Emmaskarada

Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, abril 28, 2013

Craving for love




La salamanquesa entró en la habitación. Era extraño porque su hogar era la terraza que daba al mediodía. No se movía de allí, pegada al vidrio, recibiendo en su vientre frío la luz del sol. Pero aquella tarde la vio en la habitación, había rebasado el obstáculo de la puerta y ahora estaba quieta, como un dibujo sobre la alfombra. Marian la miró con la taza de café humeante en la mano. Durante todo el día había tenido miedo. Se había despertado con la certeza de que estaba enferma, de que un virus se extendía por su cuerpo sin remedio, de que el mal estaba dentro de ella. Luego, a la hora de la comida, él la había llamado por teléfono. Levantó el auricular sabiendo que eran malas noticias : No iba a ir a comer, tampoco iba a ir a cenar, tenía reunión con los socios y se quedaría hasta muy tarde. Quizá mañana, si no estaba muy cansado, podrían ir a aquel sitio que ella habia sugerido. Eso fue todo, no la deseó que pasara un buen día. Marian se tumbó en el sofá pensando en todos esos tratados del pasado que hablaban de los nervios en la mujer, sus rarezas, sus ataques de histeria. Ahora comprendía lo injusto de todo ello. Cualquier hombre solo, fuera de su país, en una casa que no era la suya, sin amor, también languidecería.  A las tres se preparó un café y decidió que saldría de casa,  que no dejaría que se la comieran las paredes. “Me acostaré con cualquiera menos contigo” Cuando vio a la salamanquesa pensó que aquello era una clara advertencia. La dejó que descansara sobre la alfombra y se metió en la ducha, donde se enjabonó a conciencia, después limpió el espejo de vaho y se miró a los ojos, enrojecidos, “aun estoy viva”.

Salió a la calle a las ocho y media en punto. En la ciudad parecía que hubieran llegado las vacaciones. Un corro de niñas de unos diez años la rodeó, jugaban a atrapar a la que llevaba el vestido rosa, sin prestar atención a su presencia, perfumada, vestida de negro, con su sonrisa desvanecida. Finalmente le puso a una de las niñas la mano suavemente en el cuello, para apartarla, una trenza larga le caía por el hombro. La niña la miró como si le perteneciera el mundo y, en verdad, le pertenecía. Marian pensó que aquella era la segunda advertencia de aquella noche que apenas comenzaba.  Pero tenía que seguir adelante, se apartó de las niñas, y corrió hasta el borde de la acera justo a tiempo para detener a un taxi. Este frenó en seco y, una vez dentro, se dio cuenta de que no tenía ni idea de a dónde podía dirigirse. Se tapó los ojos con la mano- un gesto innecesariamente trágico- y murmuró que quería ir al centro, a la calle Almirante, al número cuatro. No sabía si había número cuatro en esa calle pero el taxista salió disparado. Mientras, la ciudad se ofrecía al otro lado de la ventanilla, reconocía las calles como si se hubiera criado en ellas, las señoras mayores que ya se recogían, las luces de los bares encendidas, los balcones cubiertos con cristales tras los que algunas sombras conversaban. Allí, en esa ciudad, había sido feliz hacía muchos años e, ingenua, había regresado pensando que la felicidad le aguardaba intacta. No sabía que un hombre de negro se le había adelantado, cubriéndolo todo con su manto y no, apretó la boca, a pesar de todos los augurios, no quería escucharle.

Pagó el taxi y se encontró con un número cuatro no del todo hostil. Miró su teléfono móvil en el bolso, al menos si ahora sonara podría salvarse, pero nada sucedió. Prefirió caminar hasta el final de la calle. Las flores de los balcones se balanceaban a su paso. Por un momento olvidó que estaba moribunda, olvidó que ya no tenía fuerzas para luchar por nada, y se entretuvo en contemplar escaparates, sonreir para dejar paso a los transeúntes, caminar como aquellos que aun recuerdan a donde se dirigen. Entró en un bar que hacía esquina para tomar una copa. Pidió una ginebra y jugó con su pulsera. A su derecha había un hombre de pelo negrísimo y nariz ganchuda, un indio sioux, un hijo de Túpac Amaru le confesó más tarde. Le gustaban las mujeres, todas, sin excepción. Pero no se dejaban, las malditas, coger tan fácilmente. “Conmigo podrás coger todo lo que quieras”  Los ojos del indio la contemplaron, con un brillo perverso ¿Quién eres tú, mi amor? ¿Por qué has venido?
 
Y ella se imaginó que él era un jefe sioux cabalgando en el trueno, bajando de la tormenta en su caballo para rescatarla de la noche fría. Caminaron por las calles de Madrid cogidos de la mano, él de vez en cuando la empujaba contra las paredes y la besaba, la boca muy abierta, ávida, sin poder todavía creerse su suerte. “Toda la vida te he estado esperando” Y ella sabía que mentía, pero no le importaba.
 
A las doce de la noche yacía con el sioux tendida en la cama. El dolor había cedido, miraba al techo y acariciaba sus cabellos negros, su cabeza apoyada en su vientre. Fue entonces cuando vio a la salamanquesa escalar por la pared de la ventana, escapando por la enredadera. Era el tercer presagio. Su destino se había cumplido.

domingo, marzo 13, 2011

Limonada y rosquillas

Los extraños parientes llegaron el día que la niña había decidido que sería el de su huida. No tuvo más remedio que ponerse el vestido blanco de florecitas verdes, peinarse con una coleta, meter las manos en los bolsillos y dar besos a aquellos desconocidos, que la pellizcaban los mofletes, reían, chillaban, llevaban carmín y bolsos pesados, incluso ellos mismos eran pesados porque se desparramaron por las sillas de la cocina como si vinieran de muy lejos y suspiraron todos a un tiempo, aliviados de descansar por fin de su carga. La niña les observaba curiosa, su madre había confesado la víspera que quería mucho a aquellas dos señoras gruesas, a las que ella llamaba tías, uno de los hombres era el marido de la del pelo blanco, luego había otro de piel terrosa e intensos ojos verdes que miraba soñadoramente al techo, llevaba un bastón que le ayudaba a caminar, la niña pensó que ese probablemente era el que no había tenido hijos, y cuya esposa había muerto en un accidente en un país extranjero.

Eran raros los tíos y tías de su madre, a los que ella parecía querer tanto y, cuando apenas habían descansado unos minutos, les llevó al patio, les enseñó las flores, les enseñó el huerto, y hasta la levantó los labios para que la vieran las encías.

´Dos dientes que se le han caído en un día´


Por la tarde iba a haber limonada y rosquillas y la niña pensó que era una pena que tuviera que marcharse. Pero todo estaba planeado desde hacía tiempo y no pensaba echarse atrás, había metido en su mochila del colegio los dos libros que le gustaban, y un sándwich de chorizo de pamplona, llevaba también una linterna, su chaqueta de punto roja, un par de calcetines. No pensaba que necesitase nada más, tan sólo esperaba llegar a su destino antes de que cayera la noche. Iba a escaparse en su bicicleta azul Orbea, iría al principio por el arcén de la carretera, después se metería por los caminos. Su destino era un lejano olmedo, erguido y señorial al borde de un sembrado de trigo. Había ido allí de excursión con niños de su clase el verano pasado. En mitad de aquel bosque se escondía un estanque fangoso y una casa de labranza abandonada en la que crecían zarzas, membrillos, manzanos. La niña había explorado la casa con cuidado, sin hacer caso de las risas y los gritos obscenos de los demás chicos de su clase, ellos no veían lo que ella veía, ellos aullaban al pie de las podridas escaleras, y entraban apresuradamente en las habitaciones asustando a las tórtolas que escapaban volando por las grietas del techo, habían tirado piedras al estanque y arrojado membrillos, todavía verdes, contra los pocos vidrios que aún quedaban en las ventanas. Y habían reído tanto y tan fuerte que ella hubiera querido taparse los oídos chillar que se estuvieran quietos que dejaran en paz a las ranas asomar sus ojos bajo las plantas acuáticas.
Más tarde, cuando el sol se ponía y a todos les picaban las piernas a causa de los mosquitos, ella también se había marchado, confundiéndose con los otros en su alegría. Pero, cuando nadie había podido verla, se había detenido y mirado atrás, para contemplar sobrecogida la silueta de la casa abrasada por el sol de la tarde, su quietud recuperada, y se había prometido que regresaría sola, porque sabía que allí podría ser feliz, porque aquel era un lugar para ella.

Y por fin había llegado el día que había esperado tanto, precisamente el día de los extraños parientes. Hacía calor, el sol se filtraba entre las hojas de la parra y los tíos y tías bebían limonada en el patio, su madre había extendido el mantel a cuadros rojos y blancos sobre la mesa de piedra, y su padre se había marchado por un asunto de última hora, incapaz como era de ser amable con los extraños.

La niña salió al patio con un vaso de limonada en la mano, diciéndose que no habría nada de malo en llevarse unas cuantas rosquillas para el camino, cuando descubrió que la tía favorita de su madre, la de los ojos negros, la contemplaba de una manera extraña, y se asustó pensando que aquella mirada llegaba, se deslizaba hasta su secreto y se bebió, azorada, la limonada de un golpe, y comenzó a seguir a su madre, que distribuía las rosquillas en pequeños platos, intentando ocultarse detrás de sus faldas

Pero la tía favorita no le quitaba la vista de encima, se enjugó el labio superior con una servilleta de papel y la llamó con la mano.

Ella acudió, tímida

'Ahí, mira, quién es ese'

La tía señalaba al hombre de los ojos verdes, el que estaba como ausente, y sólo de vez en cuando asentía, o murmuraba un par de palabras, como si hubiera dicho lo mismo muchas otras veces

'Es el tío Esteban', respondió la niña

'Es tu tío abuelo Esteban'

La tía acercó la boca al oído de la niña y susurró.

'Ha sufrido mucho'

'¿Por qué?'

'Ahí donde le ves, no se conformó nunca con lo que tenía...- la tía favorita se detuvo para abanicarse con la servilleta-¡pero es tan bueno!, y ahora que vive con nosotras está mucho mejor que antes, sale a pasear todas las tardes… ah, mira, ¡qué idea se me ha ocurrido!'

Y levantó la mano, esta vez intentando llamar la atención de su hermano.

'¡Esteban! ¿Por qué no vas con la niña a dar un paseo por el pueblo?'

A ella comenzó a latirle el corazón con fuerza, horrorizada ante aquella posibilidad.

Esteban miró alternativamente a la niña y a la tía favorita sin que se moviera un músculo de su rostro, fue la madre de la niña la que irguió la cabeza.

'¡Claro que sí! Hasta que vuelva tu padre,y además, puedes ir a buscar a tu amiguita, María, que se venga a merendar con nosotros.

Era la primera vez que su madre llamaba a María, la vecina, "su amiguita". Por otro lado, si se iba al pueblo con el tío abuelo, al paso al que él caminaba no llegarían nunca, y si María se quedaba a merendar con ellos no podría escaparse ni en sus mejores sueños, porque María era una niña tonta, que la seguía a todas partes y la imitaba cuando hablaba.

'¡No quiero!' – exclamó sintiendo cómo le enrojecían de ira las mejillas

Aquel era su día, el día con el que había soñado tanto tiempo, la casa abandonaba la esperaba bajo el sol de la tarde, y ahora venían todos a estropeárselo, María, mamá, el tío abuelo Esteban con su boca abierta y su mirada ausente, y la tía favorita que juntaba las manos debajo de la papada y gorjeaba como un gorrión en invierno, complacida.

'Al tío le viene muy bien caminar ¿verdad que sí Esteban?'

Como en una pesadilla, la niña miró al tío Esteban, quien comenzó a ponerse en pie lentamente, apoyando el bastón sobre las baldosas, y echó a andar resignado hacia la puerta del jardín. Y la tía favorita la empujaba ahora con sus manos gordezuelas y su madre, erguida frente a la mesa, la miraba, severa, porque no quería volver a repetírselo, porque no quería contárselo a su padre cuando regresara, y la niña sentía que todo era una mentira, que aquella reunión con los parientes era una gran mentira, que debajo de las hojas de la parra y, a pesar del sol y del zumbido somnoliento de las abejas, y del apetecible y suave olor del azúcar glas sobre las rosquillas, allí no había nada feliz, sólo nervios, impaciencia, gritos apagados que a punto estaban de reventar los pechos generosos de las tías abuelas queridas, quienes ahora la contemplaban con los ojos brillantes, incluso el marido de la del pelo blanco la miraba entrecerrando los ojos, y todos parecían hostiles, esperando una palabra suya para saltar sobre ella.

Al salir a la calle echó una ojeada ansiosa a su bicicleta, apoyada contra un montón de leña. La bicicleta tenía un aire tan inocente que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.

Comenzó a andar despacio al lado del tío abuelo Esteban, quien levantaba la garrota, vacilante, antes de atreverse a dar cualquier paso. La garganta le atenazaba, y le pareció que caminar era igual de doloroso, se sorbió la nariz y, de repente, la mano grande y terrosa del tío abuelo descendió hasta su hombro

Por la manera en que la miró parecía que lo había comprendido todo


domingo, diciembre 19, 2010

El Indeseado






A Christmas Carol


"I thought that love would last forever : I was wrong"




Los niños llegaron puntualmente el día de Navidad por la mañana, ella aún les sostenía de la mano cuando Tomás abrió la puerta. Estaban recién bañados y olían a colonia. La niña, que apenas tenía cinco años, le dedicó una sonrisa de dientecillos afilados. Su hermano, de ocho, leía un tebeo que sujetaba a poca distancia de su nariz, y se limpió la cara cuando Tomas le besó en la mejilla.

-Vendré a recogerles a las diez de la mañana. Cristina tiene un cumpleaños y Roberto todavía no ha hecho ni un ejercicio del cole.

Tomás pudo haber replicado que él se encargaría de llevar a su hija al cumpleaños y que también se ocuparía de que el niño hiciera los deberes, pero en vez de ello preguntó, con la voz ronca, si no había que comprarle unos zapatos nuevos a Roberto y añadió que él podría llevarlos al día siguiente a la casa de ella y así, de paso, hacer las compras. El niño, a pesar de no haber despegado en todo ese tiempo los ojos del tebeo, escuchaba con atención la conversación de sus padres.

-No, por ahora aguanta con los que tiene. Ya iré cuando sean las rebajas.

-Si necesitas dinero, ya sabes.

Ella levantó una ceja y le miró extrañada. Estaba guapa, con las mejillas llenas y los ojos brillantes. Se la veía feliz después del divorcio, o quizás feliz ahora que se libraba de los niños por unas largas horas y podría reunirse en breve con el otro, el hombre aquel que enlazaba su cintura la tarde en la que les vio saliendo juntos de un cine de la Gran Vía.

Cuando recordaba aquello se le paraba el corazón en el pecho.

-Un beso mi vida, dame otro, Roberto. Portaos bien y hasta mañana.

Los niños entraron en la casa, Roberto corrió a sentarse en el sofá para continuar con su tebeo y la niña dio un par de vueltas en el recibidor mientras se desprendía de su abrigo, mirando alternativamente a su padre y a su madre, sin dejar de sonreír, maliciosa.

-No me hace falta nada por ahora- ella bajó la cabeza y se metió las manos en los bolsillos, siempre se metía las manos en los bolsillos, aunque no hiciera frío- Pasadlo bien, mañana a las diez estoy de vuelta.

Tomás se esforzó en pensar en algo que pudiera retenerla, el día anterior había elaborado una lista de preguntas en su cabeza, preguntas de los años pasados, de los fantasmas lejanos, tantas cosas quería preguntarle y nunca le había preguntado nada, siempre había optado por el silencio. Pero estaba claro que ella quería marcharse.

"Sí, vete con él, rápido", quiso decirle.

En lugar de ello cerró la puerta suavemente, luego aplicó el ojo a la mirilla y la contempló esperando al ascensor, el pelo suelto sobre la espalda. Allí, en el rellano de la escalera, libre de su papel de madre, volvía a caer sobre sus hombros aquella luz que la iluminaba cuando Tomás la conoció en casa de Ignacio, hacía más de quince años.

-¿Quién es esa chica?

- Es nueva en la empresa, ha empezado a trabajar hace unas dos semanas.

Cuanto más la miraba más convencido estaba de que a ella poco le importaba estar allí o en otra parte. Se propuso descubrir en qué lugar se encontraba y eso fue lo que le decidió a invitarla a salir más tarde.

Quince años y dos hijos después y todavía no había averiguado en qué lugar se escondía la mujer que amaba y que, quizás por eso mismo, había acabado abandonándole, aunque ¿quién podía saberlo?

-¿Ha venido papá Noel a tu casa?- la niña sonreía traviesamente detrás de él, las manos a la espalda.

- Sí, claro, pero como llegó anoche, y estaba oscuro, y tampoco conocía la casa ha ido dejando regalos por todos lados, pobre papá Noel… ¡venga, vamos a buscarlos!

Tomás enfiló por el pasillo oyendo los gritos de entusiasmo de sus hijos, se imaginó que ella ya habría llegado al portal y que ahora se miraría en el espejo de la entrada, se repasaría los labios, saldría a la calle, sintiéndose libre, y la nariz se le pondría roja por el frío, caminaría cada vez más deprisa, perdiéndose entre la gente, las manos en los bolsillos.

-¡Aquí papa! ¡Aquí!- la niña abría, chillando, las puertas de todos los armarios.




Las nubes se tiñeron de negro y Tomás encendió las luces del salón. Sobre el sofá y las mesas había restos de papel de regalo, y esas cintas de tirabuzón que su hija recolectaba para su "colección de lazos". El niño leía concentradamente sus nuevos tebeos. Pasaba el tiempo leyendo, sin prestar atención a nada ni a nadie, a pesar de que Tomás sospechaba que en su cabeza sus pensamientos bullían con la misma fuerza con la que lo hacían en la suya, obsesivamente, sin tregua. Miró a su hijo mientras bebía un sorbo de su taza de café, sin saber por qué intuía que el niño se perdía en fantasías de orfandad y fugas.

¿Y él? ¿En qué pensaba él, Tomás? En el amor, sin duda, en el amor que se había convertido en su obsesión y en su tortura por su inutilidad, por lo absurdo y doloroso que era haberlo perdido para vivir para siempre y desde entonces dentro de aquel vacío, dentro de aquellas Navidades interminables. Se incorporó y apuró su taza de café mientras inspeccionaba la estantería en la que se apretaban sus viejos discos, allí estaban Cat Stevens, Bruce Springsteen, Van Morrison, todas esas canciones que le habían hecho estremecerse cuando era un muchacho, ¡pero qué sabía él del amor en aquel entonces! Y, sin embargo, creía que lo conocía, escuchaba una de aquellas canciones y se empapaba de tristeza.

Pasó los dedos sobre los discos y se detuvo sobre uno que hacía tiempo habían escuchado los dos juntos, en sus primeras Navidades, cuando ella aún tenía interés por estar de verdad con él y no habían nacido los niños. Sabía que era una estupidez echar de menos una relación que se había podrido de manera irremediable por culpa de su silencio, por culpa del silencio de ella, de sus fugas, de sus falsos deseos de volar, o de querer estar con él sin estarlo. Cerró los ojos, intentando calmarse, y cuando los abrió descubrió la mirada de su hijo espiándole por encima del tebeo.

Se preguntó si él lo sabría, era tan pequeño todavía, aunque se dijo que los niños están más cerca de la verdad que nadie.

Sin proponérselo se aclaró la garganta fingiendo un tono jovial.

-¡Roberto, Cristina!

Roberto apartó el comic y la niña le miró sentada en la otra punta de la mesa, sin dejar de colorear con su nuevo juego de ceras.

-¿Qué?- Roberto esperaba, algo en el tono de su padre había conseguido captar su atención.

- Tengo una pregunta que haceros…

La niña se encogió de hombros, divertida, sólo su hijo pareció tomárselo en serio.

-Vale, pregunta.

-¿Podéis decir a papa qué es el amor?

Cristina abrió la boca y alzó los hombros. Roberto se enderezó en el sofá, y miró a su padre, confuso.

-Es una pregunta muy difícil de responder, lo sé…- Tomás rozó el disco con la yema de los dedos y volvió la cabeza hacia la ventana oscura, tras ella la ciudad se adivinaba con sus luces de Navidad encendidas - Sólo quiero que me digáis qué es el amor, porque a papá se le ha olvidado…

- ¿Se te ha olvidado?- preguntó Roberto con la voz enronquecida.

- Creo que sí…

- En el colegio no nos lo han enseñado- repuso Cristina frunciendo los labios.

- No importa. Tiene que ser algo que vosotros penséis y que nadie os haya dicho lo que es.

La niña mordisqueó la punta de un lápiz.

- No lo sé…- declaró al cabo de unos segundos para continuar alegremente con su labor de coloreado.

- No pasa nada, casi nadie lo sabe.

- ¡No! ¡Yo sí que lo sé!

Tomas miró a su hijo, este apretaba el tebeo entre las manos, nervioso, como si intuyera que con su respuesta podría conquistarle para siempre.

- Estoy pensando…- murmuró con tono sufriente.

- Piensa, piensa, tienes todo el tiempo del mundo

-¡Ya está!

Su rostro pareció iluminarse al exclamar.

- El amor es querer mucho a alguien.

A Tomas se le humedecieron los ojos.

domingo, febrero 14, 2010

Una ocasión única


Inauguro con "Una ocasión única" una serie de cuentos de fantasmas inspirados en las más diversas experiencias. La mayoría fueron inventados durante mi estancia en Irlanda, lo que no significa que esten ambientados necesariamente allí. Advertencia : Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Espero que os den que pensar... y miedo.

Era una ocasión única en la vida por varias razones; en primer lugar porque estaban de vacaciones y la última vez que aquello había sucedido fue cuando estuvieron con el niño en las Canarias, al niño le picó una medusa y Mónica recordaba que, cuando subieron al coche en busca de un centro de salud y Gerardo conducía a toda velocidad, ella miraba al mar embravecido pegada a la ventanilla, hipnotizada por las olas que veía por primera vez a sus veintiún años, sin percatarse de que el niño se estaba hinchando como un pez globo entre sus brazos.

Muchos años después de aquel viaje, Mónica y Gerardo habían aterrizado en Sicilia para celebrar sus cuarenta años de casados. Había sido un regalo de su único hijo, cansado de escuchar a su madre expresar todos los años el deseo de conocer, antes de morir, la mítica isla.

Mónica rozaba los setenta y había sido una mujer bella de pelo oscuro y carnes morenas, que ahora tenía algunas dificultades para caminar. Sorprendentemente, la experiencia de aterrizar en Sicilia había resultado ser absolutamente rejuvenecedora para ella, pues sentía que no estaba en absoluto en un lugar desconocido sino todo lo contrario; al descender del avión había tenido la vívida sensación de haber estado allí antes, en un tiempo tan lejano que ni siquiera entonces conocía a Gerardo, lo cual era completamente imposible ya que, la primera vez que vio al que hoy era su marido, ella era una niña.

Aquella familiaridad la había puesto de tan buen humor que había vuelto canturreando del baño, la primera noche que pasaron en el hotel de Palermo y se metió en la cama alegremente, junto a Gerardo, quien leía una guía turística tapado hasta arriba con las sábanas.
‘Qué contenta estás....’ a Gerardo siempre le molestaba un poco que ella estuviera contenta.
‘No puedo creer que esta sea la primera vez que estoy fuera de España…’
‘No, acuérdate de Canarias’, puntualizó agriamente Gerardo.
‘Pero si Canarias es una isla de España…’
‘Canarias es más África que otra cosa, ignorante, que eres una ignorante…’, siseó él entre dientes.
Mónica sabía por experiencia que no valía la pena discutir. Gerardo estaba cada vez más insoportable con los años y no serviría de nada darle vueltas al asunto de las Canarias y España así que, tras santiguarse, se envolvió, feliz, en las fragantes sábanas, sintiéndose como una niña que se mete en la cama después de volver tarde a casa.

Durante los días siguientes, para mayor placer de Mónica y fastidio de Gerardo, pasearon incansablemente cogidos del brazo por las calles de Palermo. Gerardo no dejó de maldecir el tráfico en todo momento, ni de protestar vivamente cuando su mujer, llevada por el deseo inapelable de torcer por una calle en la que sentía que había algo que merecía la pena ver, le suplicaba que se desviaran del camino trazado en la guía turística.

‘¡Por aquí, por aquí, hay un lugar precioso que tenemos que visitar!’, exclamaba llena de entusiasmo.

‘Tú que sabrás, tú que sabrás...’, se resistía Gerardo, ‘Si nunca antes has estado aquí, mujer ignorante ’

Por lo que finalmente y, a pesar de tener el convencimiento de que conocía las calles mejor que aquella estupida guía, Mónica se dejó arrastrar por su marido quien, en un vano intento por recuperar su masculinidad perdida, necesitaba ser el único conocedor de todas las iglesias y monumentos que merecía la pena ver en la ciudad.

A Gerardo le habían diagnosticado un cáncer unos meses antes de hacer aquel viaje y, entre otras reacciones, había intensificado sus ataques de ira contra Mónica, además de comenzado a fingir con demasiada frecuencia una actitud desorientada y sufriente, como la de permanecer perplejo ante un cuadro de la Virgen o mirar al frente sin ver a nada ni a nadie, con los ojos anegados por las lágrimas.

Pero Mónica le conocía demasiado bien como para dejarse influir por aquellas poses de desamparo. Se habían conocido en una playa del mediterráneo español, cuando ella era una niña morena de largas trenzas y él un niño un poco más mayor, que jugaba a la pelota. Con los años Mónica había aprendido a no tomarle demasiado en serio y, quizás por eso mismo, desde lo del cáncer, se preguntaba qué sentido tenía permanecer junto a alguien hasta su muerte, alguien como Gerardo, que no era ni su padre ni su madre, sino tan sólo un niño con el que había tropezado una mañana de verano en la playa.

Ahora él estaba concentrado en leer la guía turística, la mano jugando con un palillo sobre el mantel a cuadros blancos y rojos de la mesa del restaurante y Mónica le miraba con atención, con las dos manos apoyadas en la barbilla, pensando en aquel hombre que la había tratado siempre con una paternal condescendencia, que había asegurado amarla para luego despreciarla, dejarla en casa días, años, décadas, ocupada en remendar cortinas y fregar las tazas del desayuno. Pero, al mismo tiempo, sabiendo que a él debía su salvación, pues él la había recogido de una infancia desgraciada, como quien recoge un guijarro que brilla bajo la espuma del mar, y la había hecho madre, y le había dado un hogar, cuatro paredes donde poder embriagarse con el vapor de la plancha y pasar las tardes de Domingo sin sentir todo el vacío del mundo sobre sus hombros porque ella, Mónica, tenía una familia y de eso era de lo que al fin y al cabo se trataba todo, de tener una familia, de no estar sola cuando llegara la muerte.

¿Y ahora? ¿Iba ella a dejarle a él sólo?

Gerardo le mostró la guía, abriéndola sobre la mesa para que Mónica pudiera ver las fotografías.

‘Podríamos ir aquí después de comer’

Mónica contempló las fotos de las momias de la cripta de los Capuchinos; hombres, mujeres y niños vestidos como fantoches. La mayoría conservaba sus carnes acartonadas prendidas a los huesos pero todos habían perdido cualquier turgencia que recordara a la vida. Los había que aún conservaban el pelo, o las manos reposando sobre el regazo, y en algunos se podía apreciar una expresión angelical o grotesca, terriblemente viva para su condición de muerto.
Mónica sintió un escalofrío y dejó caer la guía sobre el mantel.
‘Yo allí no voy ni loca’
‘Venga, mujer, es algo que tenemos que ver, es la única vez que vamos a estar en Sicilia… no me digas que te da miedo… ¡si están todos muertos!’
‘Pues por eso mismo. Ya sabes el miedo que me dan esas cosas’
‘Qué poco espíritu tienes…’
Mónica miró a Gerardo con incredulidad, no podía creer que estuviera hablando en serio. No, después de su diagnostico y, sobre todo, sabiendo el pánico que a ella le daba toda parafernalia que tuviera que ver con muertos.

Tomaron café y salieron a pasear bajo la lluvia que había comenzado a caer, cálida, sobre Palermo. Mónica se colgó del brazo de Gerardo y se dejaba llevar, adormilada por el sopor de la digestión, fantaseando con la idea de deambular por las calles de su infancia. Al mismo tiempo, se daba cuenta de que Gerardo se dirigía a algún sitio en concreto porque de tanto en tanto tenían que detenerse para que él pudiera consultar la guía, pero dio por sentado que no irían a las catacumbas.

Por eso se llevó un disgusto enorme cuando descubrió que aquel monje de hábito marrón que les sonreía en la puerta les estaba dando la bienvenida a la cripta de los cadáveres incorruptos.
‘Pero vamos a ver… si ya estamos aquí, ¿qué más te da bajar a echar un vistazo?, argumentó Gerardo ante sus protestas, articulando las palabras muy despacio, como si ella fuera tonta y no pudiera comprenderle.

Mónica consideró todas las opciones, entre las que se encontraba la de quedarse esperándole fuera, en compañía de aquel monje que no le quitaba el ojo de encima, y finalmente decidió que casi le daba más miedo el monje que bajar con Gerardo, así que acabó entrando en la cripta agarrada al brazo de su marido y con el estómago encogido por el miedo. Nada más poner el pie allí le invadió una extraña melancolía. Los numerosos visitantes deambulaban por los pasillos haciendo comentarios jocosos sobre los cadáveres e, incluso Gerardo, haciendo de tripas corazón, se reía de los uniformes y del espantoso aspecto de alguno de los momificados. Mónica sentía que el miedo se desvanecía dando paso a una mezcla de tristeza y ternura. Todos aquellos niños muertos prematuramente, ricamente vestidos para la eternidad por las manos cariñosas de sus madres, todos aquellas mujeres veneradas por sus maridos viudos, que las amaron lo suficiente como para desear que su carne nunca desapareciera del todo. Era conmovedor. A medida que se adentraba por los pasillos abovedados de la cripta Mónica se daba cuenta de que no eran simples espantajos colgados de la pared y que, si estaban allí y la gente podía contemplarles, era porque habían tenido padres, hermanos, hijos, familiares preocupados porque la vida engañara un poco a la muerte, aunque fuera de aquella torpe manera.

Mónica miraba ahora a las momias sin temor alguno y se preguntaba qué habría sido de las madres de los hombres muertos en el combate, o de las hermanas de las mujeres momificadas, o de las hijas de aquellas madres muertas, quiénes se habrían ocupado de ellas cuando ellas también murieron. ¿Hubo otras manos que las amortajaron o, sin embargo, no pudieron más que perecer en la más espantosa de las soledades ?

Entonces sintió frío y se detuvo para extraer una chaqueta de su bolso, momento que aprovechó Gerardo para desasirse de su brazo y caminar hacia el final del corredor pues quería examinar algo de cerca, le dijo, y que ahora volvía.

Fue en ese instante cuando sintió que dos ojos se posaban con fiereza en su cuello. La sensación era tan insoportable que no pudo evitar darse lentamente la vuelta, con una mano posada sobre su nuca, de donde procedía el dolor. Mónica se encontró frente a frente con una momia que, tumbada cuan larga era y vestida con un camisón de raídos bordados, le tendía la descarnada mano desde su puesto en la galería. Algunos cabellos escapaban de su cofia y sus cuencas vacías se clavaban con furia en Mónica, quien casi podía oírla gritar a través del tiempo, llamarla a ella, a ella, a nadie más que a ella.
¡Ay!, exclamó.
Gerardo la oyó gritar y regresó apresuradamente para encontrarse a su mujer mirando de hito en hito a la momia en el pasillo, con expresión de estupefacto terror.
‘Tengo sangre en el cuello’ dijo frotándoselo y levantando hacia él unos ojos tristísimos.
Gerardo le ofreció de nuevo el brazo intentando quitarle importancia.
‘Te habrá picado un mosquito, no te preocupes’
Mónica todavía sentía los ojos de la momia clavados en su cuello como un punzón.
‘Sácame de aquí, por favor’, susurró.
Ambos se dirigieron hacia las escaleras sin decir palabra. Gerardo, sintiéndose ligeramente culpable por haber llevado a aquel lugar a su mujer, la ayudó a subir pacientemente los escalones. Cuando llegaron arriba el monje de la puerta vio la cara demudada de Mónica y, con gesto alarmado, dio un paso a su encuentro.
Signora…’, y parecía estar sumido en el mayor de los desconciertos.
Pero aquello fue lo máximo que Mónica pudo soportar, se soltó del brazo de Gerardo y escapó como pudo, presa de un profundo terror. Le zumbaban los oídos y sintió un mareo que la obligó a sentarse en el bordillo de la acera. Lo hizo muy lentamente, tanteando el suelo, luchando por recuperar la respiración. Gerardo se aproximó y la contempló con preocupación, los brazos pegados al cuerpo.
‘Si llego a saber que te ibas a poner así no entramos… menudo numerito estás dando… ¿qué hago? ¿Llamo a una ambulancia?’
Mónica se apretaba con ambas manos la nuca, sabía que la vida se le iba, lo sabía, de hecho, se le había ido ya, se le había ido junto con el miedo, y ahora estaba bien. Miró a Gerardo con los ojos húmedos y le vio tal y como era, su marido, el niño de la playa, el hombre que siempre había estado a su lado, que nunca la había fallado y al que ella, desagradecida, estaba pensando en abandonar.
‘Ya estoy mucho mejor. Ayúdame’
Al levantarse dirigió una mirada al monje, quien no había despegado los ojos de ella desde su puesto en la puerta de la cripta.

A las dos de la mañana Mónica se revolvía en la cama empapada en sudor. Se había levantado varias veces para beber agua del grifo y examinar cuidadosamente su rostro en el espejo del baño, sus ojos almendrados y oscuros como el carbón, la nariz roma, las mejillas arrugadas como el pergamino y los labios, los labios que en su día fueron jugosos ahora finos como una ramita seca. Se acarició la cara lentamente sin dejar de pensar con ternura infinita en la momia de la cripta, en lo que ella había sido antes de transformarse en aquel despojo embutido en el amarillento camisón.
Después, zambulló el rostro debajo del chorro de agua fría y se palpó la nuca, hinchada y dolorida a causa de la picadura.
‘Tómate un antihistamínico’, le había aconsejado Gerardo antes de darle la espalda y ponerse a roncar a pierna suelta.
‘Un antihistamínico’, murmuró ella abriendo con manos temblorosas el neceser de su esposo, ‘dónde tendrá este hombre un antihistamínico...’
Mónica acarició las cuchillas de afeitar de su Gerardo, sus tijeritas para las uñas y la cajita del hilo dental. Después, dándose cuenta de la inutilidad de todo ello, dejó caer el neceser al suelo y se cubrió el rostro con las manos. Durante unos minutos no hizo nada más que agitarse y llorar, llorar por su hijo, por su marido y por ella, dando, al mismo tiempo, las gracias por haber vuelto a Sicilia, el lugar en el que durante tantos años, ella la había estado esperando.

Era una ocasión única en la vida, Mónica lo sabía y no podía dejarla escapar.

Comenzó a vestirse apresuradamente y, con lágrimas en los ojos, antes de salir de la habitación, posó los resecos labios sobre la frente de Gerardo, quien roncaba plácidamente con la boca abierta y la mano posada sobre el pecho.

‘Hasta pronto, amor mío’.

La transformación fue rápida y en modo alguna dolorosa. Su carne morena se contrajo, los oscuros cabellos se quedaron pegados al cráneo, sus pequeños senos, las manos, sus tobillos, todos ellos adquirieron la fragilidad del cristal. Los huesecillos se replegaron como si ya no pudieran vivir por más tiempo unos lejos de otros, los labios se secaron y sus ojos perdieron su brillo de carbón. Pero al fin pudo volver con los suyos, con los que nunca habían dejado de amarla a través del tiempo y su cuerpo, ahora del color de la cera, ocupó un espacio en la cripta, junto a la mujer del camisón amarillo que en ningún momento dejo de susurrarle dulce palabras al oído, decirle cuánto la había echado de menos y cómo celebraba su regreso a la cripta, donde podría volver a ser brizna de hierba, aire, gota de sal, donde podría ser por fin lo que quisiera, libre, libre por los siglos de los siglos, para toda la eternidad.

Sólo el monje que velaba la cripta de las momias supo de la llegada de un nuevo cuerpo. Fue él quien la amortajó amorosamente, con sus propias manos.

miércoles, enero 27, 2010

Sus Labores



Entrega V y final


(diatriba feminista y lágrimas)




Voy Bravo Murillo arriba y me cruzo con ancianas, ancianas de pelo pulcramente teñido y corto que llevan bolsas de la compra, salen del Mercado, algunas van muy cargadas y yo me pregunto ¿por qué han de ir las ancianas de España siempre tan cargadas?, con tres o cuatro bolsas de plástico lacerando sus manos, o tirando lentamente de un pesado carrito de lona a cuadros.
Dudo mucho que les espere en casa una turba de críos, como mucho tendrán a un marido postrado por la artritis o a algún nieto sobrealimentado. La única explicación que hallo es que, después de tantos años trabajando como burras de carga ya no sepan hacer otra cosa más que eso; trabajar como burras de carga. Seguro que cuando llegan a sus casas lo primero que hacen es remangarse y ponerse a preparar albóndigas, o a fregar el suelo de rodillas, o a lavar cortinas y remendarlas. Mientras lo hacen, oyen las voces fantasmales de sus hijos jugando por la casa, sus insistentes preguntas “¿Cuándo comemos mamá?” o “¡Mamá, Juan me ha dado una patada!” y sonríen recordando el tiempo en el que, una vez, fueron madres. Cuando vuelven a la realidad, se enjugan una lágrima que les deja en la mejilla un rastro de harina, o de amoníaco.
Pensar en todo esto no es nada divertido, lo sé, pero no puedo evitarlo, es como si se hubiera abierto de repente la espita del resentimiento. Camino con renovada energía y tomo la acera de la derecha que me llevará a la calle Sausau. La vida es una puta mierda para las ancianas de España, continúo, pero también para las cincuentonas como yo. Recuerdo que en mi carnet de identidad estaba escrito, junto a la palabra profesión, “sus labores”. “Sus labores”, como si fuéramos un jodido animal. Por culpa de aquella mierda de “sus labores” me dediqué veinte años a estar casada, lo que me ha llevado a mi actual situación: parada sin derecho a ninguna pensión porque no coticé durante el matrimonio y ningún juez pensó que no podría encontrar un trabajo después de divorciarme de Paco, como si se pudiera encontrar un trabajo tan fácilmente con cincuenta años. Y así estoy ahora, viviendo de la pensión de viudedad de mi madre- gracias papá por morirte - pero cuando mi madre desaparezca no sé qué es lo que voy a hacer.
Comienzo a sudar y entro por la calle Sausau, todos estos pensamientos han acabado con mis escrúpulos finales ante la idea de contribuir a enviar a la joven ejecutiva al paro. No se va a acabar la humanidad porque una niña de papá se vaya a quedar una temporada sin cobrar, me consuelo.
He llegado al portal y presiono el timbre donde pone “Detectives Lamar”.
-Alea jacta est.- digo.
-¿Cómo?
Se me olvidó que el jefe de los detectives carecía de sentido del humor.
-Soy Carmen Dimas, abra, traigo la información.
El jefe de los detectives me abre la puerta con el purito colgándole de la comisura de los labios, y me mira unos segundos con ojos adormilados. Después, se adentra por el pasillo hacia su caótico despacho.
- ¿Y bien?
Respiro hondo antes de contestar.
- No está embarazada.
Aquello no parece sorprenderle. Golpea el purito contra el borde de la mesa.
-Lo sabía, la muy perra hizo correr el rumor para que no le pasara nada…
Considero cuidadosamente la expresión “la muy perra”, no me parece muy profesional, la verdad.
El esta ahora rebuscando en un cajón con aspecto de cansada resignación. Finalmente me tiende un billete de cincuenta euros que yo acepto sin rechistar.
- ¿No me va a preguntar cómo he conseguido averiguarlo? ¿No quiere pruebas?
El jefe de los detectives suelta un bufido.
-No necesito pruebas, sé perfectamente que dice la verdad. Además, si quiere seguir con nosotros no le conviene mentir.
Y suelta una horrible carcajada que termina en golpe de tos.
-¿Puedo preguntarle algo?- pregunto, introduciendo el billete cuidadosamente doblado en el bolsillo trasero de mi pantalón.
- Adelante
- ¿Cuánta gente trabaja en la agencia de detectives Lamar?
El jefe de los detectives alza las cejas con sorpresa.
- Obviamente eso no es de su incumbencia,
De repente me doy cuenta de lo terrible que es todo y siento ganas de llorar. Pero supongo que he perdido la costumbre, porque no me sale ni una sola lágrima.
El detective chupa su purito mientras mira por la ventana, después se vuelve y lo blande frente a mí.
-Escuche Carmen Dimas, los dos estamos en la misma situación. Yo no me meto en su vida, y usted no se mete en la mía. Es verdad que esto no se parece a nuestros sueños de juventud. Yo quería ser detective y usted… bueno, no sé lo que quería ser usted. Siento tener que hablarle así, siento tener que pagarle sólo cincuenta euros, pero ha de saber que detrás de nosotros hay mucha gente empujando y si queremos sobrevivir no podemos dejarnos aplastar. Nada habrá tenido sentido si lo hacemos, y es eso lo que queremos ¿verdad? Que todo tenga un sentido ¿no es así?
Al jefe de los detectives se le han puesto los ojos brillantes, se pasa la mano varias veces por el escaso pelo que le cubre el cráneo con desesperación.
- ¡Hay que resistir!- gime.
Yo asiento, creo que tiene razón. No somos trastos viejos que se puedan esconder en un armario, tenemos un pasado, no estamos muertos. No somos como esos dos paraguas negros que descubro junto a la puerta, exangües en el suelo, como cuervos partidos por un rayo.
El jefe de los detectives me acompaña hasta el recibidor y me da la mano por primera vez desde que nos conocemos.
- Alegre esa cara mujer.
Yo me esfuerzo por sonreír.
-La llamaré.
Y entonces sé que es verdad, que me va a volver a llamar. Hacemos un equipo formidable.
Voy hacia el coche caminando Bravo Murillo abajo, mamá me espera en casa, me la imagino sentada en el sofá, mano sobre mano, mirando los geranios del balcón con una sonrisa en los labios, esperando a su hija para cenar.
Por fin, se me humedecen los ojos. Y lloro.

domingo, septiembre 06, 2009

Anecdotario cotidiano


2. El Delfín de Guardamar


De este hecho fui testigo en un lugar de España donde no se espera ser testigo de nada, sino todo lo contrario, un lugar de España al que la gente acude desde hace décadas precisamente por su previsibilidad : Playa, familias abrasándose al sol, camareros portando paelleras quemadas, bocas llenas, vientres celulíticos, niños llorones, colillas en la arena.

Estar allí el ultimo día del verano, de mi verano, 31 de Agosto del 2009. Estar allí sentada en una hamaca en el porche viejo, atravesado por corrientes de aire, donde los ojos iban de los versos exquisitos de Cernuda ( el más grande poeta español del siglo XX) a los rostros abotargados de la gente, atontados por tanto sol y tanto vacío ( o debería decir por tanto vino ingerido por las generaciones pasadas)

Tus ojos son de donde

la nieve no ha manchado

la luz, y entre las palmas

el aire invisible es de claro.


Tu deseo es de donde

a los cuerpos se alía

lo animal con la gracia

secreta

de mirada y sonrisa.


Tu existir es de donde

percibe el pensamiento,

por la arena de mares

amigos,

la eternidad en tiempo.


El caso es que leía poesía (o fingía que leía) mientras las mujeres del porche vecino, cual urracas en torno a una tetera de plata, hablaban del hijo y sobrinito de una de ellas (Fernandito) quien hasta hace poco se entretenía construyendo un castillo en la arena y que ahora lloraba con hipos y ahogos entre las mujeres, agarrándose al muslo de su madre.

Lo que había ocurrido es que la criatura, embebida durante horas en levantar un castillo de arena junto a las olas, no había reconocido a su tía, quien se había acercado a la orilla para pedirle que dejara de jugar y fuera a casa a por la merienda. La señora, una mujer alta, con voz de fumadora empedernida, había llamado al niño suavemente al principio y después, a gritos.

- ¡Fernandito, Fernandito!

Pero el chaval, quien había despegado, asombrado, los ojos de la arena, para posarlos sobre la mujer que le llamaba con gestos de la mano y que, incluso, sujetándole de un brazo, se había atrevido a levantarle, arrastrándole lejos de su castillo, incapaz de entender qué era lo que le estaba sucediendo, había lanzado tal estremecedor berrido que todas las madres de la playa, incluso las menos culpables, habían pensado que alguien estaba intentando llevarse por fin a uno de sus hijos.

La legítima madre de Fernandito había acudido corriendo a consolar a su hijo, quien había roto a llorar desconsoladamente, arrodillado en la arena con su atribulada tía aun sosteniéndole del brazo, sin entender nada.

Y ahora se lo aclaraban las unas a las otras en la terraza contigua, que qué le había pasado al niño, y entre todas habían llegado a la conclusión de que el pobre había sufrido un brote de amnesia, un brutal bloqueo, y lo atribuían al sol y al carácter naturalmente despistado del chiquillo.

-Pero si es la tita Margarita, la tita, ¿no ves?

El niño aun lloraba, mirando con recelo a su tía, y la mujer sonreía nerviosa y se inclinaba para darle un beso en el moflete.

En mitad de la fascinación que la amnesia del niño me había provocado y, cuando ya había olvidado completamente al más grande poeta del siglo XX y me disponía, yo también, a prepararme algo de merienda, otro hecho aun más fascinante vino a suceder en primera línea de playa, justo enfrente de mi porche de las mil corrientes de aire.

- ¡Tiburooooooooooooooooon!

- ¡Ay, madre mía, un tiburón!

Y, efectivamente, asomando entre la cresta de espuma emergía una aleta brillante y un pez enorme se transparentaba, subiendo y bajando, nadando entre los bañistas, que corrían despavoridos, las manos en alto, las bocas desencajadas, para alcanzar la orilla.

- ¡Llamad a la Guardia Civil!

Me puse en pie de un salto y Cernuda cayo al suelo con un chasquido, la playa entera era ahora el centro del mundo y no nos hubiéramos movido de allí ni aunque nos hubieran bombardeado. Por fin pasaba algo y ese algo no era que Fernandito lloraba porque no reconocía a sus familiares más cercanos sino porque un tiburón nadaba entre nosotros, un escualo peligroso, hambriento de carne humana.

Dos jóvenes morenos y sinuosos como dos anguilas avanzaron entre las olas sin ningún miedo, se veía que estaban entrenados virtualmente con la ayuda inestimable de los “joystick” de su infancia para enfrentarse a cualquier tiburón que se les cruzara en el camino. Por otro lado el animal estaba tan cerca de la orilla que había quedado encallado en la arena y ahora apenas se movía, tan sólo cuando una ola le pasaba por encima, pero sin hacer ningún esfuerzo para volver a las profundidades.

Pronto todos pudimos ver que no era un tiburón, sino un delfín. El gentío era tan denso que hubo un momento en que ya no pude ver nada. Fernandito salió disparado con el bocadillo de la merienda en su mano y su presunta tía corriendo detrás de el, gritándole que se le iba a llevar algún desconocido.

Los agentes de la Guardia Civil llegaron con el silbato en los labios. La gente se separó de mala gana dejando ver al delfín varado en la línea que separa el mar de la arena, moviendo apenas la cola, moribundo, el agujero de su lomo abierto, solo, inmensamente solo entre tanta de gente. Uno de los guardias se metió con calcetines y zapatos en el agua para tocarle, brevemente, el lomo. (No sé por que hizo ese gesto).

Ni Cernuda hubiera podido describir la pena que me produjo ver al delfín allí. Inmediatamente me acorde de ET, el extraterrestre, y el primer genuino nudo de dolor que se formó en mi garganta de niña cuando le vi atrapado por todos aquellos cables que le pusieron los científicos, su corazón transparentándose, latiendo débilmente, a punto de morir.

Transcurrieron las horas y hordas de curiosos iban y venían para ver al moribundo delfín, muchos decepcionados pues esperaban ver en su lugar a un tiburón, los padres levantaban a los niños sobre los hombros.

- No tiene colmillos- observó Fernandito volviendo al porche donde se sentó a devorar tranquilamente su bocadillo, olvidando que había estado, hacia pocos minutos, a punto de ser raptado por una desconocida.

Más tarde, cuatro bronceados voluntarios de la Cruz Roja atracaron en la arena, bajaron del jeep y caminaron hacia el delfín con su mejor estilo de “Vigilantes de la Playa”. Ellas llevaban falditas cortas que dejaban ver sus piernas morenas y ellos se cubrían con enormes gafas de sol. Como un solo hombre y, bajo la atenta mirada de los mirones que esperaban que hicieran algo heroico, se aproximaron al delfín y lo sujetaron con una firmeza innecesaria pues el animal ni se movía, y una de las muchachas de faldita le acarició el morro con arrebatada ternura.

Pero a medida que iba cayendo el sol los vigilantes de la playa fueron perdiendo su inicial porte heroico, las chicas dejaron de susurrar dulces palabras al animal y se alejaron de la orilla, la gente se iba de la playa, cargando con las sombrillas y las neveras, la cena aguardaba, la ducha y la cena frente a la televisión. Se alejaban y al pasar frente al porche oía, con un tono cansado, ¿qué van a hacer con él? preguntas sin respuesta que dejaron en la playa un extraño silencio, como si “algo” se quejara de que después de tanto alboroto y emoción todos se fueran, así, sin más, como si nada.

Tuve tiempo de darme una ducha y salir para ver al delfín, con los vigilantes de la playa a su lado, aun allí, solo, hasta Fernandito había desaparecido, me senté y devolví a Cernuda a mi regazo, una estrella se encendió en el cielo, una única y solitaria estrella y me dije, como se dicen las cosas que parecen sagradas e importantes, como cuando se lee poesía en silencio en medio del bullicio, me dije que no me olvidaría de ese delfín que vino a morir a la orilla de la playa el ultimo día del verano, 31 de Agosto 2009, me dije que si el había venido a morir allí habría sido por algo, por no morir solo, por ver nuestras caras de idiotas, para que aquel Guardia Civil le tocase en el lomo, no sé, por algo.

Sus propias razones tendría, razones que a mi se me escapan, como todas esas situaciones cotidianas con las que me encuentro cada día y tienen, lo sé, un significado oculto.
Yo no puedo hacer nada, ¿qué coño sé yo de estas cosas?
Y al final se lo llevaron, lo remolcó un barco con ayuda de una banda de goma, su silueta se recortó en el cielo cuando lo levantaban para subirlo al barco.
Le mandé un beso (sí, y qué)
Le mandé un beso y le añadí a mi anecdotario cotidiano.


miércoles, agosto 19, 2009

De revista


Por aquel entonces tenía dinero. Bueno, mis padres tenían dinero, no yo. Pero no importaba, tenía tanto dinero que me permitía el lujo de no pagar en los restaurantes.

Jugábamos a algo muy divertido: Iba con mis amigas a los restaurantes más caros de Madrid, vestíamos muy extravagantes y fingíamos que éramos críticas gastronómicas extranjeras. Hablábamos en ingles exagerando el acento, mirábamos las copas levantándolas al trasluz, íbamos al cuarto de baño y volvíamos pasando el dedo sobre las mesas y, al sentarnos, apuntábamos con cara de asco en nuestras libretas.

Cuando los camareros comenzaban a sospechar algo hablaban con el maître y el maître venía a nuestra mesa y nos adulaba en un inglés muy malo, eso si podía hablar inglés, y se volvía loco por servirnos como a reinas.

En aquella época en Madrid yo y mis amigas podíamos pasar por cualquier cosa.

Nos moríamos de la risa…

Iba a discotecas y a fiestas privadas cuando todavía no tenía los dieciocho. Casi siempre con Alejandrito Solana y sus amigos. Alejandrito me pasaba el brazo por los hombros y decía ‘es la hija de Lolo Vidal’, y así me colaba. Allí fue donde empecé a meterme en problemas.

¿Mis padres? Mis padres no querían saber nada, se tragaban que me había quedado a dormir en casa de alguna amiga con demasiada facilidad.

Mi vida, lo siento, mi vida era terrible para alguien como yo, ¿qué podía hacer mas que malgastar el tiempo y el dinero? Creía que me gustaba la gente, pero al final acabé mandando a todos a la mierda…

Sí, claro que puedes poner eso.

Me escapaba de casa y pasaba las noches en hoteles, como si fuera una estrella del rock.

Estar sola en una habitación de algún hotel desconocido, ah, qué sensación. Las mejores eran las habitaciones con cortinas blancas cayendo hasta el suelo enmoquetado. Podía quedarme allí horas, encerrada, sin hacer nada, con los brazos extendidos, tumbada en la cama.

Era divertido.

Todas las prostitutas de la calle Montera eran mis amigas. Las invitaba al cine o a cenar, repartía propinas a diestro y siniestro.

Una vez quise comprarle un abrigo a una mendiga de la calle Preciados. Hacia un frío horrible. La vi temblando, de rodillas en la acera y, como me dio pena, me puse enfrente de ella y le dije ‘Vamos al Corte Ingles, que te compro un abrigo’.

Pero la mendiga no quería un chaquetón normal y corriente, ¡quería un abrigo de pieles! La tía se probó un abrigo de colas de zorro y se plantó delante de un espejo, dándose vueltas para mirarse, encantada de la vida. El abrigo ese costaba como doscientas mil pesetas y yo me quedé mirándola sin saber qué hacer, hasta que vino una dependienta y me preguntó que si la señora estaba conmigo. En el instante en el que decía que no con la cabeza se me puso un nudo en la garganta. La dependienta se acercó a decirle que no podía estar allí probándose ese abrigo, que ese no era un abrigo para probarse, y la mendiga se dio la vuelta para buscarme, con la expresión relajada de quien sabe tiene una aliada, pero yo ya huía cobardemente. La oí gritar a mis espaldas, me llamó desgraciada o puta, algo de eso.

Volví a pasar por la calle Preciados al día siguiente y allí estaba ella, de rodillas, enlutada. No me atreví a decirle nada.

No pongas esto, por favor.

No sé, a veces pienso que a pesar de todas las locuras que hice, siento que nadie me recuerda, como si nada hubiera tenido importancia… extraño, todo es muy extraño.

Espera, ahora me acuerdo de otra cosa... ¡lo había olvidado por completo!

Me pasó cuando estuve viviendo en un hotel cerca de la estación de trenes de Barcelona. Pasé allí un mes de Agosto para estar cerca de César Márquez, mi novio de entonces.

Estaba fatal, tomando pastillas para todo.

Es tan raro que me acuerde de eso ahora. Pero mira, no creo que me engañe si digo que esa experiencia me salvó la vida.

No podía ver a César muy a menudo, él estaba intentando reconciliarse con su mujer y lo único que hacía era llamarme cuando estaba borracho para hacerme llorar.
'No salgas del hotel hasta que yo te lo diga nena, aquí hay muchos fotógrafos, te lo pido por lo que más quieras', me decía.

Y yo no salía. Sabía que no había ningún fotógrafo, pero yo no salía.

Mataba el tiempo mirando por la ventana de mi habitación. Me pasaba horas de pie, fumando y mirando todo lo que pasaba en la calle, de noche y de día : los restaurantes iluminándose al atardecer, los camareros sirviendo en las terrazas de la estación, las parejas que paseaban de la mano, los taxistas, los rateros, los vendedores ambulantes…

Y me sentía tan mierda… ¿Cómo lo hará toda esa gente?, me preguntaba, parece que saben a donde van, parece que saben donde conseguir cosas, quieren ganar dinero, tener una familia, unas vacaciones, un reloj, una vida…

Pero yo, ¿qué era lo que quería yo?

Yo quería a César. Me decía: ‘O César o nada’

Bueno, que me enrollo, lo que iba a contarte es lo del niño.
Y esto no lo pongas tampoco, ¿vale?

El caso es que tuve que verlo la primera noche que pasé en el hotel, aunque no me acuerdo. Era un niño morenito, como indio. No tendría más de doce años. Un niño con cara de niño, chato, ojos muy negros, el pelo un poco rizado, así, sobre la frente. Un niño.

Por las noches, cuando iba hasta la ventana con el auricular pegado a la oreja, hablando o peleándome con César, el niño siempre estaba allí, de pie debajo de una farola, cerca de la puerta del restaurante italiano de la plaza

La gente salía y entraba de la estación como una marea. Cuando la estación escupía gente el niño desaparecía para luego resurgir de nuevo bajo la farola, sin hacer nada más que rascarse la cabeza de vez en cuando, los brazos pegados al cuerpo, a veces muy quieto, de pie durante horas.

Yo le miraba mientras hablaba por teléfono, le miraba como miraba a todos los que pasaban debajo de mi ventana, sin fijarme mucho, vamos.

Un día César me llamó muy tarde, no sé, serían las dos de la mañana. Estaba muy nervioso, drogado, qué sé yo. Empezó a culparme de todos sus problemas, a mí, que me estaba jodiendo la vida por su culpa.

Fui hasta la ventana tirando del auricular del teléfono. César chillaba como un energúmeno. Entonces vi a un camarero que salía del restaurante con un envoltorio de papel albal en la mano y el niño, que a esa hora todavía estaba en la calle, dio unos pasos hacia él levantando los brazos, cogió el paquete y se marchó, cruzando a toda prisa la plaza.

Yo seguí hablando con César, hablando o chillando, sin enterarme de nada.

Al día siguiente volví a la ventana con el teléfono y el niño estaba junto al restaurante como siempre, moviendo los labios, atándose los cordones de los zapatos.

Y, de repente, chás, una lucecita se encendió en mi cabeza.

Es como cuando oyes una canción, la oyes una y otra vez en todas partes y la canción no te dice nada, no te interesa. Pero un día, por casualidad, porque estás sola o aburrida, tumbada en la cama sin hacer nada, la radio suena y entonces la canción deja de ser el zumbido de mosca de siempre y escuchas la letra y piensas en ella, y descubres que te gusta mucho.

Bueno, no sé si fue así, pero en ese mismo instante me di cuenta de por qué estaba aquel niño siempre junto al restaurante: Esperaba un plato de comida, un plato de comida caliente que le traía el camarero cada noche.

Ten en cuenta lo mal que estaba yo por aquel entonces, tomando pastillas para todo, nada me importaba...

Pero cuando me di cuenta de lo del niño me entró una cosa por dentro… se me rompió el alma, me dio una pena increíble, te lo juro.

Fue como si yo ya no existiera, fue como si descubrir eso me hubiera hecho desaparecer.

Estaba con César al teléfono y fíjate, le colgué sin decirle nada, sin más, cling.

Es que era un niño, un niño pequeño, un niñito solo en medio de toda esa gente, de noche, todas esas personas pasando delante de él, y él solo, de pie durante horas, esperando su comida, sin que nadie le mirara, sin que nadie le viera, nadie.

Me dio un ataque de llanto como no me ha dado en mi puta vida. Me agarré a la cortina y estuve ahí, llorando de pie durante horas, ignorando a César que llamaba una y otra vez al teléfono.

Hasta que alguien llamó a la puerta y me pidió que me callara, que no podía dormir. Se me cortó la llorera de golpe y me puse inmediatamente a hacer la maleta, bajé a recepción, pagué mi cuenta y volví a Madrid esa misma noche.

Lo demás ya lo sabéis todos; rompí con César Márquez.

¡Es tan increíble que me haya acordado de aquel niño ahora!

El niño me iluminó, me dio fuerzas para salir de aquel hotel horrible en el que llevaba un mes encerrada.

No entiendo por qué, no es que yo crea en nada, ni en el destino, ni en ángeles, ni en chorradas de esas. Pero si pudiera saber donde está ese niño lo adoptaría…
(...)

Ahora, enséñame la foto que me has hecho. Ésa no, la segunda, cuando estaba hablando, quiero ver la cara que he puesto.

Sí, esa. Parezco otra ¡No me reconozco!

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