Emmaskarada

Algunos relatos- que no encontrarás aquí- están reunidos en el volumen "Te dejé en Lisboa", de la editorial Amarante. Si eres un aficionado crítico literario agradeceré que te lo bajes para darme unos azotes. Nada me gustaría más.

domingo, abril 28, 2013

Craving for love




La salamanquesa entró en la habitación. Era extraño porque su hogar era la terraza que daba al mediodía. No se movía de allí, pegada al vidrio, recibiendo en su vientre frío la luz del sol. Pero aquella tarde la vio en la habitación, había rebasado el obstáculo de la puerta y ahora estaba quieta, como un dibujo sobre la alfombra. Marian la miró con la taza de café humeante en la mano. Durante todo el día había tenido miedo. Se había despertado con la certeza de que estaba enferma, de que un virus se extendía por su cuerpo sin remedio, de que el mal estaba dentro de ella. Luego, a la hora de la comida, él la había llamado por teléfono. Levantó el auricular sabiendo que eran malas noticias : No iba a ir a comer, tampoco iba a ir a cenar, tenía reunión con los socios y se quedaría hasta muy tarde. Quizá mañana, si no estaba muy cansado, podrían ir a aquel sitio que ella habia sugerido. Eso fue todo, no la deseó que pasara un buen día. Marian se tumbó en el sofá pensando en todos esos tratados del pasado que hablaban de los nervios en la mujer, sus rarezas, sus ataques de histeria. Ahora comprendía lo injusto de todo ello. Cualquier hombre solo, fuera de su país, en una casa que no era la suya, sin amor, también languidecería.  A las tres se preparó un café y decidió que saldría de casa,  que no dejaría que se la comieran las paredes. “Me acostaré con cualquiera menos contigo” Cuando vio a la salamanquesa pensó que aquello era una clara advertencia. La dejó que descansara sobre la alfombra y se metió en la ducha, donde se enjabonó a conciencia, después limpió el espejo de vaho y se miró a los ojos, enrojecidos, “aun estoy viva”.

Salió a la calle a las ocho y media en punto. En la ciudad parecía que hubieran llegado las vacaciones. Un corro de niñas de unos diez años la rodeó, jugaban a atrapar a la que llevaba el vestido rosa, sin prestar atención a su presencia, perfumada, vestida de negro, con su sonrisa desvanecida. Finalmente le puso a una de las niñas la mano suavemente en el cuello, para apartarla, una trenza larga le caía por el hombro. La niña la miró como si le perteneciera el mundo y, en verdad, le pertenecía. Marian pensó que aquella era la segunda advertencia de aquella noche que apenas comenzaba.  Pero tenía que seguir adelante, se apartó de las niñas, y corrió hasta el borde de la acera justo a tiempo para detener a un taxi. Este frenó en seco y, una vez dentro, se dio cuenta de que no tenía ni idea de a dónde podía dirigirse. Se tapó los ojos con la mano- un gesto innecesariamente trágico- y murmuró que quería ir al centro, a la calle Almirante, al número cuatro. No sabía si había número cuatro en esa calle pero el taxista salió disparado. Mientras, la ciudad se ofrecía al otro lado de la ventanilla, reconocía las calles como si se hubiera criado en ellas, las señoras mayores que ya se recogían, las luces de los bares encendidas, los balcones cubiertos con cristales tras los que algunas sombras conversaban. Allí, en esa ciudad, había sido feliz hacía muchos años e, ingenua, había regresado pensando que la felicidad le aguardaba intacta. No sabía que un hombre de negro se le había adelantado, cubriéndolo todo con su manto y no, apretó la boca, a pesar de todos los augurios, no quería escucharle.

Pagó el taxi y se encontró con un número cuatro no del todo hostil. Miró su teléfono móvil en el bolso, al menos si ahora sonara podría salvarse, pero nada sucedió. Prefirió caminar hasta el final de la calle. Las flores de los balcones se balanceaban a su paso. Por un momento olvidó que estaba moribunda, olvidó que ya no tenía fuerzas para luchar por nada, y se entretuvo en contemplar escaparates, sonreir para dejar paso a los transeúntes, caminar como aquellos que aun recuerdan a donde se dirigen. Entró en un bar que hacía esquina para tomar una copa. Pidió una ginebra y jugó con su pulsera. A su derecha había un hombre de pelo negrísimo y nariz ganchuda, un indio sioux, un hijo de Túpac Amaru le confesó más tarde. Le gustaban las mujeres, todas, sin excepción. Pero no se dejaban, las malditas, coger tan fácilmente. “Conmigo podrás coger todo lo que quieras”  Los ojos del indio la contemplaron, con un brillo perverso ¿Quién eres tú, mi amor? ¿Por qué has venido?
 
Y ella se imaginó que él era un jefe sioux cabalgando en el trueno, bajando de la tormenta en su caballo para rescatarla de la noche fría. Caminaron por las calles de Madrid cogidos de la mano, él de vez en cuando la empujaba contra las paredes y la besaba, la boca muy abierta, ávida, sin poder todavía creerse su suerte. “Toda la vida te he estado esperando” Y ella sabía que mentía, pero no le importaba.
 
A las doce de la noche yacía con el sioux tendida en la cama. El dolor había cedido, miraba al techo y acariciaba sus cabellos negros, su cabeza apoyada en su vientre. Fue entonces cuando vio a la salamanquesa escalar por la pared de la ventana, escapando por la enredadera. Era el tercer presagio. Su destino se había cumplido.

martes, marzo 12, 2013

Volver a Madrid III : La Ventilla





Marcelo ha visto a la mujer pasar ya tres veces delante de la puerta del supermercado. Lleva una bolsa de plástico amarilla en una mano y el bastón en otra, cuando pasa a su lado levanta la cabeza y le sonríe.
-          Qué frío hace hoy leches…
Marcelo sujeta un vaso de plástico, esperando que los clientes que salen del supermercado depositen dentro algo de suelto. Lleva poco tiempo mendigando, antes trabajaba de chapista, allí, al torcer la esquina, en la calle Padre Rubio, no muy lejos de donde queda el supermercado.
La anciana murmura que ha perdido las llaves de su casa y va mirando despacio cada palmo de suelo a ver si las encuentra. No quiere avisar a su hija porque como se entere de que ha perdido las llaves otra vez de esa no se libra y seguro que la ingresa en una residencia. Todo eso se lo ha contado al pasar por tercera vez, cuando ha levantado la cabeza para sonreírle.
Claro que a él no le importaría ayudarla, piensa rascándose la cabeza, ella no vive muy lejos del supermercado, allí, señala con un dedo tembloroso la mujer, en ese edificio de color yema de huevo.
El mendigo no sabe qué hacer, por un lado el instinto de supervivencia, tan arraigado, le dice que no abandone su puesto, que espere hasta que el supermercado eche el cierre no sea que al irse se ponga en su lugar el portugués que lleva días rondándolo. Pero por otro lado la anciana está tan desorientada, ha bajado a la calle sin abrigo- era sólo a un recado a por lo que iba- lleva unas pantuflas de cuadros, un jersey fucsia de punto y una falda marrón de paño que le llega hasta las rodillas. Finalmente, Marcelo accede a echar un vistazo por la acera. Ella le sigue, poniendo empeño en fijar los ojillos en el suelo, a pesar de que Marcelo pronto se da cuenta de que no ve ni tres en burro.
-          ¿Dónde habrán podido ir a parar? ¡Si las llevaba en la mano!
Marcelo se sube la cremallera de su raído anorak hasta el cuello. Tiene las mejillas chupadas y el pelo ralo, los pantalones le cuelgan y se pisa el dobladillo al andar. Le cuesta levantar los pies del suelo.
La anciana golpea con la garrota la acera. Se detiene. Marcelo se agacha pero sólo es la anilla de una lata.
-          En este barrio la gente era antes más amable… tú, ¿cómo te llamas hijo?
-          Marcelo
-          Ah, claro, Marcelo… ¡yo te conozco!
-          Cómo me va a conocer señora…
-          Que sí, que sí, ¿tú trabajabas con Angelito el del garaje?
Marcelo se gira para contemplar a la mujer más detenidamente, está claro que se le ha escapado algo.
-          Sí, señora, yo trabajé con Angelito muchos años.

-          ¿Ves hijo como no estoy tan chocha?
Marcelo guiña los ojos.
-          Yo a usted sin embargo nunca la he visto. 

-          Mi hija, la que me quiere llevar a la residencia es la Feli, Felicidad, la que despachaba en la churrería.
Marcelo recuerda las mañanas antes de ir al taller pasar por la churrería para comprar un cucurucho de papel de estraza que una muchacha de pelo oscuro le tendía rápido y riendo, porque le quemaba en los dedos. No puede creer que el tiempo haya pasado tan rápido, se frota los ojos, a él le gustaba aquella muchacha a la que de vez en cuando piropeaba pero nunca insistió porque estaba claro que la Feli hija tenía aspiraciones más altas.
-          Sí señora, tiene usted razón, yo conocí a su hija.
Están los dos junto al portal de la casa de la anciana, mirando estúpidamente al suelo mientras hablan. El carnicero les contempla desde la puerta de su establecimiento, al otro lado de la calle, sujetando un cigarrillo entre el dedo pulgar y el corazón. Lleva la raya peinada a un lado y en el pliegue de sus parpados se dibujan miles de arrugas.
-          ¿Qué pasa Feli?- grita.
-          ¡Ay Fausto, buscando las llaves que me se han perdido!
-          ¡Me cagoendiez  Feli!- Fausto arroja la colilla al suelo y cruza la calle con un par de zancadas- ¡Eso no puede ser!
Marcelo baja los ojos. Conoce al carnicero desde hace mucho tiempo y el carnicero le conoce a él y a su tragedia. A pesar de todo Marcelo se avergüenza de sus ropas raídas, de su olor a rancio, de sus manos roñosas. Aún sostiene el vaso de plástico para las limosnas e intenta guardárselo en el bolsillo.
-          Todavía no han aparecido- dice, intentando aparentar la normalidad de un vulgar vecino.
Fausto no dice nada. Su negocio no va bien: Antes, además de la carne, vendía huevos de corral, patatas que traía del pueblo, palos de escoba. Ahora en la Ventilla le compran tres o cuatro de los de siempre, de los que siguen vivos, los demás van al supermercado. No es más barato que en su tienda pero les gusta más ir al supermercado.  Cuando cerraron el taller y Marcelo se gastó el dinero de la indemnización invitando a rondas en el bar Fausto fue uno de los que se quedaron con él hasta tarde, bebiendo botellines y mirando el fútbol, sin preguntarse por qué Marcelo gastaba así su dinero. Total,  él tampoco se preocupaba de lo suyo. Pensaba que eran eternos y ahora allí estaban : la Feli con la cabeza perdida, el Marcelo escondiendo el vaso de plástico en el bolsillo y él a punto de quedarse sin lo único por lo que se había levantado cada mañana desde hacía más de treinta años.
-          ¡Ná! Tres pares de ojos ven mejor que uno solo- Fausto dio una palmada, fingiendo entusiasmo- ¡Vamos a buscarlas!
La Feli dice:
      -   Yo he ido por aquí, despacito, despacito, porque con lo de mis huesos no puedo acelerar.   He llegado al supermercado, he comprado  y entonces ha sido cuando me he echado la mano al bosillo y las he echado en falta.
Marcelo murmura:
-          Venimos todo el camino mirando al suelo.
Se junta entonces al grupo la Antoñita, una señora de unos setenta años, con gafas de concha oscura, el monedero debajo del brazo. La Antoñita arrastra siempre con ella a un caniche con calvas, de ojos velados por las cataratas y que ella trata como a un niño. Vive sola en el mismo edificio de Feli, tartamudea un poco. Uno de sus hijos murió por una sobredosis de heroína. Los otros hijos apenas van a verla, aunque le pagan las facturas.
-          ¡Uy! ¿Qué pasa aquí?
Feli la mira y le cuesta reconocerla.
-          ¡Que soy yo, Antoñita!- chilla la mujer poniéndole una mano en el brazo.
El caniche gruñe y se queja, quiere volver a casa porque tiene frío pero la Antoñita no está dispuesta a permitir que piensen que es una antipática. Apenas se informa de lo que ocurre se une  a los demás en la búsqueda de las llaves. Mientras, todos se quejan del frío que hace, Feli dice que no va a llegar al final del invierno, por lo de sus huesos y Antoñita se ríe, enseñando una boca en la que faltan varias piezas.
-          ¡Que no mujer! Una no se muere por dolor de huesos.

-          Como mi hija me mande  a la residencia me muero seguro.

-          ¿Cómo va a mandarla a una residencia? ¡Pero si están todas colapsás!- la Antoñita se ríe escandalosamente de su ocurrencia.
Rosaura, la gitana que vende flores en Plaza de Castilla pasa por allí con su capazo. Lleva un delantal azul cielo sobre la falda negra, el pelo largo y lustroso le cae por la espalda en una trenza apretada. No puede evitar detenerse.
-          Buenas tardes…
Feli menea la cabeza tristemente, se lleva la mano al pelo y apoya la espalda en la pared de su casa. Rosaura indaga.
-          ¿Qué le pasa a la mujé? 

-          Que ha perdido las llaves de su casa.
La Rosaura deja el capazo con los claveles en el suelo y se pone a mirar como los otros. Tiene la nariz aguileña y la piel tostada, no parece sentir el frío pues va sin medias y las mangas del jersey remangado. Marcelo mira a la Feli suspirar, ponerse la mano sobre la boca, y sabe que tiene miedo. Fausto habla con Rosaura mientras se echa otro cigarro, la gitana escudriña en el hueco oscuro de una alcantarilla. Marcelo se siente de nuevo como si nunca hubiera pasado una tarde entera de pie frente al supermercado pidiendo limosna,  como cuando trabajaba en el taller y por las tardes iba a  el bar a tomarse unos botellines con Fausto. Antoñita se le acerca, tirando del tembloroso caniche. La mujer indaga tímidamente sobre su madre, si todavía está viva, le pregunta. Marcelo niega con la cabeza y empuja el vaso de plástico al fondo de su bolsillo. La Antoñita  le dice que vaya cualquier domingo a comer a casa, que siempre pone cocido aunque ahora sus hijos ya no se pasen, pero que aun así sigue poniendo cocido, que le sale muy rico. Marcelo no recuerda cuando fue la última vez que comió cocido, masculla gracias señora mientras mira al suelo tozudamente y es entonces cuando las ve, brillando entre la hierba que rodea el alcorque de un árbol, aumentadas con el fulgor de una lágrima que le tiembla en el ojo, allí, las dichosas llaves de la Feli.




martes, enero 22, 2013

Volver a Madrid II : La loca de las palomas




Le extrañaba que se pudiera llegar tan fácilmente a la locura: Tan sólo parecía necesitarse la dosis justa de dolor, soledad y quizá,  poseer una aguda sensibilidad. Lo de la sensibilidad era importante, meditó, o al menos eso había dicho el psiquiatra.
De todas formas el diagnóstico no había sido en absoluto claro. Tuvo que leerlo un par de veces para luego, ya en casa, ir corriendo a consultarlo en internet. No le impresionó descubrir que, pasando por alto todos los eufemismos, estaba, técnicamente, loca. Lo que sí le chocó fue la facilidad con la que se había deslizado por aquella pendiente, lo fácil que había resultado dejarse caer.

Se sentó en el sofá y abrió el álbum de fotos. Aunque había contemplado las fotografías innumerables veces aun le fascinaba descubrir que había sido una vez otra: Una niña con coletas, quizá no muy sonriente, pero desde luego alguien completamente ajeno a lo que ahora parecía cernirse sobre ella. Se detuvo frente a una foto y puso un dedo encima de su sonrisa desdentada, miró sus piernecillas apareciendo debajo de la falda del uniforme escolar. Detrás de ella estaba su abuela, con una mano tendida, ofreciéndole la merienda.

Después de unos minutos levantó los ojos y miró a su alrededor, desesperada. La casa estaba en silencio, sólo se oía el tic-tac del reloj en la cocina. No había más opciones que tomarse las pastillas que le habían recetado, tomárselas y esperar, dejar que fuera el tiempo el que decidiera. Pero tenía miedo, tenía tanto miedo ¿y si se quedaba así toda la vida?

En la calle, debajo de su casa, vivía una de las locas más conocidas del barrio. Era una mujer de una edad indefinida, tenía el pelo gris y siempre llevaba un gabán raído y una maleta con ruedas que arrastraba a todas partes. “La loca de las palomas”, la llamaban, porque metía las manos en los bolsillos de su gabán y extraía, como por arte de magia, uno, dos, hasta tres puñados de migas de pan para los pájaros. Se sentaba en un banco delante de los bloques donde ella vivía y regaba la acera de migas. Cuando era pequeña le fascinaba contemplarla desde cierta distancia. Los gorriones se le subían a los brazos, a las rodillas, y a ella le daba envidia.
-¿Cómo hace aquella mujer para encantar a los pájaros? Cuando yo me acerco salen volando.
Los pájaros, los pequeños pájaros que aparecían en los jardines de la ciudad cuando se acercaba la primavera.  O las encantadoras pajaritas de nieve con su piquito oscuro y sus patitas frágiles en invierno. Una vez, observando detenidamente a uno de esos pajaritos volar de rama en rama le pareció que se había detenido el tiempo. Cuando volvió en sí no sabía dónde estaba, miró a su alrededor asustada, oía el estruendo del tráfico en la ciudad, los gritos de los otros niños jugando en el parque, pero ella ¿quién era ella? Y, sobre todo, ¿qué hacía allí parada?
Desde entonces le dio por pensar que poseía el poder de detener el tiempo con sólo observar a los pájaros. Lo que desde luego no sospechaba es que a eso la ciencia moderna lo llamaba locura. Tampoco tenía ni idea que la locura doliera tanto.
Fue a la ventana del  salón y subió de un tirón la persiana. La ciudad resplandecía como una joya de plata. El cielo estaba raso y un pequeño lucero titilaba en lo alto. Era el lucero al que se encomendaba su abuelita. “El Lucero de los amores”.
-¿Por qué lo llamas así abuela?
-Cuando yo era joven y el abuelito estaba en la guerra él me decía que por la noche buscara a ese lucero en el cielo, que cuando lo encontrara no le quitara ojo, que le mirara hasta que se me saltaran las lágrimas.
-¿Por qué te pedía eso?
A la abuela no le importaba contar mil veces aquella historia.
-Porque a esa misma hora él estaría durmiendo al raso junto a las trincheras, y él también estaría mirando como yo, mirando fijamente al lucero. De esa manera podríamos comunicarnos, dijo, decirnos cuánto nos queríamos sin cartas.

Abrió la ventana y sacó medio cuerpo fuera. De repente, como si la hubiera convocado, de entre las sombras del jardín surge la figura inconfundible de “la loca de las palomas”. La contempla casi sin respiración, asombrada porque se da cuenta por primera vez que la loca es una de las pocas personas que conoce desde que es una niña. ¿Desde cuándo arrastrará aquella maleta? "La loca de las palomas" vive en los jardincillos que rodean los bloques de pisos, durmiendo al raso, como su abuelo cuando estaba en las trincheras.
-Psss- la llama desde la ventana.
Vive en un primero, muy próximo a la calle.
La loca de las palomas se gira, tiene una nariz chata y enrojecida, los ojos pequeños y la barbilla redonda como una patata.
-¿Quién es?
-Soy yo, en el primero.
Lo más increíble de todo es que ella parece reconocerla. 
-¿Qué quieres?
Siente un nudo en la garganta y dice:
-Es que tengo miedo…
La loca abre todo lo que puede sus pequeños ojos. Después se da una palmada en los muslos y se echa a reír descontroladamente.
-Ah, sí, uuuuu, ¡que viene el coco!- y estira las manos agarrotando los dedos como si tuviera garras- ¡que viene el coco…!
Entonces se acuerda, cuando aún era la niña de las coletas del álbum hubo un verano en el que les dio por jugar a asustar “a la loca de las palomas”. Se juntaban todos los niños del bloque y la acechaban en silencio, escondiéndose detrás de los aligustres y de los bancos. La loca de las palomas estaba casi siempre sentada al sol, canturreando y lanzando miguitas de vez en cuando al aire. A la señal de uno de ellos alguien se atrevía a lanzarle una piedrecita, después otro, tomando aire gritaba: “¡Loca!” “¡Bruja Loca!”. Entonces ella se giraba  y levantaba las manos agarrotando los dedos despacio,  como si se estuvieran transformando en garras. Después de eso todos los niños gritaban, enloquecidos, “¡El coco!  ¡Que viene el coco!” y se escabullían entre los arbustos. Ella recordaba haber gritado como los otros, sintiendo el delicioso tirón del miedo en el estómago. Sólo una vez, la loca de las palomas consiguió atraparla sujetándola de un tobillo. La niña que había sido se retorció chillando como si la estuvieran desollando viva hasta que, sin querer hacerlo realmente, le dio una patada en la cara. Las dos se habían quedado unos segundos en suspenso, mirándose  a los ojos, después de eso ella se había escapado con el estómago encogido.
Todo aquello le vino a la memoria, como si hubiera estado dormido durante mucho tiempo.
La mujer se pone seria de repente, sus ojos son dos puntadas de alfiler, llorosos, la barbilla le tiembla cuando dice.
-Pero yo no te lo tengo en cuenta- y mueve los brazos como aspas- Yo te perdono… ¡ea! ¡te perdono! ¡estás perdonada! ¡ sigue tu camino! ¡perdonada! ¡perdonada!
Ella siente que el corazón se le esponja.
La loca de las palomas se da  la vuelta, para esconderse mascullando, tras la sombra de una farola.


domingo, noviembre 04, 2012

Volver a Madrid

La gata de la señora Justa se llamaba Urraca porque era blanca y negra. Según la señora Justa se daba demasiada importancia.
-Mira si se creerá importante que cuando viene a verme mi hija la gata se esconde. Se pone rabiosa porque le hago más caso que a ella. Sólo vuelve a aparecer cuando ya se ha ido y bueno… ¡hasta que se le pasa el berrinche!
La señora Justa mira hacia arriba y dice, bajando la voz.
-En el primero vive una chica muy buena y muy trabajadora, tiene dos niños pequeños, chico y chica. Los pobres están solos todo el día, hasta la noche que ella vuelve de limpiar oficinas… mira, ahí tienes al niño.
Un chaval moreno, de unos once años, con el pelo rizado y los ojos redondos está asomado al balcón, enrosca las manos en la barandilla, introduce los pies descalzos entre los barrotes, se contorsiona.
-¿Qué haces ahí, hijo?
El niño mira a la señora Justa sin dar señales de reconocerla, vuelve a retorcerse como si le hubiera dado un calambre, luego se pone a reptar por el suelo de la pequeña terraza.
-Pobre, se aburre, todo el día metido en casa y con este calor…
-¿Y el padre?- pregunto yo.
-¡El padre! Vete a saber dónde estará el padre.
Las dos nos quedamos mirando a una anciana que acaba de abrir en ese momento la puerta de la calle. Se apoya en un bastón, tiene el pelo blanco y va tan encorvada que apenas ve más allá de sus pies.
-Y esa es Chelo, Consuelo, tiene la espalda destrozada desde que se cayera al subir a un autobús. Vive sola y no puede con su alma. Pero ahí que la tienes, sale todas las tardes a dar su paseo.
Yo la miro ¡es tan vieja! los brazos son delgados y translúcidos, pueden verse sus venas azules atravesándolos, casi negras, los pies hinchados embutidos en unas pantuflas de invierno.
-¡Anda que no he pasado yo horas en casa de Chelo! Cuando era pequeña mi madre no tenía donde dejarme y me subía a su casa. Chelo era guapa, pero muy nerviosa, el día que dio a luz a su único hijo yo estaba en su casa. Vinieron todas las vecinas. La Chelo gritaba que ya no quería tener al niño, que pararan el parto,  que ella no quería saber nada. No veas cómo se rieron de ella…a ver, la pobre no tendría más que veinte años y estaba acojonada. Luego el hijo murió, de esa enfermedad tan mala…
-¿Qué enfermedad?
-No sé, una que les daba a los drogadictos, por pincharse, decían.
-Ah, sida.
-Eso sería... la Chelo siempre fue una señora, iba muy arreglada, su marido bebía y a veces la insultaba. Pero ella le miraba muy digna, con el cuello así- y la señora Justa estira el cuello, entornando los ojos- y al final el marido se achantaba, no podía soportar su mirada. La Chelo cantaba muy bien, le encantaba Juanita Reina… ¡ay mi Chelo!
La señora Justa comienza a dar gritos.
-¡Chelo! ¡Chelo! ¡Chelo!
La anciana se detiene y levanta la cabeza con esfuerzo, tiene los ojos almendrados, muy oscuros, y las cejas arqueadas. Sonríe y levanta una mano, reconociéndola.
-En mi calle sin salíaaaaa- comienza a cantar la señora Justa- yo no puedo caminaaar, ni de noche ni de día, ni palante ni paaaaatrásss
Las dos se miran sonriendo y la señora Justa comienza a mandarle besos.
-¡Guapa, guapa, más que guapa!
Después se vuelve hacia mí, con lágrimas en los ojos.
-Lo que habrá sufrido esta mujer… ¡bueno!- se limpia la mejilla con el dorso de la mano- ¡Lo que hemos sufrimos todos!
Yo miro al niño en el balcón, ahora su hermana se le ha unido, los dos apoyan la barbilla en la barandilla y se dan patadas, sin mirarse.
-Éramos muy pobres, muy, muy pobres…- continúa la señora Justa meneando la cabeza, como si todavía no llegara a creérselo.
-¿Y a su marido cómo lo conoció?
-¿Yo?- abre mucho los ojos- Pues en una kermés, ya ves qué original.
-¿Una kermés?
-Sí, un baile… yo no podía entrar, era muy niña todavía, pero mi prima me coló y él… ¡en cuanto me vio me sacó a bailar! Era muy guapo y yo pensaba ¿y este por qué se habrá fijado en mí?
-Porque también serías muy guapa…
-No, yo guapa no era, era muy echá palante, eso sí… pero pasa a casa, pasa y te enseño fotos- la señora Justa abre la puerta, una vaharada de humedad sale del portal- ¡Y vosotros, niños, estaos quietos que cuando venga vuestra madre se lo pienso decir!
Los dos hermanos libran una encarnizada pelea en el pequeño balcón, el niño le tira de los pelos a ella y la niña le acribilla a patadas.
-A ver, están solos todo el día, pobres criaturas…- rezonga empujando la puerta del bajo, donde vive- yo, de niña, nunca estuve sola, me subían con Chelo o me dejaban con quien fuera, los vecinos nos ayudábamos mucho. Ahora, estos dos de ahí, no me los deja la madre. Prefiere que se queden solos, con la tele o pegándose todo el día.
La casa de la señora Justa era diminuta, sus caderas golpean el mueble del recibidor al entrar. Sobre la televisión infinidad de fotos de su hija y sus nietos. Hay también un sofá de piel verde, con tapetes de ganchillo en los brazos y en el respaldo, donde una gata blanca y negra se lame una pata. La gata se detiene para mirarme con desconfianza y en cuanto abro la boca sale disparada.
-¿Ves? Una engreída doña Urraca, una señoritinga… ¡no soporta a nadie!
La señora Justa abre el cajón de la mesa de la cocina y de allí extrae un puñado de fotos en blanco y negro, mezcladas con otras en color donde aparecen sus nietos, mofletudos. De entre todas ellas selecciona una y me la tiende. Yo no me he movido del sitio, es imposible avanzar más allá del recibidor sin tropezar con el cuerpo de la señora Justa, que parece llenar la casa entera.
-Mira, esta era yo.- proclama con orgullo.
Me encuentro con los ojos de la señora Justa, las cejas muy pintadas, los labios gruesos y rojos y el pelo negro, rizado y corto. Llevaba un collar de perlas alrededor del cuello y miraba a la lejanía, con una chispa de vergüenza, pero también de alegría.
-Tenía veintiún años. Esa me la hice antes de casarme, para dársela a mi novio.
Le di la vuelta a la foto, allí, escrito en tinta azul podía leerse lo siguiente.
De todas las bendiciones, la más grande es quererte. Siempre tuya, Justa”
-Me dijo que le daba miedo.
-¿qué le daba miedo?
-Lo que pone detrás de la foto, lo leyó y me dijo que le daba miedo.
La señora Justa sobaba la cruz dorada que le rodeaba el cuello, yo la miré con mayor atención, seguía teniendo los ojos alegres y el pelo rizado, ahora canoso. 
-¡Decía muchas tonterías!
-¿Dónde está ahora?
-¡Uy! Murió joven, de cáncer…la niña sólo tenía tres años.
Se queda callada.
-Para el dolor le daban buscapina, fíjate, antes no había nada… me pedía que le matara, me veía tejer a su lado y me pedía que le clavara la aguja de hacer punto y le matara… ¡pobrecito mío!
-¿Le querías mucho?
- Mucho, mucho, mucho, ¡le adoraba! Porque una cosa te voy a decir hija, ya no se quiere como se quería antes. Como se quería entonces ya no quiere nadie, como quería la Chelo, y mi madre, como queríamos las mujeres de antes… ¡ah, eso era querer aunque le reventaran a una las entrañas!
La gata Urraca asoma la cabeza por la puerta de la cocina, mira a la señora Justa y después posa sobre mí una larga mirada felina.
-No le gusta nada que estés aquí, ¿ves? Te está diciendo que te vayas, con toda la caradura del mundo.
-Bueno, pues yo ya me voy…
-No creas que sólo hay penas que contar. Lo que pasa es que ahora te das cuenta- ella deja caer los brazos y mira en torno a la pequeña estancia- de que no ha servido de mucho tanta lucha. Porque dime tú… ¿tanto luchar para qué? ¿Para qué?
La gata Urraca no me quitaba la vista de encima. Yo no sabía qué contestar.
-Perdona, hija- la señora Justa sonríe, como disculpándose- Otro día te cuento más.


domingo, marzo 13, 2011

Limonada y rosquillas

Los extraños parientes llegaron el día que la niña había decidido que sería el de su huida. No tuvo más remedio que ponerse el vestido blanco de florecitas verdes, peinarse con una coleta, meter las manos en los bolsillos y dar besos a aquellos desconocidos, que la pellizcaban los mofletes, reían, chillaban, llevaban carmín y bolsos pesados, incluso ellos mismos eran pesados porque se desparramaron por las sillas de la cocina como si vinieran de muy lejos y suspiraron todos a un tiempo, aliviados de descansar por fin de su carga. La niña les observaba curiosa, su madre había confesado la víspera que quería mucho a aquellas dos señoras gruesas, a las que ella llamaba tías, uno de los hombres era el marido de la del pelo blanco, luego había otro de piel terrosa e intensos ojos verdes que miraba soñadoramente al techo, llevaba un bastón que le ayudaba a caminar, la niña pensó que ese probablemente era el que no había tenido hijos, y cuya esposa había muerto en un accidente en un país extranjero.

Eran raros los tíos y tías de su madre, a los que ella parecía querer tanto y, cuando apenas habían descansado unos minutos, les llevó al patio, les enseñó las flores, les enseñó el huerto, y hasta la levantó los labios para que la vieran las encías.

´Dos dientes que se le han caído en un día´


Por la tarde iba a haber limonada y rosquillas y la niña pensó que era una pena que tuviera que marcharse. Pero todo estaba planeado desde hacía tiempo y no pensaba echarse atrás, había metido en su mochila del colegio los dos libros que le gustaban, y un sándwich de chorizo de pamplona, llevaba también una linterna, su chaqueta de punto roja, un par de calcetines. No pensaba que necesitase nada más, tan sólo esperaba llegar a su destino antes de que cayera la noche. Iba a escaparse en su bicicleta azul Orbea, iría al principio por el arcén de la carretera, después se metería por los caminos. Su destino era un lejano olmedo, erguido y señorial al borde de un sembrado de trigo. Había ido allí de excursión con niños de su clase el verano pasado. En mitad de aquel bosque se escondía un estanque fangoso y una casa de labranza abandonada en la que crecían zarzas, membrillos, manzanos. La niña había explorado la casa con cuidado, sin hacer caso de las risas y los gritos obscenos de los demás chicos de su clase, ellos no veían lo que ella veía, ellos aullaban al pie de las podridas escaleras, y entraban apresuradamente en las habitaciones asustando a las tórtolas que escapaban volando por las grietas del techo, habían tirado piedras al estanque y arrojado membrillos, todavía verdes, contra los pocos vidrios que aún quedaban en las ventanas. Y habían reído tanto y tan fuerte que ella hubiera querido taparse los oídos chillar que se estuvieran quietos que dejaran en paz a las ranas asomar sus ojos bajo las plantas acuáticas.
Más tarde, cuando el sol se ponía y a todos les picaban las piernas a causa de los mosquitos, ella también se había marchado, confundiéndose con los otros en su alegría. Pero, cuando nadie había podido verla, se había detenido y mirado atrás, para contemplar sobrecogida la silueta de la casa abrasada por el sol de la tarde, su quietud recuperada, y se había prometido que regresaría sola, porque sabía que allí podría ser feliz, porque aquel era un lugar para ella.

Y por fin había llegado el día que había esperado tanto, precisamente el día de los extraños parientes. Hacía calor, el sol se filtraba entre las hojas de la parra y los tíos y tías bebían limonada en el patio, su madre había extendido el mantel a cuadros rojos y blancos sobre la mesa de piedra, y su padre se había marchado por un asunto de última hora, incapaz como era de ser amable con los extraños.

La niña salió al patio con un vaso de limonada en la mano, diciéndose que no habría nada de malo en llevarse unas cuantas rosquillas para el camino, cuando descubrió que la tía favorita de su madre, la de los ojos negros, la contemplaba de una manera extraña, y se asustó pensando que aquella mirada llegaba, se deslizaba hasta su secreto y se bebió, azorada, la limonada de un golpe, y comenzó a seguir a su madre, que distribuía las rosquillas en pequeños platos, intentando ocultarse detrás de sus faldas

Pero la tía favorita no le quitaba la vista de encima, se enjugó el labio superior con una servilleta de papel y la llamó con la mano.

Ella acudió, tímida

'Ahí, mira, quién es ese'

La tía señalaba al hombre de los ojos verdes, el que estaba como ausente, y sólo de vez en cuando asentía, o murmuraba un par de palabras, como si hubiera dicho lo mismo muchas otras veces

'Es el tío Esteban', respondió la niña

'Es tu tío abuelo Esteban'

La tía acercó la boca al oído de la niña y susurró.

'Ha sufrido mucho'

'¿Por qué?'

'Ahí donde le ves, no se conformó nunca con lo que tenía...- la tía favorita se detuvo para abanicarse con la servilleta-¡pero es tan bueno!, y ahora que vive con nosotras está mucho mejor que antes, sale a pasear todas las tardes… ah, mira, ¡qué idea se me ha ocurrido!'

Y levantó la mano, esta vez intentando llamar la atención de su hermano.

'¡Esteban! ¿Por qué no vas con la niña a dar un paseo por el pueblo?'

A ella comenzó a latirle el corazón con fuerza, horrorizada ante aquella posibilidad.

Esteban miró alternativamente a la niña y a la tía favorita sin que se moviera un músculo de su rostro, fue la madre de la niña la que irguió la cabeza.

'¡Claro que sí! Hasta que vuelva tu padre,y además, puedes ir a buscar a tu amiguita, María, que se venga a merendar con nosotros.

Era la primera vez que su madre llamaba a María, la vecina, "su amiguita". Por otro lado, si se iba al pueblo con el tío abuelo, al paso al que él caminaba no llegarían nunca, y si María se quedaba a merendar con ellos no podría escaparse ni en sus mejores sueños, porque María era una niña tonta, que la seguía a todas partes y la imitaba cuando hablaba.

'¡No quiero!' – exclamó sintiendo cómo le enrojecían de ira las mejillas

Aquel era su día, el día con el que había soñado tanto tiempo, la casa abandonaba la esperaba bajo el sol de la tarde, y ahora venían todos a estropeárselo, María, mamá, el tío abuelo Esteban con su boca abierta y su mirada ausente, y la tía favorita que juntaba las manos debajo de la papada y gorjeaba como un gorrión en invierno, complacida.

'Al tío le viene muy bien caminar ¿verdad que sí Esteban?'

Como en una pesadilla, la niña miró al tío Esteban, quien comenzó a ponerse en pie lentamente, apoyando el bastón sobre las baldosas, y echó a andar resignado hacia la puerta del jardín. Y la tía favorita la empujaba ahora con sus manos gordezuelas y su madre, erguida frente a la mesa, la miraba, severa, porque no quería volver a repetírselo, porque no quería contárselo a su padre cuando regresara, y la niña sentía que todo era una mentira, que aquella reunión con los parientes era una gran mentira, que debajo de las hojas de la parra y, a pesar del sol y del zumbido somnoliento de las abejas, y del apetecible y suave olor del azúcar glas sobre las rosquillas, allí no había nada feliz, sólo nervios, impaciencia, gritos apagados que a punto estaban de reventar los pechos generosos de las tías abuelas queridas, quienes ahora la contemplaban con los ojos brillantes, incluso el marido de la del pelo blanco la miraba entrecerrando los ojos, y todos parecían hostiles, esperando una palabra suya para saltar sobre ella.

Al salir a la calle echó una ojeada ansiosa a su bicicleta, apoyada contra un montón de leña. La bicicleta tenía un aire tan inocente que a la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.

Comenzó a andar despacio al lado del tío abuelo Esteban, quien levantaba la garrota, vacilante, antes de atreverse a dar cualquier paso. La garganta le atenazaba, y le pareció que caminar era igual de doloroso, se sorbió la nariz y, de repente, la mano grande y terrosa del tío abuelo descendió hasta su hombro

Por la manera en que la miró parecía que lo había comprendido todo


domingo, diciembre 19, 2010

El Indeseado






A Christmas Carol


"I thought that love would last forever : I was wrong"




Los niños llegaron puntualmente el día de Navidad por la mañana, ella aún les sostenía de la mano cuando Tomás abrió la puerta. Estaban recién bañados y olían a colonia. La niña, que apenas tenía cinco años, le dedicó una sonrisa de dientecillos afilados. Su hermano, de ocho, leía un tebeo que sujetaba a poca distancia de su nariz, y se limpió la cara cuando Tomas le besó en la mejilla.

-Vendré a recogerles a las diez de la mañana. Cristina tiene un cumpleaños y Roberto todavía no ha hecho ni un ejercicio del cole.

Tomás pudo haber replicado que él se encargaría de llevar a su hija al cumpleaños y que también se ocuparía de que el niño hiciera los deberes, pero en vez de ello preguntó, con la voz ronca, si no había que comprarle unos zapatos nuevos a Roberto y añadió que él podría llevarlos al día siguiente a la casa de ella y así, de paso, hacer las compras. El niño, a pesar de no haber despegado en todo ese tiempo los ojos del tebeo, escuchaba con atención la conversación de sus padres.

-No, por ahora aguanta con los que tiene. Ya iré cuando sean las rebajas.

-Si necesitas dinero, ya sabes.

Ella levantó una ceja y le miró extrañada. Estaba guapa, con las mejillas llenas y los ojos brillantes. Se la veía feliz después del divorcio, o quizás feliz ahora que se libraba de los niños por unas largas horas y podría reunirse en breve con el otro, el hombre aquel que enlazaba su cintura la tarde en la que les vio saliendo juntos de un cine de la Gran Vía.

Cuando recordaba aquello se le paraba el corazón en el pecho.

-Un beso mi vida, dame otro, Roberto. Portaos bien y hasta mañana.

Los niños entraron en la casa, Roberto corrió a sentarse en el sofá para continuar con su tebeo y la niña dio un par de vueltas en el recibidor mientras se desprendía de su abrigo, mirando alternativamente a su padre y a su madre, sin dejar de sonreír, maliciosa.

-No me hace falta nada por ahora- ella bajó la cabeza y se metió las manos en los bolsillos, siempre se metía las manos en los bolsillos, aunque no hiciera frío- Pasadlo bien, mañana a las diez estoy de vuelta.

Tomás se esforzó en pensar en algo que pudiera retenerla, el día anterior había elaborado una lista de preguntas en su cabeza, preguntas de los años pasados, de los fantasmas lejanos, tantas cosas quería preguntarle y nunca le había preguntado nada, siempre había optado por el silencio. Pero estaba claro que ella quería marcharse.

"Sí, vete con él, rápido", quiso decirle.

En lugar de ello cerró la puerta suavemente, luego aplicó el ojo a la mirilla y la contempló esperando al ascensor, el pelo suelto sobre la espalda. Allí, en el rellano de la escalera, libre de su papel de madre, volvía a caer sobre sus hombros aquella luz que la iluminaba cuando Tomás la conoció en casa de Ignacio, hacía más de quince años.

-¿Quién es esa chica?

- Es nueva en la empresa, ha empezado a trabajar hace unas dos semanas.

Cuanto más la miraba más convencido estaba de que a ella poco le importaba estar allí o en otra parte. Se propuso descubrir en qué lugar se encontraba y eso fue lo que le decidió a invitarla a salir más tarde.

Quince años y dos hijos después y todavía no había averiguado en qué lugar se escondía la mujer que amaba y que, quizás por eso mismo, había acabado abandonándole, aunque ¿quién podía saberlo?

-¿Ha venido papá Noel a tu casa?- la niña sonreía traviesamente detrás de él, las manos a la espalda.

- Sí, claro, pero como llegó anoche, y estaba oscuro, y tampoco conocía la casa ha ido dejando regalos por todos lados, pobre papá Noel… ¡venga, vamos a buscarlos!

Tomás enfiló por el pasillo oyendo los gritos de entusiasmo de sus hijos, se imaginó que ella ya habría llegado al portal y que ahora se miraría en el espejo de la entrada, se repasaría los labios, saldría a la calle, sintiéndose libre, y la nariz se le pondría roja por el frío, caminaría cada vez más deprisa, perdiéndose entre la gente, las manos en los bolsillos.

-¡Aquí papa! ¡Aquí!- la niña abría, chillando, las puertas de todos los armarios.




Las nubes se tiñeron de negro y Tomás encendió las luces del salón. Sobre el sofá y las mesas había restos de papel de regalo, y esas cintas de tirabuzón que su hija recolectaba para su "colección de lazos". El niño leía concentradamente sus nuevos tebeos. Pasaba el tiempo leyendo, sin prestar atención a nada ni a nadie, a pesar de que Tomás sospechaba que en su cabeza sus pensamientos bullían con la misma fuerza con la que lo hacían en la suya, obsesivamente, sin tregua. Miró a su hijo mientras bebía un sorbo de su taza de café, sin saber por qué intuía que el niño se perdía en fantasías de orfandad y fugas.

¿Y él? ¿En qué pensaba él, Tomás? En el amor, sin duda, en el amor que se había convertido en su obsesión y en su tortura por su inutilidad, por lo absurdo y doloroso que era haberlo perdido para vivir para siempre y desde entonces dentro de aquel vacío, dentro de aquellas Navidades interminables. Se incorporó y apuró su taza de café mientras inspeccionaba la estantería en la que se apretaban sus viejos discos, allí estaban Cat Stevens, Bruce Springsteen, Van Morrison, todas esas canciones que le habían hecho estremecerse cuando era un muchacho, ¡pero qué sabía él del amor en aquel entonces! Y, sin embargo, creía que lo conocía, escuchaba una de aquellas canciones y se empapaba de tristeza.

Pasó los dedos sobre los discos y se detuvo sobre uno que hacía tiempo habían escuchado los dos juntos, en sus primeras Navidades, cuando ella aún tenía interés por estar de verdad con él y no habían nacido los niños. Sabía que era una estupidez echar de menos una relación que se había podrido de manera irremediable por culpa de su silencio, por culpa del silencio de ella, de sus fugas, de sus falsos deseos de volar, o de querer estar con él sin estarlo. Cerró los ojos, intentando calmarse, y cuando los abrió descubrió la mirada de su hijo espiándole por encima del tebeo.

Se preguntó si él lo sabría, era tan pequeño todavía, aunque se dijo que los niños están más cerca de la verdad que nadie.

Sin proponérselo se aclaró la garganta fingiendo un tono jovial.

-¡Roberto, Cristina!

Roberto apartó el comic y la niña le miró sentada en la otra punta de la mesa, sin dejar de colorear con su nuevo juego de ceras.

-¿Qué?- Roberto esperaba, algo en el tono de su padre había conseguido captar su atención.

- Tengo una pregunta que haceros…

La niña se encogió de hombros, divertida, sólo su hijo pareció tomárselo en serio.

-Vale, pregunta.

-¿Podéis decir a papa qué es el amor?

Cristina abrió la boca y alzó los hombros. Roberto se enderezó en el sofá, y miró a su padre, confuso.

-Es una pregunta muy difícil de responder, lo sé…- Tomás rozó el disco con la yema de los dedos y volvió la cabeza hacia la ventana oscura, tras ella la ciudad se adivinaba con sus luces de Navidad encendidas - Sólo quiero que me digáis qué es el amor, porque a papá se le ha olvidado…

- ¿Se te ha olvidado?- preguntó Roberto con la voz enronquecida.

- Creo que sí…

- En el colegio no nos lo han enseñado- repuso Cristina frunciendo los labios.

- No importa. Tiene que ser algo que vosotros penséis y que nadie os haya dicho lo que es.

La niña mordisqueó la punta de un lápiz.

- No lo sé…- declaró al cabo de unos segundos para continuar alegremente con su labor de coloreado.

- No pasa nada, casi nadie lo sabe.

- ¡No! ¡Yo sí que lo sé!

Tomas miró a su hijo, este apretaba el tebeo entre las manos, nervioso, como si intuyera que con su respuesta podría conquistarle para siempre.

- Estoy pensando…- murmuró con tono sufriente.

- Piensa, piensa, tienes todo el tiempo del mundo

-¡Ya está!

Su rostro pareció iluminarse al exclamar.

- El amor es querer mucho a alguien.

A Tomas se le humedecieron los ojos.

domingo, febrero 14, 2010

Una ocasión única


Inauguro con "Una ocasión única" una serie de cuentos de fantasmas inspirados en las más diversas experiencias. La mayoría fueron inventados durante mi estancia en Irlanda, lo que no significa que esten ambientados necesariamente allí. Advertencia : Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Espero que os den que pensar... y miedo.

Era una ocasión única en la vida por varias razones; en primer lugar porque estaban de vacaciones y la última vez que aquello había sucedido fue cuando estuvieron con el niño en las Canarias, al niño le picó una medusa y Mónica recordaba que, cuando subieron al coche en busca de un centro de salud y Gerardo conducía a toda velocidad, ella miraba al mar embravecido pegada a la ventanilla, hipnotizada por las olas que veía por primera vez a sus veintiún años, sin percatarse de que el niño se estaba hinchando como un pez globo entre sus brazos.

Muchos años después de aquel viaje, Mónica y Gerardo habían aterrizado en Sicilia para celebrar sus cuarenta años de casados. Había sido un regalo de su único hijo, cansado de escuchar a su madre expresar todos los años el deseo de conocer, antes de morir, la mítica isla.

Mónica rozaba los setenta y había sido una mujer bella de pelo oscuro y carnes morenas, que ahora tenía algunas dificultades para caminar. Sorprendentemente, la experiencia de aterrizar en Sicilia había resultado ser absolutamente rejuvenecedora para ella, pues sentía que no estaba en absoluto en un lugar desconocido sino todo lo contrario; al descender del avión había tenido la vívida sensación de haber estado allí antes, en un tiempo tan lejano que ni siquiera entonces conocía a Gerardo, lo cual era completamente imposible ya que, la primera vez que vio al que hoy era su marido, ella era una niña.

Aquella familiaridad la había puesto de tan buen humor que había vuelto canturreando del baño, la primera noche que pasaron en el hotel de Palermo y se metió en la cama alegremente, junto a Gerardo, quien leía una guía turística tapado hasta arriba con las sábanas.
‘Qué contenta estás....’ a Gerardo siempre le molestaba un poco que ella estuviera contenta.
‘No puedo creer que esta sea la primera vez que estoy fuera de España…’
‘No, acuérdate de Canarias’, puntualizó agriamente Gerardo.
‘Pero si Canarias es una isla de España…’
‘Canarias es más África que otra cosa, ignorante, que eres una ignorante…’, siseó él entre dientes.
Mónica sabía por experiencia que no valía la pena discutir. Gerardo estaba cada vez más insoportable con los años y no serviría de nada darle vueltas al asunto de las Canarias y España así que, tras santiguarse, se envolvió, feliz, en las fragantes sábanas, sintiéndose como una niña que se mete en la cama después de volver tarde a casa.

Durante los días siguientes, para mayor placer de Mónica y fastidio de Gerardo, pasearon incansablemente cogidos del brazo por las calles de Palermo. Gerardo no dejó de maldecir el tráfico en todo momento, ni de protestar vivamente cuando su mujer, llevada por el deseo inapelable de torcer por una calle en la que sentía que había algo que merecía la pena ver, le suplicaba que se desviaran del camino trazado en la guía turística.

‘¡Por aquí, por aquí, hay un lugar precioso que tenemos que visitar!’, exclamaba llena de entusiasmo.

‘Tú que sabrás, tú que sabrás...’, se resistía Gerardo, ‘Si nunca antes has estado aquí, mujer ignorante ’

Por lo que finalmente y, a pesar de tener el convencimiento de que conocía las calles mejor que aquella estupida guía, Mónica se dejó arrastrar por su marido quien, en un vano intento por recuperar su masculinidad perdida, necesitaba ser el único conocedor de todas las iglesias y monumentos que merecía la pena ver en la ciudad.

A Gerardo le habían diagnosticado un cáncer unos meses antes de hacer aquel viaje y, entre otras reacciones, había intensificado sus ataques de ira contra Mónica, además de comenzado a fingir con demasiada frecuencia una actitud desorientada y sufriente, como la de permanecer perplejo ante un cuadro de la Virgen o mirar al frente sin ver a nada ni a nadie, con los ojos anegados por las lágrimas.

Pero Mónica le conocía demasiado bien como para dejarse influir por aquellas poses de desamparo. Se habían conocido en una playa del mediterráneo español, cuando ella era una niña morena de largas trenzas y él un niño un poco más mayor, que jugaba a la pelota. Con los años Mónica había aprendido a no tomarle demasiado en serio y, quizás por eso mismo, desde lo del cáncer, se preguntaba qué sentido tenía permanecer junto a alguien hasta su muerte, alguien como Gerardo, que no era ni su padre ni su madre, sino tan sólo un niño con el que había tropezado una mañana de verano en la playa.

Ahora él estaba concentrado en leer la guía turística, la mano jugando con un palillo sobre el mantel a cuadros blancos y rojos de la mesa del restaurante y Mónica le miraba con atención, con las dos manos apoyadas en la barbilla, pensando en aquel hombre que la había tratado siempre con una paternal condescendencia, que había asegurado amarla para luego despreciarla, dejarla en casa días, años, décadas, ocupada en remendar cortinas y fregar las tazas del desayuno. Pero, al mismo tiempo, sabiendo que a él debía su salvación, pues él la había recogido de una infancia desgraciada, como quien recoge un guijarro que brilla bajo la espuma del mar, y la había hecho madre, y le había dado un hogar, cuatro paredes donde poder embriagarse con el vapor de la plancha y pasar las tardes de Domingo sin sentir todo el vacío del mundo sobre sus hombros porque ella, Mónica, tenía una familia y de eso era de lo que al fin y al cabo se trataba todo, de tener una familia, de no estar sola cuando llegara la muerte.

¿Y ahora? ¿Iba ella a dejarle a él sólo?

Gerardo le mostró la guía, abriéndola sobre la mesa para que Mónica pudiera ver las fotografías.

‘Podríamos ir aquí después de comer’

Mónica contempló las fotos de las momias de la cripta de los Capuchinos; hombres, mujeres y niños vestidos como fantoches. La mayoría conservaba sus carnes acartonadas prendidas a los huesos pero todos habían perdido cualquier turgencia que recordara a la vida. Los había que aún conservaban el pelo, o las manos reposando sobre el regazo, y en algunos se podía apreciar una expresión angelical o grotesca, terriblemente viva para su condición de muerto.
Mónica sintió un escalofrío y dejó caer la guía sobre el mantel.
‘Yo allí no voy ni loca’
‘Venga, mujer, es algo que tenemos que ver, es la única vez que vamos a estar en Sicilia… no me digas que te da miedo… ¡si están todos muertos!’
‘Pues por eso mismo. Ya sabes el miedo que me dan esas cosas’
‘Qué poco espíritu tienes…’
Mónica miró a Gerardo con incredulidad, no podía creer que estuviera hablando en serio. No, después de su diagnostico y, sobre todo, sabiendo el pánico que a ella le daba toda parafernalia que tuviera que ver con muertos.

Tomaron café y salieron a pasear bajo la lluvia que había comenzado a caer, cálida, sobre Palermo. Mónica se colgó del brazo de Gerardo y se dejaba llevar, adormilada por el sopor de la digestión, fantaseando con la idea de deambular por las calles de su infancia. Al mismo tiempo, se daba cuenta de que Gerardo se dirigía a algún sitio en concreto porque de tanto en tanto tenían que detenerse para que él pudiera consultar la guía, pero dio por sentado que no irían a las catacumbas.

Por eso se llevó un disgusto enorme cuando descubrió que aquel monje de hábito marrón que les sonreía en la puerta les estaba dando la bienvenida a la cripta de los cadáveres incorruptos.
‘Pero vamos a ver… si ya estamos aquí, ¿qué más te da bajar a echar un vistazo?, argumentó Gerardo ante sus protestas, articulando las palabras muy despacio, como si ella fuera tonta y no pudiera comprenderle.

Mónica consideró todas las opciones, entre las que se encontraba la de quedarse esperándole fuera, en compañía de aquel monje que no le quitaba el ojo de encima, y finalmente decidió que casi le daba más miedo el monje que bajar con Gerardo, así que acabó entrando en la cripta agarrada al brazo de su marido y con el estómago encogido por el miedo. Nada más poner el pie allí le invadió una extraña melancolía. Los numerosos visitantes deambulaban por los pasillos haciendo comentarios jocosos sobre los cadáveres e, incluso Gerardo, haciendo de tripas corazón, se reía de los uniformes y del espantoso aspecto de alguno de los momificados. Mónica sentía que el miedo se desvanecía dando paso a una mezcla de tristeza y ternura. Todos aquellos niños muertos prematuramente, ricamente vestidos para la eternidad por las manos cariñosas de sus madres, todos aquellas mujeres veneradas por sus maridos viudos, que las amaron lo suficiente como para desear que su carne nunca desapareciera del todo. Era conmovedor. A medida que se adentraba por los pasillos abovedados de la cripta Mónica se daba cuenta de que no eran simples espantajos colgados de la pared y que, si estaban allí y la gente podía contemplarles, era porque habían tenido padres, hermanos, hijos, familiares preocupados porque la vida engañara un poco a la muerte, aunque fuera de aquella torpe manera.

Mónica miraba ahora a las momias sin temor alguno y se preguntaba qué habría sido de las madres de los hombres muertos en el combate, o de las hermanas de las mujeres momificadas, o de las hijas de aquellas madres muertas, quiénes se habrían ocupado de ellas cuando ellas también murieron. ¿Hubo otras manos que las amortajaron o, sin embargo, no pudieron más que perecer en la más espantosa de las soledades ?

Entonces sintió frío y se detuvo para extraer una chaqueta de su bolso, momento que aprovechó Gerardo para desasirse de su brazo y caminar hacia el final del corredor pues quería examinar algo de cerca, le dijo, y que ahora volvía.

Fue en ese instante cuando sintió que dos ojos se posaban con fiereza en su cuello. La sensación era tan insoportable que no pudo evitar darse lentamente la vuelta, con una mano posada sobre su nuca, de donde procedía el dolor. Mónica se encontró frente a frente con una momia que, tumbada cuan larga era y vestida con un camisón de raídos bordados, le tendía la descarnada mano desde su puesto en la galería. Algunos cabellos escapaban de su cofia y sus cuencas vacías se clavaban con furia en Mónica, quien casi podía oírla gritar a través del tiempo, llamarla a ella, a ella, a nadie más que a ella.
¡Ay!, exclamó.
Gerardo la oyó gritar y regresó apresuradamente para encontrarse a su mujer mirando de hito en hito a la momia en el pasillo, con expresión de estupefacto terror.
‘Tengo sangre en el cuello’ dijo frotándoselo y levantando hacia él unos ojos tristísimos.
Gerardo le ofreció de nuevo el brazo intentando quitarle importancia.
‘Te habrá picado un mosquito, no te preocupes’
Mónica todavía sentía los ojos de la momia clavados en su cuello como un punzón.
‘Sácame de aquí, por favor’, susurró.
Ambos se dirigieron hacia las escaleras sin decir palabra. Gerardo, sintiéndose ligeramente culpable por haber llevado a aquel lugar a su mujer, la ayudó a subir pacientemente los escalones. Cuando llegaron arriba el monje de la puerta vio la cara demudada de Mónica y, con gesto alarmado, dio un paso a su encuentro.
Signora…’, y parecía estar sumido en el mayor de los desconciertos.
Pero aquello fue lo máximo que Mónica pudo soportar, se soltó del brazo de Gerardo y escapó como pudo, presa de un profundo terror. Le zumbaban los oídos y sintió un mareo que la obligó a sentarse en el bordillo de la acera. Lo hizo muy lentamente, tanteando el suelo, luchando por recuperar la respiración. Gerardo se aproximó y la contempló con preocupación, los brazos pegados al cuerpo.
‘Si llego a saber que te ibas a poner así no entramos… menudo numerito estás dando… ¿qué hago? ¿Llamo a una ambulancia?’
Mónica se apretaba con ambas manos la nuca, sabía que la vida se le iba, lo sabía, de hecho, se le había ido ya, se le había ido junto con el miedo, y ahora estaba bien. Miró a Gerardo con los ojos húmedos y le vio tal y como era, su marido, el niño de la playa, el hombre que siempre había estado a su lado, que nunca la había fallado y al que ella, desagradecida, estaba pensando en abandonar.
‘Ya estoy mucho mejor. Ayúdame’
Al levantarse dirigió una mirada al monje, quien no había despegado los ojos de ella desde su puesto en la puerta de la cripta.

A las dos de la mañana Mónica se revolvía en la cama empapada en sudor. Se había levantado varias veces para beber agua del grifo y examinar cuidadosamente su rostro en el espejo del baño, sus ojos almendrados y oscuros como el carbón, la nariz roma, las mejillas arrugadas como el pergamino y los labios, los labios que en su día fueron jugosos ahora finos como una ramita seca. Se acarició la cara lentamente sin dejar de pensar con ternura infinita en la momia de la cripta, en lo que ella había sido antes de transformarse en aquel despojo embutido en el amarillento camisón.
Después, zambulló el rostro debajo del chorro de agua fría y se palpó la nuca, hinchada y dolorida a causa de la picadura.
‘Tómate un antihistamínico’, le había aconsejado Gerardo antes de darle la espalda y ponerse a roncar a pierna suelta.
‘Un antihistamínico’, murmuró ella abriendo con manos temblorosas el neceser de su esposo, ‘dónde tendrá este hombre un antihistamínico...’
Mónica acarició las cuchillas de afeitar de su Gerardo, sus tijeritas para las uñas y la cajita del hilo dental. Después, dándose cuenta de la inutilidad de todo ello, dejó caer el neceser al suelo y se cubrió el rostro con las manos. Durante unos minutos no hizo nada más que agitarse y llorar, llorar por su hijo, por su marido y por ella, dando, al mismo tiempo, las gracias por haber vuelto a Sicilia, el lugar en el que durante tantos años, ella la había estado esperando.

Era una ocasión única en la vida, Mónica lo sabía y no podía dejarla escapar.

Comenzó a vestirse apresuradamente y, con lágrimas en los ojos, antes de salir de la habitación, posó los resecos labios sobre la frente de Gerardo, quien roncaba plácidamente con la boca abierta y la mano posada sobre el pecho.

‘Hasta pronto, amor mío’.

La transformación fue rápida y en modo alguna dolorosa. Su carne morena se contrajo, los oscuros cabellos se quedaron pegados al cráneo, sus pequeños senos, las manos, sus tobillos, todos ellos adquirieron la fragilidad del cristal. Los huesecillos se replegaron como si ya no pudieran vivir por más tiempo unos lejos de otros, los labios se secaron y sus ojos perdieron su brillo de carbón. Pero al fin pudo volver con los suyos, con los que nunca habían dejado de amarla a través del tiempo y su cuerpo, ahora del color de la cera, ocupó un espacio en la cripta, junto a la mujer del camisón amarillo que en ningún momento dejo de susurrarle dulce palabras al oído, decirle cuánto la había echado de menos y cómo celebraba su regreso a la cripta, donde podría volver a ser brizna de hierba, aire, gota de sal, donde podría ser por fin lo que quisiera, libre, libre por los siglos de los siglos, para toda la eternidad.

Sólo el monje que velaba la cripta de las momias supo de la llegada de un nuevo cuerpo. Fue él quien la amortajó amorosamente, con sus propias manos.

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