Emmaskarada

Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, abril 28, 2013

Craving for love




La salamanquesa entró en la habitación. Era extraño porque su hogar era la terraza que daba al mediodía. No se movía de allí, pegada al vidrio, recibiendo en su vientre frío la luz del sol. Pero aquella tarde la vio en la habitación, había rebasado el obstáculo de la puerta y ahora estaba quieta, como un dibujo sobre la alfombra. Marian la miró con la taza de café humeante en la mano. Durante todo el día había tenido miedo. Se había despertado con la certeza de que estaba enferma, de que un virus se extendía por su cuerpo sin remedio, de que el mal estaba dentro de ella. Luego, a la hora de la comida, él la había llamado por teléfono. Levantó el auricular sabiendo que eran malas noticias : No iba a ir a comer, tampoco iba a ir a cenar, tenía reunión con los socios y se quedaría hasta muy tarde. Quizá mañana, si no estaba muy cansado, podrían ir a aquel sitio que ella habia sugerido. Eso fue todo, no la deseó que pasara un buen día. Marian se tumbó en el sofá pensando en todos esos tratados del pasado que hablaban de los nervios en la mujer, sus rarezas, sus ataques de histeria. Ahora comprendía lo injusto de todo ello. Cualquier hombre solo, fuera de su país, en una casa que no era la suya, sin amor, también languidecería.  A las tres se preparó un café y decidió que saldría de casa,  que no dejaría que se la comieran las paredes. “Me acostaré con cualquiera menos contigo” Cuando vio a la salamanquesa pensó que aquello era una clara advertencia. La dejó que descansara sobre la alfombra y se metió en la ducha, donde se enjabonó a conciencia, después limpió el espejo de vaho y se miró a los ojos, enrojecidos, “aun estoy viva”.

Salió a la calle a las ocho y media en punto. En la ciudad parecía que hubieran llegado las vacaciones. Un corro de niñas de unos diez años la rodeó, jugaban a atrapar a la que llevaba el vestido rosa, sin prestar atención a su presencia, perfumada, vestida de negro, con su sonrisa desvanecida. Finalmente le puso a una de las niñas la mano suavemente en el cuello, para apartarla, una trenza larga le caía por el hombro. La niña la miró como si le perteneciera el mundo y, en verdad, le pertenecía. Marian pensó que aquella era la segunda advertencia de aquella noche que apenas comenzaba.  Pero tenía que seguir adelante, se apartó de las niñas, y corrió hasta el borde de la acera justo a tiempo para detener a un taxi. Este frenó en seco y, una vez dentro, se dio cuenta de que no tenía ni idea de a dónde podía dirigirse. Se tapó los ojos con la mano- un gesto innecesariamente trágico- y murmuró que quería ir al centro, a la calle Almirante, al número cuatro. No sabía si había número cuatro en esa calle pero el taxista salió disparado. Mientras, la ciudad se ofrecía al otro lado de la ventanilla, reconocía las calles como si se hubiera criado en ellas, las señoras mayores que ya se recogían, las luces de los bares encendidas, los balcones cubiertos con cristales tras los que algunas sombras conversaban. Allí, en esa ciudad, había sido feliz hacía muchos años e, ingenua, había regresado pensando que la felicidad le aguardaba intacta. No sabía que un hombre de negro se le había adelantado, cubriéndolo todo con su manto y no, apretó la boca, a pesar de todos los augurios, no quería escucharle.

Pagó el taxi y se encontró con un número cuatro no del todo hostil. Miró su teléfono móvil en el bolso, al menos si ahora sonara podría salvarse, pero nada sucedió. Prefirió caminar hasta el final de la calle. Las flores de los balcones se balanceaban a su paso. Por un momento olvidó que estaba moribunda, olvidó que ya no tenía fuerzas para luchar por nada, y se entretuvo en contemplar escaparates, sonreir para dejar paso a los transeúntes, caminar como aquellos que aun recuerdan a donde se dirigen. Entró en un bar que hacía esquina para tomar una copa. Pidió una ginebra y jugó con su pulsera. A su derecha había un hombre de pelo negrísimo y nariz ganchuda, un indio sioux, un hijo de Túpac Amaru le confesó más tarde. Le gustaban las mujeres, todas, sin excepción. Pero no se dejaban, las malditas, coger tan fácilmente. “Conmigo podrás coger todo lo que quieras”  Los ojos del indio la contemplaron, con un brillo perverso ¿Quién eres tú, mi amor? ¿Por qué has venido?
 
Y ella se imaginó que él era un jefe sioux cabalgando en el trueno, bajando de la tormenta en su caballo para rescatarla de la noche fría. Caminaron por las calles de Madrid cogidos de la mano, él de vez en cuando la empujaba contra las paredes y la besaba, la boca muy abierta, ávida, sin poder todavía creerse su suerte. “Toda la vida te he estado esperando” Y ella sabía que mentía, pero no le importaba.
 
A las doce de la noche yacía con el sioux tendida en la cama. El dolor había cedido, miraba al techo y acariciaba sus cabellos negros, su cabeza apoyada en su vientre. Fue entonces cuando vio a la salamanquesa escalar por la pared de la ventana, escapando por la enredadera. Era el tercer presagio. Su destino se había cumplido.

martes, enero 22, 2013

Volver a Madrid II : La loca de las palomas




Le extrañaba que se pudiera llegar tan fácilmente a la locura: Tan sólo parecía necesitarse la dosis justa de dolor, soledad y quizá,  poseer una aguda sensibilidad. Lo de la sensibilidad era importante, meditó, o al menos eso había dicho el psiquiatra.
De todas formas el diagnóstico no había sido en absoluto claro. Tuvo que leerlo un par de veces para luego, ya en casa, ir corriendo a consultarlo en internet. No le impresionó descubrir que, pasando por alto todos los eufemismos, estaba, técnicamente, loca. Lo que sí le chocó fue la facilidad con la que se había deslizado por aquella pendiente, lo fácil que había resultado dejarse caer.

Se sentó en el sofá y abrió el álbum de fotos. Aunque había contemplado las fotografías innumerables veces aun le fascinaba descubrir que había sido una vez otra: Una niña con coletas, quizá no muy sonriente, pero desde luego alguien completamente ajeno a lo que ahora parecía cernirse sobre ella. Se detuvo frente a una foto y puso un dedo encima de su sonrisa desdentada, miró sus piernecillas apareciendo debajo de la falda del uniforme escolar. Detrás de ella estaba su abuela, con una mano tendida, ofreciéndole la merienda.

Después de unos minutos levantó los ojos y miró a su alrededor, desesperada. La casa estaba en silencio, sólo se oía el tic-tac del reloj en la cocina. No había más opciones que tomarse las pastillas que le habían recetado, tomárselas y esperar, dejar que fuera el tiempo el que decidiera. Pero tenía miedo, tenía tanto miedo ¿y si se quedaba así toda la vida?

En la calle, debajo de su casa, vivía una de las locas más conocidas del barrio. Era una mujer de una edad indefinida, tenía el pelo gris y siempre llevaba un gabán raído y una maleta con ruedas que arrastraba a todas partes. “La loca de las palomas”, la llamaban, porque metía las manos en los bolsillos de su gabán y extraía, como por arte de magia, uno, dos, hasta tres puñados de migas de pan para los pájaros. Se sentaba en un banco delante de los bloques donde ella vivía y regaba la acera de migas. Cuando era pequeña le fascinaba contemplarla desde cierta distancia. Los gorriones se le subían a los brazos, a las rodillas, y a ella le daba envidia.
-¿Cómo hace aquella mujer para encantar a los pájaros? Cuando yo me acerco salen volando.
Los pájaros, los pequeños pájaros que aparecían en los jardines de la ciudad cuando se acercaba la primavera.  O las encantadoras pajaritas de nieve con su piquito oscuro y sus patitas frágiles en invierno. Una vez, observando detenidamente a uno de esos pajaritos volar de rama en rama le pareció que se había detenido el tiempo. Cuando volvió en sí no sabía dónde estaba, miró a su alrededor asustada, oía el estruendo del tráfico en la ciudad, los gritos de los otros niños jugando en el parque, pero ella ¿quién era ella? Y, sobre todo, ¿qué hacía allí parada?
Desde entonces le dio por pensar que poseía el poder de detener el tiempo con sólo observar a los pájaros. Lo que desde luego no sospechaba es que a eso la ciencia moderna lo llamaba locura. Tampoco tenía ni idea que la locura doliera tanto.
Fue a la ventana del  salón y subió de un tirón la persiana. La ciudad resplandecía como una joya de plata. El cielo estaba raso y un pequeño lucero titilaba en lo alto. Era el lucero al que se encomendaba su abuelita. “El Lucero de los amores”.
-¿Por qué lo llamas así abuela?
-Cuando yo era joven y el abuelito estaba en la guerra él me decía que por la noche buscara a ese lucero en el cielo, que cuando lo encontrara no le quitara ojo, que le mirara hasta que se me saltaran las lágrimas.
-¿Por qué te pedía eso?
A la abuela no le importaba contar mil veces aquella historia.
-Porque a esa misma hora él estaría durmiendo al raso junto a las trincheras, y él también estaría mirando como yo, mirando fijamente al lucero. De esa manera podríamos comunicarnos, dijo, decirnos cuánto nos queríamos sin cartas.

Abrió la ventana y sacó medio cuerpo fuera. De repente, como si la hubiera convocado, de entre las sombras del jardín surge la figura inconfundible de “la loca de las palomas”. La contempla casi sin respiración, asombrada porque se da cuenta por primera vez que la loca es una de las pocas personas que conoce desde que es una niña. ¿Desde cuándo arrastrará aquella maleta? "La loca de las palomas" vive en los jardincillos que rodean los bloques de pisos, durmiendo al raso, como su abuelo cuando estaba en las trincheras.
-Psss- la llama desde la ventana.
Vive en un primero, muy próximo a la calle.
La loca de las palomas se gira, tiene una nariz chata y enrojecida, los ojos pequeños y la barbilla redonda como una patata.
-¿Quién es?
-Soy yo, en el primero.
Lo más increíble de todo es que ella parece reconocerla. 
-¿Qué quieres?
Siente un nudo en la garganta y dice:
-Es que tengo miedo…
La loca abre todo lo que puede sus pequeños ojos. Después se da una palmada en los muslos y se echa a reír descontroladamente.
-Ah, sí, uuuuu, ¡que viene el coco!- y estira las manos agarrotando los dedos como si tuviera garras- ¡que viene el coco…!
Entonces se acuerda, cuando aún era la niña de las coletas del álbum hubo un verano en el que les dio por jugar a asustar “a la loca de las palomas”. Se juntaban todos los niños del bloque y la acechaban en silencio, escondiéndose detrás de los aligustres y de los bancos. La loca de las palomas estaba casi siempre sentada al sol, canturreando y lanzando miguitas de vez en cuando al aire. A la señal de uno de ellos alguien se atrevía a lanzarle una piedrecita, después otro, tomando aire gritaba: “¡Loca!” “¡Bruja Loca!”. Entonces ella se giraba  y levantaba las manos agarrotando los dedos despacio,  como si se estuvieran transformando en garras. Después de eso todos los niños gritaban, enloquecidos, “¡El coco!  ¡Que viene el coco!” y se escabullían entre los arbustos. Ella recordaba haber gritado como los otros, sintiendo el delicioso tirón del miedo en el estómago. Sólo una vez, la loca de las palomas consiguió atraparla sujetándola de un tobillo. La niña que había sido se retorció chillando como si la estuvieran desollando viva hasta que, sin querer hacerlo realmente, le dio una patada en la cara. Las dos se habían quedado unos segundos en suspenso, mirándose  a los ojos, después de eso ella se había escapado con el estómago encogido.
Todo aquello le vino a la memoria, como si hubiera estado dormido durante mucho tiempo.
La mujer se pone seria de repente, sus ojos son dos puntadas de alfiler, llorosos, la barbilla le tiembla cuando dice.
-Pero yo no te lo tengo en cuenta- y mueve los brazos como aspas- Yo te perdono… ¡ea! ¡te perdono! ¡estás perdonada! ¡ sigue tu camino! ¡perdonada! ¡perdonada!
Ella siente que el corazón se le esponja.
La loca de las palomas se da  la vuelta, para esconderse mascullando, tras la sombra de una farola.


domingo, noviembre 04, 2012

Volver a Madrid

La gata de la señora Justa se llamaba Urraca porque era blanca y negra. Según la señora Justa se daba demasiada importancia.
-Mira si se creerá importante que cuando viene a verme mi hija la gata se esconde. Se pone rabiosa porque le hago más caso que a ella. Sólo vuelve a aparecer cuando ya se ha ido y bueno… ¡hasta que se le pasa el berrinche!
La señora Justa mira hacia arriba y dice, bajando la voz.
-En el primero vive una chica muy buena y muy trabajadora, tiene dos niños pequeños, chico y chica. Los pobres están solos todo el día, hasta la noche que ella vuelve de limpiar oficinas… mira, ahí tienes al niño.
Un chaval moreno, de unos once años, con el pelo rizado y los ojos redondos está asomado al balcón, enrosca las manos en la barandilla, introduce los pies descalzos entre los barrotes, se contorsiona.
-¿Qué haces ahí, hijo?
El niño mira a la señora Justa sin dar señales de reconocerla, vuelve a retorcerse como si le hubiera dado un calambre, luego se pone a reptar por el suelo de la pequeña terraza.
-Pobre, se aburre, todo el día metido en casa y con este calor…
-¿Y el padre?- pregunto yo.
-¡El padre! Vete a saber dónde estará el padre.
Las dos nos quedamos mirando a una anciana que acaba de abrir en ese momento la puerta de la calle. Se apoya en un bastón, tiene el pelo blanco y va tan encorvada que apenas ve más allá de sus pies.
-Y esa es Chelo, Consuelo, tiene la espalda destrozada desde que se cayera al subir a un autobús. Vive sola y no puede con su alma. Pero ahí que la tienes, sale todas las tardes a dar su paseo.
Yo la miro ¡es tan vieja! los brazos son delgados y translúcidos, pueden verse sus venas azules atravesándolos, casi negras, los pies hinchados embutidos en unas pantuflas de invierno.
-¡Anda que no he pasado yo horas en casa de Chelo! Cuando era pequeña mi madre no tenía donde dejarme y me subía a su casa. Chelo era guapa, pero muy nerviosa, el día que dio a luz a su único hijo yo estaba en su casa. Vinieron todas las vecinas. La Chelo gritaba que ya no quería tener al niño, que pararan el parto,  que ella no quería saber nada. No veas cómo se rieron de ella…a ver, la pobre no tendría más que veinte años y estaba acojonada. Luego el hijo murió, de esa enfermedad tan mala…
-¿Qué enfermedad?
-No sé, una que les daba a los drogadictos, por pincharse, decían.
-Ah, sida.
-Eso sería... la Chelo siempre fue una señora, iba muy arreglada, su marido bebía y a veces la insultaba. Pero ella le miraba muy digna, con el cuello así- y la señora Justa estira el cuello, entornando los ojos- y al final el marido se achantaba, no podía soportar su mirada. La Chelo cantaba muy bien, le encantaba Juanita Reina… ¡ay mi Chelo!
La señora Justa comienza a dar gritos.
-¡Chelo! ¡Chelo! ¡Chelo!
La anciana se detiene y levanta la cabeza con esfuerzo, tiene los ojos almendrados, muy oscuros, y las cejas arqueadas. Sonríe y levanta una mano, reconociéndola.
-En mi calle sin salíaaaaa- comienza a cantar la señora Justa- yo no puedo caminaaar, ni de noche ni de día, ni palante ni paaaaatrásss
Las dos se miran sonriendo y la señora Justa comienza a mandarle besos.
-¡Guapa, guapa, más que guapa!
Después se vuelve hacia mí, con lágrimas en los ojos.
-Lo que habrá sufrido esta mujer… ¡bueno!- se limpia la mejilla con el dorso de la mano- ¡Lo que hemos sufrimos todos!
Yo miro al niño en el balcón, ahora su hermana se le ha unido, los dos apoyan la barbilla en la barandilla y se dan patadas, sin mirarse.
-Éramos muy pobres, muy, muy pobres…- continúa la señora Justa meneando la cabeza, como si todavía no llegara a creérselo.
-¿Y a su marido cómo lo conoció?
-¿Yo?- abre mucho los ojos- Pues en una kermés, ya ves qué original.
-¿Una kermés?
-Sí, un baile… yo no podía entrar, era muy niña todavía, pero mi prima me coló y él… ¡en cuanto me vio me sacó a bailar! Era muy guapo y yo pensaba ¿y este por qué se habrá fijado en mí?
-Porque también serías muy guapa…
-No, yo guapa no era, era muy echá palante, eso sí… pero pasa a casa, pasa y te enseño fotos- la señora Justa abre la puerta, una vaharada de humedad sale del portal- ¡Y vosotros, niños, estaos quietos que cuando venga vuestra madre se lo pienso decir!
Los dos hermanos libran una encarnizada pelea en el pequeño balcón, el niño le tira de los pelos a ella y la niña le acribilla a patadas.
-A ver, están solos todo el día, pobres criaturas…- rezonga empujando la puerta del bajo, donde vive- yo, de niña, nunca estuve sola, me subían con Chelo o me dejaban con quien fuera, los vecinos nos ayudábamos mucho. Ahora, estos dos de ahí, no me los deja la madre. Prefiere que se queden solos, con la tele o pegándose todo el día.
La casa de la señora Justa era diminuta, sus caderas golpean el mueble del recibidor al entrar. Sobre la televisión infinidad de fotos de su hija y sus nietos. Hay también un sofá de piel verde, con tapetes de ganchillo en los brazos y en el respaldo, donde una gata blanca y negra se lame una pata. La gata se detiene para mirarme con desconfianza y en cuanto abro la boca sale disparada.
-¿Ves? Una engreída doña Urraca, una señoritinga… ¡no soporta a nadie!
La señora Justa abre el cajón de la mesa de la cocina y de allí extrae un puñado de fotos en blanco y negro, mezcladas con otras en color donde aparecen sus nietos, mofletudos. De entre todas ellas selecciona una y me la tiende. Yo no me he movido del sitio, es imposible avanzar más allá del recibidor sin tropezar con el cuerpo de la señora Justa, que parece llenar la casa entera.
-Mira, esta era yo.- proclama con orgullo.
Me encuentro con los ojos de la señora Justa, las cejas muy pintadas, los labios gruesos y rojos y el pelo negro, rizado y corto. Llevaba un collar de perlas alrededor del cuello y miraba a la lejanía, con una chispa de vergüenza, pero también de alegría.
-Tenía veintiún años. Esa me la hice antes de casarme, para dársela a mi novio.
Le di la vuelta a la foto, allí, escrito en tinta azul podía leerse lo siguiente.
De todas las bendiciones, la más grande es quererte. Siempre tuya, Justa”
-Me dijo que le daba miedo.
-¿qué le daba miedo?
-Lo que pone detrás de la foto, lo leyó y me dijo que le daba miedo.
La señora Justa sobaba la cruz dorada que le rodeaba el cuello, yo la miré con mayor atención, seguía teniendo los ojos alegres y el pelo rizado, ahora canoso. 
-¡Decía muchas tonterías!
-¿Dónde está ahora?
-¡Uy! Murió joven, de cáncer…la niña sólo tenía tres años.
Se queda callada.
-Para el dolor le daban buscapina, fíjate, antes no había nada… me pedía que le matara, me veía tejer a su lado y me pedía que le clavara la aguja de hacer punto y le matara… ¡pobrecito mío!
-¿Le querías mucho?
- Mucho, mucho, mucho, ¡le adoraba! Porque una cosa te voy a decir hija, ya no se quiere como se quería antes. Como se quería entonces ya no quiere nadie, como quería la Chelo, y mi madre, como queríamos las mujeres de antes… ¡ah, eso era querer aunque le reventaran a una las entrañas!
La gata Urraca asoma la cabeza por la puerta de la cocina, mira a la señora Justa y después posa sobre mí una larga mirada felina.
-No le gusta nada que estés aquí, ¿ves? Te está diciendo que te vayas, con toda la caradura del mundo.
-Bueno, pues yo ya me voy…
-No creas que sólo hay penas que contar. Lo que pasa es que ahora te das cuenta- ella deja caer los brazos y mira en torno a la pequeña estancia- de que no ha servido de mucho tanta lucha. Porque dime tú… ¿tanto luchar para qué? ¿Para qué?
La gata Urraca no me quitaba la vista de encima. Yo no sabía qué contestar.
-Perdona, hija- la señora Justa sonríe, como disculpándose- Otro día te cuento más.


sábado, octubre 22, 2011

Fuga menor


-Nadie ha robado nada, tranquilícese.

He sido yo quien ha pronunciado esas palabras, me toco el pelo, sonrío nerviosamente. Nunca me meto en asuntos de esta índole pero esta vez, esta vez algo dentro de mí se ha rebelado. El chico me mira, no con gratitud sino con asombro, los ojos muy grandes. Es un niño, me digo, no puede tener más de quince años.

La que parece ser su abuela le espera en la calle, en la puerta de la tienda, le agarra de la muñeca y tira de él apresuradamente. Yo salgo detrás, el dependiente me grita mirándome por encima de sus gafas, que va a llamar a la policía, dice, que esto no se va a quedar así, vocifera. Yo no quiero discutir, me maldigo por haber abierto la boca. Camino apresuradamente hasta que se me pasa el sofoco, el aire es frío y el cielo resplandece con esa luz que parece venir de los confines del mundo, se acerca el invierno y sólo los cuervos resisten en la ciudad, algunos mirlos todavía se esconden en la oscuridad de los parques urbanos, escarban las hojas secas con desgana, pronto se marcharan, mientras que yo no puedo hacer otra cosa que quedarme.

Mi aliento me precede, me subo el cuello de la gabardina y me detengo de repente, algo no va bien, alzo un pie y escudriño la penumbra, llevo los cordones desatados, me alejo de la acera y me acerco a un portal rodeado de un jardincillo. Allí, a la luz de una farola, apoyo el pie en un banco y me dispongo a atarme el zapato. Es en ese instante cuando los descubro, a la abuela y al niño, repartiéndose el botín que este último ha afanado de la tienda. Están a poca distancia, cobijados por un arbusto pelado, las cabezas juntas, bisbiseando.La abuela lleva un pañuelo anudado a la cabeza y, sobre las faldas largas, sostiene una faltriquera. El muchacho deposita en su interior los comestibles que escondía entre los recovecos de su chaqueta. Me pregunto cómo ha podido llevarse tanto en tan poco tiempo.

Despego el pie del banco, lentamente, por nada del mundo quisiera que me descubrieran.

Pero el niño me ve antes de que pueda escabullirme. Apenas nos miramos a los ojos unos segundos. Luego me voy de allí a toda prisa, con los cordones aun desatados.

Más tarde, estoy en la estación de trenes.

He empleado la tarde en trasladarme hasta la tienda en la que ha robado el niño. Allí venden unas galletas que solía comer en mi infancia. Unas galletas perfumadas con canela que, de pequeña, hundía en la leche caliente chocolateada. Por esas galletas me he internado en la ciudad de los cuervos y ahora espero mi turno frente al puesto del señor egipcio con bigotito, donde siempre compro un kebab antes de subir al tren de las nueve y media.

Pienso en mí, en que es probable que haya perdido el sentido del humor sin darme cuenta.

Al abrir el monedero para pagar, las monedas saltan y caen al suelo. A veces me pasa. Nunca sé por qué sucede. Pero he de tomarlo con humor, me digo, y, bajo la atenta mirada del egipcio, persigo a los céntimos que ruedan debajo del carrito.

Cuando alargo la mano hacia el suelo otra mano gordezuela se me adelanta. Me incorporo ante una mujer gruesa, de pelo teñido de rojo y ojos escandalosamente verdes. Lleva una camiseta ceñida con escote. Pienso en que ha de ser lo que parece, en una estación como aquella tan concurrida, donde encuentran refugio muchos vagabundos y prostitutas.

Ella me devuelve las monedas. Sólo quiero darle las gracias y largarme a por mi kebab, pero su mirada suplicante me lo impide.

-¿Eres extranjera, verdad?

Esa sí que es buena, más de la mitad de las personas que ahora corretean por los pasillos de la estación son extranjeras.

-Sí, española…

-¡española! Una vez tuve un novio español… ¡ le quise tanto!

No puedo evitar mirarla con curiosidad. Parece de verdad estar contenta de haberme encontrado, como si llevara toda la tarde esperándome.

-Me encanta España, me encanta…

Sonrío y doy un paso atrás.

-Espera, ¿ no estarás perdida?

-No… yo estaba ahí- y señalo hacia el carrito del egipcio- comprando un kebab.

-¿De verdad no estas perdida?

-No, no estoy perdida.

Finalmente, se convence. Los ojos se le nublan un poco.

-Entonces me he equivocado.

Me da la espalda, tiene el culo enorme, enfundado en una falda negra con purpurina. La contemplo pasmada, hay una pequeña mesa de camping junto a una columna, se sitúa a su lado, apoyando el culo contra ella. Suspira largamente, su pecho se eleva, a punto de estallar. Sobre la mesa una baraja de cartas y una botella de vino.

-Dice que es bruja- me informa el egipcio del bigotito – lleva aquí pocos días, hasta que la eche la policía.

Yo me digo que a todos nos echará tarde o temprano la policía.


Sentada por fin en el tren, devoro con hambre mi kebab y reflexiono, los ojos fijos en la oscuridad de la ventanilla. Hoy sólo quería eso, ir a la tienda , comprar las galletas, volver a la estación, encargar el kebab al egipcio y volver a casa. Sin embargo, algunas cosas han sucedido, cosas nada corrientes, pero imposible descifrarlas. Ha sido como si, de repente, mientras caminas apresuradamente para llegar al trabajo o a cualquier recado, al torcer una esquina crees ver una serpiente deslizarse por la acera, una serpiente de cascabel, o una de esas pequeñas víboras de piscina. Es tan sólo un instante, una décima de segundo. La ves pero sigues adelante, porque hay otras cosas que te parecen más importantes, sólo te acuerdas de ella mucho después, cuando ya es demasiado tarde para dar la voz de alarma, o para llamar al zoológico más cercano y preguntar si se les ha escapado últimamente algún ofidio, una serpiente verde por ejemplo, no muy joven, aventurera, que esperas no abrigue malas intenciones.

Se me cierran los ojos.

Es probable que la bruja me estuviera esperando... y el niño, la verdad es que no sé cómo podría encajar el ladronzuelo en todo esto.

Pero sé que ya no puedo hacer nada.

La serpiente se me ha escapado.

domingo, agosto 07, 2011

¿En qué lugar me olvidé de mí?

¿En qué lugar me olvidé de mí? es como si hubiera perdido el equipaje y, a la vez, no me importara nada, como si no tuviera que molestarme siquiera en buscarlo, ni mucho menos en rellenar un formulario de reclamación. Ahora tengo cuarenta y tres años y vuelo a alguna parte, creo que voy de vacaciones, mamá. Siempre me pasa en los aviones, será porque estoy arriba y los años pasados en la tierra se hacen más livianos, o quizás porque en el avión no me queda más remedio que estar sola con mis pensamientos, porque estos vienen a mi cabeza a toda velocidad, enmarañados con tantos recuerdos, cosas que creía perdidas para siempre. Sorbo el café caliente que la azafata pone sobre mi bandeja, es amargo y oscuro, y el avión se tambalea un poco. Turbulencias,mamá.
Ahora me sorprendo pensando en ese perro negro que tuvimos, era pequeño, de pelo largo, un perro pastor, creí que le había olvidado para siempre pero no. Nunca te conté lo que pasó ¿verdad?, guardé el secreto con tanto afán que me olvidé de él hasta este preciso instante. Tristán se llamaba, era cariñoso pero cobarde, papá decía que le habían pegado y por eso no ladraba nunca, como mucho gemía, movía el rabo, echaba hacia atrás las orejas, necesitaba desesperadamente el cariño y la aprobación de los demás.
Ni que decir tiene que pronto decidisteis que el perro no se iba a quedar con nosotros. Y yo por supuesto lo adoraba, un perro apaleado que sólo pedía amor. Le mecía contra mi pecho, le susurraba cosas al oído como si fuera un niño pequeño, le sacaba a pasear todas las tardes, cada vez que nos cruzábamos con alguien el perro se aplastaba contra el suelo, moviendo furiosamente la cola, a veces se orinaba de la emoción.
Papá dijo que se ocuparía de él, que tenía un amigo que trabajaba en una residencia canina o algo así, probablemente otra mentira de las suyas. Y yo rápidamente ideé un plan para salvarle. ¡Un plan sencillo y genial! Me sorprende que ahora sea incapaz de rescatarme a mí misma y que siendo adolescente fuera capaz de tales hazañas. Cuando salíamos de paseo solía meterme en los sembrados, en las zanjas, atravesaba la carretera sin asfaltar que llevaba al río. Fue cerca de allí donde descubrí a un hombre de pelo largo atareado en construir una casa, mezclaba la arena con el agua, levantaba una pared de ladrillos, le gustaba verme pasar delante de su obra, y siempre me decía algo amable, o quizás ardiente, no lo recuerdo, le brillaban los ojos azules entre guedejas de pelo negro. Comprendo que le causara impacto, yo a los quince años lo causaba, ahora no me llames engreída, ya te lo he oído demasiadas veces, mamá.
Aquel "pirata" se convirtió pronto en mi salvador. En mi adolescencia no había salvadores, yo odiaba a mi familia, no tenía ninguna esperanza en el futuro y, sin embargo, creo que era feliz. El caso es que decidí que Tristán sería mi regalo al "pirata", el pirata que me guiñaba un ojo y acariciaba a Tristán hasta hacerle retorcerse de alegría en el suelo. Yo había comenzado a hablarle, primero tímidamente, con cierto descaro después, alentada por la admiración de sus ojos al mirarme.
-¿Te gustan los perros, verdad?
-Me gusta tu perro.
-Es un perro muy inocente, le pegaron de pequeño…
-No debería ser inocente entonces.
-Sólo quiere que le acaricien…fíjate
Y me embarcaba en un festín de caricias que hacían que Tristán se pusiera panza arriba.
-¿No te parece una monada?
-Una monada eres tú…
Yo bajaba la mirada, sin atreverme a decir nada más.
Ahora me doy cuenta de que Tristán y yo teníamos mucho en común.

Todo pasó la víspera de vuestro fin de semana fuera, recuerdo que cogí la correa y Tristán saltó de alegría al verme porque era su hora de salir. Sabía que a vuestra vuelta ya no esperábais encontrarle en casa, así que aquella era mi última tarde con él, después tenía que desaparecer, no había otra opción. Había escondido una bolsa con pienso para perros, llevaba también los papeles del veterinario. Mi plan era tan sencillo que recordándolo ahora no puedo evitar sonreír, le daría el perro, eso era todo, "toma, es para ti" ni siquiera había contemplado la posibilidad de que me dijera que no.
Y así fue, se mostró sorprendido, apagó la radio que siempre tenía demasiado alta, le gustaba el sonido de las guitarras eléctricas.
-¿Qué dices princesa?
-Que te quedes con el perro, que mis padres lo van a matar...
-Qué dices niña…
-Que lo van a matar, que si no te quedas tú con él mañana vendrán a llevárselo en una furgoneta y se lo cargarán. No le quieren y ya lo tienen todo organizado, sólo tú puedes hacer algo, por favor, eres la única persona en la que puedo confiar.
Supongo que confesarle a un desconocido que sólo ves unos diez minutos cada día que es la única persona en la que confías no puede más que despertar tristeza o hilaridad.
Y el optó por reír.
-Venga, no puede ser verdad.
-Que sí, que es verdad, te lo doy a ti, sé que tú le cuidarás, por favor, por favor…
Tenía lágrimas en los ojos, le tendí la correa y él la sujetó, yo le miraba fijamente, él tenía la nariz enorme y ganchuda, los ojos azules, sonrientes, no me decía ni que sí ni que no. Como un relámpago me adelanté y le di un beso en los labios, después eché a correr sin mirar atrás.
-¡Oye!- me llamó. Pero nunca le dije mi nombre, y él jamás me lo preguntó.
Cuando llegué a casa, acalorada a causa de la carrera, anuncié que Tristán se había escapado, había dado un tirón fuerte y había echado a correr, en dirección a la carretera. No quería dar más detalles, eso era todo lo que había pasado, sin más.
Sólo tú pareciste demostrar algún arrepentimiento, mamá. Recuerdo que papá se limitó a llamar al tipo de la furgoneta. Yo me encerré en mi habitación, necesitaba llorar. Con una terquedad férrea me convencí de que no tenía que intentar volver a ver a Tristán, era mejor que se olvidara de mí, también "el pirata" debía olvidarme. Al fin y al cabo ahora tenía otra cosa de la que ocuparse. Alimenté fantasías imaginándome una casa encalada de blanco y un jardín, y mi pequeño perro feliz, dormitando al sol. Me decía que cuando cumpliera dieciocho años podría volver y casarme con él en agradecimiento por lo que había hecho por mí.
No recuerdo nada más, sí, espera, un día iba en un coche con otros chicos del instituto, alguno de sus amigos vivía junto al río e íbamos a buscarle a su casa, fue unos tres años después. De repente, en una curva, apareció la casa, seguía a medio terminar, parecía abandonada, las paredes enfoscadas de cemento, y un montón de arena endurecida a causa de demasiados días de sol. Pregunté desesperada por el dueño de la casa, aquellos chicos apenas mostraron interés.
-Esta casa lleva años así, ni puta idea de quién es.

Pienso en todo ello a treinta mil pies de altitud, termino el café y miro por la ventanilla, lo sé, sé que nunca les voy a encontrar, quizás estén los dos muertos ya, el pirata era mucho mayor que yo… mamá, ¿sabes tú en qué momento me olvidé de mí? Quiero decir, ¿por qué siento que les quiero tanto, ahora, a esos dos? Te lo juro, les quiero de tal manera que me va a estallar el corazón. A ese hombre desconocido, al perro llorón.
No, no soy una sentimental.

lunes, junio 13, 2011

Primrose Hill

Había decidido que iría a Primrose Hill, se recogió el pelo en una coleta y se miró, ceñuda, en el espejo, Primrose Hill, la colina tapizada de suave hierba que parecía levantarse en olas cuando soplaba el viento. Había estado allí hacía más de un mes, con la chica que comenzó a trabajar con ella el mismo día en el hotel, le había gustado tanto aquel lugar, donde manzanos centenarios tendían sus nudosas ramas y enormes cuervos agujeraban la tierra con sus picos, que se había cuidado mucho de compartir su entusiasmo con aquella chica cuyo nombre ya no recordaba. Ella era así, cuando un lugar le parecía lo bastante bueno como hacerlo suyo, guardaba el secreto y no hablaba de él nunca más.
“Primrose Hill” murmuró.
Las gotas de lluvia golpeando con fuerza en la ventana la hicieron volver a la realidad. Porque era verdad que no estaba el día para excursiones, pero es que nunca lo estaba y si no salía de casa en su día libre no lo haría nunca, las horas se le echarían encima, se pondría a hervir pasta, se sentaría a la mesa de la cocina a leer revistas, a tomar nota de sitios a los que quería ir y nunca iría. Sus compañeros de piso se levantarían tarde, tendría que darse prisa en poner una lavadora antes de que salieran de sus cuartos, como tejones saliendo de sus madrigueras.
“Vete”, se ordenó, y apretó los labios con firmeza.
Había un cuaderno sobre su cama, un cuaderno en el que había escrito antes de irse a dormir la noche anterior, le echó un vistazo mientras se vestía. Le parecía increíble que hubiera llegado a escribir tantas cosas, pasó una pagina y se mordió una uña, pensativa, había una larga lista de gente que no le gustaba, y otra lista de gente de la que esperaba comprender más cosas, esta última apenas contenía tres nombres. Luego había pasado largo tiempo tumbada en la cama, mirando al techo con los brazos abiertos, pensando en todas las casas en las que había vivido desde que llegara a Londres, hacía cinco años ya, descubriendo con sorpresa que había olvidado el nombre de alguna de las calles. Incapaz de dormir se había levantado para buscar un plano de la ciudad y había colocado, rabiosa, cruces sobre las calles olvidadas, diciéndose que tendría que regresar una vez más. “ para volver a ver esos lugares en los que he vivido y que, si no hago el esfuerzo ahora, no volveré a ver jamás, la casa de station road, la de la puerta amarilla, o la ventana redonda en el sótano a la altura de la acera”
Por eso le molestaba la atracción que Primrose Hill ahora ejercía sobre ella, quizás debería olvidarla e intentar visitar aquellas casas en las que había vivido, aunque sólo hubiera sido un mes. “al fin y al cabo no es otro que mi rastro fantasmagórico por esta ciudad”, escribió apresuradamente y después dejo caer el cuaderno al suelo, incapaz de tomar una decisión.
Abrió la ventana para quedarse contemplando el jardín trasero empapado por la lluvia. Había un ciruelo loco y un nogal de hojas rojizas, y en el suelo a veces escarbaban los mirlos. Era curioso, si lo pensaba bien, había dejado su pequeña ciudad de provincias para irse a Londres a trabajar, a prosperar y, sin embargo, lo único que había perseguido con verdadero ahínco era a los árboles, Primrose Hill, los parques de la ciudad en los días en los que podía sentarse en algún banco a contemplar la hierba, y ahora aquel jardín al que daba su habitación y que era la única razón por la que había decidido vivir allí.
“No puede ser”
Se dio la vuelta y contempló el desorden de la habitación, después se colgó el bolso y se miró en el espejo antes de salir. Esperaba que aquel sentimiento desapareciera en cuanto pisara la calle pero no fue así, en vez de ello recordó como era en aquellos días del pasado, una espigada adolescente que acudía cada tarde a la biblioteca municipal, oía el tañido de las campanas y el aire era dulce, con el olor que anuncia el otoño, y si contemplaba el cielo con aquella adoración era porque jamás hubiera sospechado que iba a perderlo algún día, “¿pero es que acaso se puede perder el cielo? calla boba, qué estupidez”. Iba tan ensimismada que no se dio cuenta de que había olvidado el mapa hasta que no entró en el metro, hizo un amago de volver, pero no pudo esquivar al fornido pasajero que iba detrás y, dócilmente, se dejó arrastrar escaleras mecánicas abajo, contemplando, lánguida, los carteles que anunciaban el ultimo show, ojos, caras, lenguas, risas, la masa empujándola y ella dejándose llevar.
-¡Laura!
Era una chica con la que había trabajado en alguno de los hoteles de la ciudad, bajaba las escaleras cogida de la mano de un chico hindú, recordó que ella le había hablado con desprecio de su pueblo de Zamora, que nunca nunca nunca en su vida querría volver allí..
-¡Adiós!
“A ti si que no te volveré a ver” y continuó mirando, anotando mentalmente, “ojos de batracio” “cara de cerdo “ labios de tristeza infinita” “papada repulsiva” “manos como garras” “ ojos sin nada detrás” “ esa parece que está deseando matar” y empezó a sudar porque se daba cuenta de que odiaba todo aquello, odiaba aquellos pasillos estrechos, los vagones, todos en silencio, odiaba aquella gente sin nombre, de la que nunca sabría nada más que eso, lo que decían sus ojos, “y además qué más daba, ¿a quién le importaba? Y ella, sobre todo ella, ¿qué era ella allí? nadie, nada, ¿o es que quizás no era nada, nunca había sido nada? Aunque en el pueblo, allí, de camino a la biblioteca si que creía haber sido alguien, al menos eso recordaba y ahora, desde que estaba en Londres, no se había vuelto a sentir así… pero no, no iba a empezar otra vez con aquellas tonterías, tenía que cambiar, adiós caras feas, buscar ahora las bonitas, chico con ojos alegres, y aquella mujer, le gustaban sus pendientes, y esa otra subraya el libro que lee y parece feliz, parece que va a llegar a casa y va a cocinar un bizcocho o a hacer el amor, debe ser genial llegar a casa y lo primero que tengas que hacer, antes de quitarte la chaqueta, es hacer el amor”
Por fin volvió al exterior, la lluvia había parado y asomaba tímidamente el sol. No sabía donde estaba, y decididamente ahora iba a Primrose Hill, aunque se había equivocado de dirección, no conocía aquel barrio, volvía la fealdad, la tristeza, basura rebosando las papeleras, taxis oscuros pasaban salpicando de agua la acera, y una anciana caminaba muy despacio, tambaleándose, la gente pasaba a su lado sin rozarla, como si no existiera, “un despojo con brazos y piernas que aún vive pero que nadie quiere, que nadie nunca volverá a querer”
Aquel pensamiento la paralizó, y se detuvo en mitad de la acera. Si se concentraba podía escuchar el tañido de las campanas, y los campos de trigo verde ensombreciéndose cuando las nubes tapaban al sol, las calles empedradas y vacías a la hora de comer, y el olor, aquel olor.
¿Por qué seguir? ¿Para que seguir? No necesitaba a Primrose Hill. Había otro lugar secreto al que tenia urgentemente que regresar.

domingo, marzo 13, 2011

Limonada y rosquillas

Los extraños parientes llegaron el día que la niña había decidido que sería el de su huida. No tuvo más remedio que ponerse el vestido blanco de florecitas verdes, peinarse con una coleta, meter las manos en los bolsillos y dar besos a aquellos desconocidos, que la pellizcaban los mofletes, reían, chillaban, llevaban carmín y bolsos pesados, incluso ellos mismos eran pesados porque se desparramaron por las sillas de la cocina como si vinieran de muy lejos y suspiraron todos a un tiempo, aliviados de descansar por fin de su carga. La niña les observaba curiosa, su madre había confesado la víspera que quería mucho a aquellas dos señoras gruesas, a las que ella llamaba tías, uno de los hombres era el marido de la del pelo blanco, luego había otro de piel terrosa e intensos ojos verdes que miraba soñadoramente al techo, llevaba un bastón que le ayudaba a caminar, la niña pensó que ese probablemente era el que no había tenido hijos, y cuya esposa había muerto en un accidente en un país extranjero.

Eran raros los tíos y tías de su madre, a los que ella parecía querer tanto y, cuando apenas habían descansado unos minutos, les llevó al patio, les enseñó las flores, les enseñó el huerto, y hasta la levantó los labios para que la vieran las encías.

´Dos dientes que se le han caído en un día´


Por la tarde iba a haber limonada y rosquillas y la niña pensó que era una pena que tuviera que marcharse. Pero todo estaba planeado desde hacía tiempo y no pensaba echarse atrás, había metido en su mochila del colegio los dos libros que le gustaban, y un sándwich de chorizo de pamplona, llevaba también una linterna, su chaqueta de punto roja, un par de calcetines. No pensaba que necesitase nada más, tan sólo esperaba llegar a su destino antes de que cayera la noche. Iba a escaparse en su bicicleta azul Orbea, iría al principio por el arcén de la carretera, después se metería por los caminos. Su destino era un lejano olmedo, erguido y señorial al borde de un sembrado de trigo. Había ido allí de excursión con niños de su clase el verano pasado. En mitad de aquel bosque se escondía un estanque fangoso y una casa de labranza abandonada en la que crecían zarzas, membrillos, manzanos. La niña había explorado la casa con cuidado, sin hacer caso de las risas y los gritos obscenos de los demás chicos de su clase, ellos no veían lo que ella veía, ellos aullaban al pie de las podridas escaleras, y entraban apresuradamente en las habitaciones asustando a las tórtolas que escapaban volando por las grietas del techo, habían tirado piedras al estanque y arrojado membrillos, todavía verdes, contra los pocos vidrios que aún quedaban en las ventanas. Y habían reído tanto y tan fuerte que ella hubiera querido taparse los oídos chillar que se estuvieran quietos que dejaran en paz a las ranas asomar sus ojos bajo las plantas acuáticas.
Más tarde, cuando el sol se ponía y a todos les picaban las piernas a causa de los mosquitos, ella también se había marchado, confundiéndose con los otros en su alegría. Pero, cuando nadie había podido verla, se había detenido y mirado atrás, para contemplar sobrecogida la silueta de la casa abrasada por el sol de la tarde, su quietud recuperada, y se había prometido que regresaría sola, porque sabía que allí podría ser feliz, porque aquel era un lugar para ella.

Y por fin había llegado el día que había esperado tanto, precisamente el día de los extraños parientes. Hacía calor, el sol se filtraba entre las hojas de la parra y los tíos y tías bebían limonada en el patio, su madre había extendido el mantel a cuadros rojos y blancos sobre la mesa de piedra, y su padre se había marchado por un asunto de última hora, incapaz como era de ser amable con los extraños.

La niña salió al patio con un vaso de limonada en la mano, diciéndose que no habría nada de malo en llevarse unas cuantas rosquillas para el camino, cuando descubrió que la tía favorita de su madre, la de los ojos negros, la contemplaba de una manera extraña, y se asustó pensando que aquella mirada llegaba, se deslizaba hasta su secreto y se bebió, azorada, la limonada de un golpe, y comenzó a seguir a su madre, que distribuía las rosquillas en pequeños platos, intentando ocultarse detrás de sus faldas

Pero la tía favorita no le quitaba la vista de encima, se enjugó el labio superior con una servilleta de papel y la llamó con la mano.

Ella acudió, tímida

'Ahí, mira, quién es ese'

La tía señalaba al hombre de los ojos verdes, el que estaba como ausente, y sólo de vez en cuando asentía, o murmuraba un par de palabras, como si hubiera dicho lo mismo muchas otras veces

'Es el tío Esteban', respondió la niña

'Es tu tío abuelo Esteban'

La tía acercó la boca al oído de la niña y susurró.

'Ha sufrido mucho'

'¿Por qué?'

'Ahí donde le ves, no se conformó nunca con lo que tenía...- la tía favorita se detuvo para abanicarse con la servilleta-¡pero es tan bueno!, y ahora que vive con nosotras está mucho mejor que antes, sale a pasear todas las tardes… ah, mira, ¡qué idea se me ha ocurrido!'

Y levantó la mano, esta vez intentando llamar la atención de su hermano.

'¡Esteban! ¿Por qué no vas con la niña a dar un paseo por el pueblo?'

A ella comenzó a latirle el corazón con fuerza, horrorizada ante aquella posibilidad.

Esteban miró alternativamente a la niña y a la tía favorita sin que se moviera un músculo de su rostro, fue la madre de la niña la que irguió la cabeza.

'¡Claro que sí! Hasta que vuelva tu padre,y además, puedes ir a buscar a tu amiguita, María, que se venga a merendar con nosotros.

Era la primera vez que su madre llamaba a María, la vecina, "su amiguita". Por otro lado, si se iba al pueblo con el tío abuelo, al paso al que él caminaba no llegarían nunca, y si María se quedaba a merendar con ellos no podría escaparse ni en sus mejores sueños, porque María era una niña tonta, que la seguía a todas partes y la imitaba cuando hablaba.

'¡No quiero!' – exclamó sintiendo cómo le enrojecían de ira las mejillas

Aquel era su día, el día con el que había soñado tanto tiempo, la casa abandonaba la esperaba bajo el sol de la tarde, y ahora venían todos a estropeárselo, María, mamá, el tío abuelo Esteban con su boca abierta y su mirada ausente, y la tía favorita que juntaba las manos debajo de la papada y gorjeaba como un gorrión en invierno, complacida.

'Al tío le viene muy bien caminar ¿verdad que sí Esteban?'

Como en una pesadilla, la niña miró al tío Esteban, quien comenzó a ponerse en pie lentamente, apoyando el bastón sobre las baldosas, y echó a andar resignado hacia la puerta del jardín. Y la tía favorita la empujaba ahora con sus manos gordezuelas y su madre, erguida frente a la mesa, la miraba, severa, porque no quería volver a repetírselo, porque no quería contárselo a su padre cuando regresara, y la niña sentía que todo era una mentira, que aquella reunión con los parientes era una gran mentira, que debajo de las hojas de la parra y, a pesar del sol y del zumbido somnoliento de las abejas, y del apetecible y suave olor del azúcar glas sobre las rosquillas, allí no había nada feliz, sólo nervios, impaciencia, gritos apagados que a punto estaban de reventar los pechos generosos de las tías abuelas queridas, quienes ahora la contemplaban con los ojos brillantes, incluso el marido de la del pelo blanco la miraba entrecerrando los ojos, y todos parecían hostiles, esperando una palabra suya para saltar sobre ella.

Al salir a la calle echó una ojeada ansiosa a su bicicleta, apoyada contra un montón de leña. La bicicleta tenía un aire tan inocente que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.

Comenzó a andar despacio al lado del tío abuelo Esteban, quien levantaba la garrota, vacilante, antes de atreverse a dar cualquier paso. La garganta le atenazaba, y le pareció que caminar era igual de doloroso, se sorbió la nariz y, de repente, la mano grande y terrosa del tío abuelo descendió hasta su hombro

Por la manera en que la miró parecía que lo había comprendido todo


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