Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

sábado, octubre 22, 2011

Fuga menor


-Nadie ha robado nada, tranquilícese.

He sido yo quien ha pronunciado esas palabras, me toco el pelo, sonrío nerviosamente. Nunca me meto en asuntos de esta índole pero esta vez, esta vez algo dentro de mí se ha rebelado. El chico me mira, no con gratitud sino con asombro, los ojos muy grandes. Es un niño, me digo, no puede tener más de quince años.

La que parece ser su abuela le espera en la calle, en la puerta de la tienda, le agarra de la muñeca y tira de él apresuradamente. Yo salgo detrás, el dependiente me grita mirándome por encima de sus gafas, que va a llamar a la policía, dice, que esto no se va a quedar así, vocifera. Yo no quiero discutir, me maldigo por haber abierto la boca. Camino apresuradamente hasta que se me pasa el sofoco, el aire es frío y el cielo resplandece con esa luz que parece venir de los confines del mundo, se acerca el invierno y sólo los cuervos resisten en la ciudad, algunos mirlos todavía se esconden en la oscuridad de los parques urbanos, escarban las hojas secas con desgana, pronto se marcharan, mientras que yo no puedo hacer otra cosa que quedarme.

Mi aliento me precede, me subo el cuello de la gabardina y me detengo de repente, algo no va bien, alzo un pie y escudriño la penumbra, llevo los cordones desatados, me alejo de la acera y me acerco a un portal rodeado de un jardincillo. Allí, a la luz de una farola, apoyo el pie en un banco y me dispongo a atarme el zapato. Es en ese instante cuando los descubro, a la abuela y al niño, repartiéndose el botín que este último ha afanado de la tienda. Están a poca distancia, cobijados por un arbusto pelado, las cabezas juntas, bisbiseando.La abuela lleva un pañuelo anudado a la cabeza y, sobre las faldas largas, sostiene una faltriquera. El muchacho deposita en su interior los comestibles que escondía entre los recovecos de su chaqueta. Me pregunto cómo ha podido llevarse tanto en tan poco tiempo.

Despego el pie del banco, lentamente, por nada del mundo quisiera que me descubrieran.

Pero el niño me ve antes de que pueda escabullirme. Apenas nos miramos a los ojos unos segundos. Luego me voy de allí a toda prisa, con los cordones aun desatados.

Más tarde, estoy en la estación de trenes.

He empleado la tarde en trasladarme hasta la tienda en la que ha robado el niño. Allí venden unas galletas que solía comer en mi infancia. Unas galletas perfumadas con canela que, de pequeña, hundía en la leche caliente chocolateada. Por esas galletas me he internado en la ciudad de los cuervos y ahora espero mi turno frente al puesto del señor egipcio con bigotito, donde siempre compro un kebab antes de subir al tren de las nueve y media.

Pienso en mí, en que es probable que haya perdido el sentido del humor sin darme cuenta.

Al abrir el monedero para pagar, las monedas saltan y caen al suelo. A veces me pasa. Nunca sé por qué sucede. Pero he de tomarlo con humor, me digo, y, bajo la atenta mirada del egipcio, persigo a los céntimos que ruedan debajo del carrito.

Cuando alargo la mano hacia el suelo otra mano gordezuela se me adelanta. Me incorporo ante una mujer gruesa, de pelo teñido de rojo y ojos escandalosamente verdes. Lleva una camiseta ceñida con escote. Pienso en que ha de ser lo que parece, en una estación como aquella tan concurrida, donde encuentran refugio muchos vagabundos y prostitutas.

Ella me devuelve las monedas. Sólo quiero darle las gracias y largarme a por mi kebab, pero su mirada suplicante me lo impide.

-¿Eres extranjera, verdad?

Esa sí que es buena, más de la mitad de las personas que ahora corretean por los pasillos de la estación son extranjeras.

-Sí, española…

-¡española! Una vez tuve un novio español… ¡ le quise tanto!

No puedo evitar mirarla con curiosidad. Parece de verdad estar contenta de haberme encontrado, como si llevara toda la tarde esperándome.

-Me encanta España, me encanta…

Sonrío y doy un paso atrás.

-Espera, ¿ no estarás perdida?

-No… yo estaba ahí- y señalo hacia el carrito del egipcio- comprando un kebab.

-¿De verdad no estas perdida?

-No, no estoy perdida.

Finalmente, se convence. Los ojos se le nublan un poco.

-Entonces me he equivocado.

Me da la espalda, tiene el culo enorme, enfundado en una falda negra con purpurina. La contemplo pasmada, hay una pequeña mesa de camping junto a una columna, se sitúa a su lado, apoyando el culo contra ella. Suspira largamente, su pecho se eleva, a punto de estallar. Sobre la mesa una baraja de cartas y una botella de vino.

-Dice que es bruja- me informa el egipcio del bigotito – lleva aquí pocos días, hasta que la eche la policía.

Yo me digo que a todos nos echará tarde o temprano la policía.


Sentada por fin en el tren, devoro con hambre mi kebab y reflexiono, los ojos fijos en la oscuridad de la ventanilla. Hoy sólo quería eso, ir a la tienda , comprar las galletas, volver a la estación, encargar el kebab al egipcio y volver a casa. Sin embargo, algunas cosas han sucedido, cosas nada corrientes, pero imposible descifrarlas. Ha sido como si, de repente, mientras caminas apresuradamente para llegar al trabajo o a cualquier recado, al torcer una esquina crees ver una serpiente deslizarse por la acera, una serpiente de cascabel, o una de esas pequeñas víboras de piscina. Es tan sólo un instante, una décima de segundo. La ves pero sigues adelante, porque hay otras cosas que te parecen más importantes, sólo te acuerdas de ella mucho después, cuando ya es demasiado tarde para dar la voz de alarma, o para llamar al zoológico más cercano y preguntar si se les ha escapado últimamente algún ofidio, una serpiente verde por ejemplo, no muy joven, aventurera, que esperas no abrigue malas intenciones.

Se me cierran los ojos.

Es probable que la bruja me estuviera esperando... y el niño, la verdad es que no sé cómo podría encajar el ladronzuelo en todo esto.

Pero sé que ya no puedo hacer nada.

La serpiente se me ha escapado.

33 comentarios:

Miroslav Panciutti dijo...

No sé si las cosas que nos ocurren son susceptibles de "descifrarse". ¿Se trata acaso de mensajes que nos da la vida? Es tentador pensalo así, aunque mi escepticismo me lo impide. No obstante, hay épocas (va por rachas) en que me suceden hechos bastante enigmáticos, poco corrientes. Probablemente estén siempre ocurriéndonos y estamos tan poco atentos que no nos damos ni cuenta las más de las veces. O a lo peor es que tenemos miedo de que nos ocurran, no queremos encontrarnos con serpientes. En todo caso, me ha gustado cómo lo cuentas y confío en que el kebab estuviese rico.

Lansky dijo...

El único enigma es la vida

Lansky dijo...

Por cierto, los mirlos no se marchan: no son migradores

Lansky dijo...

¡Ay, no engo remedio! Emma: que el relato está muy bien, pero que muy bien, eres única para crear atmósferas, aunque tus mirlos sean migradores

Emma dijo...

Miroslav, seguro que no eres tan escéptico como crees. Yo tengo mis rachas de escepticismo pero cuanto más observo la realidad más rara me parece, y creo que sí, que hay muchas cosas que pasamos por alto. También puede ser- ahora que lo pienso- que nuestra naturaleza humana nos obligue a explicarnos las cosas, porque sin explicarnolas no podemos seguir adelante...por ejemplo, yo no veo mirlos en la ciudad en invierno, ni siquiera les oigo cantar, pero cuando llega el buen tiempo comienzan a aparecer por todas partes, por eso he pensado que los mirlos se van en invierno y resulta que no es verdad.
He usado una explicación de andar por casa, la mía, sin mirar en ninguna otra parte.
Y claro, siempre me equivoco.
Menos mal que tengo a Lansky. De todas formas no voy a cambiarlo porque para la protagonista que los mirlos se vayan en invierno es un hecho.
El kebab estaba muy rico.
Besos a los dos.

Lansky dijo...

Yo no comparto tus besos con 'ese'.

Emma dijo...

Un beso a Lansky.
Un beso a Miroslav.

David García Alamilla dijo...

Hoy llueve por aquí, y en la esquina de siempre de mi barrio no está el puesto de Kebabs pero sí el de castañas que lo impregna todo con su humo blanco. Creo que ha sido un buen día para leer tu relato y recrearme en el frío, en Malaga todavía incipiente, y el otoño de las hojas secas donde juega tu mirlo migrador. NO he podido evitar pensar en Oliver Twist y en cierta prostituta que una vez vi por las calles del centro grotescamente maquillada, escotada y evidentemente con trastornos psicológicos, y en todas esas cosas que vemos a diario a las que no prestamos atención pero que sin embargo pueden encerrar algunas claves importantes...
GRacias Emma por suscitar estas sensaciones.

Grillo dijo...

Qué inquietante este relato - aún dentro de su sencillez y brevedad.

La verdad es que a menudo tropezamos con hechos minúsculos de los que una imaginación 'calenturienta' (para nada es ofensivo el calificativo, al contrario) saca un partido misterioso y, por supuesto, literario.
A esta técnica narrativa la llaman 'flujo de consciencia', y hace falta talento y agallas para escribir por esos derroteros.

Ole tú.

Por cierto: odio el kebab, en mi barrio hay menos mirlos y por razones equis están desapareciendo las puñeteras palomas. Creo que hay una disposición municipal al respecto. No alimentarlas (bajo multa.)

P.S.
Puede que sorprenda a algunos el humo blanco de las castañeras que cuenta el malagueño. Allí las asan con cal. Qué ricas y qué indigestas.

Emma dijo...

Hola David, te echaba de menos.
Para mí esta es la época más mágica del año, la que se precede a la noche de difuntos. El aire es más limpio y comienzan las lluvias, las hojas se caen y los días comienzan a menguar. Es posible que comer castañar por estas fechas sea otra de las cosas mágicas que el hombre hace sin darse cuenta, por eso es una buena época para estar alerta.
Como bien hace Grillo, quién se detiene a contar las palomas? Cuando llegué a Bruselas descubrí gaviotas planeando sobre las azoteas. Creo que lo comenté en alguna parte antes. Aparentemente nadie me creyó cuando lo comenté con cierta candidez por mi parte. Hay gaviotas en Bruselas! Funcionarios de más de veinte años sentados detrás de sus tristes ventanas jamás habían visto a tal pájaro planeando por la ciudad. Y, sin embargo, con poco que se fijase uno en el cielo podía distinguirse a las gaviotas blancas, en contraste con las grises palomas.
Y terminando el asunto de los pájaros : Ayer al volver del parque vi a una paloma con la cabeza abierta, picoteada por un cuervo.
Me dejó perpleja.
Un abrazo.

Emma dijo...

Aquí no podrías vivir Grillo, mi arma. Hay kebabs en cada esquina, sobre todo turcos. A mi tampoco me hacía gracia pero he de reconocer que algunos estan especialmente sabrosos.

Y gracias por tus comentarios. Me interesa esa técnica del "flujo de consciencia". Investigaré un poco sobre ella.

Un beso

Grillo dijo...

Creo haberte enviado por email el link del flujo inconsciente narrativo, pero además de muy largo no creo que te sirva de mucho. Tú sabes madurar lo que quieres contar y luego dejar la mano (la pluma) correr libremente.

Otro besito.

Lansky dijo...

Cuidadín con el dichoso flujo de conciencia, mira Joyce. Es mejor usar condón

Emma dijo...

Jajaja, no siempre Lansky.

Grillo dijo...

Qué marrano y mal pensado es Lansky ¿no?
Claro, cuando él era joven y todo esto era campo, lavaba los condones, los colgaba en la rama de un árbol y los volvía a enrrollar para usar otra vez. Entre el reciclaje y lo poco que chingaba, un mismo perseverativo le duraba un quinquenio. Y de Joyce se ha quedado con lo más guarreti: las pestosas y apestadas cartas que le escribía a su mujer. Tamién ella era buena cerda.

Emma dijo...

Exactamente Grillo. Joyce lo meditaba todo mil veces antes de escribir, a excepción de cuando tocaba escribir a mujer. Curioso no?

Por cierto, no me ha llegado nada del flujo de conciencia ( o era de consciencia?) a mi e-mail.

Grillo dijo...

Chica, no sé. Pero supongo que se encontrará en Wikipedia tecleando esas dos palabras.

Espero algún comentario tuyo (que será 'fantástico') en mi post de extraterrestres. Me consta que es otro asunto en el que habrás pensado alguna vez.

Kisses.

Lansky dijo...

Grillo, te voy a romper las piernas (con que eras tú el que me robaba los condones tendidos tan primorosamente...)

Grillo dijo...

Jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, Lansky. Te escurres siempre.
Los he llamado condones para no herirte. Sabed todos que a Lansky le sirve un dedil de esos para las heridas.

Grillo dijo...

Emma, si inquietantes y 'mórbidos' son tus posts, no veo momento en que nos cuentes tu relato sobre extraterrestres, tu vivencia al respecto.

Antonio de Castro dijo...

Lo he leído varias veces para disfrutar de ese aire misterioso y de la atmósfera limpia, fría y otoñal.
A veces, lo que podía haber sido una tarde (o una mañana, pero suele suceder por la tarde, antes de oscurecer) como otra cualquiera, se convierte en un momento especial que se recuerda luego sin que se sepa muy bien por qué, tal vez por la forma casi misteriosa en que se van sucediendo esos pequeños acontecimientos. Y no es casual que suela ser en lugares tan evocadores como las estaciones, de autobuses pero sobre todo de trenes (hoy recuerdo con claridad muchos viajes que hice en tren desde La Coruña, donde estudiaba, hasta mi pueblo, y en ninguno de ellos sucedió nada destacado.) Se puede tratar de descifrarlos, pero creo que lo importante es la simple posibilidad de que haya un mensaje aunque no logremos saber cuál es, o aunque otra persona no viera ahí mensaje alguno.
Me ha gustado la frase de Lansky: “el único enigma es la vida”. La imagino en boca de Harriet Anderson al final de una película de Bergman, en una atmósfera como la que describes pero abiertamente invernal, y un poco más al norte.
Ahora que ha salido lo de los extraterrestres en el blog de Grillo, tampoco veo el momento de leer ese relato o novela corta que decías.
Un saludo.
(Hablando de kebabs, los turcos son mejores y más limpios que los griegos. Yo he visto al camarero de uno griego situado en el Barrio Latino, un tipo gordo de dos metros que parecía un comando de “Los cañones de Navarone”, meter un dedo en el recipiente de la salsa que les ponía a los clientes y llevárselo tranquilamente a la boca, y el estar cerca de la ventana y que la gente que pasaba por la calle lo viera no parecía preocuparle demasiado.)

Emma dijo...

Gracias, Antonio.
Ah, las estaciones de trenes. Tanto esperar es lo que tiene. Te miras las manos, te miras los pies, la gente pasa, ausente, sin saberse observada. Al subir al tren te sientas al lado del mismo tipo que pedía frente a ti en la pastelería, cosas así, muy fantásticas, que Cortázar sabría arponear con pericia.
Yo lo he intentado.
Ya sé que los kebabs son sucios. Al comerlos ( casi siempre de pie, esperando algo a alguien) la salsa sale del pan de pita y se te escurre por la muñeca. Nunca hay suficientes servilletas de papel para limpiarse.
Bruselas es el paraíso del kebab, turcos sobre todo, pero también griegos, egipcios, marroquíes. Me gusta el kebab del egipcio, en la estación. Tiene un bigotito ridículo y cuando me ve me reconoce. Me imagino su viaje desde Egipto hasta Bruselas, y me pregunto dónde vivirá. Trabaja todo el día encerrado en su puestito. Me gusta su dignidad.
Un beso

C.C. dijo...

Emma, tus cuentos son tan insolitos que siempre tengo que leerlos dos veces para sacarles todo el jugo.

"Mi aliento me precede", qué bonito.

Esta mañana, tuve que recordarte. Te cuento lo que me pasó, creo que te va a gustar :
volvía de mi caminata diaria, cuando empezó a llover. Delante de mí, a unos diez metros, andaba una joven de largos rizos pelirojos empujando un carro de dos ruedas cargado a tope de guías telefónicas. Pensé, pobrecilla, qué puto trabajo despachar las guías de una en una por las casas, y encima con este mal tiempo. Parece que hubo telepatía entre nosotras pues ella volvió la cabeza, y me sonrió.

J. M. dijo...

me gustan los culos enormes;

saludos

Emma dijo...

Hola C.C. Creo que tienes una intuición maravillosa. Es lo que en ciencia ficción se llama telepatía. He visto la sonrisa cálida de la muchacha. Gracias. Creo que afilásemos más nuestras "antenas" los seres humanos seríamos mucho más felices. Más extraterrestres.

Emma dijo...

A mi también J.M! Sobre todo los de negra.
Un beso

mono magnético azul dijo...

me gusta imaginarme que esta historia ocurre en estambul y el tren es el orient express

Emma dijo...

la próxima vez habrá un descampado y unos cuantos perros callejeros de esos que te gustan tanto.

C.C. dijo...

¿ Emma, qué tal la vida en Madrid ?

Grillo dijo...

Emma ¿Te ha tragado Madrid?

Cuánto tiempo si lleerte ni que nos comentes.

Damos por supuesto que estarás bien y que sólo estas muy ocupada.

Suerte y besos.

C.C. dijo...

¿ Dónde, dónde has vuelto ?

Emmaskarada dijo...

C.C, guapa, en breve pondré un nuevo cuento!!! Un besito

C.C. dijo...

Otro pa´ti esperando tu nueva "creación".

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