
“Vacío existencial”, esas dos palabras, con todo lo que conllevan, han acudido a mi mente cuando he bajado del autobús y he plantado el pie sobre un adoquín mal puesto, el agua de lluvia acumulada debajo ha salido disparada y me ha salpicado los pantalones, calándome el calcetín. Entonces ha pasado: "Vacío existencial", por fin encuentro palabras que nombren lo que siento, y he echado andar en dirección a la oficina, azotada por la lluvia y el viento, preparándome poco a poco para volverme invisible (sí, desde que comenzó a aquejarme el mal, este vacío existencial, el v.e. a partir de ahora, tomé la costumbre de volverme invisible para ir al trabajo). Y me he dado cuenta de que nunca he podido decir mucho sobre la alegría porque la mayor parte del tiempo, incluso durante el tiempo de la alegría, ha sido el v. e. el que mandaba en mi vida y he pensado que esto que me pasa a mí, ¿no le pasará también a los otros, a todos los otros? Pero sé que los otros, me he respondido inmediatamente, jamás reconocerían el v.e como yo lo hago ahora, aceptándolo, sin avergonzarme de ello .
Y me he acordado del día aquel, hacía ya dos años, en el que comenté lo siguiente en el comedor de la oficina, sentada a la mesa con mis compañeras y mi jefa:
"La gente está aquí como en un campo de concentración. Lo único que les queda es el instinto de supervivencia"
Matilde, la jefa, enarcó las cejas y me miró fijamente (por aquel entonces todavía no practicaba yo el arte de la transparencia y pensaba que podía compartir mis pensamientos con todo el mundo, era tan ingenua)
"Eso que dices es muy deprimente", sentenció.
Y las demás asintieron, bajando los ojos rápidamente, para que yo no pudiera ver sus miradas culpables.
Supe que aquello acababa de sentenciarme, pues era una recién llegada y con la frase había dado importantes pistas sobre lo que pensaba.
Desde entonces Matilde se dedicó a hacerme la vida imposible.
Pero lo más extraordinario ha sucedido después- cuando me disponía a entrar en el edificio de oficinas en el que trabajo- pues me he encontrado con la pintada junto a la puerta.
"Arquitectura Necrófaga", eso era lo que estaba escrito, letras negras de aerosol.
Con lágrimas en los ojos (a causa del viento del Norte) me he quedado mirándola, recorriéndola ansiosamente de arriba abajo, rozándola con los dedos, maravillada.
" Arquitectura Necrófaga", estaba bastante claro.
He abierto y cerrado la boca, he mirado a mi alrededor, buscando a alguien, una sonrisa amiga, con quien compartir mi descubrimiento. Las decenas de oficinistas que entraban apresuradamente al edificio apenas me han prestado atención, y mucho menos a la pintada. Algunos me han saludado con extrañeza al verme de pie junto a la puerta, como un pasmarote.
Hay días en los que uno tiene que decidir, días en los que uno se da cuenta hasta qué punto se ha vuelto un cadáver, en los que el niño que fuiste te pega una pedrada en la frente y entonces, por fin, despiertas y regresas a la tierra.
No sólo el adoquin suelto había contribuido a avisarme del vacío existencial en el que sobrevivía, sino que además, para terminar de despejarme cualquier duda, alguien había escrito aquellas palabras en el edificio de oficinas, gris y fagotizador en el que me resguardo de los peligros de la vida desde hace años sin darme cuenta de que mi cobijo me utiliza como alimento, que mi cuerpo es un cadáver del que se alimentan los conductos de aire acondicionado, los radiadores, las sillas ergonómicas y las papeleras metálicas.
Pero por fin, alguien que sabe lo que nos está pasando, ha escrito una clara advertencia que no deja lugar a dudas. Quizás no sea demasiado tarde...
He entrado en la oficina procurando no mirar a nadie, me he quitado los guantes y el abrigo, he encendido la pantalla del ordenador, he introducido mi contraseña, he abierto el e-mail y he comenzado a teclear rápidamente, lo más rápidamente posible todo esto que ahora escribo.
También he ido a youtube y he buscado alguna canción italiana de alegría y verano.
He puesto el volumen bajito, ahora mismo escucho “ Viva la Mamma” de Edoardo Bennato, algunas de mis compañeras me han mirado muy extrañadas.
Matilde, mi jefa, se está pintando los labios delante del ordenador como hace todas las mañanas.
“Qué contenta vienes hoy”, ha dicho, “ pero baja el volumen, haz el favor”
Pienso a toda velocidad. Pienso que, a pesar de que sepa lo que me está ocurriendo no voy a poder hacer nada a menos que aprenda a combatir este terrible v.e.
Anoto : “Lo único bueno son los pensamientos, los pensamientos, mis pensamientos tanto tiempo ignorados, ahora vienen a mi cabeza sin parar y sé que son verdaderos, que no mienten, que son míos!Cuánto los he echado de menos!”
Matilde se acerca a mi mesa y deposita de golpe un fajo de folios, pedidos acumulados durante la noche. He dejado de teclear durante unos segundos, del susto.
“¿Qué puedo hacer?, continúo cuando ella se marcha. “ ¿Levantarme, presentar mi dimisión y después ir a casa, encender la televisión y quedarme todo el día con la manta de cuadros enrollada en los pies viendo la tele? ¡No!, eso sería un error, el v.e, sabría como encontrarme, y acabaría conmigo más rápido que en la oficina, seguro”
Esto es más serio y más estúpido de lo que me imaginaba. Casi desearía no haber pisado el adoquín al bajar del autobús, casi desearía que ese alguien no hubiera escrito la pintada en la pared... ¡Claro, la pintada!
Desconecto el youtube y miro la pila de folios fijamente.
-¿Habéis visto la pintada que hay en la puerta? Arquitectura necrófaga.- pregunto, como quien no quiere la cosa.
Quizás puedan darme algunas pistas sobre lo que ocurre.
-Habrá sido algún niñitos.- responde Matilde con tono de desprecio.
-¿Necrofa.. qué?.- ríe Mónica- No sé lo que significa.
-Pues a mi me parece interesante.- reflexiono en voz alta, sin dejar de teclear.
Nadie contesta, prefieren no hacerlo. Matilde tose, irritada.
“Todos están ya muertos, lo sospechaba, mucho peor que muertos, están devorados y consumidos, triturados. No hay esperanza. Sólo yo puedo todavía salvarme, conozco el significado de la palabra necrófaga y desde hace tiempo siento, sabía que el v.e, esa sensación que hasta hoy no he podido poner nombre, me estaba royendo por dentro y es por eso que me hago la invisible, porque mi espíritu de niña me abandona”
Cada vez estoy más nerviosa y hago dos montones con los folios que tengo sobre la mesa, dos montones equidistantes, los pongo uno junto al otro, luego los vuelvo a juntar, no sé qué hacer con las manos, vuelvo a la pantalla y tecleo como una loca, la lluvia golpea los cristales, todas trabajan en silencio, el reloj va a toda prisa, no hay respuestas.
Podría fugarme, se me ocurre, podría irme al cañón del Colorado, podría irme a la selva, a Paris, podría vivir en una cabaña en el bosque…
-Cuando termines con esos pedidos tengo aquí los de la semana que viene.- Matilde se dirige a mi con su habitual voz irritada y desagradable, después se levanta para ir al baño.
-De acuerdo.- responde mi voz, mecánicamente.
Ya no tengo ganas de escuchar música italiana, no se me ocurre tampoco nada brillante para escapar a esta suerte de destino inexorable, dejo que el v.e me invada, dejo que se haga cargo de mis manos, de mi cuerpo, ya no me importa que alguien lea esto que estoy escribiendo, probablemente sea el único chispazo de lucidez que pueda articular antes de sumergirme en el montón de pedidos que me aguardan, antes de dejarme devorar para siempre.
Matilde vuelve del baño y echa una ojeada por encima de mi hombro.
Se detiene.
-¿Se puede saber que escribes?.
Yo no detengo mi teclear, siento el estómago vacío, la lluvia se ensaña contra la ventana, miro al cristal y veo el cielo gris, pienso en el adoquín, en alguien con un pasamontañas escribiendo las palabras, “Arquitectura Necrófaga” en la puerta del edificio, me dan ganas de llorar pero no lloro.
Las palabras salen de mi boca con naturalidad, dejo caer mi capa de la invisibilidad.
-Cosas que a ti no te importan.- respondo.
Hay un silencio denso y regocijado, nunca nadie ha contestado así a Matilde. Matilde es la jefa, la que dice cómo y cuando, la que nadie se atreve a poner en su sitio a pesar de que es una mujer maleducada, hiriente, mediocre, que disfruta estropeando las más luminosas mañanas de Mayo con su aliento agrio, con su pintura roja en los labios, agrietada, que hace que sus labios sean aún más despreciables cuando te hablan.
Me giro en la silla y la miro a los ojos, desafiante.
Matilde vuelve a su sitio sin decir nada, está humillada y se vengará, seguro, se vengará tarde o temprano, me dirá que me quede esta tarde en vez de irme a casa como las otras, se inventará cualquier excusa para tenerme absurdamente ocupada, y es muy probable que las otras comiencen a rehuirme, dejen de comer conmigo en la cantina por miedo a que Matilde las considere mis aliadas. Sé lo que sucederá, lo sé, he visto demasiadas veces lo que ha ocurrido con otras que ya no están aquí y que se atrevieron a desafiarla.
Entonces, de repente, lo comprendo todo.
Escribo rápidamente : “Otras que ya no están aquí”.
He encontrado la solución al dilema, la manera de librarme del v.e, es tan sencillo que hasta me da la risa.
“Tengo que recuperar mi dignidad”, tecleo.
Miro a las demás que se escabullen de mi mirada fingiendo tener mucho trabajo. Algunas sonríen por lo bajo, contentas de ver la cara de acelga de Matilde, aplastada contra la pantalla de su ordenador, rumiando su venganza
Me dan un poco de lástima. Todas, sobre todo Matilde. Sé que el v.e acabará con ella más pronto que tarde, como casi estuvo a punto de hacerlo conmigo, y me digo que dejaré esto escrito en alguna parte donde la gente pueda verlo, por si alguien lo lee a tiempo y comprende lo que le pasa.
Y me he acordado del día aquel, hacía ya dos años, en el que comenté lo siguiente en el comedor de la oficina, sentada a la mesa con mis compañeras y mi jefa:
"La gente está aquí como en un campo de concentración. Lo único que les queda es el instinto de supervivencia"
Matilde, la jefa, enarcó las cejas y me miró fijamente (por aquel entonces todavía no practicaba yo el arte de la transparencia y pensaba que podía compartir mis pensamientos con todo el mundo, era tan ingenua)
"Eso que dices es muy deprimente", sentenció.
Y las demás asintieron, bajando los ojos rápidamente, para que yo no pudiera ver sus miradas culpables.
Supe que aquello acababa de sentenciarme, pues era una recién llegada y con la frase había dado importantes pistas sobre lo que pensaba.
Desde entonces Matilde se dedicó a hacerme la vida imposible.
Pero lo más extraordinario ha sucedido después- cuando me disponía a entrar en el edificio de oficinas en el que trabajo- pues me he encontrado con la pintada junto a la puerta.
"Arquitectura Necrófaga", eso era lo que estaba escrito, letras negras de aerosol.
Con lágrimas en los ojos (a causa del viento del Norte) me he quedado mirándola, recorriéndola ansiosamente de arriba abajo, rozándola con los dedos, maravillada.
" Arquitectura Necrófaga", estaba bastante claro.
He abierto y cerrado la boca, he mirado a mi alrededor, buscando a alguien, una sonrisa amiga, con quien compartir mi descubrimiento. Las decenas de oficinistas que entraban apresuradamente al edificio apenas me han prestado atención, y mucho menos a la pintada. Algunos me han saludado con extrañeza al verme de pie junto a la puerta, como un pasmarote.
Hay días en los que uno tiene que decidir, días en los que uno se da cuenta hasta qué punto se ha vuelto un cadáver, en los que el niño que fuiste te pega una pedrada en la frente y entonces, por fin, despiertas y regresas a la tierra.
No sólo el adoquin suelto había contribuido a avisarme del vacío existencial en el que sobrevivía, sino que además, para terminar de despejarme cualquier duda, alguien había escrito aquellas palabras en el edificio de oficinas, gris y fagotizador en el que me resguardo de los peligros de la vida desde hace años sin darme cuenta de que mi cobijo me utiliza como alimento, que mi cuerpo es un cadáver del que se alimentan los conductos de aire acondicionado, los radiadores, las sillas ergonómicas y las papeleras metálicas.
Pero por fin, alguien que sabe lo que nos está pasando, ha escrito una clara advertencia que no deja lugar a dudas. Quizás no sea demasiado tarde...
He entrado en la oficina procurando no mirar a nadie, me he quitado los guantes y el abrigo, he encendido la pantalla del ordenador, he introducido mi contraseña, he abierto el e-mail y he comenzado a teclear rápidamente, lo más rápidamente posible todo esto que ahora escribo.
También he ido a youtube y he buscado alguna canción italiana de alegría y verano.
He puesto el volumen bajito, ahora mismo escucho “ Viva la Mamma” de Edoardo Bennato, algunas de mis compañeras me han mirado muy extrañadas.
Matilde, mi jefa, se está pintando los labios delante del ordenador como hace todas las mañanas.
“Qué contenta vienes hoy”, ha dicho, “ pero baja el volumen, haz el favor”
Pienso a toda velocidad. Pienso que, a pesar de que sepa lo que me está ocurriendo no voy a poder hacer nada a menos que aprenda a combatir este terrible v.e.
Anoto : “Lo único bueno son los pensamientos, los pensamientos, mis pensamientos tanto tiempo ignorados, ahora vienen a mi cabeza sin parar y sé que son verdaderos, que no mienten, que son míos!Cuánto los he echado de menos!”
Matilde se acerca a mi mesa y deposita de golpe un fajo de folios, pedidos acumulados durante la noche. He dejado de teclear durante unos segundos, del susto.
“¿Qué puedo hacer?, continúo cuando ella se marcha. “ ¿Levantarme, presentar mi dimisión y después ir a casa, encender la televisión y quedarme todo el día con la manta de cuadros enrollada en los pies viendo la tele? ¡No!, eso sería un error, el v.e, sabría como encontrarme, y acabaría conmigo más rápido que en la oficina, seguro”
Esto es más serio y más estúpido de lo que me imaginaba. Casi desearía no haber pisado el adoquín al bajar del autobús, casi desearía que ese alguien no hubiera escrito la pintada en la pared... ¡Claro, la pintada!
Desconecto el youtube y miro la pila de folios fijamente.
-¿Habéis visto la pintada que hay en la puerta? Arquitectura necrófaga.- pregunto, como quien no quiere la cosa.
Quizás puedan darme algunas pistas sobre lo que ocurre.
-Habrá sido algún niñitos.- responde Matilde con tono de desprecio.
-¿Necrofa.. qué?.- ríe Mónica- No sé lo que significa.
-Pues a mi me parece interesante.- reflexiono en voz alta, sin dejar de teclear.
Nadie contesta, prefieren no hacerlo. Matilde tose, irritada.
“Todos están ya muertos, lo sospechaba, mucho peor que muertos, están devorados y consumidos, triturados. No hay esperanza. Sólo yo puedo todavía salvarme, conozco el significado de la palabra necrófaga y desde hace tiempo siento, sabía que el v.e, esa sensación que hasta hoy no he podido poner nombre, me estaba royendo por dentro y es por eso que me hago la invisible, porque mi espíritu de niña me abandona”
Cada vez estoy más nerviosa y hago dos montones con los folios que tengo sobre la mesa, dos montones equidistantes, los pongo uno junto al otro, luego los vuelvo a juntar, no sé qué hacer con las manos, vuelvo a la pantalla y tecleo como una loca, la lluvia golpea los cristales, todas trabajan en silencio, el reloj va a toda prisa, no hay respuestas.
Podría fugarme, se me ocurre, podría irme al cañón del Colorado, podría irme a la selva, a Paris, podría vivir en una cabaña en el bosque…
-Cuando termines con esos pedidos tengo aquí los de la semana que viene.- Matilde se dirige a mi con su habitual voz irritada y desagradable, después se levanta para ir al baño.
-De acuerdo.- responde mi voz, mecánicamente.
Ya no tengo ganas de escuchar música italiana, no se me ocurre tampoco nada brillante para escapar a esta suerte de destino inexorable, dejo que el v.e me invada, dejo que se haga cargo de mis manos, de mi cuerpo, ya no me importa que alguien lea esto que estoy escribiendo, probablemente sea el único chispazo de lucidez que pueda articular antes de sumergirme en el montón de pedidos que me aguardan, antes de dejarme devorar para siempre.
Matilde vuelve del baño y echa una ojeada por encima de mi hombro.
Se detiene.
-¿Se puede saber que escribes?.
Yo no detengo mi teclear, siento el estómago vacío, la lluvia se ensaña contra la ventana, miro al cristal y veo el cielo gris, pienso en el adoquín, en alguien con un pasamontañas escribiendo las palabras, “Arquitectura Necrófaga” en la puerta del edificio, me dan ganas de llorar pero no lloro.
Las palabras salen de mi boca con naturalidad, dejo caer mi capa de la invisibilidad.
-Cosas que a ti no te importan.- respondo.
Hay un silencio denso y regocijado, nunca nadie ha contestado así a Matilde. Matilde es la jefa, la que dice cómo y cuando, la que nadie se atreve a poner en su sitio a pesar de que es una mujer maleducada, hiriente, mediocre, que disfruta estropeando las más luminosas mañanas de Mayo con su aliento agrio, con su pintura roja en los labios, agrietada, que hace que sus labios sean aún más despreciables cuando te hablan.
Me giro en la silla y la miro a los ojos, desafiante.
Matilde vuelve a su sitio sin decir nada, está humillada y se vengará, seguro, se vengará tarde o temprano, me dirá que me quede esta tarde en vez de irme a casa como las otras, se inventará cualquier excusa para tenerme absurdamente ocupada, y es muy probable que las otras comiencen a rehuirme, dejen de comer conmigo en la cantina por miedo a que Matilde las considere mis aliadas. Sé lo que sucederá, lo sé, he visto demasiadas veces lo que ha ocurrido con otras que ya no están aquí y que se atrevieron a desafiarla.
Entonces, de repente, lo comprendo todo.
Escribo rápidamente : “Otras que ya no están aquí”.
He encontrado la solución al dilema, la manera de librarme del v.e, es tan sencillo que hasta me da la risa.
“Tengo que recuperar mi dignidad”, tecleo.
Miro a las demás que se escabullen de mi mirada fingiendo tener mucho trabajo. Algunas sonríen por lo bajo, contentas de ver la cara de acelga de Matilde, aplastada contra la pantalla de su ordenador, rumiando su venganza
Me dan un poco de lástima. Todas, sobre todo Matilde. Sé que el v.e acabará con ella más pronto que tarde, como casi estuvo a punto de hacerlo conmigo, y me digo que dejaré esto escrito en alguna parte donde la gente pueda verlo, por si alguien lo lee a tiempo y comprende lo que le pasa.
Vuelvo a mis pensamientos, tan añorados, sueño con Italia, sueño con viajar, sueño con no tener miedo.
“Pero es que nunca tuve miedo. Tan sólo es que se me había olvidado”, escribo.
“Pero es que nunca tuve miedo. Tan sólo es que se me había olvidado”, escribo.







