Los cuentos ya no se registran

jueves, enero 13, 2011

Tarde de Domingo en residencia de ancianos

-¡Venga ya!
- Que te he dicho que lo apagues o te echo del autobús.
- Ahooora, cuando me lo fume.
Era un chico esmirriado, no tendría más de dieciséis años pero actuaba como si no los tuviera, levantaba la barbilla con altanería y, entre los dedos mugrientos, llevaba prendida una colilla que había apurado hasta el filtro, y que no pensaba soltar hasta que le viniese en gana. No importaba que todos los pasajeros del autobús le miraran con odio, ni que el conductor se hubiera parado en el arcén de la carretera, en plena nacional uno, para obligarle a bajar de “su vehículo”, se reía pensándolo, pobre desgraciado, era un esclavo del autobús de línea día y noche y lo único que se le ocurría era llamar a esa cafetera “su vehículo”.
Pero había conseguido agotar su paciencia, además, era uno de esos tipos que llevaba demasiado tiempo deseando zumbarle a alguien, tenía las manos duras y peladas de comerse los nudillos, un estómago hinchado y, probablemente, las mismas ganas de nicotina que tenía el muchacho, pero por supuesto no iba a permitir que aquel mindundi se cachondeara en su cara.
-Te bajas o te bajas.
Y le agarró del cuello de la cazadora, sorprendiéndose de la poca resistencia que opuso. Antes de lanzarlo escaleras abajo sintió una punzada de prudencia ¿y si resultaba que era el hijo de un rico y le denunciaba? Pero ya era demasiado tarde, el autobús en pleno le aplaudía y el niñato ya estaba en el arcén, mirándole con la misma guasa con la que le había tratado todo el tiempo.
- A Madrid a patita. ¡A reírse de tu padre!
El esmirriado se tocó la entrepierna, desafiándole, y una de las pasajeras, que observaba la escena desde su asiento, no pudo evitar reconocer que el chico tenía una bonita sonrisa, también se preguntó, de pasada, qué iba a ser de él ahora que ya había anochecido, solo por el arcén de la carretera, un Domingo en el que apenas había autobuses. Pero el autobús arrancaba ya y el pequeño gamberro quedaba atrás, cada vez más pequeño, hasta que se desvaneció con la noche para siempre.

El esmirriado se llamaba Juan, un nombre que para lo único que le servía era para que todo el mundo le llamase “Juanillo”. No tenía nada más que rabia en su interior, rabia que amenazaba con desbordarle cuando escuchaba rap o hip-hop, su música favorita, quizás porque no había conocido otra. Bueno, sí, su viejo le ponía Bruce Springsteen de vez en cuando y a su madre le gustaba el jazz, ¡el jazz! ¿Cómo podía gustarle eso a su vieja? Pero la respetaba, al fin y al cabo ella no era como las demás madres, tenía mundo, mundo interior, un mundo torturado pero mundo al fin y al cabo, y su padre decía que era eso lo que gustaba de ella, y Juan se cagaba en todo y subía el volumen de su equipo de música, lo subía y volvía a encerrarse en su mutismo, aunque tenía que reconocer que le gustaba que sus padres se horrorizasen al oír lo que tenía que decirles sobre su música y sus ideas.

¿Y ahora qué? Colgado en la carretera, sin un puto duro, con un aire frío que le golpeaba en la cara, las manos en los bolsillos de la cazadora vaquera, andando con los ojos llorosos, tambaleándose por el arcén como un borracho.
-En una de estas me da un golpe un coche y adiós barrio, choza, madre, padre, adiós para siempre, adiós.
Y todo por ser más chulo que un ocho, y por culpa de esa rabia que tenía que no sabía acallar, que arrastraba consigo noche y día, día y noche, como un fardo de doscientos kilos de cemento.
-Si tan sólo pudiera demostrarle, enseñarle al mundo mi verdadera cara, me adorarían, me adorarían… oh, yeah, lo harían…
Los faros de los coches le deslumbraban, miró a izquierda y a derecha y no vio más que arboluchos aislados y algunas casas demasiado lejanas como para que pudieran servirle de algo. No le quedaba más remedio que caminar hasta la gasolinera más próxima, no podía quedar muy lejos, quizás cinco o seis kilómetros, y después desde allí hacer autostop para volver a casa, tenía el teléfono móvil pero no pensaba llamar a nadie, ¿qué iba a contarles? ¿que le habían echado del autobús por fumar? además, aquello estaba bien, molaba, caminar por la carretera, como un alma en pena en la noche oscura, en aquel instante podía ser cualquiera, el fantasma de Elvis Presley o un gorila escapado del zoo, “ eh, mira, allá va el pequeño jorobado del Notre Damme” o bien “ ¡ Joder! ¡El enterrador de la laguna Estigia!”, sí, esa le había gustado, a partir de aquel instante se convertiría en el enterrador que vivía en el margen izquierdo de la laguna, un furtivo al acecho de las almas que cruzaran la laguna en dirección al infierno, apiñadas en esa barquichuela que llevaba el tontaina de Caronte.
-¡Ni para uno ni para otro! ¡Seré yo quien os lleve al hoyo!- voceó al tiempo que movía expresivamente las manos, como sus adorados ídolos raperos.
Todo comenzaba a parecerle bien, hasta se había olvidado de donde estaba y del careto inflado por el odio del conductor del autobús. De la pasajera que le había mirado soñadoramente desde la ventanilla no sabía nada, porque ni la había visto.
Llevaba un buen rato caminando cuando se sorprendió al descubrir un bulto que avanzaba hacia él, en dirección contraria, bien, se dijo, podría ser su otro yo, “el enterrador de la laguna Estigia dos” y se rió por lo bajo, divertido con la idea. Pero no, no era nada de eso, entrecerró los ojos, “aquello” caminaba despacio a pesar de que parecía querer hacerlo deprisa, y los chorros de luz de los coches mostraban una mata de pelo blanco. Podía ser por lo tanto una bruja, una bruja o una pobre vieja a quien cualquier conductor había echado también del autobús por no disponer del importe exacto del billete.
Abrió la boca y cantó.
-Mira tu, quien viene a verte ¿No será la bella durmiente?
No había ninguna duda, a pesar de la oscuridad, de que lo que se aproximaba era una viejecita, una anciana con cara redonda y guedejas de pelo blanco bailando alrededor de su rostro. Juan aceleró el paso y cuando apenas se distanciaban un metro se detuvo. Ella también lo hizo, llevándose ambas manos a los riñones.
-¡Ay, señor!- exclamó.
-¿Necesita ayuda, abuela?
-¿Perdón?
Sorda, pensó, y se aproximó hasta tenerla tan cerca que pudo verle los ojitos azules vidriosos, ojos que no parecían estar invadidos por rastro alguno de locura, al contrario, la anciana le sostuvo firmemente la mirada, parecía saber donde estaba o, al menos, parecía querer ir a alguna parte.
-Que si puedo ayudarle en algo.
Por alguna razón se alegraba de encontrarse con alguien, empezaba a sentirse un poco solo en aquella maldita carretera, los automóviles silbaban pasando a su lado, lanzando ráfagas de aire frío sobre aquellos dos inesperados vagabundos, el enterrador de la laguna Estigia frente a Beatrice, el amor eterno de Dante, una Beatrice ajada y perdida, pero Beatrice al fin y al cabo.
-¿Ayuda?- a la anciana parecía costarle comprender
-¿Qué hace usted aquí?
Ella le examinó con cautela, después volvió la cabeza y miró hacia atrás escudriñando la oscuridad, como si temiera que alguien la estuviera siguiendo. Juan también miró pero no había nada, las luces difusas de una casa, la sombra de un cartelón de publicidad al borde de la carretera, después el páramo, la nada.
- Si no se lo dices a nadie…
-¿A quién coño se lo voy a decir yo?
La anciana dio un diminuto paso hacia delante, Juan observó que le temblaban las piernas, ¿cuantos años podía tener? ¿Ochenta? ¡Al menos se mantenía en pie, la vieja!
- Que me he escapado…
- ¿De dónde se ha escapado usted?
- ¡Uy, no me llames de usted!
- Joder, de algo tengo que llamarla.
- Me llamo Avelina.
- Prefiero llamarle de usted…
Un enorme camión pasó a su lado, y Juan sujetó a Avelina, que era toda huesecillos.
- Pero cálmese…
- Si estoy calmada… oye, ¿no podrías parar a un taxi? ¡Yo te lo pago!
- ¡Un taxi! Por aquí no pasan taxis señora…
La mujer le miró con ojos heridos, y Juan se sorprendió pensando que aun bailaba en sus pupilas una arrogancia hermosa, no había por tanto nada de descabellado en otorgarle una identidad mágica, además, ¿no pasaba siempre lo mismo en los cuentos de hadas? Aparece un mendigo, le desprecias y ¡zas! ahí tenías al mismísimo Jesucristo, mendigando en la puerta de tu casa. Te tropiezas con una rana y la mandas a paseo de un puntapié, ¿y qué resultaba que era? Una vengativa bruja encantada que te deja jorobado para el resto de tus días. Pasas de una chica de nariz torcida porque es lo más feo que has visto en tu vida ¿y en qué se convierte en cuanto te descuidas? Pues en una diosa, un pibonazo de incomparable belleza, que te da calabazas para toda la eternidad, por supuesto.
-Mire señora, vamos un poco más adentro, no sea que nos rebanen la cabeza, y si tiene usted fuerzas se sienta en aquello que parece una piedra, yo intentaré parar a alguien, a ver si nos hacen caso antes de que nos fichen los picoletos.
- Ay hijo, no te entiendo nada.
Juan se metió en la cuneta y golpeó con el pie, escéptico, lo que había tomado por una piedra.
-¡Es un bote de pintura!
Lo volteó y le dio un par de golpes para asegurarse de que pudiera servir como taburete.
-¿Y quieres que me siente ahí?
- Claro señora, yo ante todo soy un caballero.
La anciana soltó una risita y a Juan le pareció que sus ojos chispeaban.
- Oiga, ¿no será usted una bruja, verdad?
-¡Que voy a ser una bruja! Pero te diré una cosa: Yo una vez tuve tus mismos años ¿No te parece suficiente magia? – exclamó ella tomando asiento cuidadosamente.
Juan contempló el rostro plagado de arrugas de la mujer, y sus manos posadas sobre el regazo, pensar que ella había sido una jovencita le produjo algo parecido a la flojera que sentía inmediatamente después de fumarse un porro.
-Joder, pues es verdad.- reconoció asombrado.
Ella asintió y luego, olvidándose de él, se llevó una mano a la cabeza en un intento torpe por acomodar sus despeinados cabellos.
-Pero ¿de dónde se ha escapado? Todavía no me lo ha dicho.
La anciana se esforzó por regresar de su ausencia.
- Me he escapado de la muerte, de la muerte dentro de la muerte…
Juan no pudo evitar sentir un escalofrío pensando en su “Enterrador de la Laguna Estigia”.
-A pocos metros de aquí- prosiguió ella- hay una residencia de ancianos, bueno, residencia es un decir. Dicen que nos llevan allí nuestros familiares, escucha bien, porque resulta que como la familia es lo único que nos queda, cuando somos viejos nos dejan allí para que nos maten otros y ellos no se sientan culpables…pero no quiero fatigarte, joven, contándote todo lo que he visto… sólo te preguntaré una cosa ¿puedes imaginarte una tarde de Domingo en una residencia de ancianos?
Juan no respondió, esperando que ella continuara, los faros de los coches iluminaban sus ojos fieros, ahora relucientes como dos botones de nácar.
-Luego hay otra cosa, existe algo humano que creo también pertenece a los animales, y eso se llama dignidad, un corazón, o como se llame. Todo ser humano es un poeta a su manera, todos tienen una historia detrás, un sufrimiento y allí…- la anciana señaló, furiosa, en dirección a la residencia- ¡no pienso morirme allí! ¡Nunca!
- ¡Joder! Se expresa usted mejor que los libros.
Ella respiraba ahora entrecortadamente, meneando la cabeza con pesar.
- Todas esas ancianas adorables, llenas de amor, todos esos amables muchachos tan apuestos como fueron… ay, tan buenos mozos, pero yo ya me he ido, me ha costado lo mío, aprovechando un descuido de esos idiotas…- y levantó las manos al cielo- ¡señor, cuantos idiotas hay en el mundo!
-Diga usted que sí…
-Con lo fácil que sería mirar a los otros y descubrir en ellos la llamada, el valor de resistir, de estar vivos…
- Totalmente de acuerdo.
-Pero ya, bueno, a mí me da igual, ¡me queda tan poco! seguro que me voy a morir muy pronto, aquí, sentada, hablando contigo.
Levantó la mirada hacia él, los ojos repentinamente risueños, parecía estar haciendo un esfuerzo enorme por distinguir sus rasgos en la penumbra.
-Eres muy joven, y estas aquí solo... ¿también te has escapado?
Juan sintió un nudo en la garganta recordando la rabia que le comía por dentro.
-No, pero quizás debería hacerlo.
-Vuelve a casa, pídele dinero a tus padres y después vete a recorrer el mundo.
Juan soltó una carcajada mientras extraía del bolsillo del vaquero un cigarrillo aplastado. Lo encendió y se dio cuenta de que la anciana temblaba, sin pensarlo dos veces se quitó la cazadora vaquera y se la puso sobre los hombros. Ella alzó la barbilla y le miró con gratitud, los labios curvados en una candorosa sonrisa. Juan no quería pensar en eso porque la religión le daba grima, pero ¿y si resultaba que, de todas las cosas que podía ser ella, era un ángel?
En aquel instante lo parecía.
- Escuche, señora.
- Dime, hijo.
- Vamos a hacer una cosa.
Juan pensaba furiosamente, llevándose el cigarro a la boca.
-Vamos a fugarnos los dos a recorrer el mundo, vámonos lejos de aquí, a un sitio donde no haya idiotas.
- Me parece que eso está más cerca de mi alcance que del tuyo…
- ¿Como?
- Porque me muero hijo, porque por fin me estoy muriendo…- levantó una mano y él se la sujetó, asustado- Pero no te preocupes, estoy muy contenta de morirme aquí, lejos de la residencia, respirando otro aire, sin ellos a mi alrededor como cuervos…
Juan calculó que no podría estar tan lejos de la gasolinera como pensaba, arrojó el cigarrillo y pensó en su teléfono móvil en el bolsillo de la cazadora.
-No me da miedo morirme- dijo ella en un susurro, y el agachó la cabeza, acercándola a su rostro para poder oírla- Y sabes una cosa... todo lo bello, todo lo misterioso que existe en el universo pertenece sólo a unos pocos, así que tienes que estar contento…
El muchacho asintió, sin comprender del todo.
- Hazme caso y vete a recorrer el mundo…
La anciana cabeceaba con la mirada perdida, luego se puso a canturrear algo.
-Adiós, adiós a todos… - y saludaba, como si de verdad una multitud desfilara frente a sus ojos.
Juan no supo cuánto tiempo pasó sosteniendo su mano, ni cuándo se convenció de que estaba muerta. Lentamente la soltó, y miró sus hombros caídos, su melena lacia sobre el rostro, luego la sujetó por los hombros y la depositó despacio en el suelo, cubriéndole la cara con la cazadora.
Cuando terminó la contempló desde arriba, agotado, las mejillas mojadas por las lágrimas. Después sacó el móvil del bolsillo y llamó a su padre.
Tenía la sensación de haber recibido algo parecido a un poder mágico.

33 garbanzos:

J. G. dijo...

Hay que tener valor para utilizar las letras para una de las cosas peores que tenemos: "las tardes de domingo"

Emma dijo...

O de las mejores, según cómo se mire JG.

Lansky dijo...

una tarde de domingo en una residencia de ancianos...terrible, sí, peor que una sesión de duchas en la cárcel, donde va a parar.

Emma, eres la hostia. De todas maneras en ese bus debió viajar un adulto que le dijerá al bestia del conductor que el soltase al chaval y no le pusiera las zarpas encima, o que se metiera con un welter como él.

Emma dijo...

Gracias Lansky, en el bus no había nadie que tuviera los huevos para hacer nada, pero casi mejor porque si no no hubiera habido historia.

C.C. dijo...

Por asociación de ideas : mi marido dice que le tratan como a los perros. En la puerta de los bares y restaurantes ponen carteles
"perros no" y algo parecido a "fumadores no".

Hay algo semejante a ciertos cuentos de Doña Ana María en esta historia que, apesar de ponerme los pelos de punta, me ha gustado.
También me pasa lo mismo (lo del escalofrío) cuando veo pasar por las calles de mi pueblo adoptivo a los ancianos abandonados con sus carritos de dos ruedas. ¡ Qué Dios (aunque poco me ama) me libre !

Somnia dijo...

Tienes que leer más los clásicos. Qué peñazo, madre mía.

Emma dijo...

Hola C.C, era el escalofrio lo que perseguia. Y, como curiosidad,los perros son admitidos en muchos restaurantes de Belgica.

Anonimo, gracias por leerte mi peñazo.

Antonio de Castro dijo...

Otro gran cuento. Me ha hecho recordar una ocasion en que volvia con un amigo en autobus de Santiago, y unos que tambien se bajaban en el pueblo empezaron a liarse un canuto en el asiento trasero, lo que llevo al conductor a hacer amago de parar el bus en medio de la autopista y decir algo asi como: “a ver si esos senores dejan de fumar esa mierda!”. Es que los tipos estaban bastante cocidos, porque venian, al igual que mi amigo y yo, de ver a Bob Dylan la noche anterior.
Quiza lo que mas me gusto del relato, aparte de lo bien construdio que esta, es la relacion entre dos personas aparentemente tan opuestas como el chaval y la anciana, empezando por la forma de hablar, que el conductor identificaria inmediatamente como la de un maleducado pero que sin embargo no dificulta sino que facilita la comunicacion con ella. Tambien me ha hecho volver a darle vueltas a algo que tengo en la cabeza ultimamente, y es que carajo vamos a hacer muchos de nosotros que no tenemos hijos cuando seamos mayores (cuando seamos viejos, quiero decir). Tengo la impresion de que vivimos en un mundo cada vez mas envilecido cuanto mas facil es la vida, como si las comodidades nos volvieran egoistas.
Pero volviendo al cuento (me enrollo), me parece uno (otro) de los mejores. Cuando hayas puesto alguno mas, tengo ganas de recopilar los que mas me gustaron, volver a imprimirlos y leerlos seguidos como si fuera un libro de relatos.
Un saludo.

Miroslav Panciutti dijo...

Muy bien contado; mientras lo leía, podía ver a las dos personas acercándose por el arcén de la N-I. Y, por supuesto, emotivo, de quedarte pensando, con esa sensación estomacal de un nudo cosquilleante (o el escalofrío como decís). Me ha gustado mucho, especialmente, la última frase porque, además, es verdad. Ese chico recibió algo muy valioso esa tarde de domingo que no estuvo en la residencia de ancianos. Un beso

Emma dijo...

Muchas gracias Antonio. No creo que debamos preocuparnos si no tenemos hijos, porque hay muchos ancianos que tienen hijos y estan mas abandonados que si los tuvieran(puede que con razon)Creo que a la vejez hay que combatirla amando la vida, puede ser hasta divertido llegar a ella.
Luego, el cuento, eres muy amable, pero sabes que? No es uno de mis favoritos. Le di mil vueltas y no encontre el tono y creo que ponerlo aqui me ayuda a exhibirle como un negativo ante la luz. Adoro que te gusten los personajes. Un abrazo.

Emma dijo...

Miroslav, gracias por leer mi cuento. Era el escalofrio lo que perseguia, y me hubiera haber escrito algo mas terrorifico, la verdad. Siempre me han fascinado las historias de fantasia, inquietantes, de fantasmas, pero no las historias baratas, no se si me explico. Celebro que el cuento te haya gustado, de verdad. Seguire intentandolo. Un beso.

Somnia dijo...

De nada, Emmaskarada.
Por cierto, anónimo no soy.
Ni anónima tampoco.
Somnia no es un nick, aunque a simple vista pueda parecerlo.

Emma dijo...

Es un acertijo? Deduzco que es el final de "Insomnia".

Somnia dijo...

No es un acertijo. Tampoco es el final de insomnia ni el apéndice de nada, sino un nombre con identidad propia.

Saludos cordiales,
Somnia Ramos

Emma dijo...

Saludos Somnia.

Dj Costras dijo...

Emma, deja de humillarte en público. Eso de escribir no es lo tuyo.

Emma dijo...

Thanks for the encouragement.

Lansky dijo...

Antonio: yo tengo dos hijo/as adultos y no cuento con ellos para mi vejez. por si te sirve.

Emma dijo...

En la vejez es mejor contar con uno mismo o con alguien que esté a nuestro lado de corazón.

Ātman dijo...

No hay nada más escandaloso que un jovencito o un anciano insumisos. Diría que tu cuento es una brevísima historia de amor, enmarcada en el mundo del interminable desencuentro generacional.

Emma dijo...

Es una brevísima historia de amor, es cierto, pero no hay desencuentro generacional, yo no creo que exista, precisamente.

Ātman dijo...

Creo que no hay uno, sino dos desencuentros generacionales, el primero está expresado en la rebeldía del joven y la anciana ante las normas impuestas por la generación dominante: no fumar en los autobuses, no escaparse de las residencias… el segundo, por el desencuentro biológico entre una vida llena de porvenires (la del joven) y otra que llega a su fin (la de la anciana).

Emma dijo...

Y sin embargo el primer desencuentro no es tal, sino una feliz coincidencia de un joven y una anciana que no han encontrado su lugar en el mundo . Por otro lado que el joven sea joven no supone que en el futuro llegue a saber donde quiere estar. La anciana no queria estar en un preciso lugar al final de su vida. Yo creo que a veces crecer es desplazarse pero sin saber muy bien por que. Gracias Atman, la verdad es que nunca analizo mis cuentos, no me gusta hacerlo, ni los escribo por una razon en concreto.

Antonio de Castro dijo...

Yo pensaba mas bien en los problemas fisicos, en no poder moverse y esas cosas. Aparte de eso, creo que la vejez puede ser una edad tan agradable como cualquier otra. Conozco a viejos que son mucho mas felices ahora que en otros momentos de su vida.
Me gusta el enfoque del cuento como historia de amor latente.
Un saludo.

Lansky dijo...

Hablas de la decrepitud, de acuerdo. Cuando se hace insoportable siempre tenemos a mano la última libertad: apearse en marcha de este mundo. Y tienes razón, yo soy más feliz ahora que en muchas épocas de mi ya lejana juventud

Lansky dijo...

Emma, te cuelgo al final de mi post una foto de la 'cuevecilla'

Ariadna dijo...

Hola Emma

Me ha gustado el cuento, tiene algo de mágico. Porfa si logras encontrar el sitio donde no hay idiotas, me lo dices y emigro... Aunque bien pensado déjalo que estarán muy bien como para que vaya yo a estropearselo

Besos, no dejes de escribir

Emma dijo...

Estoy segura de que tu eres una de esas personas que hacen que los idiotas palidezcan.
Gracias Ariadna, no quiero dejar de escribir.
Besos

Paco dijo...

He terminado de leer el relato, recordando y suspirando. Entristecido.

Suerte Emma en esta faceta desconocida por mi parte. Llevo meses disfrutando, leyendo tus relatos como niño que a escondidas cree estar haciendo algo que no debiera.

Un beso desde un VW Polo azul, que alguna que otra vez te acercó al infierno.

Emma dijo...

Todo esto es ficción, Paco.

Paco dijo...

Normark no lo fue.

Un beso.

Emma dijo...

No sabía quién eras.Espero que todo te vaya muy bien y que ya no sigas allí. Un beso.

Emma dijo...

Si quieres escríbeme y me cuentas.

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