminarlo y entenderlo quizás algún día podría salir de Jemelle, recorrer el mundo, ser otra persona. Ahora oigo a mi madre que llora, y el comisario la tranquiliza, todo el pueblo me vio entrar por la avenida de los tilos la tarde en la que lo encontraron sin vida, dice, por eso quieren interrogarme, un hombre solo no puede arrancarse el corazón de aquella manera, pero mucho menos puede hacer tal cosa una simple muchacha.
21 garbanzos:
"The horror! The horror!"
que dijo kurtz
Has conseguido una ambientación, valle-inclaniana, enferma de colera, decadente y juguetona. Y el resto de un horror escondido entre los tilos.
Un relato impresionante, diria que el mejor que te he leido. La historia me parece redonda. Muy bueno el juego con “El corazon de las tinieblas”, y el paralelismo entre la atmosfera del Congo y la del lugar de Bélgica.
Me encanta como escribes. Estoy leyendo los anteriores, y me ha gustado especialmente “Cuento de fantasmas”.
Un saludo
(escribo sin acentos porque utilizo un teclado francés)
Gracias anónimo, el horror está escondido en todas las mansiones belgas.
Antonio,me alegro que te haya gustado.Hoy ha salido el sol aquí.
uyuyui qué miedito, mamita!
Voy a tener que dormir como follo: con la luz encendida.
Muy bueno, Emma, noto...depuración, oficio.
Oficio no sé Lansky, pero depurar, depuro.
No irás a pensar a estas alturas que el oficio es malo. Tener oficio es bueno en todo, desde follar a tocar el violín.
No, si yo no digo que el oficio es malo, digo que todavía me falta mucho.
Empieza por encender la luz.
Siempre la luz encendida, majo.
A mi no me ha dado ningún miedo: está muy bien contado.
muy muy bueno, emma.
como dicen aquí arriba, cada vez mejor.
Gracias, gracias a los dos! Me alegrais el día, de verdad.
Por si se le olvida a JM mdncionartelo: ¿has visto la cita textual de tu comentario en mi blog que convierte en post en el suyo Montalvá?
Ah, no lo he visto, voy a echarle un vistazo, gracias Lansky, estoy muy despistada estos días.
Mañana te dedico el post de mi blog; de los que te gustan, guapetona.
Que cielo eres!
Ando leyendo entradas antiguas, como un libro de cuentos, y acabo de terminar "Luke Sky Walker". Llevaba veinte años esperando por una frase como ésta: "Y ahora iba el tío y ponía un tema de Brian Adams, así, como tal cosa. ¿Qué iba a ser lo próximo? ¿ Roxette? ¿Dinamita pa los pollos?"
Gracias Antonio, pero ese cuento es insufrible, lo considero una de mis creaciones más cursis e infantiles :)
Bueno, igual no es de las mejores, pero tampoco me parece tan mala. En cualquier caso, ya era hora de que alguien pusiera en su sitio a esos pájaros. La única Roxette admisible es ésta: http://www.youtube.com/watch?v=_jmIYyskDM8
jajajaja, gracias de verdad.
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