Los cuentos ya no se registran

domingo, abril 18, 2010

Mudito



( Me he pasado a la Ciencia Ficción. Los cuentos de fantasmas no son mi fuerte)








Ángeles se presentó ante nosotros exhibiendo sus encías rosadas, los paletones separados, el pelo le caía en cascada sobre los hombros y el sol había pintado doradas pecas sobre su respingona nariz.
- ¡Soy libre!- exclamó, dando un salto con los brazos en cruz.
Todos nos quedamos sin aliento, estábamos apoyados contra el muro trasero de los vestuarios de la cancha de futbol, era verano y el sol caía sobre los guijarros y las cabezas de los cardos. Acabábamos de jugar un partido y nos encontrábamos descansando, todavía sudorosos, mientras rumiábamos nuestros deseos de insultar a los del equipo contrario.
Por aquel entonces no poseíamos la ambicionada palabra “mierda”, lo único con lo que contábamos era con un triste “mentiroso”- que mi madre me había regalado para que pudiera defenderme de mi hermano mayor- y con “gusano”, de la que era dueño Lolo- un regalo de su excéntrico tío en el exilio- lo que le convertía, sin ninguna duda, en el poseedor de la palabra más ofensiva de entre los miembros de la pandilla.

Por eso, cuando Ángeles se presentó contoneándose, trece años recién cumplidos, niqui rojo marcando los incipientes pechos, las caderas redondas enfundadas en unos pantalones vaqueros cortos, su sonrisa y su melena desparramada y la palabra, la palabra- ahora al menos ya puedo escribirla- “libre”, no supimos qué decir ante eso, no quedándonos más remedio que admitir que el mundo, en aquel instante, le pertenecía por completo a ella.
-¿Qué pasa? ¿No me creéis? – dijo, colocando cuidadosamente la rosada punta de la lengua detrás de sus separados dientes delanteros, para pronunciar seguidamente, con voz ligeramente enronquecida- Li- bre, li-bre.
Toño- mi mejor amigo por aquel entonces- reaccionó, violento.
-¿Cómo?
“Libre” era una palabra deseada por muchos de nosotros, una palabra elegante que no parecía tener mucha utilidad práctica pero que, secretamente, ansiábamos poseer algún día. No era una de las apremiantes como “helado” o “futbolín”. Lo que nos gustaba de ella era su significado misterioso, porque prometía algo así como poder rodar sobre el césped mullido para siempre.
-Me la dio mi padre- Ángeles saltaba palmoteando de alegría y repetía, para mayor recochineo - ¡libre, libre, libre! ¡Soy libre!
Yo saqué del bolsillo del vaquero mi viejo almacenero, era una fina pantalla de color azul eléctrico que mi abuela me había regalado cuando cumplí los ocho años y, con el dedo, comencé a abrir las carpetas donde atesoraba mis palabras, marcando la “L” para comprobar que – tal y como sospechaba- no poseía ningún derivado de “libre” con el que pudiera hacer sombra a la preciosa pero cargante Ángeles.
-Tu papá…eso no es diver.- musité como pude.
Ángeles cesó de saltar y clavó sus ojos color miel sobre mis ojos. Yo sentí como se me encogía el estómago.
-¿Qué quieres decir?
Cuando estaba nervioso- al contrario que le sucedía a Toño- me resultaba mucho más fácil hablar, todas las palabras que ya eran mías se entrelazaban en mi pensamiento con precisión y, casi siempre, conseguía articular algo con sentido que- a pesar de la escasez de mi vocabulario-solía dejar a las chicas admiradas.
- Tu padre tiene amigos… y así yo también. - argumenté.
Ángeles entrecerró los ojos y se apartó la melena de los hombros con un golpe de cabeza.
-¡Mentira!
Toño se enfadó, buscando desesperadamente palabras para defenderme. Los otros despegaron a duras penas los ojos de Ángeles y comenzaron también a hacer recuento de sus palabras en sus respectivos almaceneros. En realidad, todos estábamos enamorados de ella. La verdad es que a mi me gustaba muchísimo, sobre todo- tengo que reconocerlo- cuando levantaba su naricita y se daba la vuelta haciendo bailar su melena tras de sí, con aire ofendido.
Hubo un tiempo en el que pensé que, por ella, sería capaz de cualquier cosa, que podría incluso escaparme de casa y acudir al mercado negro para conseguirle una palabra especial como “luna” o “laberinto” Pero en poco tiempo me di cuenta de que tales galanterías no tenían ningún sentido. Ángeles tenía un padre que trabajaba más de doce horas diarias para traer a su familia al menos media docena de palabras nuevas al mes y, contra eso, ni yo ni nadie podíamos competir.



El secreto para hacer creer que se tenían muchas palabras consistía, sobre todo, en no dejar que nadie- ni siquiera tus mejores amigos- supieran nunca cuantas en realidad poseías. En clase el profesor manejaba una lista sencilla y con ella nos desenvolvíamos pero, a medida que subíamos de curso, la lista se ampliaba y nuestros padres tenían que trabajar duro para traérnoslas a casa. Aun así siempre había niños que poseían más vocabulario que otros y que, regocijados, se encargaban de hacértelo saber cuando, de repente, durante el recreo te soltaban, en plena pelea.
-¡Mantecoso!
Eso le había pasado la semana pasada a Toño, peleándose con uno de los pequeños por la posesión del balón en el campo de futbol quien, sin que nadie lo esperara, le había escupido aquello de “mantecoso” con mirada de reptil. Toño se había quedado estupefacto, y no había podido evitar echarse a llorar como una niña porque, a pesar de que desconocía el significado de “mantecoso”, estaba claro que el niño la había adquirido con el único objetivo de insultarle. Yo intervine al instante llamándole “mentiroso”, el único insulto decente que poseía, pero como aquel enano se echó a reír en nuestras fauces no nos quedó mas remedio que ir a buscar a Lolo a la carrera para que le lanzara su contundente “gusano” (lo hacía de maravilla) y reparar de alguna manera la afrenta sufrida por la pandilla.
Lo que estaba claro era que, a medida que crecíamos, la carestía de palabras nos ponía en situaciones cada vez más difíciles, sobre todo en aquel momento de nuestras vidas, cuando estaban ellas llenándolo todo: Las chicas.
Porque, para rematar nuestra desgracia, no había cosa que a ellas les engatusara más que las palabras. Entre sus favoritas estaban “preciosa”, “nena” y- gran descubrimiento- “gatita”. Nunca nos hubiéramos imaginado que la palabra “gatita” pudiera llegar a tener tanta importancia pero todos habíamos oído hablar de la historia de un chico de sexto, Roberto Gamez, que había conseguido ligarse a Inés Sánchez gracias a haberla llamado- imprevisiblemente- “gatita”. Cómo consiguió tal palabra y qué le dijo a sus padres para conseguirla era un misterio, pero admirábamos su valentía, porque conseguir una palabra como aquella, tan absurda si no tienes una gata como animal de compañía, sólo significaba que Roberto adivinó- no sabemos aun cómo- que derretiría el corazón de Inés Sánchez - morenaza de ojos verdes -si se la decía.



Ahora jadeábamos sujetando nuestros almacenadores entre la barbilla y el pecho, buscando desesperadamente entre nuestras palabras alguna con la que impresionar a la pizpireta Ángeles, quien parecía no cansarse de restregarnos la palabra “libre” por las narices al tiempo que ejecutaba un baile que, con ambas manos extendidas y rotundo girar de caderas y melena, la hacía inclinarse sobre cada uno de nosotros, aproximándonos sus pechitos bamboleantes.
-Libre, libre, libre- canturreaba con los ojos semicerrados, ajena a nuestros perversos pensamientos.
Quien más y quien menos había enrojecido violentamente ante su comportamiento, pero afortunadamente teníamos la excusa del reciente partido de fútbol para explicar nuestras mejillas arreboladas. El frescor del río llegó repentinamente hasta mí como si hubiera sido rozado por la mano de un fantasma y, sin pensarlo mucho, eché a correr hacia los árboles. Lo único que deseaba era huir de aquella situación turbadora que me estaba provocando un enorme dolor de cabeza.
Mi padre y muchos otros adultos me habían hablado infinidad de veces sobre la lentitud con la que un ser humano se hace con un vocabulario decente que le permita enfrentarse a la vida sin miedo y con ciertas posibilidades de éxito. Para conseguir aquello lo más importante era- entre muchos otros obstáculos- pagar tasas que se elevaban dependiendo del valor de cada palabra pronunciada.
La riqueza de un hombre se medía por su vocabulario y, según todos los indicios, ni una vida entera bastaba para hacerse con la inmensa vastedad de palabras que se almacenaban en los archivos de la Gran Sociedad para el Lenguaje y la Cultura, a la que teníamos que dirigirnos para pagar nuestros correspondientes derechos y ser así capaces de pronunciar sin miedo cosas como “dulce” o “te amo”.
Mi padre siempre contaba que “te quiero” había sido el regalo que le había hecho a mi madre el día de su primer aniversario de bodas. “fíjate, me casé con ella sin habérselo dicho nunca antes”.


Pero yo odiaba cada vez más aquellas charlas aleccionadoras, sabía de sobra lo caro que era ser poseedor de palabras, y lo peligroso de arriesgarse a inventar un lenguaje por tu cuenta. Estaba harto de oír hablar de los exiliados, de los que habían acabado locos, o mendigando palabras como “moneda” o “sopa”. Yo era tan solo un niño, y estaba cansado.



Aquella tarde de verano corría entre los cardos, sintiendo las rasgaduras que sus espinas me hacían en la camiseta y en las piernas desnudas, y aún podía oír la ronca voz de Ángeles retumbando dentro de mi cabeza. Me quité la camiseta y seguí corriendo en dirección al río, con lágrimas de rabia en los ojos. Si hubiera podido la hubiera matado, tal era la impotencia que sentía. Pero, de alguna manera, creo que sí que lo hice, cuando me lancé a la corriente de un salto y mi piel se erizó al contacto con el agua helada.
Toño, que venía corriendo detrás de mí, también se tiró al agua torpemente, con su flácido y enorme estómago, del que se avergonzaba tanto.
Los dos chapoteamos en el río durante un buen rato, sumergidos en nuestras respectivas frustraciones. El sol brillaba entre las hojas de los árboles y en el aire subían y bajaban las libélulas.
Yo tenía una idea liberadora, una idea que ya se me había pasado antes por la cabeza, deliciosamente, como una nube espesa en un día de calor abrasador. De donde saqué la valentía para ponerla en práctica es algo que desconozco, aunque probablemente no lo pensé en absoluto.
Lentamente, arranqué de mi antebrazo el almacenero, que en aquel entonces se adhería automáticamente a la piel cuando te quedabas sin ropa.
El aparato almacenaba todas las palabras que me habían sido otorgadas desde mi nacimiento.
Toño me miraba con los ojos como platos y abrió la boca, balbuceando.
-¿Qué haces?
Le miré con fiereza, él ya sabía lo que estaba haciendo y no iba a impedírmelo, todos sin excepción habíamos pensado en aquello alguna vez, era otra de las posibilidades que nos habían sido dadas al nacer -pelear por una posición social a través de las palabras o permanecer mudos para siempre y expresarse , como compensación, únicamente a través de la escritura.
Mi padre había comentado no hacía pocos días- leyéndonos distraídamente en voz alta a la hora de la comida-que las últimas estadísticas del Ministerio de la Verdad hablaban de "abandonos" cada vez a edades más tempranas.

Levanté el almacenero por encima de mi cabeza y, ante la atónita mirada de Toño, lo arrojé lo más lejos que pude, dejando que se hundiera entre los remolinos del río para siempre.

8 garbanzos:

Antonio de Castro dijo...

Un cuento redondo, perfecto. Por lo que te he leído hasta ahora, no estoy de acuerdo con que los cuentos de fantasmas no sean tu fuerte, pero desde luego la ciencia ficción se te da bien. Es el momento de preguntarlo: ¿has publicado algo, o has intentado publicar alguna vez?

Lansky dijo...

Está muy bien, Emma, no te conocía este registro

Emma dijo...

Muchas gracias Antonio, la verdad es que me encanta la literatura fantástica pero no, no he publicado nada, mandé una novela a varias editoriales hace tiempo sin ninguna respuesta y los cuentos los considero bastante imperfectos como para publicarlos a pesar de que envie unos cuantos a varias editoriales ( sin respuesta igualmente).Pero tampoco me preocupa demasiado, la verdad es que creo que me da igual.

Lansky, me encanta que te guste, no es una idea muy original pero al menos es entretenida ( espero)

Emma dijo...

Bueno, he de confesar que no me da igual publicar. En realidad lo que quería decir es que no me obsesiona ( he de ser sincera conmigo misma al menos)

Lansky dijo...

Busca un agente literario en lugar de acudir directamente a las editoriales

emma dijo...

Otra posibilidad.

DanteBertini dijo...

soy el séptimo garbanzo...
no te preocupes por encasillar lo que escribes en algún género. Ya lo harán los que te lean.
Tú sigue escribiendo, es lo tuyo.

Emma dijo...

Gracias Dante! Cuando pienso en tu novela de sonrisa vertical, que lei en BUP, y ahora aqui, un garbanzo mio... gracias.

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