Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

viernes, noviembre 26, 2010

Forcejeo con el fantasma

Me senté en las escaleras de la biblioteca, “ahora me fumaría un cigarro”, pensé, pero ya no era una estudiante, hacia años que había dejado de fumar a pesar de que en aquel instante me apetecía, me apetecía tanto como quedarme allí toda la tarde, la cabeza apoyada entre las manos, haciendo nada, quizás ordenando los papeles de mi cartera de cuero, sacándolos y echándoles un vistazo para después volver a guardarlos, afilar los lápices, enrollarme uno en el pelo, fumar y contemplar cómo las volutas de humo se perdían en el aire impalpable de la tarde, una tarde dorada de comienzos de Octubre, una tarde de olor a hojas húmedas, allí, en las escaleras de la biblioteca, hubiera dado cualquier cosa por no tener la edad que tenía, por tener al menos quince años menos, maldita sea, si lo hubiera sabido antes no habría perdido el tiempo con tanta gente idiota, no habría hecho caso a mis padres, ¿ quien dijo que los padres hubieran de tener razón siempre? En mi caso mis padres no pudieron ayudarme, para ellos lo justo era estudiar, terminar la carrera, encontrar un trabajo, quizás casarse y darles unos cuantos nietos, pero lo primero era ganar dinero, si yo ganaba dinero eso significaba que también ganaban ellos, porque todos los sacrificios no habrían sido en vano, porque todos los sacrificios habían sido siempre por la pasta.

Aborrecí la tarde aunque era hermosa, y a las jóvenes que entraban y salían-risueñas- de la biblioteca, me eché el cabello hacia atrás y extendí las manos, quería contemplarlas bien, una vez más, bajo la luz otoñal que se extinguía, y sí que era verdad que habían cambiado mucho en los últimos meses, que se habían vuelto extranjeras, nunca me había molestado en contemplarlas tan minuciosamente y apenas podía creer como eran ahora - pequeñas, con arrugas en el pliegue de la muñeca, dedos chatos, venas abultadas, azules, atravesando la piel blanca- había comenzado a mirarlas cada día con mayor interés hasta el punto de que una de las pasadas tardes había acudido a casa de mi madre con la única finalidad de examinar sus manos, las manos que habían existido antes que mis manos. Ella las sostenía con indiferencia, como si no le importara que ahora, a sus sesenta años, fueran así, con pecas grandes de color café, las subía, las bajaba, doblaba los dedos, los hacía rodar, pero no sabía nada de ellas, era como si no las hubiera mirado nunca, como si no las quisiera.
“Una mujer que no acepta sus manos es casi peor que una mujer que no acepta su alma”
Me dije eso pensando al mismo tiempo que era una tonta de cuidado, lo único que ocurría era que mis manos estaban envejeciendo, y eso era parte de todo lo que me estaba pasando, sólo tenía que ver con eso. Yo había vivido toda mi vida siendo joven, siendo niña, siendo adolescente, siendo jovencita, había vivido toda mi vida dentro de la juventud , ascendiendo grados dentro de ella, grados que no la invalidaban, tener veinte años, veinticinco, tener treinta. Pero ahora las cosas cambiaban, ahora todo empezaba a cambiar demasiado rápido, como la luz de la tarde en las hojas, como mis manos.
Me agarré a los barrotes de la barandilla, la escalera era un bullicio de estudiantes que salían de la biblioteca a causa de la hora del cierre. En pocos minutos el césped del campus universitario adquiriría esa belleza solitaria que sólo descubre cuando es despojado de alumnos, como todos los campos de hierba después de una fiesta, quedaría algún papel por el suelo, alguna lata de cerveza vacía y, a pesar de ello, el césped nunca estaría tan hermoso como cuando la gente lo abandona, las ramas de los sauces tocarían suavemente la hierba empujadas por la brisa, y se aventurarían entre los dientes de león algunas polillas, pequeñas moscas de alas encendidas a causa de los últimos rayos de luz de la tarde, hadas o duendes, quien podía saberlo, en el césped ya no estaban aquellos que, hacía unos minutos, mascaban su porvenir con indolencia tumbados sobre la hierba, hablando de nada, del vacío de vivir sin percatarse de ello. Se habían marchado todos a casa a cenar, o a tomar cervezas en la terraza de cualquier bar, a seguir con su presente mágico.

¡Si yo lo hubiera sabido entonces! ¡Si hubiera sabido lo que iba a pasarme! No habría perdido tanto el tiempo, deambulando por las calles, con mis libros y mi confusión, tan ridícula.
“Si pudiera, ¿cómo se llamaba aquel libro? En aquel libro alguien lo hizo, no recuerdo quien escribió aquel libro…”
Y estuve tentada de preguntárselo a alguno de los estudiantes que bajaban apresuradamente las escaleras, pero me di cuenta de que aquello era una enorme estupidez.
“Sí, sí que recuerdo, el escritor era Oscar Wilde, el salvaje, con aquel libro “el retrato de Dorian Gray” y también estaba aquel otro, Goethe, el de "Fausto", nunca leí aquella historia, por eso no sé si allí lo explicaba, en el de Oscar Wilde seguro que no decía nada, pero en el de Fausto, quizás, era posible que saliera”
“Si supiera como hacerlo, si Goethe hubiera osado hacerlo, escribirlo, dejado las instrucciones por escrito, yo lo haría, lo juro, lo haría con tal de no ver cómo mis manos desaparecen, se deshacen, como yo lo hago sentada en estas escaleras”
Entonces, como un resorte, me puse en pie, y casi me di de bruces con un muchacho de pelo largo y cazadora vaquera.
-Perdona, ¿sabes qué hora es?
El muchacho me miró titubeante.
-Van a ser las ocho y media.
Y era verdad que las luces de las farolas ya estaban encendidas. Las ocho y media, sin dar las gracias me dirigí como una furia escaleras arriba, el muchacho permaneció inmóvil en los escalones, le vi mirándome cuando atravesé la puerta. Quizás él lo hubiera sabido, pero ya era demasiado tarde, quizás como mi intención, que era la de encontrar el libro donde hablaran de “eso”. Avancé directa al mostrador donde la bibliotecaria- una mujer de ojos hinchados, boca curvada hacia abajo y pelos de fregona- se dedicaba a apilar libros sobre otros con el aire de estar, como mínimo, absolutamente dormida.
“Tómatelo como el último gesto poético de tu juventud, como el último intento de detener esto, no pierdes nada por intentarlo, imbécil”, me dije para darme ánimos.
-Por favor, ¿en qué sección puedo encontrar los libros de Goethe?
A la bibliotecaria le costó horrores despertar.
- Vamos a cerrar.
- Sí, ya lo sé, pero es muy importante, es para un trabajo.
Podía sentir los últimos rayos de sol arrastrándose allá afuera, las margaritas cerrando sus pétalos, las pequeñas hadas revoloteando sobre las bolsas de patatas fritas vacías tiradas en la hierba, tic-tac, tic-tac, no era justo dejar de ser joven, no era justo no poder volver a casa y cenar bajo la lámpara de la cocina, y seguir soñando, ir con los libros del salón a la cocina, de la cocina al cuarto, arrastrando confusión y sueños, viejos sueños, sueños de juventud de mis abuelos, sueños de juventud de mis padres, sueños de mis antepasados, todos esos mismos sueños corriendo por mis venas, inscritos desde hacía siglos en mis genes, sueños irrealizables porque en la época dorada de juventud- cuando han de llevarse a cabo- lo único que ha habido ha sido letargo e indecisiones y después, cuando le visita a una el fantasma de la vejez, le toca las manos, se las araña, cuando lo hace ya es demasiado tarde, ni siquiera recordaba cuando habían empezado a cambiar mis manos, si hubiera podido verlo antes no estaría ahora tan desesperada, al borde del asesinato.
-¿Dónde?
-Allí, al fondo de la sala, en la última estantería, donde la literatura alemana.
Se había librado de una buena, pensé corriendo hacia el fondo de la biblioteca, se había librado de mis gritos, se había librado porque soy, en el fondo, buena.
Conseguí encontrar el libro después de unos minutos, una edición antigua de tapas duras, la tarde caía sobre las claraboyas del techo y la noche aguardaba como la bibliotecaria, somnolienta, las manos cruzadas sobre el mostrador, el gesto resignado y, a la vez, levemente alerta, no fuera a ser yo, quién sabe, una terrorista de esas.
-Podía haberlo sacado usted mañana.
Pero tomó el libro y le plantó el sello, después sacó la tarjetita, lo pasó por el desmagnetizador, tecleó en el ordenador con un dedo vago y me lo devolvió con una mirada de curiosidad mortecina bajo sus párpados hinchados.
No dije nada, no di ni las gracias, me sentía estupida, eso sí. Si ella supiera, si ella supiera lo que se me pasaba por la cabeza. ¿Cómo me atrevía yo a juzgar a aquella bibliotecaria? Al fin y al cabo yo pronto tendría la misma edad que ella, y quizás las cosas dejarían de importarme al mismo tiempo que mis manos cambiasen del todo. ¿Quién era yo para pensar en ella como un despojo? Yo también lo era, lo sería, y la idea me oprimió el corazón, así que lo apreté contra el libro y salí de la biblioteca. Afuera respiré el olor eterno de la hierba, las luces anaranjadas de las farolas iluminaban el paseo entre el césped, los jóvenes se habían marchado. Recogí mis libros, mi cazadora, me acomodé la cartera, deseé pedirle a algún rezagado un cigarro, uno de esos cigarrillos que se iluminan como luciérnagas en la luz del crepúsculo. Ya no iba a leer el libro, sabía que lo que quería no lo encontraría dentro, lo que quería era algo que nadie podía darme, lo que yo deseaba era parar el tiempo, detener el tiempo, hacerle chirriar, encogerse entre mis manos.

Porque aquel instante era hermoso, era tan hermoso, tan dolorosamente hermoso.

Me alejé camino al autobús, apresuradamente.

25 comentarios:

Anónimo dijo...

Sweet
xxx from Lux

Grillo dijo...

Maravillosa reflexión y espléndida descriptiva. Uno cree que te superas día a día.

Hay algo proustiano en este texto: ensimismado, hondo, solitario, observador, minucioso.

Y las manos de tu madre. Ay, las manos... No sé dónde acabo de comentar la creatividad de las manos, su poder de comunicación, su expresividad...

Admíteme un beso.

Emma dijo...

Gracias Grillo, te admito un beso, claro que sí. Y otro para tí, faltaría más.

Y otro beso para el dulce anónimo de Luxemburgo.

Lansky dijo...

Estás ya de vuelta, qué bien.

Cuando te lea este post más reposadamente te comento

Un beso

Lansky dijo...

Mefisto sin cita previa. Tremendo, pero aún te falta para tener la edad de Goethe cuando escribió su Fausto...Faustina

Emma dijo...

Faustina es un nombre que me gusta bastante, la verdad. Beso

Almatina dijo...

Los instantes
como las sopas congeladas
pueden ser intensamente infinitos
como los seguyndos en un terremoto

Emma dijo...

A veces creo que todos deberiamos sentir bajo nuestros pies un terremoto, que la tierra se mueva, y no precisamente alrededor del sol.

Gracias Almantina

Antonio de Castro dijo...

Estoy esperando a tener algo de tiempo para leer con calma esta nueva entrega de fantasmas, tal vez esta noche en la soledad del trabajo.
(y me has alegrado el dia con tu comentario en mi blog)
Un saludo.

Antonio de Castro dijo...

Hermoso relato elegiaco sobre el miedo no solo a envejecer, sino a dejar atras una (in)cierta seguridad que, paradojicamente, nos da la juventud. Ese miedo esta muy bien expresado con la imagen de las manos. Lo que mas me gusta es como se refleja el aislamiento de la protagonista entre gente que, pese a estar en el momento de la vida que acaba de dejar atras, tienen muy poco que ver con ella, y sobre todo la inevitable aceptacion de la derrota (de nuevo las manos) pero la busqueda de una via de escape en el crepusculo y el entorno natural. Y luego la vuelta a la vida cotidiana.
(El relato me hizo recordar esta cancion:
http://www.youtube.com/watch?v=bnZdlhUDEJo)

Emma dijo...

Gracias Antonio, todo eso de lo que quería hablar, envejecer y dejar de soñar, es algo en lo que no puedo dejar de pensar.
Has leído una novela de un tal Jesús Ferrero que se titula " El efecto Doppler"? Es muy buena y está ambientada en París. La terminé de leer anoche y no sé por qué me recordó a tu estilo.

C.C. dijo...

Me ha gustado " Ella las (las manos) sostenía con indiferencia".

Te aseguro que hay gente que no envejece nunca apesar de las muchas pecas en las manos. Quizás seas tú una de ella.

De momento a mí no me ayuda nadie - ni siquiera Goethe- (perdona que me deshaogue en tu blog): acabo de perder dos dientes. Eso sí que me deprime. No sólo por perderlos sino porque encima voy a tener que enriquecer a mi dentista, el muy sin vergüenza. Me pide € 2.400 (en Pts 400.000)por dos implantes. Toma, toma y toma!!!

Buen fin de semana. Espero que no estés congelada.

Emma dijo...

Querida C.C, entiendo perfectamente tu rabia. Podria recomendarte que te fueras a Bulgaria, Sofia, donde tengo entendido que hay muy buenos dentistas que te cobraran menos de la mitad por lo que te piden en Espana. Sin embargo puede que el dinero del viaje lo compense. Los dientes son mas crueles que las manos, las manos con pecas, endurecidas por la lejia y el trabajo son hermosas, mucho mas bellas que las manos de cualquier pianista, las manos de una criada o las de un carnicero, pero la boca sin dientes, ay, quizas es por esos huecos por donde empiezan a colarse los diablillos, ademas, yo he tenido tantas pesadillas en la que exhibia una sonrisa desdentada al amor de mi vida!

Hace mucho frio, es cierto, uno se pregunta por que y hasta cuando y aprecia mas que nunca la luz del sol, sin el sol y sin el agua no somos nadie, ni una sonrisa, no entiendo como pueden amar la nieve los esquimales.

Bon weekend. Un abrazo.

Antonio de Castro dijo...

No conocia ni la novela ni el autor. Acabo de echarle un vistazo en google, tiene buena pinta. A ver si me hago con ella, porque ademas hace mucho tiempo que no leo nada de un autor contemporaneo (nada editado en libro, quiero decir).
Aqui ya hace menos frio, pero ahora esta lloviendo. De todas formas, cuando vaya a Galicia en navidad prefiero que haga mal tiempo, para leer con la chimenea encendida y ver los arboles desde la ventana, y todo eso.

Emma dijo...

Galicia, chimenea, árboles desde la ventana, no sabes cuanto te envidio Antonio, yo soy chica de las afueras, y cuando regreso no hay muchos rincones donde soñar.

El libro no esta nada mal, hay un deseo de contar una historia, eso es lo que late en la novela, leo mucho buscando escritores que "deseen" narrar, ya que a mi alrededor no veo mas que gente que ya no desea nada.

Anónimo dijo...

En el primer Fausto preguntaron al Diablo si era entendido en música, a lo que el personaje de Nefistóteles responde con modestia ejemplar: “¡Ah, no! La afición es grande, pero el talento escaso”. Y esto lo dice quien puede tomar la apariencia y habilidades que se le antojen. ¿Por qué no cuentas lo que realmente eres tú y no la historia de esas niñas hechas de tus mejores retales, que apenas encajan gracias a un pacto de ficción con tus lectores?

Emma dijo...

Obviamente el Diablo es un experto en engañarse a sí mismo, pues malvado es aquel que, aún sabiéndose miserable finge vivir de acuerdo a virtuosos principios ( con los que, además, pretende hacer creer a los demás, que la felicidad y la virtud son posibles)
No entiendo muy bien qué has querido decir, anónimo, con eso de "mis mejores retales". No es posible que ni tú ni yo los conozcamos. Por otro lado tampoco podría escribir sobre mi "real yo", porque el yo es mutable y siempre está en tránsito. Además, la literatura no tiene nada que ver con eso. Pero gracias por tu comentario.

Grillo dijo...

Emma: buscas autores que 'deseen' narrar. No sé si entiendo bien por qué entrecomillas lo de desear...

Tú eres especialmente narrativa (y en mi opinión lo hacer muy bien, con mucha enjundia.)

Supongo que ahí - en la narrativa - se suele confundir entre 'cuento', 'novela' y otros géneros parecidos.

Si tienes un hueco puedes ver en Google 'Aproximación a la narrativa'. Además de reafirmarte en el concepto supongo que encontrarás muchos narradores de distinto tipo.

Yo tengo los míos favoritos, muy distintos entre sí y todos excelentes.

Tu impaciencia por VIVIR y por conceptos como el TIEMPO o el deterioro son de un patetismo realmente literario. De una ALERTA tremenda.

Me parece estupendo. Lamentaría parecerte paternalista.

Emma dijo...

Hola Grillo, no me pareces para nada paternalista, al contrario, creo que necesito algunos consejos o apreciaciones como las tuyas. Yo no quiero parecer lo que no soy, escribo por una necesidad acuciante de contar ciertas cosas, me apasiona la ficción y la realidad, y las dos sólo pueden aplacarse y complacerme por medio de la literatura. Por eso "ensayo" esto que publico en mi blog pero me falta mucha base, cómo decirlo, no sé si soy "autodidacta" o no, lo único que sé es que tengo un trabajo a tiempo completo y que sufro de un desasosiego extraño que, a veces, con tan sólo leer y escribir se me olvida.
No tengo muchas certezas, sólo sé que quiero escribir, pero siempre para vengarme porque hay tantas cosas que decir que se van de la tierra sin que nadie las conozca! Y luego estan los otros, ese infierno que diría Sartre, y las pequeñeces o mediocridades que me van quitando poco a poco la capacidad de seguir soñando, a veces percibo más de lo que desearía y, otra vez, viene la ficción a salvarme, porque la vida es mucho más soportable del otro lado.
Con esto te digo todo y te digo nada, y perdona este largo comentario que tan sólo pretendía agradecerte que me leas y me aconsejes, pues es algo que aprecio. Mucho.

Luego, respondiendo a tu pregunta de que por qué busco autores que "deseen" narrar, he colocado el verbo entre comillas para enfatizarlo, ya que en principio se da por hecho que todo narrador desea narrar. Pero eso no es cierto porque leo muchas, demasiadas novelas, en las que el autor desea otras cosas, o no desea en absoluto, o no es autor. Hay escritores de lenguaje enrevesado e historias vacuas, y escritores que sólo lo hacen por el dinero, y escritores que no son escritores y lo hacen para rellenar huecos en su cv, no sé, que hay muchos malos libros como malas películas.
Y me canso.

Grillo dijo...

Sartre y su mujer se me hcieron dos imprescindibles de juventud y ahora me parecen dos bluffs... Pero eso es otra cosa.

Ya entiendo tu entrecomillado.
Lo tuyo me ha parecido ficción y realidad desde que empecé a leerte; o sea, ESCRITURA, literatura.

Si tienes tiempo y un atril... me voy a pemitir recomendarte un libraco que me ha pasado mi ex mujer y por ahora va bien. "Dime quién Soy", de Julia Navarro en Planeta 2010. El título ya es prometedor...
En él vas a encontrar narraciones de hechos que te ilustrarán sobre nuestro pasado europeo inmediato, que no puedes conocer por tu juventud. Ahí tienes mucha denuncia encubierta o abierta.

Me lo ha recomendado porque aunque no soy buen lector de novelas (nivolas...) me bebí de un tirón otro que me pasó también ella: "El tiempo entre costuras" de María Dueñas. Estupenda denuncia/exposición bien narrada y escrita con una sintáxis modélica - a mi entender. Lento, eso sí, describiendo como tú detalles mínimos con una observación de cirujano. A veces incluso encocora la precisión con la que describe el disgusto de una mujer que por razones novelísticas aguanta las embestidas de un tío capullo y se 'da' con una resignación entre puta e investigadora para llevar adelante la necesidad del trasunto - porque la trama es todo trasunto en la novela.

Me enrollo. Me sabe mal gastar tu espacio en pleno patio de ventanillas.

Es obvio que las mujeres ya han escalado - afortunadamente - primeros puestos en la literatura seria, buena, contundente, etc.

Espero que quienes leen tu blog y los comentaristas puedan refrendar estas dos recomendaciones o - también deseable - manifestar su desacuerdo.

Emma dijo...

Gracias Grillo.
No gastas espacio, el espacio está para gastarse, aunque sólo sea con la vista.
No tengo atril ninguno pero sí curiosidad por muchas cosas, y eso es lo que me haría leer un libro con tal titulo.
Te mando un beso, por todo.

María dijo...

¡Joder! Hacía muchísimo tiempo que no sentía "un reflejo" tan de cerca. Gracias por pasarte por mi espacio para dejarme, sobre todo, acceder al tuyo.

Emma dijo...

Es, efectivamente, "un reflejo". Y estoy encantada de verme.Gracias

Anónimo dijo...

"...el césped nunca estaría tan hermoso como cuando la gente lo abandona..."

No te engañes , si tus manos siguen escribiendo cosas así nunca vais a envejecer .

bso

Emma dijo...

Gracias anónimo.
Lo que envejece es la incomunicación, el aislamiento, pero nada que ver con el ahogo de un gobierno que censura tu palabra, todo lo contrario. Lo que envejece es la incapacidad de comunicarse y, sobre todo, la pérdida de esperanza.
En las ciudades, cuando nieva, todo el mundo se enfada.
Y nadie mira a nadie.
Eso es, algo así.
Todo el mundo piensa sólo en su ombligo y olvida que sin los demás no existiría.
Un beso

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