Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, marzo 13, 2011

Limonada y rosquillas

Los extraños parientes llegaron el día que la niña había decidido que sería el de su huida. No tuvo más remedio que ponerse el vestido blanco de florecitas verdes, peinarse con una coleta, meter las manos en los bolsillos y dar besos a aquellos desconocidos, que la pellizcaban los mofletes, reían, chillaban, llevaban carmín y bolsos pesados, incluso ellos mismos eran pesados porque se desparramaron por las sillas de la cocina como si vinieran de muy lejos y suspiraron todos a un tiempo, aliviados de descansar por fin de su carga. La niña les observaba curiosa, su madre había confesado la víspera que quería mucho a aquellas dos señoras gruesas, a las que ella llamaba tías, uno de los hombres era el marido de la del pelo blanco, luego había otro de piel terrosa e intensos ojos verdes que miraba soñadoramente al techo, llevaba un bastón que le ayudaba a caminar, la niña pensó que ese probablemente era el que no había tenido hijos, y cuya esposa había muerto en un accidente en un país extranjero.

Eran raros los tíos y tías de su madre, a los que ella parecía querer tanto y, cuando apenas habían descansado unos minutos, les llevó al patio, les enseñó las flores, les enseñó el huerto, y hasta la levantó los labios para que la vieran las encías.

´Dos dientes que se le han caído en un día´


Por la tarde iba a haber limonada y rosquillas y la niña pensó que era una pena que tuviera que marcharse. Pero todo estaba planeado desde hacía tiempo y no pensaba echarse atrás, había metido en su mochila del colegio los dos libros que le gustaban, y un sándwich de chorizo de pamplona, llevaba también una linterna, su chaqueta de punto roja, un par de calcetines. No pensaba que necesitase nada más, tan sólo esperaba llegar a su destino antes de que cayera la noche. Iba a escaparse en su bicicleta azul Orbea, iría al principio por el arcén de la carretera, después se metería por los caminos. Su destino era un lejano olmedo, erguido y señorial al borde de un sembrado de trigo. Había ido allí de excursión con niños de su clase el verano pasado. En mitad de aquel bosque se escondía un estanque fangoso y una casa de labranza abandonada en la que crecían zarzas, membrillos, manzanos. La niña había explorado la casa con cuidado, sin hacer caso de las risas y los gritos obscenos de los demás chicos de su clase, ellos no veían lo que ella veía, ellos aullaban al pie de las podridas escaleras, y entraban apresuradamente en las habitaciones asustando a las tórtolas que escapaban volando por las grietas del techo, habían tirado piedras al estanque y arrojado membrillos, todavía verdes, contra los pocos vidrios que aún quedaban en las ventanas. Y habían reído tanto y tan fuerte que ella hubiera querido taparse los oídos chillar que se estuvieran quietos que dejaran en paz a las ranas asomar sus ojos bajo las plantas acuáticas.
Más tarde, cuando el sol se ponía y a todos les picaban las piernas a causa de los mosquitos, ella también se había marchado, confundiéndose con los otros en su alegría. Pero, cuando nadie había podido verla, se había detenido y mirado atrás, para contemplar sobrecogida la silueta de la casa abrasada por el sol de la tarde, su quietud recuperada, y se había prometido que regresaría sola, porque sabía que allí podría ser feliz, porque aquel era un lugar para ella.

Y por fin había llegado el día que había esperado tanto, precisamente el día de los extraños parientes. Hacía calor, el sol se filtraba entre las hojas de la parra y los tíos y tías bebían limonada en el patio, su madre había extendido el mantel a cuadros rojos y blancos sobre la mesa de piedra, y su padre se había marchado por un asunto de última hora, incapaz como era de ser amable con los extraños.

La niña salió al patio con un vaso de limonada en la mano, diciéndose que no habría nada de malo en llevarse unas cuantas rosquillas para el camino, cuando descubrió que la tía favorita de su madre, la de los ojos negros, la contemplaba de una manera extraña, y se asustó pensando que aquella mirada llegaba, se deslizaba hasta su secreto y se bebió, azorada, la limonada de un golpe, y comenzó a seguir a su madre, que distribuía las rosquillas en pequeños platos, intentando ocultarse detrás de sus faldas

Pero la tía favorita no le quitaba la vista de encima, se enjugó el labio superior con una servilleta de papel y la llamó con la mano.

Ella acudió, tímida

'Ahí, mira, quién es ese'

La tía señalaba al hombre de los ojos verdes, el que estaba como ausente, y sólo de vez en cuando asentía, o murmuraba un par de palabras, como si hubiera dicho lo mismo muchas otras veces

'Es el tío Esteban', respondió la niña

'Es tu tío abuelo Esteban'

La tía acercó la boca al oído de la niña y susurró.

'Ha sufrido mucho'

'¿Por qué?'

'Ahí donde le ves, no se conformó nunca con lo que tenía...- la tía favorita se detuvo para abanicarse con la servilleta-¡pero es tan bueno!, y ahora que vive con nosotras está mucho mejor que antes, sale a pasear todas las tardes… ah, mira, ¡qué idea se me ha ocurrido!'

Y levantó la mano, esta vez intentando llamar la atención de su hermano.

'¡Esteban! ¿Por qué no vas con la niña a dar un paseo por el pueblo?'

A ella comenzó a latirle el corazón con fuerza, horrorizada ante aquella posibilidad.

Esteban miró alternativamente a la niña y a la tía favorita sin que se moviera un músculo de su rostro, fue la madre de la niña la que irguió la cabeza.

'¡Claro que sí! Hasta que vuelva tu padre,y además, puedes ir a buscar a tu amiguita, María, que se venga a merendar con nosotros.

Era la primera vez que su madre llamaba a María, la vecina, "su amiguita". Por otro lado, si se iba al pueblo con el tío abuelo, al paso al que él caminaba no llegarían nunca, y si María se quedaba a merendar con ellos no podría escaparse ni en sus mejores sueños, porque María era una niña tonta, que la seguía a todas partes y la imitaba cuando hablaba.

'¡No quiero!' – exclamó sintiendo cómo le enrojecían de ira las mejillas

Aquel era su día, el día con el que había soñado tanto tiempo, la casa abandonaba la esperaba bajo el sol de la tarde, y ahora venían todos a estropeárselo, María, mamá, el tío abuelo Esteban con su boca abierta y su mirada ausente, y la tía favorita que juntaba las manos debajo de la papada y gorjeaba como un gorrión en invierno, complacida.

'Al tío le viene muy bien caminar ¿verdad que sí Esteban?'

Como en una pesadilla, la niña miró al tío Esteban, quien comenzó a ponerse en pie lentamente, apoyando el bastón sobre las baldosas, y echó a andar resignado hacia la puerta del jardín. Y la tía favorita la empujaba ahora con sus manos gordezuelas y su madre, erguida frente a la mesa, la miraba, severa, porque no quería volver a repetírselo, porque no quería contárselo a su padre cuando regresara, y la niña sentía que todo era una mentira, que aquella reunión con los parientes era una gran mentira, que debajo de las hojas de la parra y, a pesar del sol y del zumbido somnoliento de las abejas, y del apetecible y suave olor del azúcar glas sobre las rosquillas, allí no había nada feliz, sólo nervios, impaciencia, gritos apagados que a punto estaban de reventar los pechos generosos de las tías abuelas queridas, quienes ahora la contemplaban con los ojos brillantes, incluso el marido de la del pelo blanco la miraba entrecerrando los ojos, y todos parecían hostiles, esperando una palabra suya para saltar sobre ella.

Al salir a la calle echó una ojeada ansiosa a su bicicleta, apoyada contra un montón de leña. La bicicleta tenía un aire tan inocente que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.

Comenzó a andar despacio al lado del tío abuelo Esteban, quien levantaba la garrota, vacilante, antes de atreverse a dar cualquier paso. La garganta le atenazaba, y le pareció que caminar era igual de doloroso, se sorbió la nariz y, de repente, la mano grande y terrosa del tío abuelo descendió hasta su hombro

Por la manera en que la miró parecía que lo había comprendido todo


24 comentarios:

Lansky dijo...

Ay, eos adultos 'desparramados', qué bien descritos están desde los ojos de esa niña...

Emma dijo...

Merci bien Lans!

Grillo dijo...

Bien vistos esos adultos 'desparramados' y descrito por la 'niña' con precisión y hasta clarividencia.

Hay reuniones familiares que son todo un simulacro, pero los niños son (somos y fuimos) muy perceptivos y lo cazan todo al vuelo.

¿Y la muela Emma? ¿Llevas un pañuelo atado a la cabeza como en los chistes antiguos?

Emma dijo...

Gracias grillo, algunos niños han tenido que presenciar y sufrir tantas cosas innecesarias!

Esta niña mía en particular es más antoñita que otra cosa, pero bueno, eso la salva.

La muela, ni me la menciones, aún me duele y tengo que tomar una resolución pero es que me da tanto miedo ir al dentista!


Ya no se me nota, pero me apoyo la mano en la mejilla y pongo rostro de sufridora.

Lansky dijo...

Mañana te dedico el post, ¿por qué? porque sí (y porque trato asuntos que creo, quizás equivocadamente, que te interesan)

Emma dijo...

No sé por qué pero me da que vas a acertar, al menos un poco.

C.C. dijo...

Qué niña más enternecedora nos retratas aquí. Y qué bien lo haces.
Bravo, Emma.

Emma dijo...

Muchas gracias C.C, cuesta un poco, no creas.

Antonio de Castro dijo...

De los que te he leido hasta ahora, es el cuento sobre ninos que mas me ha gustado. Mas que sufrir, yo he presenciado como sufrian otros, y es algo que de alguna forma sigue ahi, como si lo fuera a llevar siempre conmigo.
Un saludo.

Emmaskarada dijo...

Eso dice cosas de ti Antonio, y son buenas. Gracias

Xavier Adsuara dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Miroslav Panciutti dijo...

¿Sabes? Yo tuve una bicicleta Orbea azul. Parece una tontería, pero ese detalle, leído así, de sorpresa, me ha hecho sentirme la niña protagonista y también me ha traído recuerdos de parientes pesados que olían a agobio, un olor que se me metía hasta el cerebro, muy desagradable. Sin embargo, no recuerdo (pero es que de mi infancia guardo pocos recuerdos) que nunca hubiera planeado una escapada.

Me ha gustado tu relato, pero ya me voy acostumbrando a que sea así. Un beso.

Emma dijo...

No es ninguna tontería Miroslav! un niño nunca olvida a su perro ni a sus bicicletas.

Nunca pensaste en escaparte? De verdad?

David García Alamilla dijo...

Hola Emma como estás, un placer volver a esta república de las letras aficionadas, con toda la heróica y el amor implícitos, y verte al pie del cañón con tus relatos que siempre tienen la virtud de hacerme levantar la vista del ordenador y buscar el horizonte reflexivo...conseguir ese gesto ya es mucho...un beso y mucho ánimo..y salud y dinero y...lo que quieras...

emmaskarada dijo...

Gracias David, me quedo con la salud, aunque sea mala. Beso para tí.

David García Alamilla dijo...

Qué te pasa en la salud, ¿no será el apéndice? Que sepas que estos días ando enfrascado en la lectura de la morfología, génesis e historia breve de dicho órgano...¡si hay quedurante extirpar se extirpa! me ofrezco..no lo he hecho nunca pero se irá improvisando durante la marcha...:))

Emma dijo...

No, gracias, no me pasa nada. Era un decir :)

Il Gatopando dijo...

Hola, Emma: Soy el paseante de la Gran Vía que se asusta ante el cariz que están tomando las cosas. Veo que tú también te asustas, si bien parece que por causas menos tangibles que las mías. Aunque, bueno, también a mí me angustia la fugacidad de la vida -mucho- y esa sensación de que a menudo no la hago justicia. Me gustan tus relatos, están muy bien escritos. He hecho un poco de esfuerzo ya que me cuesta leer textos extensos en la pantalla del ordenador. ¿Tienes algo publicado en papel? ¿Has ganado algún premio de relatos? Se ve que eres observadora, perceptiva, minuciosa, sensible y que en tu interior habita un alma agitada. Captas momentos cotidianos y los elevas hacia la trascendencia. Denotas muchas ganas de vivir. Ahora, no sé por qué razón, no he podido acceder a las entradas antiguas. Leeré, en cualquier caso, poco a poco, las que aún me faltan. Sí, merece la pena.

Emma dijo...

Gracias por leerme gatopando, no todos los cuentos son de mi agrado y no he publicado nada ni he ganado nada ni creo que esten todos bien escritos, pero si algo te gustan soy feliz.

J. M. dijo...

hola emma, he cambiado de sitio mi blog; ahora lo puedes encontrar en www.rutinasyadicciones.blogspot.com

gracias

Stanley Kowalski dijo...

Cuánta ternura hay en este relato, muy bueno! He pasado un grato momento de lectura, muchas gracias!

BESOTES Y BUEN FINDE!!!!!!!!

David García Alamilla dijo...

Yo tenía una BH azul, no sé si os acordais de las BH... estaba enamorado de esa bicicleta..y también pensé en escaparme de casa..pero no en la bh sino en un cochecito tipo kart...sí, yo tambien imaginé irme de casa. Recuerdo además que uno de mis juegos preferidos era ponerme en el asiento del conductor del coche de mi padre e imaginar que era taxista o que era policía que perseguía ladrones o ladrones que huían de policias..supongo que dependiendo de quién tuviera el papel de villano en la última película vista por la tele.

Emma dijo...

Gracias Stanley.

Ah,David,tu eras un infante muy ambicioso!

David García Alamilla dijo...

Ya ves, yo ya no me conformaba con las dos ruedas y los pedales, yo cuatro y motorizado...y ahora el sarcasmo autoinfligido: tanto correr para qué...jaja..pero aún la vida nos deparará viajes aunque sea interiores, seguro.

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