Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, octubre 24, 2010

Febrero, años cincuenta


(Carmencita, 7 años)


Cuando salió de casa pudo sentir el fulgor de la nieve atravesar la suela de sus zapatos. Echó a correr sobre el campo nevado, pensando con extrañeza que era como si hubiera desaparecido, como si fuera otra niña, quizás porque se sentía desnuda, a pesar del abrigo, de los zapatos y las manoplas cien veces zurcidas.
Saltó sobre la nieve como una gacela, con un cosquilleo de felicidad intenso que nunca antes había experimentado. Sabía que debería estar en aquel mismo instante de camino al colegio, pero su madre no la había visto salir de casa y todavía tenía unos cuantos minutos para entretenerse, antes de ir con las monjas.
Las monjas, pensar en ellas le hizo olvidar momentáneamente la delicia del descubrimiento de la nieve.
Las odiaba, cada día las odiaba más, ¿por qué no podía ir al servicio cuando ella quería? ¿Por qué tenía que levantar la mano y esperar, meándose viva, que la monja de turno, quien la había visto con la mano levantada desde hacía rato, la diera permiso para ir?
‘Irás cuando yo lo diga’, respondió una vez la madre Pura ante sus quejas.
A veces no podía más y quería gritar.
CUANDO MADRE CUANDO.
Pero no podía protestar, te pegaban en las palmas de las manos si lo hacías. Estaba prohibido desobedecerlas, aunque sus órdenes no tuvieran ningún sentido para ella. También estaba prohibido mirarlas fijamente mientras te regañaban, tenías que bajar los ojos y después irte a confesar, sentirte sucia y mala por mirarlas de aquella manera.
En la nieve, sin embargo, se sentía limpia, era como si siempre pudiera sentirse así, ahora saltaba un pajarito negro y blanco a poca distancia y ella le siguió con pequeños pasos. Eran tan irritantes los pajaritos, siempre escurriéndose, echando a volar en el último instante, cuando parecían estar tan cerca de la mano. Furiosa, corrió hacia él levantando las rodillas, riéndose a carcajadas, cogió un puñado de nieve y se lo arrojó con fuerza.
-¡Vuela!
Entonces vio que llegaba el autobús de los niños del edificio Corea. Aquello significaba que se estaba haciendo tarde y que se la iba a cargar, pero quizás hoy fueran más benévolas con ella, al fin y al cabo era el día de la nieve. Se detuvo para contemplar al autobús amarillo, de morro cuadrado, de un color que solo había visto en el vómito de los perros.
Los niños americanos esperaban junto a los portales bien abrigados con bufandas y gorros. “Los americanos de la leche puta”, como los llamaba su abuela, las manos tendidas al calor del brasero.
La leche puta y la leche en polvo que le daban en el colegio las monjas. A ella la leche en polvo era lo que más le gustaba de todo.
Los niños americanos habían venido a vivir a aquellos pisos construidos para ellos, sus padres, mientras tanto, estaban en la guerra de Corea, una guerra muy lejana en un país muy lejano, como de ensueño. Eran diferentes a los niños españoles que vagabundeaban por los desmontes de la Plaza de Castilla, a decir verdad eran diferentes a cualquier niño que ella hubiera visto nunca en su vida, entre ellos había incluso algunos negritos, su hermano mayor los había visto a pesar de que sólo ella le creía. Los niños americanos nunca salían a jugar a la calle, como mucho esperaban en fila al autobús amarillo, o se columpiaban en los jardines privados que había en el patio interior del edificio Corea, donde vivían. Su hermano y sus primos mayores habían asomado la nariz entre las rejas y aseguraban haber visto balancines y tiovivos, todo un parque de atracciones sólo para ellos, como los que se veían en las películas. También les habían arrojado palos y piedras para ver si reaccionaban, pero ellos siempre actuaban como si no vivieran en España, como si no quisieran saber que existían otros niños fuera de la verja de sus casas, niños y niñas como ella.
Carmencita sentía por aquellos niños lo mismo que había sentido al ver al pajarito sobre la nieve, un pajarito lindo, con los ojitos brillantes, las alas blancas y negras plegadas, su diminuto picotear y sus pasos en torno a ella para, de repente, sin agradecer su atención desmedida, despegar el vuelo y desaparecer de su alcance, como si ella, Carmencita, no fuera nadie, como si ella, Carmencita, no significara nada, como si todo lo que sentía ahora, estar desnuda en la nieve y con el corazón a cien por hora por culpa de la visión del autobús amarillo no fuera importante, pero ellos qué sabían, pobres, con sus guantes nuevos y su colegio para ricos, seguro que si supieran lo que significaba explorar el descampado nevado antes que nadie no la ignorarían de aquella manera. Estaba claro que sus padres nunca les dejarían hacer tal cosa, pobres niñitos solos.
Cuando el autobús se alejó con su cargamento y, a pesar de que sabía que tenía que salir corriendo si no quería cargársela, lo único que se le ocurrió hacer fue comenzar a dar vueltas sobre sí misma, con los brazos en cruz y un nudo creciente en la garganta. Fue cuando se dio cuenta de un fenómeno curioso- se estaba hundiendo en la nieve- tanto, que ahora le llegaba por las rodillas.
Entonces, en mitad de aquel círculo profundo, se le ocurrió una idea grandiosa.
Levantó los ojos al cielo y se dijo que sin duda podrían verla desde la Luna, ¿no decían que hasta allí iban a subir algún día? Cuando lo hicieran podrían ver desde tan alto sus pisadas, todas las que había hecho hasta ahora tras correr en medio de la Plaza Castilla, tan grande y tan blanca como era seguramente la Antártida, y también verían aquel círculo profundo, en el que tenía las piernas atrapadas. Con sus telescopios la enfocarían asombrados, sí , allí, una niña sola en medio del inmenso mar de nieve, y entonces se preguntarían cómo era posible que alguien tan pequeño hubiera podido dejar tal cantidad de huellas, y vendrían a conocerla, la llevarían en volandas para que todo el mundo pudiera verla, pasaría con grandes honores delante de los niños americanos y del colegio de las monjas.
Sí, como una heroína, como una exploradora. Ella, Carmencita.
Finalmente, se dejó caer de espaldas sobre la nieve, temblando de felicidad y frío.

34 comentarios:

C.C. dijo...

Ah, las monjas, la nieve y los americanos en los años 50.
Mis monjas eran unos ángeles a los que estoy agradecida todavía,y recuerdo con cariño. Las brujas eran las "civiles" empleadas, todas agriadas.
La nieve significaba cinco minutos de placer y a continuación un sufrimiento tremendo a causa del frío y la penuria de ropa adecuada.
Los soldados americanos eran Navidad, con un Papa Noël de verdad, juguetes usados pero de sueños,y como tú dices, leche en polvo azucarado, chocolate y manteca de cacahuetes en latas de color kaki.
Gracias, Emma por este post.

Emma dijo...

Gracias a ti C.C y, aunque no te lo creas, me dan envidia tus recuerdos. Siempre ha habido dos decadas que me han fascinado, los años 20 y los 50 del siglo XX. Un beso.

Lansky dijo...

...pero tú,Emma, fingidora (y poeta, claro) no viviste ni viste esos 50; yo sí y puedo certificar que es asombroso tu relato: está todo, aquella nieve (que no es la de hoy) sobre los descampados, los desmontes de las 'dreas', aquella leche en polvo (y el queso amarillo), aquel frío (que no es tampoco el hoy), aquellos americanos, aquel Madrid...

Emma dijo...

Ja, Lansky, claro que no vivi ni vi aquellos años, pero me han contado cosas y además, ya sabes que a los hijos nos toca cargar con los recuerdos de los padres. Este pequeño relato lo escribi hace mucho tiempo, cuando era más joven que ahora, mi madre me había explicado lo del edificio Corea, después de su demolición. Plaza Castilla y sus desmontes, ovejas, niños norteamericanos en autobuses amarillos, nieve, hay tantas historias en Madrid! Siento que este cuentecillo no esté bien acabado, de hecho no sabía que quitar o que añadir. Lo dejo aquí porque no creo que Noviembre me de alas para escribir. Estoy tan cansada de estar en Bruselas! Un beso

Wilhelm Kay dijo...

Los que sólo hemos conocido los ochenta y en adelante, hemos jugado (seguro que con menos ilusión) con la nieve que se derrite rápidamente sobre las aceras y los capós de los coches. Joder, no es lo mismo.

Te quería dejar un garbancito,

Wilhelm K

Emma dijo...

A mí me hacía más ilusión la lluvia, por los charcos, digo.
Gracias Wilhelm.

Grillo dijo...

Emma:
pues qué bien te contaron tus padres una época que no viviste, porque la narras en tu post estupendamente (con tu innegable estilo personal.)

Yo sí concí (de muy joven) 'Korea' por c/ Dr. Fleming y aledaños de plaza Castilla; aquellos autobuses amarillos que venían de la base de Torrejón y pasaban por allí, cerca del PX, en una rampa de acceso a un extenso garage, economato para comida yanki, y regresaban para la primera parte de La Moraleja - que era donde vivían los civiles de la base. El personal militar residía en la misma base, como acuartelados.

Qué bien lo cuentas todo, Emma/Alicia, en tu interiorizado y telúrico país de las maravillas

Grillo dijo...

Qué diantres habré hecho mal, pues no aparece un comentario que he hecho a este post tuyo tan estupendo y peculiar...

¿?¿?

Emma dijo...

Grillo, tienes un montón de información inédita! Gracias por tu comentario.

No has hecho nada mal, es que tengo puesta la moderación de comentarios, como tú, creo.

Besito

Grillo dijo...

Mi información a este respecto es en parte escuchada en casa y también vivida personalmente, porque trabajé en la Base de Torrejón en un departamento de cine educativo. Mi objetivo era evitar la mili española porque se fraguaba una especie de convenio recíproco. El resultado es que finalmente hice dos milis... Ya colgué un post a propósito.

Yo no tengo moderación (me refiero en mi blog...), no sé cómo se hace eso ni tampoco me interesa demasiado. Me da exactamente igual quién o qué diga lo que desee, bueno o malo, en mi cortijo. Creo que mi hijo sí selecciona por mí. No sé cómo lo hace pero le agradezco la intención, por eso le llamo 'mi tutor'.

La palabra a verificar como moderación ¿la creáis vosotros mismos con algún sentido o aparece de modo aleatorio?

Gracias y besos,

Emma dijo...

Grillo, qué gracioso eres. Pensaba que sabías lo de los trolls. Y la palabra a verificar como moderación no sé quién la inventa, pero debe ser un programa muy listo o muy puñetero. Yo, desde luego, no tengo mucha idea de tecnología, es que paso bastante la verdad.

Cine educativo en la base de Torrejón, eso sí que tiene miga, majo.

Grillo dijo...

Eran cortas filminas para los estudiantes 'sophomores' o de High School. Americanadas patrióticas: 'La noche de Paul Revere', los comienzos de Sinatra como americano de pro y sus canciones como 'That's the America I mean', o algunas escenas de su guerra civil.

Ya ves, uno ha toreado en plazas de terecra también.

Grillo dijo...

[Y ahora ya sí sé qué son los 'trolls'. Uno de ellos me lo explicó cuando les segúia la corriente como un bobo. -¿No ves que te estamos 'baneando'...? - ¿Y qué es banear? Me lo explico. - Pues en cualquier caso me la meneáis por tiempos: un, dos, un, dos...
Entonces intervino el chaval y ahí se acabó la historia. ¿Cómo ni quién puede molestar a un ectoplasma? Yo, en este caso.]

Grillo dijo...

Niña: ya he publicado mi post navideño dedicado a tí.

Entre Lansky y yo te tenemos mú consentía...

Un besín.

Emma dijo...

Para una vez que me consiente alguien Grillo... voy a ver.

Lansky dijo...

Más cosas: Gracias a los yanquis de Torrejón se fueron abriendo los primeros clubs de Jazz en Madrid (el Bourbon y el whisky Jazz entre otros)

Y una metáfora bonita y que viene al caso: la literatura (como la memoria) es nieve que no se derrite

Emma dijo...

Me pregunto ahora si esos clubs continuan allí.

Y mi metáfora : La literatura (como la memoria, como la nieve, como la niñez) empieza a derretirse cuando dejas de creer en ella.

Lansky dijo...

el que más tiempo rersistió, el wiskhy Jazz, cambio de nombre (originalmente Bourbon Canal Street), de lugar, de Villamagna a Diego de León y luego desapareció, aún queda el Café Central en la Plaza del Angel, podemos quedar con Grillo un día de estos.

Yo tocaba antes un poco el saxo tenor, pero ya no; prometí no hacerlo (me lo prometí a mí mismo)

Emma dijo...

Y yo me prometí no maldecirme jamás por no saber distinguir a un mal violinista de uno bueno.

Hace siglos que no voy al Café Central. Es más, creo que siempre me quedé en la puerta sin poder entrar.
Quedar contigo y con Grillo allí es una gran idea. Voy a Madrid este puente y el día 3 de Noviembre estoy libre.

Lansky dijo...

Como suponías, esos días estoy fuera de la ciudad. Por cierto, ni Grillo, que no es precisamente un hacker, ni yo sabemos qué pasa con tu correo, pero nos rebota

Emma dijo...

Lástima Lansky. Y tampoco sé qué es lo que pasa con mi correo, en todo caso escribiré al señor Grillo por si él está libre. Beso

Grillo dijo...

Yo iba muy a menudo al Bourbon en Villamagna, en un sótano. Quedaba muy cerquita de casa de mis padres en Fortuny. Los camareros con los chalecos a cuadros. Allí estaba Tete Montoliú y el otro saxo estupendo. Creo que a veces tocaban un poco de rutina.
Luego a Diego de León, local de dos alturas.

Joooooooooo.... qué mayores somos (y yo más.)

Emma dijo...

Ser mayor no es ningun problema, que yo sepa. Ser mayor y ser como tú eres es una bendición Grillo.
Lo digo porque los adultos en general son muy aburridos! Y tú no!

Anónimo dijo...

Me ha gustado leerte después de casi 20 años. Ya apuntabas maneras en tus cartas. Besos desde muy lejos de Fuente el Sanz.

Emma dijo...

Yo tambien estoy muy lejos de Fuente el Saz, querido anonimo.
Me gustaria saber quien eres, a pesar de que respeto tu deseo de no decirmelo, por supuesto.
Pero si te apetece, en mi perfil encontraras mi direccion de e-mail.
Un abrazo

Antonio de Castro dijo...

Crei que era un cuento nuevo, pero leo que lo escribiste hace tiempo. A mi me parece tan bueno como los ultimos, esta todo ahi: la fuerza de las descripciones, el exterior que influye en la protagonista y al mismo tiempo funciona como un reflejo de sus estados de animo, el aire inquietante, como si hubiera una amenaza que pudiera materializarse en cualquier momento, y la fuerza del personaje principal, al que en principio se le supone el mas debil; ademas la nina me recuerda a las protagonistas de otros cuentos, es como si fueran diferentes historias sobre el mismo personaje. Para mi, ese tipo de personajes son los que saldran adelante, por decirlo de alguna forma.(Por cierto, hablando de monjas, mi madre estuvo interna en un colegio religioso de Vigo, y me dice que aquello era el infierno.)
Me llamo especialmente la atencion la brevedad despues de haber leido ultimamente otros cuentos mas largos, y la ambientacion en un momento tan concreto y que describes como si lo hubieras conocido de primera mano. De hecho creo que, en este caso concreto, esa brevedad lo hace todo mas compacto.
Un saludo.

Emma dijo...

Gracias Antonio, tu siempre ves cosas que yo no veo, tambien eres benevolo ( aunque se que no lo haces a proposito) Es muy interesante eso que has dicho de la miña protagonista, como si siempre fuera la misma. Un abrazo.

Lansky dijo...

Emma, intento dejarte un mensaje en el e-mail de tu perfil pero resulta imposible, así que lo haré aquí, en la plaza pública, como dice el cachondo de Grillo: que te mejores y una abrazo, machotota (y que me gusta eso de que 'vamos que nos vamos', me recuerda a mis ancestros aragonesicos)

Emma dijo...

Gracias Lansky, ya estoy bien que soy chicarrona del norte, o eso me dicen mis fantasmagóricos ancestros.

Grillo dijo...

Emma ya está buena de su ligera indisposición. Siempre ha estado buena...

¡Ups!

Bsín

Grillo dijo...

Supongo, chica guapa, que podrás hacer algún comentario de los tuyos, siempre audaces y sui géneris, a un 'raro' post que he colgado en mi blog.

¿Qué tal tu salud?

Besín

Emma dijo...

Adulador! Ahora voy.
Mi salud fantástica, grillín.

Grillo dijo...

No soy adulador (ufff...) O lo soy en muy contadas ocasiones y con quien creo que lo merece o sabe encajarlo como ES.

Besito, manneken.

Emma dijo...

Lo sé Grillo, lo he dicho para defenderme de tus piropos, que me encantan.

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